Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre sí
mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme á
ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: él
fué el primero que se repuso y volvió á la prosáica realidad de la
vida.--«Vienes muy cansado:--me dijo--no agravemos el mal que no tiene
ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible:
tenemos tánto tiempo como razones para contristarnos; pero en este
instante nuestro dolor está endulzado por la alegría, y no podemos ni
alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegría como de
nuestra pena.»
Y era verdad; los recuerdos alegres de la niñez que poblaban aquella
casa, la satisfaccion de volver á respirar en aquellos aposentos,
la vista de aquellos muebles tan conocidos, el servicio de aquellos
antiguos criados tan leales, y la presencia, en fin, de mi padre, tan
firme, tan erguido y tan vigoroso, que iba y venia dando á aquellos
las órdenes necesarias, me tenian en un estado de arrobamiento que me
impedia darme cuenta de mí mismo; me sentia tan impulsado á llorar
como á reir; y la imágen de mi madre muerta se me ocultaba y casi
desaparecia tras de mi padre vivo. Acompañóme éste durante un ligero
almuerzo que preparado me tenia; me habló del estado en que habia
hallado sus viñas, de las mejoras que habia hecho en el cultivo de los
viñedos y de las que necesitaba la casa; ni una palabra de mi madre;
ni la más leve alusion á mi vida pasada: ni la más mínima esperanza
para el porvenir. Yo volvia á casa de mi padre, no á la mia; así lo
habia yo entendido, y volvia resuelto á respetar todos los derechos y
á acatar todas las disposiciones de mi padre, sin permitirme la más
nimia observacion: puesto que al abandonar á mi familia en 1836, habia
yo renunciado á todos mis derechos de hijo y de heredero, dando á mi
padre el de hacer de su hacienda lo que más á cuenta le viniere, como
si Dios le hubiera quitado por muerte natural el hijo que civilmente
murió, al fugarse del paterno hogar en brazos de su locura. Tal era mi
respeto por mi padre, tales la justicia y las facultades omnímodas con
que yo mismo le habia investido; y si le hubiera dado por ser jugador
y vicioso, yo me hubiera empeñado y vendido á Satanás por pagar sus
deudas ó mantener sus concubinas. Yo no le pedia, al volver á mi casa,
más que un poco de cariño y el perdon de aquellos dramas y leyendas
mias, por los cuales habia tirado por la ventana las Pandectas y las
Novelas de Justiniano.
Y fueron transcurriendo los dias, y fuéme él llevando á ver las bodegas
y los plantíos; y mostróme deseos de adquirir unos solares de casas
quemadas por los franceses, que lindaban con la nuestra por Mediodía y
Poniente, con lo cual se la añadiria un amplio jardin cercado, logrando
hacer de ella la mejor y más cómoda de muchas leguas á la redonda; y
como me diese á entender que las dos cosas que le hacian desistir de
la adquisicion de aquellos solares eran, la primera, que yo no querria
venir á vivir allí nunca, y la segunda, que él no estaria ya nunca
sobrado de dineros; porque el laboreo de las fincas y algunos atrasos
contraidos en sus seis años de emigracion absorberian todas sus rentas,
ofrecíle yo la suma de que menester hubiese; asegurándole que mi única
ambicion era la de vivir allí con él y hacerle lo más agradable posible
aquella mansion, con la cual habia soñado siempre, y la cual me habia
siempre imaginado como un oasis de reposo en el desierto de mi vida de
trabajo y de abnegacion.
No creí, me dijo, que tal pensaras; pero si es como dices, voy á
decirte lo que sé y pienso: ni los dueños de esos solares, ni nosotros,
que queremos adquirirlos, sabemos bien, ellos lo que van á vender y
nosotros lo que vamos á comprar. Escucha.
Fuí yo uno de los jefes del batallon de estudiantes Palentinos
que contra los franceses se levantó á fines de 1808. Una noche,
sabiendo que avanzaba una division, nos emboscamos en el puente con
aquella audacia inconsciente que nos hizo hacer lo que á pensarlo y
comprenderlo no hubiéramos hecho. Al amanecer apareció una descubierta
de coraceros, que con aquella confianza petulante que perdió á los
franceses de Napoleon en España, entró sin precauciones en el largo y
tortuoso puente de veintiseis ojos, que enlaza las dos riberas del rio
y el camino real con esta villa. La vanguardia venia aún muy léjos,
veiamos apenas el polvo que levantaba. Los coraceros y sus caballos
nos sintieron debajo de ellos ántes de haber podido vernos enfrente;
y encabritándose los caballos y empujando nosotros por los piés á
los ginetes, calzados con grandes é inflexibles botas, los arrojamos
al agua desequilibrándoles con el peso de sus cascos y sus corazas.
Algunos de los últimos, que volvieron grupas, dieron la alarma á los
de la vanguardia; pero cuando llegaron al puente, no hallaron más que
algunos muertos y apercibieron en el agua algunos ahogados, cuyos
cadáveres arrastraba la corriente. Los estudiantes montados en sus
caballos y armados con sus carabinas, entrábamos en el páramo sin temor
de que nos siguiesen.
Pero pegaron fuego á Torquemada; y ese terreno elevado que desde
el balcon estás viendo, cubre los escombros de cinco casas, cuyos
cimientos y primer piso eran de piedra labrada, que nadie ha
desenterrado.
Hay además cegados cinco pozos de los cinco corrales á cada casa
anejos; y entónces todo castellano que huia al monte, echaba al pozo la
poca plata y alhajas que poseia; no habrá ahí riquezas, pero sí plata y
piedra para indemnizar el desembolso del comprador.
No podia yo permanecer en Torquemada, y al cabo de un mes volví á
Madrid. Acababa de establecerse en la corte la sociedad editorial _La
Publicidad_, de la cual era uno de los directores D. Joaquin Francisco
Pacheco, quien ya he dicho que con Donoso Cortés y Pastor Diaz habia
sido mi primer amigo y amparador. Propuse la compra de la propiedad de
mi _Granada_; y en dos mil duros por tomo, cerré y firmé el contrato,
debiendo presentar mi manuscrito por medios tomos y cobrar mil duros
por cada mitad.
Empecé á enviar dinero á mi padre, que con él compró los solares, pero
no los tocó; intactos los hallé yo al verano siguiente, cuando invitado
por él fuí con mi mujer á hacerle compañía.
Mi padre ofreció á ésta las llaves y el gobierno de la casa; yo me
opuse diciéndole que su ama de llaves y sus criados eran de su completa
confianza, y que mi mujer y yo no éramos más que unos huéspedes por
aquel verano.
Pagóse mi padre y más su servidumbre de aquella confianza nuestra;
comencé yo á convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre viéndome
cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No
hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al
ménos veíase desde los balcones algo muy diferente del muladar en
que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal
cuidada Castilla.
Fuimos y volvimos dos veces de Torquemada á Madrid y de Madrid á
Torquemada, y en la corte volví á poner casa por consejo de Tarancon, á
quien su cargo de senador volvió á traer á Madrid.
La sociedad de _La Publicidad_ se extendió mucho y no pudo abarcar
tánto; llevaba yo presentado tomo y medio de mi poema, y habíanme dado,
por órden de Pacheco, hasta setenta y dos mil reales; pero husmeando la
liquidacion próxima, y no queriendo que mi manuscrito pasara á manos
desconocidas, suspendí la entrega de original, con la intencion de
rescatar la propiedad de mi manuscrito, por una transaccion ventajosa,
cuando la liquidacion llegara.
Extendia entre tanto sus negocios el editor Gullon; y habiéndome pedido
un libro de la Vírgen, consultado el caso con Tarancon, y fiado en sus
consejos, ofrecí á Gullon el poema de María en seis meses y en treinta
y dos mil reales; pero siendo Madrid el punto del Universo en que más
tiempo se pierde y más holgazanes encuentra con quienes malgastarlo
el hombre que lo necesita, tomé en el Pardo y en la Casa de Infantes
un aposento, que empapelé y amueblé, y retiréme á trabajar en aquella
arbolada y jabalinesca soledad. Pasábame allí las semanas enteras: los
sábados me enviaban mi mujer y mi primo los caballos, y venia á pasar á
Madrid los domingos. Escribíame poco mi padre, porque tenia gota y mal
pulso y costábale mucho el llevar la pluma; y escribíale yo tambien muy
poco, porque estaba muy cansado de tener entre los dedos contínuamente
la mia. Sabia él de mí que trabajaba en un libro de la Vírgen; sabia
yo de él que la gota le tenia en descuido de la hacienda que habia
en parte arrendado, y en el endiablado humor en que la podagra pone
á quien la padece; y sabia de ambos el bueno de Tarancon, porque de
ambos se ocupaba y á mi padre escribia, miéntras yo algunas veces le
visitaba; y así corrió el invierno de 48, preguntando yo á mi padre si
necesitaba de mí, y contestándome él que no valia su mal la pena de que
yo interrumpiera mi trabajo.
Conservaba yo roto, y así de él me servia, aquel malhadado espejo de
mi _necessaire_ que se me rompió en París, y cuya rotura dió tánto
á Freyre que rezungar; pero habiéndose desprendido uno de los dos
trozos de su cristal por un costado, adherido sólo al carton en que
encuadrado estaba por su parte superior, hacíase ya tan engorroso como
arriesgado el servicio del tal espejo; y como conservábale yo roto
por mero recuerdo del mal dia en que se rompió y no por supersticioso
empeño, que Dios, en quien solamente á puño cerrado creo, me ha librado
de creer en agüeros ni supersticiones de ninguna especie, determiné al
fin renovar el espejo, ya que el _necessaire_ era en verdad prenda que
merecia tenerse completa. Vivia yo en las casas de Santa Catalina de
la calle del Prado, y hallábase establecida una fábrica de espejos en
donde hoy lo está el Casino Cervantes; llevó mi mujer misma el carton
en que el roto estaba encuadrado, y en él la pusieron otro espejo de la
exacta medida, prometiéndosele para el lunes: pero no se lo llevaron
hasta el martes. El azogado cristal nuevo encajaba perfectamente en el
hueco para él hecho en el fondo de la tapa del _necessaire_; coloquéle
en su lugar, púsele encima la almohadilla que le garantizaba contra
choques y movimientos, y cerrado el _necessaire_, forcé la tapa para
hacer girar la llave: pero al forzarla, sentí crugir algo dentro; el
espejo se habia vuelto á romper; yo habia dejado por debajo del cristal
uno de los pasadores que por arriba le sujetaban.
Resignéme á tenerlo roto y me volví á mi escondite del Pardo, y volví
á emprenderla con el libro de la Vírgen. Era un martes. Mi familia no
iba nunca á verme al Pardo; yo la pedia ó ella me enviaba los caballos
ó un carruaje, pero nunca en dia de entre semana, sinó en sábado ó en
domingo. El jueves habia yo concluido un capítulo; hacia un tiempo
delicioso y salí á hacer ejercicio ántes de comer, en compañía de un
guarda que en tales casos me servia de cicerone. A mi vuelta hallé un
coche en el patio de la casa y á mi mujer esperándome en mi aposento.
Volvia yo contento de mi paseo, porque lo estaba de mi trabajo, y
alegremente abracé á mi mujer y á la persona de su familia que la
acompañaba.
La mesa estaba puesta: sentíame con apetito, y comencé tranquilamente
á dar cuenta solo de mi pitanza, de que los recien venidos rehusaron
participar, y pasé distraido las primeras cucharadas de la caliente
sopa: pero al notar de repente el silencio tan sombrío como desusado
de mi familia, asaltóme un siniestro presentimiento, y exclamé inquieto:
«¡Dios mio! ¿Qué sucede, que venís tan tristes y tan pronto?
--Nada, pero es preciso que vengas con nosotros.
--¿Por qué?
--Porque... ha llegado una carta de Torquemada...--y al decir esto, mi
buena mujer rompió á llorar sin poderse contener.
No recuerdo si el del espejo roto fué lo que excitó en mi mente la
tremenda idea: «¡Ha muerto mi padre!»--exclamé angustiado.
--No, todavía no--se arriesgó á decir mi mujer; pero como esto, por
vulgar que sea, es lo primero que suele ocurrir á todo el mundo decir
en casos semejantes... no me quedó ya duda de mi desventura, y otra
idea más tremenda envolvió mi espíritu en las tinieblas de otra duda
que sumia mi alma en la más impía desesperacion.
«¡Mis padres mueren, me dije á mí mismo, sin llamarme en su última
hora! ¡Dios me deja sobre la tierra sin el último abrazo y sin la
bendicion de mis padres!... ¿Qué le he hecho yo á Dios? ¿Están malditos
mis pobres versos?»
Recogí los que llevaba escritos de la Vírgen y me volví á Madrid y á
casa de Tarancon, á quien ya no hallé: hacia dos dias que habia salido
para su diócesis.