XXII.

Burdeos es una gran ciudad, magnífica, sólida, monumental, con grandes

puentes, bien arbolados paseos, soberbios templos; amplios mercados

y suntuosos teatros; asiento del primer arzobispado de Francia, es,

como si dijéramos, el Toledo de allende los Pirineos; cuajado de

Seminarios y de colegios, semillero de toda clase de plantas clericales

más ó ménos parásitas, más ó ménos productivas. Por el tiempo de

que voy hablando hacian un principal papel en fiestas y procesiones

los hermanos de la doctrina y _los ignorantins_, en uno de cuyos

establecimientos hacia dos ó tres años que se habia ventilado el

ruidoso proceso del Frère Liotard, con el cual ya no me acuerdo lo que

pasó.

Como yo no era hombre de política ni de administracion, ni de ciencia,

no me ocupé de más en Burdeos que de sus templos, como cristiano,

y de sus teatros, como poeta. Encontraba poquísima gente por las

calles, no mucha por los paseos y casi ninguna en el teatro, al cual

sostenian solamente los transeuntes, los forasteros, y, sobre todo, los

españoles, puesto que habia muchos allí emigrados ó allí establecidos,

y todos los que de España iban á veranear á París se detenían por

costumbre en la capital de la Gironda. Hallábame yo en Burdeos á todo

mi gusto: era la primera vez que podia yo separar mi personalidad de mi

malhadada reputacion y andar libre como cualquier ciudadano pacífico,

metiéndome por todas partes á fisgarlo todo, sin llamar la atencion ni

ser responsable de nada.

Así ví yo á Burdeos, así recogí varios asuntos de leyendas que no sé si

llegaré á escribir, y así averigüé la razon de las perpétuas quiebras

del teatro por falta de público.

Los bordeleses han tenido siempre (y con justicia) la pretension de que

su ciudad es la primera de Francia, el pequeño París, y han aspirado

á ser tenidos por _sprits-forts_, libres pensadores y espadachines;

y con respecto á esta última cualidad, tiene una justa reputacion

y un riquísimo legendario la escuela de armas de Burdeos; pero las

bordolesas son, por lo general, devotas. El clero francés sabe que las

dos palancas con que se mueve el mundo son las mujeres y el dinero, y

por entónces los confesores no absolvian á las confesadas cuyos maridos

leian _El Constitucional_ y los periódicos liberales, tronando siempre

contra la inmoralidad del teatro. Donde no van las mujeres no vamos

los hombres; no iban las bordelesas al teatro, con que á pesar de la

subvencion de que goza siempre _el grande_ de Burdeos, sus empresas se

arruinaban á mitad de temporada todos los años.

Además, el gran teatro de aquella ciudad tiene lo que los franceses

llaman _guignon_ y nosotros _mala sombra_. Allí se rompió por entónces

una pierna Mademoiselle Angelin, una bailarina rubia de diez y siete

años, que era ya una estrella luminosa en el cielo del arte de

Terpsícore. Allí tuvo Borelly que matar á puñaladas en presencia del

público á su tigre real de Bengala, porque éste tenia ya entre sus

dientes la pantorrilla izquierda del domador: quien al levantarse

lanzando un caño de sangre de una arteria rota, tuvo tiempo, ántes de

perder el sentido, de decir á los espectadores á modo de satisfaccion:

«Señores, ya habia gustado mi sangre, y ó él ó yo.»

Esto en el teatro. En los templos las fiestas son tan suntuosas como

concurridas: pero á los católicos españoles se nos hacen al principio

muy difíciles de aceptar aquella forma mundana y teatral y aquellos

accidentes mercantiles con que los actos sublimes de nuestra religion

se verifican. Yo escribí mis primeras impresiones de Burdeos en una

larga epístola á un condiscípulo mio, cura carlista, de la cual

recuerdo las siguientes líneas, versos tan malos como verdades de á

puño:

En Francia hay religion, y fé y conventos,

seminarios, colegios, catedrales,

y todos los cristianos elementos

de nuestra santa fé fundamentales:

pero todo está hecho á la francesa,

todo sujeto á reglas comerciales;

aquí todo se tasa, mide y pesa,

aquí todo se hace por empresa:

la gente para orar no se arrodilla

mas que con una pierna en una silla;

no se atiende al altar ni al sacerdote;

las mujeres se plantan por delante

con mucho faralá, mucho volante,

abultado postizo y largo escote;

y los hombres detrás, misa durante,

se distraen en mirarlas el cogote;

y como nadie en equilibrio posa,

y es perpétuo el rumor y el desacato

y la desatencion y el movimiento,

es el pensar en Dios difícil cosa,

miéntras pasa una vieja con un plato

pidiendo en alta voz sin miramiento

los cuartos que _la rinde_ cada silla

en que apoya un cristiano su rodilla.

* * * * *

Atraviesa despues el presbiterio

con balandrán, sobre-pelliz y estola,

y sus pasos al púlpito dirige

un pulcro capellan, de quien muy sério

un monago gentil lleva la cola.

Hace su adoracion, su texto elige,

comenta el evangelio de aquel dia,

y siempre encuentra medio en su homilia

de echar un par de pullas al gobierno,

* * * * *

que el infierno

está abierto ante el siglo refractario,

que Enrique quinto al fin subirá al trono,

que hay peregrinacion á tal Santuario

que se sale á tal hora y de tal parte,

que lleva cada pueblo su estandarte,

que el precio es un doblon por peregrino,

incluso todo gasto del camino

y además un bonito escapulario;

pero que en el doblon no entra el rosario,

porque estos los fabrica por empresa,

de encina negra y de eucaliptus blanco,

una judía asociacion inglesa

que los da á todos precios desde un franco.

Todo lo cual se anuncia aquí en la iglesia

como puede anunciarse un electuario

ó sus botes azules de magnesia

mister Bóllon en Lóndres boticario.

Ilustrados ya pues sus feligreses

de lo que en sus negocios les importa

y á sus espirituales intereses,

con un responso en homilia corta

el cura; y ya _pro domo_, á lo que creo,

dá volviendo á apretar el _quibis quobis_

la vieja con su plato otro paseo.

Larga el buen cura un _benedico vobis_,

hace la cruz, se cala el solideo

y respondiendo el pueblo _ora pro nobis_

se acaba la funcion y Läus Deo....

* * * * *

con qué como ver puedes por la muestra,

la religion de Francia no es la nuestra.

Dios es el mismo, porque Dios es uno;

mas de adorarle el modo

ligero asaz y asaz inoportuno,

es en Francia francés como lo es todo;

y á un español asombran si no irritan

la irreverencia con que á Dios se trata,

y el ver cómo sus preces se recitan

sobre un pié y sobre un codo,

como banda de grullas que dormitan

en el invierno al sol sobre una pata;

pasando en cuenta que se queda ayuno

de lo que en Francia se le dice á Cristo,

con una fé de bolsa que no acata

al Señor más que á medias por lo visto,

y en un latin francés que cual ninguno

la habla gentil de Ciceron maltrata:

todo siempre fué aquí como hoy en dia

doublé, contrefaçon, bisutería.

* * * * *

Nunca así á Dios se adorará en Castilla;

nuestra fé es más profunda y más sencilla.

Tal fué mi primera impresion hace treinta y cuatro años: poeta

creyente, hallé de ménos mucho fondo y de sobra mucha forma en la

manifestacion religiosa del catolicismo francés en Burdeos, arzobispado

primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas

temporadas, y es la ciudad en donde más tranquilo y más á gusto he

vivido. Me acostumbré á leer á la puerta de la catedral el anuncio

de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra

en el púlpito, los del director y el organista que dirigian la parte

instrumental, y los de las damas y los ó las artistas que sostenian

la parte de canto; el objeto piadoso á que la funcion se dedica bajo

el patronato de tales ó cuales damas, prelados ó corporaciones, y el

precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir

el derecho á ocupar una de las sillas, numeradas ó no, que llenan el

templo. ¿Y por qué no?

A nosotros nos choca esta asimilacion de las basílicas á los teatros;

pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual

libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los

templos y fiestas religiosas francesas haya ménos fé, ménos devocion y

ménos fervor, pero hay más órden que en las nuestras: nosotros entramos

y salimos de las iglesias á codazos, empujones y puñetazos; nos

colocamos donde podemos, pisamos á las mujeres que se arrodillan y se

sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen

por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden,

bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que á nosotros nos parecen

ridículos, pero cuyos oficios y trajes están encarnados en sus

costumbres.

Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso

lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jamás el

agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los

cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar

y rielar el líquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan

las orillas de jardines y de bosques, y van á sentarse á contemplar el

espectáculo social á la sombra de los árboles y entre el perfume de

las macetas.

Nosotros tenemos la maldita manía de revolver el agua y de arrancar

hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y

al aire, siempre sedientos, contemplando el agua cálida y turbia que

hacemos dificilísima de beber.

Hé aquí mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo

casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles

más anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos

y monumentos históricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines,

regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoña, salpicada de

Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas é Institutos, conteniendo

veintidos clubs y círculos para todas las clases sociales, diez teatros

y salas de recreo, un hipódromo, nueve periódicos diarios y once lógias

masónicas; mitad católica, militante y revolucionaria libre pensadora,

la tengo yo comparada á una rica, nobilísima y aristocrática viuda

legitimista que sonríe á la república, papista que no llora el perdido

poder temporal de los Papas, que se ha retirado á vivir y á morir

tranquila en sus opulentas posesiones, á cuidar de sus incomparables

viñedos y á gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin

ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la

majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su

ilustracion y de su bien heredada opulencia.

Hé aquí mi juicio sobre Burdeos, donde empecé mi poema, y de donde salí

para París á estudiar mucho que no sabia, y á adquirir algo que me

hacia falta para llevar á cabo mi incompleta _Granada_.

Recuerdos Del Tiempo Viejo · 第 49 / 64 题