París tiene dos fases: es el manicomio de los ingenios y el paraiso de
los tontos. En el primero forjan sus grandes elucubraciones todos los
grandes locos, que con sus inventos y con sus escritos impulsan hácia
el progreso el movimiento social europeo; y en el segundo pierden su
tiempo, su salud y su dinero, en el turbion de marionetas, charlatanes,
estafadores y mujeres perdidas, que pueblan aquel falso eden á la luz
del gas y al son de las orquestas de Mussard y de Straus, todos los
imbéciles que de las cuatro partes del mundo acuden como mariposas á
quemarse en aquel foco de luz infernal.
De París salen simultáneamente los gérmenes de todo lo bueno y de todo
lo malo, sobre todo para nosotros los españoles; que, sea dicho sin que
nadie se ofenda, ó aunque se amosque conmigo la mitad de la nacion,
solemos tomar casi todo lo malo y poquísimo de lo bueno. Llegué yo á
París miéntras ocupaba el trono francés el rey ciudadano Luis Felipe
de Orleans, de quien sabian trazar la caricatura todos los chicos de
su capital bajo la forma de una pera, cuya régia representacion se
veia por todas las paredes y siempre de un parecido maravilloso. No
era todavía el París ensanchado, dorado y ámpliamente refundido por el
imperio del tercer Napoleon; era todavía su primer teatro la sala de la
rue Lepelletier, y no estaba aún cerrada la plaza del Carroussel por la
calle de Rivoli: existian aún al frente del Palais-Royal una espesa red
de callejuelas, tan conocidas como mal afamadas, y á su espalda los dos
famosos restaurants de Befour y de los tres hermanos Provenzales, y se
alzaban todavía gárrulos y chillones, en los boulevares du Temple y de
Beaumarchais, los cien teatrillos más divertidos del mundo, la Gaité,
Follies-Dramatiques, Delassements-comiques, etc., etc.
Asomé yo las narices los dos primeros meses al paraiso de los tontos
y, sin dejarme fascinar ni embriagar por sus delicias de contrabando
ni por sus huríes sin corazon, me establecí á la puerta del manicomio,
haciendo con el editor Baudry un trato poco lucrativo; por el cual
fueron mis versos los primeros que de poeta español tuvieron lugar en
su magnífica coleccion. Por un puñado de luises y dos carros de libros,
le dí el derecho de coleccionar todas las obras por mí hasta entónces
escritas, por dos razones que me eran exclusivamente personales;
la primera para que mi padre leyera mi nombre en el catálogo de la
coleccion de los primeros escritores de Europa; y la segunda porque
la extensa venta, el gigantesco anuncio y el renombre universal que
ya tenia la coleccion Baudry, me hicieran conocido como poeta fuera
de mi patria. A pesar de que mi padre, encerrado en nuestro solar de
Castilla, no habia vuelto á darme noticias suyas, esperaba yo que esta
prueba honrosa de aprecio de la librería editorial francesa para su
hijo, le convenceria, por fin, de que no era menester que me doctorara
en Toledo y de que ya no habia razon de cerrarme la casa y los brazos
paternos. En esta esperanza viví en París desde Julio a Noviembre,
estudiando y trabajando en mi _Granada_ y dividiendo mi tiempo entre
las bibliotecas y los teatros, esquivo como en España, á la sociedad
banal de las visitas y la chismografía, y un poco en contacto con la
sociedad del arte y de las letras.
La redaccion de _La Revista de Ambos Mundos_ me acogió con simpáticos
obsequios, y sus redactores Charles Mazzade, Paulino de Lymerac y
Xavier Durrieux fueron mis amigos y comensales; y por mi influencia
y la de Juan Donoso, que fué despues nuestro embajador, empezaron á
publicarse en aquella importante _Revista_ artículos sobre España,
en los cuales comenzaba á probarse á los franceses que el Africa no
empieza en los Pirineos. Pitre Chevalier, director del _Museo de las
Familias_, se empeñó en publicar en él mi retrato y mi biografía, y lo
hizo, como francés, sin atender á mis justas y modestas observaciones.
Convirtió mis breves notas biográficas en una fantástica novelilla, y
Mr. Pauquet, el primer dibujante de aquel tiempo, recibió su órden de
retratarme embozado en mi capa española y mirando de perfil al cielo,
como un D. Juan Jerezano que espera que se le aparezca su Dulcinea en
el balcon para decirla: «por ahí te pudras». No era posible que mi
retrato indicara que era de un poeta español, si no tenia capa y si no
buscaba con la vista la inspiracion del Espíritu Santo; y aún le quedé
agradecido á que no me pusiera una guitarra en la mano, de lo que creo
que me libró solo su afan de embozarme.
En aquel retrato, correcta y francamente dibujado, y por aquella
biografía, _bizarramente detallada_ á la parisienne, no me conoce la
madre que me parió; pero no por eso quedó ménos agradecido el español
á la buena intencion del francés.
Trás estos necesarios precedentes, pasemos una rápida ojeada por los
últimos y sombríos cuadros de estos mis tristes recuerdos del tiempo
viejo.
Entre los conocimientos que hice y renové por entónces en París entre
Dumas padre, Jorge Sand (Mme. du Devant), Alfred de Musset y Teophile
Gautier; entre embajadores, editores, escritores, emigrados, cómicos
y bailarinas; entre Fernando de la Vera, la Rachel, la Rose Chery,
Frederik Lemaitre, Giusseppe Multedo, Zariategui y otros emigrados
liberales y carlistas, italianos y españoles, se me vino á los brazos
uno de estos, el más honrado y divertido andaluz que la tierra de
María Santísima y la tenacidad carlista echaron á Francia. Era este
D. Fernando Freyre, pariente próximo del general del mismo apellido,
adherido no sé muy bien cómo á la corte de Fernando VII, de quien
elegia los caballos y para quien iba á buscar los toros; amigo de los
ganaderos, amparador de los _diestros_, y el primer inspector de la
escuela taurómaca sevillana, institucion de aquel Sr. Rey, que santa
gloria haya.
Fernando Freyre no habia sido nada importante ni influyente, ni en
la corte huraña y recelosa de las camarillas y apostasías políticas
del difunto Rey, ni en la trashumante de D. Cárlos María Isidro de
Borbon, segundo Cárlos V en Oñate; pero en ambas habia sido recibido
y estimado por todos, incluso por mi padre, porque tenia uno de los
mejores corazones y uno de los caractéres más alegres y más iguales del
mundo. Realista por conviccion, no transigió nunca con las modernas
ideas liberales, ni quiso jamás acogerse á amnistía ni indulto alguno;
pero jamás odió, ni esquivó siquiera el saludo, á ningun liberal
emigrado ó viajero con quien en tierra extranjera se topara, siendo de
todos los españoles sinceramente apreciado y noblemente acogido por los
legitimistas franceses. Con apoyo de éstos, no temió ni le avergonzó
establecer un pequeño y privado depósito de vinos, pasas, caldos y
frutos de Andalucía, que aquellos le compraban; y con los setenta á
noventa duros que este oscuro comercio le producia, vivia modesta y
honradamente en la mejor sociedad de la _legitimidad_ francesa y de la
aristocracia española. Establecido ya de años en París, y encargado
por sus amparadores de toda clase de comisiones, era conocido en el
comercio y conocia á París, como un _commis-voyageur_ á quien comprar
en la tienda ó en el taller, puede producir legal y honrosamente un
tanto por ciento más crecido de utilidad. Por uno de estos encargos
dimos allí uno con otro, y por las horas buenas que le debo, me
complazco en consagrarle cariñosamente estas líneas en mis recuerdos.
Era ya por entónces hombre de más de sesenta años; pero ágil, robusto
y colorado, con sus patillas blancas de _boca-é-jacha_ y su sombrero
sobre la oreja derecha, corria por las calles _recortando_ los coches y
evitándolos apoyándose en la saliente lanza, como quien pone rehiletes
de sobaquillo, porque todo lo hacia y lo hablaba á lo torero y lo
macareno; y asombraba el verle cruzar los _boulevarts_ sin tropezar ni
vacilar entre la multitud de carros, ómnibus y coches que de contínuo
los obstruyen. Todo era en él extraño y original; en su negocio
no tenia más que un empleado, y éste tenia las más incompatibles
cualidades: era polaco, judío, carlista, fiel y discreto; hablaba un
castellano aprendido en Vizcaya, tan disparatado como el francés que
hablaba Freyre, y entre los dos me decian despropósitos imposibles de
reproducir. Yo llamaba tio á Freyre; y cuando mi familia me dejó solo
en París, me fuí á vivir al hotel de Italia, frente á la Opera-cómica,
en cuyo piso tercero habitaba Freyre un pequeño aposento, compuesto
de sala, gabinete y alcoba, y atestado de botellas y cajas. Cuando mi
trabajo asíduo y sus compromisos con sus anfitriones nos dejaban libres
las noches, comíamos juntos, y las concluíamos en el teatro, en algunos
de los cuales tenia yo entradas libres, como escritor extranjero con
editor en Francia.
Llegó así Noviembre, y ya tenia yo apalabrados contratos para imprimir
mi poema de Granada, y pagábanme ya no escasamente la prosa y los
versos que para sus publicaciones de América me pedian, cuando se
acordó Dios de mí, como dicen los católicos, enviándome una de esas
desventuras que envenenan y enturbian para toda la vida el manantial
amargo de la memoria.
Pedíame de Madrid mi primo P., consócio mio, con Rafael X, una cadena
de relój igual á otra mia, que era una cinta hecha con mil pequeñísimos
cilindros de oro engarzados y giratorios en una red de ejes, de tan
prolijo trabajo, como maravillosa flexibilidad. Averiguó Freyre el
domicilio del obrero que para el platero los trabajaba, y nos acostamos
conviniendo en que á la mañana siguiente muy temprano iríamos á comprar
ó á encargar la demandada cadena.
Habíanme regalado en Burdeos un _necessaire_ de ébano fileteado de
marfil, que garantizado por una guadamacilada funda de cuero, llevaba
yo á la mano y servia en nuestros viajes de escabel á mi mujer. Al
levantarme al dia siguiente, híceme la barba segun costumbre con las
navajas y ante el espejo de aquel _necessaire_, y llamando Freyre á mi
puerta y dándome prisa, porque él la tenia de acudir á sus negocios
despues que al mio, vestíme apresuradamente y partí con él; dejando las
navajas sobre el velador y el espejo colgado en la escarpia, que para
ello tenia puesta á mi altura en el marco de la vidriera.
Fuimos hasta el final del Faubourg de San Dionisio; hallamos y
compramos el objeto pedido, acompañé á Freyre á tres ó cuatro puntos
que tenia que recorrer, y volvimos juntos al hotel de Italia.
Pedimos al conserje nuestras llaves, pero la mia no estaba en el
llavero; en vez de dejarla en él al salir, me la habia llevado en el
bolsillo. Al entrar en mi cuarto, exclamó Freyre: «Mal agüero, zobrino:
aquí han andado loz menguez en auzencia nueztra: mira:»--y me mostró
el espejo hendido trasversalmente de arriba á abajo.--Reíme yo de su
supersticiosa observacion, y llamé al camarero; el cual respondió á
mis reclamaciones diciendo, que ni él habia podido _hacer_ mi cuarto,
ni nadie entrar en él, porque yo no habia dejado la llave en la
conserjería.
«¡Mal agüero, zobrino, mal agüero!» Seguia Freyre rezungando entre
dientes, y yo, que no creo más que en Dios, le hice observar que al
cerrar la puerta de golpe, la vibracion de las vidrieras produjo
probablemente el choque y rotura del espejo; y que teniendo los dueños
de los hoteles dobles llaves por mandato expreso de la policía, tal
vez el no haber yo dejado la mia llamó la atencion, abrieron sin
precauciones la puerta y ocasionaron el fracaso.
Freyre tragó como pudo mi explicacion; y teniendo ambos el dia libre,
nos fuimos á almorzar á la taberna inglesa de la calle de Richelieu,
con la intencion de ir á las dos al hipódromo del Arco de la Estrella.
Almorzamos tranquilamente, y habiendo encontrado Freyre en el fondo
de una botella de Chambertin, un raudal de andaluza verbosidad y un
tesoro de alegría juvenil, salíamos cruzando el patio como estudiantes
que hacen novillos, cuando dimos de manos á boca con un sobrino del
banquero A. B., que en el piso principal de aquella casa tenia su
escritorio establecido. «Del cielo me caen Vds.--exclamó al vernos--y
me ahorran un viaje. Hace dos dias que tenemos una carta de España para
el Sr. Zorrilla, y á llevársela iba; por cierto que trae luto y la
apostilla de urgente. Aquí está.»
Y presentóme la carta, que me hizo palidecer. Era de mi padre
y revelaba en sus cuatro líneas su extraño carácter, y lo más
dolorosamente extraño de nuestras relaciones.
Decia:
«Pepe, tu pobre madre ha fallecido hoy á las tres de la madrugada;
tú verás si te conviene venir á consolar á tu afligido padre