Burdeos es una gran ciudad, magnífica, sólida, monumental, con grandes
puentes, bien arbolados paseos, soberbios templos; amplios mercados
y suntuosos teatros; asiento del primer arzobispado de Francia, es,
como si dijéramos, el Toledo de allende los Pirineos; cuajado de
Seminarios y de colegios, semillero de toda clase de plantas clericales
más ó ménos parásitas, más ó ménos productivas. Por el tiempo de
que voy hablando hacian un principal papel en fiestas y procesiones
los hermanos de la doctrina y _los ignorantins_, en uno de cuyos
establecimientos hacia dos ó tres años que se habia ventilado el
ruidoso proceso del Frère Liotard, con el cual ya no me acuerdo lo que
pasó.
Como yo no era hombre de política ni de administracion, ni de ciencia,
no me ocupé de más en Burdeos que de sus templos, como cristiano,
y de sus teatros, como poeta. Encontraba poquísima gente por las
calles, no mucha por los paseos y casi ninguna en el teatro, al cual
sostenian solamente los transeuntes, los forasteros, y, sobre todo, los
españoles, puesto que habia muchos allí emigrados ó allí establecidos,
y todos los que de España iban á veranear á París se detenían por
costumbre en la capital de la Gironda. Hallábame yo en Burdeos á todo
mi gusto: era la primera vez que podia yo separar mi personalidad de mi
malhadada reputacion y andar libre como cualquier ciudadano pacífico,
metiéndome por todas partes á fisgarlo todo, sin llamar la atencion ni
ser responsable de nada.
Así ví yo á Burdeos, así recogí varios asuntos de leyendas que no sé si
llegaré á escribir, y así averigüé la razon de las perpétuas quiebras
del teatro por falta de público.
Los bordeleses han tenido siempre (y con justicia) la pretension de que
su ciudad es la primera de Francia, el pequeño París, y han aspirado
á ser tenidos por _sprits-forts_, libres pensadores y espadachines;
y con respecto á esta última cualidad, tiene una justa reputacion
y un riquísimo legendario la escuela de armas de Burdeos; pero las
bordolesas son, por lo general, devotas. El clero francés sabe que las
dos palancas con que se mueve el mundo son las mujeres y el dinero, y
por entónces los confesores no absolvian á las confesadas cuyos maridos
leian _El Constitucional_ y los periódicos liberales, tronando siempre
contra la inmoralidad del teatro. Donde no van las mujeres no vamos
los hombres; no iban las bordelesas al teatro, con que á pesar de la
subvencion de que goza siempre _el grande_ de Burdeos, sus empresas se
arruinaban á mitad de temporada todos los años.
Además, el gran teatro de aquella ciudad tiene lo que los franceses
llaman _guignon_ y nosotros _mala sombra_. Allí se rompió por entónces
una pierna Mademoiselle Angelin, una bailarina rubia de diez y siete
años, que era ya una estrella luminosa en el cielo del arte de
Terpsícore. Allí tuvo Borelly que matar á puñaladas en presencia del
público á su tigre real de Bengala, porque éste tenia ya entre sus
dientes la pantorrilla izquierda del domador: quien al levantarse
lanzando un caño de sangre de una arteria rota, tuvo tiempo, ántes de
perder el sentido, de decir á los espectadores á modo de satisfaccion:
«Señores, ya habia gustado mi sangre, y ó él ó yo.»
Esto en el teatro. En los templos las fiestas son tan suntuosas como
concurridas: pero á los católicos españoles se nos hacen al principio
muy difíciles de aceptar aquella forma mundana y teatral y aquellos
accidentes mercantiles con que los actos sublimes de nuestra religion
se verifican. Yo escribí mis primeras impresiones de Burdeos en una
larga epístola á un condiscípulo mio, cura carlista, de la cual
recuerdo las siguientes líneas, versos tan malos como verdades de á
puño:
En Francia hay religion, y fé y conventos,
seminarios, colegios, catedrales,
y todos los cristianos elementos
de nuestra santa fé fundamentales:
pero todo está hecho á la francesa,
todo sujeto á reglas comerciales;
aquí todo se tasa, mide y pesa,
aquí todo se hace por empresa:
la gente para orar no se arrodilla
mas que con una pierna en una silla;
no se atiende al altar ni al sacerdote;
las mujeres se plantan por delante
con mucho faralá, mucho volante,
abultado postizo y largo escote;
y los hombres detrás, misa durante,
se distraen en mirarlas el cogote;
y como nadie en equilibrio posa,
y es perpétuo el rumor y el desacato
y la desatencion y el movimiento,
es el pensar en Dios difícil cosa,
miéntras pasa una vieja con un plato
pidiendo en alta voz sin miramiento
los cuartos que _la rinde_ cada silla
en que apoya un cristiano su rodilla.
* * * * *
Atraviesa despues el presbiterio
con balandrán, sobre-pelliz y estola,
y sus pasos al púlpito dirige
un pulcro capellan, de quien muy sério
un monago gentil lleva la cola.
Hace su adoracion, su texto elige,
comenta el evangelio de aquel dia,
y siempre encuentra medio en su homilia
de echar un par de pullas al gobierno,
* * * * *
que el infierno
está abierto ante el siglo refractario,
que Enrique quinto al fin subirá al trono,
que hay peregrinacion á tal Santuario
que se sale á tal hora y de tal parte,
que lleva cada pueblo su estandarte,
que el precio es un doblon por peregrino,
incluso todo gasto del camino
y además un bonito escapulario;
pero que en el doblon no entra el rosario,
porque estos los fabrica por empresa,
de encina negra y de eucaliptus blanco,
una judía asociacion inglesa
que los da á todos precios desde un franco.
Todo lo cual se anuncia aquí en la iglesia
como puede anunciarse un electuario
ó sus botes azules de magnesia
mister Bóllon en Lóndres boticario.
Ilustrados ya pues sus feligreses
de lo que en sus negocios les importa
y á sus espirituales intereses,
con un responso en homilia corta
el cura; y ya _pro domo_, á lo que creo,
dá volviendo á apretar el _quibis quobis_
la vieja con su plato otro paseo.
Larga el buen cura un _benedico vobis_,
hace la cruz, se cala el solideo
y respondiendo el pueblo _ora pro nobis_
se acaba la funcion y Läus Deo....
* * * * *
con qué como ver puedes por la muestra,
la religion de Francia no es la nuestra.
Dios es el mismo, porque Dios es uno;
mas de adorarle el modo
ligero asaz y asaz inoportuno,
es en Francia francés como lo es todo;
y á un español asombran si no irritan
la irreverencia con que á Dios se trata,
y el ver cómo sus preces se recitan
sobre un pié y sobre un codo,
como banda de grullas que dormitan
en el invierno al sol sobre una pata;
pasando en cuenta que se queda ayuno
de lo que en Francia se le dice á Cristo,
con una fé de bolsa que no acata
al Señor más que á medias por lo visto,
y en un latin francés que cual ninguno
la habla gentil de Ciceron maltrata:
todo siempre fué aquí como hoy en dia
doublé, contrefaçon, bisutería.
* * * * *
Nunca así á Dios se adorará en Castilla;
nuestra fé es más profunda y más sencilla.
Tal fué mi primera impresion hace treinta y cuatro años: poeta
creyente, hallé de ménos mucho fondo y de sobra mucha forma en la
manifestacion religiosa del catolicismo francés en Burdeos, arzobispado
primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas
temporadas, y es la ciudad en donde más tranquilo y más á gusto he
vivido. Me acostumbré á leer á la puerta de la catedral el anuncio
de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra
en el púlpito, los del director y el organista que dirigian la parte
instrumental, y los de las damas y los ó las artistas que sostenian
la parte de canto; el objeto piadoso á que la funcion se dedica bajo
el patronato de tales ó cuales damas, prelados ó corporaciones, y el
precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir
el derecho á ocupar una de las sillas, numeradas ó no, que llenan el
templo. ¿Y por qué no?
A nosotros nos choca esta asimilacion de las basílicas á los teatros;
pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual
libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los
templos y fiestas religiosas francesas haya ménos fé, ménos devocion y
ménos fervor, pero hay más órden que en las nuestras: nosotros entramos
y salimos de las iglesias á codazos, empujones y puñetazos; nos
colocamos donde podemos, pisamos á las mujeres que se arrodillan y se
sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen
por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden,
bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que á nosotros nos parecen
ridículos, pero cuyos oficios y trajes están encarnados en sus
costumbres.
Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso
lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jamás el
agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los
cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar
y rielar el líquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan
las orillas de jardines y de bosques, y van á sentarse á contemplar el
espectáculo social á la sombra de los árboles y entre el perfume de
las macetas.
Nosotros tenemos la maldita manía de revolver el agua y de arrancar
hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y
al aire, siempre sedientos, contemplando el agua cálida y turbia que
hacemos dificilísima de beber.
Hé aquí mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo
casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles
más anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos
y monumentos históricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines,
regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoña, salpicada de
Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas é Institutos, conteniendo
veintidos clubs y círculos para todas las clases sociales, diez teatros
y salas de recreo, un hipódromo, nueve periódicos diarios y once lógias
masónicas; mitad católica, militante y revolucionaria libre pensadora,
la tengo yo comparada á una rica, nobilísima y aristocrática viuda
legitimista que sonríe á la república, papista que no llora el perdido
poder temporal de los Papas, que se ha retirado á vivir y á morir
tranquila en sus opulentas posesiones, á cuidar de sus incomparables
viñedos y á gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin
ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la
majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su
ilustracion y de su bien heredada opulencia.
Hé aquí mi juicio sobre Burdeos, donde empecé mi poema, y de donde salí
para París á estudiar mucho que no sabia, y á adquirir algo que me
hacia falta para llevar á cabo mi incompleta _Granada_.