Aquí debian tener fin estos Recuerdos mios. Lo que va á seguir, no
deberia tal vez ser publicado hasta despues de mi muerte; pertenece,
más que á mis Recuerdos del tiempo viejo, á mis memorias póstumas:
es exclusiva y personalmente mio, es historia íntima de mi corazon:
va acaso á ser enojoso para mis lectores de _El Imparcial_, y no va
seguramente á interesar más que á dos docenas de viejos como yo, que á
aquellos tiempos hayan como yo sobrevivido: y no va por fin á despertar
en ellos más que un sentimiento ficticio, efímero, _artístico_, si se
me permite esta calificacion, como el que nos inspira la accion de un
drama sentimental miéntras á la representacion asistimos. Lo que va
á seguir es una página de la leyenda de mi alma: soy yo en ella el
protagonista; ¡y soy yo tan poca cosa para hablar tánto de mí mismo!
Una razon me abona sin embargo: hace cuarenta y tres años que se habla
de mí en España: quiénes me celebran y quiénes me critican; algunos me
calumnian, muchos me envidian y pocos saben lo que de mí dicen, y pocos
dejan de juzgarme sin pasion, porque ya nadie me conoce á través de
tánto como se ha supuesto y se ha dicho del vagabundo autor de _D. Juan
Tenorio_.
Los meridionales, y más que ningunos los españoles (y más entre estos
los andaluces), tenemos la cualidad y la pretension de ser narradores
y narradores chistosos: no podemos repetir una historia, un cuento, un
sucedido, un dato cualquiera, sin añadirle algo de nuestra cosecha; así
que, al salir de la boca del quinto narrador, ya no conoce la historia
ó el suceso narrado, ni el que la inventó ni al que le sucedió; y como
cada cual sostiene las añadiduras y variaciones por él intercaladas en
el relato, é impugna ó contradice las de los demás, todo copo de nieve
llega á ser una bola, todo grano de arena un monte, toda historia una
novela y todo cuento una mentira; por lo cual, no creo yo nunca nada
del mal que se dice, ni de lo malo que se cree de las mujeres ni de
los hombres notables: al contrario, comienzo siempre á simpatizar con
toda mujer de quien se habla mal y con todo hombre conocido á quien se
critica; porque estoy convencido de que tánto más de bueno deben de
tener, cuanto más de malo les aplica y atribuye la maledicencia.
De la mujer especialmente tengo yo mis ideas particulares.
Hay sobre la mujer mil pareceres;
allá va el mio aunque parezca raro:
yo amé toda mi vida á las mujeres;
entendámonos bien y hablemos claro:
más que por torpe gérmen de placeres
me es el amor de las mujeres caro,
porque ellas son, por más que digan otros,
muchísimo mejores que nosotros.
Se ha hecho moda hablar de ellas con desprecio;
yo de hablar de ellas bien tengo manía;
al que habla de ellas mal tengo por necio,
falto de corazon y cortesía.
No objeto para mí de menosprecio
son, sinó manantial de poesía:
no obró conmigo mal jamás ninguna,
y debo más de un bien á más de una.
Desde la vírgen que en los cláustros ora
hasta la vil, impúdica ramera
que, enfangada en el vicio, á cada hora
á sí se infama y á su raza entera,
toda mujer que deshonrada llora,
toda la que en dolor se desespera,
de su duelo ó su infamia, no os asombre,
la ocasion ó el orígen es un hombre.
Y apuntada de paso esta opinion mia con respecto á las mujeres, sigo
adelante con las que respecto á mí mismo voy aduciendo: y no creo que
voy muy descarriado al creerme con derecho á decir algo de mí mismo,
despues de haber oido y tolerado sin chistar por espacio de cuarenta y
tres años, cuanto amigos y enemigos, chismosos y desocupados y vulgo,
en fin, que nunca sabe donde tocan las campanas que oye, han dicho y
escrito de mí; de mí, pobre insensato que nunca supe contentar á nadie,
ni acerté con nadie á quedar bien, y á quien Dios acordó lo único bueno
que de nada en España sirve: la modestia de reconocerse y la humildad
de no aspirar á nada; no creyéndome para nada con aptitud, por haberme
pasado la juventud concentrado en mí mismo, aspirando sólo á conseguir
un ideal que sólo dentro de mí mismo albergaba mi esperanza, y en
la soledad de mi alma únicamente crecía, como una palma estéril sin
compañera, condenada á secarse sin fruto en el desierto de mi inútil
existencia.
Voy, pues, á alargar con unos capítulos más estos Recuerdos, y á decir
de mí mismo y de mi casa lo que yo sólo sé; porque por mucho que de mí
sepan, por observacion y por induccion, los curiosos, los críticos, los
murmuradores y los entremetidos, sólo los necios podrán disputarme el
derecho de saber mejor que yo lo que por muchos años he guardado entre
pecho y espalda, y la idea que mi pensamiento en palabras jamás ha
formulado.
Pero vayamos ya adelante con mi historia, echando á un lado digresiones
y zarandajas.
Era jefe político de Madrid el Sr. D. Antonio Benavides, y secretario
Pepe Rojas, pariente mio por parte de mi primera mujer. Hacia ya
muchos meses que mi infeliz madre habitaba en casa de una vieja prima
de mi padre, viuda, bien acomodada, que habia vivido largos años en
una ciudad de Francia, que por entónces vivia sola en Madrid, porque
se habia extrañado de la única hija que de su único matrimonio habia
tenido, porque aquella hija habia contraido uno de esos que se llaman
de amor con un hombre tan honrado y laborioso como falto de bienes de
fortuna. Aquella tia segunda mia, que habia hecho cierto papel en el
tiempo de Fernando VII, y la vida del gran mundo en la buena sociedad
de su tiempo, no habia perdonado jamás á su hija, que vivia en Toledo
en donde yo la conocí, tan honrada como pobre y tan contenta con su
mala suerte cuanto serlo la permitia el largo abandono y el tenaz
olvido de su madre orgullosa ó descorazonada.
Parece que en mi familia los cabezas de ella han mantenido el principio
de la autoridad paterna en toda la rigidez absoluta del derecho romano,
y no han sabido nunca transigir con el tiempo, ni contemporizar con
las circunstancias, ni perdonar la desobediencia, ni otorgar olvido
al extravío juvenil, ni tener en cuenta la fuerza de la pasion, ni la
ceguedad del error de sus hijos. Mi prima de Toledo tenia una hija
preciosa á quien habia bautizado con el poético nombre de Esperanza: la
chica era á los catorce años una preciosa criatura, cifra expresiva de
la esperanza de su pobre madre; pero su abuela no albergó nunca bajo su
techo á su tan hermosa como inocente nieta... é ignoro lo que de ésta
y de sus padres ha sido despues del fallecimiento de mi tia. Con ella
vivia mi madre en provincia, cuando mi pariente Pepe Rojas me envió con
un guardia civil una carta anunciándome que el Excmo. Sr. Benavides, su
jefe, deseaba que me avistara con él en su gabinete, de nueve á diez de
la noche, para un asunto que me concernia.
Alarmó á la gente de mi casa aquella cita con puntas de órden; pero
como nunca me habia yo mezclado en la política, acudí sin inquietud al
gabinete del jefe político, que era por otra parte lo más político y
bien educado del mundo, muy deferente como muy ilustrado con la gente
de letras, y especialmente benévolo conmigo.
La cuestion era tan sencilla y prevista en su fondo como inesperada
y extraña en su forma; mi padre, despues de seis años de emigracion,
en vista de que casi todos los de su partido, acogiéndose á las
amnistías, habian regresado á sus pátrios hogares, y de que S. M. la
Reina D.ª Isabel II reinaba tranquilamente en España, reconocida por
todas las potencias de Europa, se convenció de que su constante y leal
adhesion á la causa del Pretendiente no le serviria más que para morir
inútilmente, sin provecho suyo ni ajeno, en tierra extranjera, y se
decidió á enviar al Gobierno una representacion solicitando el permiso
de volver á España.
Pero esta representacion se dirigia á S. M. la Reina, empezando con
estas palabras: «Señora: puesto que V. M. reina ya de hecho, D. José
Zorrilla Caballero, alcalde de casa y corte, consejero, etc., etc.,» lo
cual parecia significar que el que aquella representacion firmaba no
reconocia Reina de derecho á D.ª Isabel. El jefe político, por encargo
del Consejo de ministros, me llamaba para que yo dijese si era la firma
de mi padre la de aquel documento: y ante mi afirmativa respuesta, no
dijo más aquella grave autoridad que estas palabras: «En ese caso...» y
encogiéndose de hombros, dobló el papel en que me mostró la firma.
Despues de una breve conferencia, en la cual la discrecion del Sr.
Benavides correspondió con la reserva que á mí me convenia guardar
en aquel caso por respeto á mi padre, me despidió con muy corteses
palabras, y yo me apresuré á ir á tranquilizar á mi mujer; en España no
las tiene nadie consigo cuando tiene que habérselas con la autoridad.
Yo fuí quien no pude tranquilizarme ni conciliar el sueño en toda
la noche. La forma en que venia la representacion de mi padre habia
levantado en mi corazon una tempestad de inquietudes, en mi imaginacion
un volcan de preocupaciones y una tupida niebla de dudas en el campo
de mi esperanza. Tenia yo entónces fé en muchas cosas en que hoy ya
no creo, y quedábame aún un amigo en cuyos consejos esperar podia, en
cuyo amparo debia fiar y en cuyos brazos podia esconder mi cabeza para
derramar mis lágrimas. Era este el docto é ilustre prelado D. Manuel
Joaquin de Tarancon, recientemente preconizado obispo de Córdoba, y que
moraba entónces en la corte y en la calle de la Union por ser senador
del reino. El Sr. Tarancon, condiscípulo de mi padre, á quien éste
tenia en muy alta estima y que á mí me profesaba un cariño paternal,
habia sido mi catedrático y mi confesor.
Habia gozado con los éxitos de mis obras, como si verdaderamente mi
padre hubiera sido; me habia ilustrado con sus consejos, me habia
corregido con sus observaciones, y tenia una sincera satisfaccion de
haber llegado á ver poeta celebrado al estudiantuelo de quien habia
cuidado en la universidad, y al chiquitin á quien habia visto romper
á hablar en los brazos de su madre, en la intimidad y al calor del
hogar paterno. Aún tengo en mis pupilas la imágen venerable de aquel
sabio, tan hombre de mundo como poco mundano, revestido de su morado
hábito episcopal, con su pectoral y su anillo de esmeraldas, que
me contemplaba con los ojos arrasados en lágrimas, pasando por mis
abundosos cabellos sus aristocráticas manos, y derramando con sus
santas palabras la luz de la esperanza sobre las tenebrosas dudas de mi
alma. ¡Dios tenga la suya en la mansion eterna de las de los justos!
Entre mis recuerdos del tiempo viejo su memoria es el más precioso,
y su figura es la más augusta é imponente que esculpida en la mia
conservan mi gratitud y mi veneracion.
Por él supe pocos dias más tarde que el Gobierno habia enviado á mi
padre autorizacion para volver al suelo pátrio, reconociéndole ántes
sus títulos y gerarquía, considerando sus años de emigracion como
pasados al servicio de la Reina, y señalándole veinte mil y pico de
reales de jubilacion que le correspondian por su categoría en la alta
magistratura. Debia todo esto mi padre, no sólo á la influencia de mi
reputacion literaria, sinó á la eficaz proteccion con que le ayudaba
un conocido personaje, que aún vive y conserva su influencia en los
negocios políticos de nuestro país; pero á quien yo nunca he tratado,
de quien no sé si se ha ocupado jamás de mí, ni si ha leido una letra
mia, ni si personalmente me conoce. Un dia me dijo Tarancon: «Prepara
en tu casa un aposento para tu padre, que vendrá la semana próxima.»
Mi mujer se ocupó con miedo y alegría del mueblaje y decoracion del
alojamiento de aquel tan esperado y temido huésped, y anduve yo ocho
dias casi insomne y ayuno por su venida; y anduvo mi mujer inquieta y
avizorada, como si la llegada de mi padre debiera ser la aparicion de
la sombra de Bancuo en el drama de Shakespeare.
Diez dias despues recibí un billete en que me decia el obispo Tarancon:
«Mañana llega tu padre; pero no vayas tú á esperarle ni á recibirle;
debe de ver y hablar á otra persona ántes que á tí; yo le tendré un dia
en mi casa y te le llevaré á la tuya.» Y todo se hizo como Tarancon
lo dispuso; y él llevó á mi padre á su casa, y estuvo y habló en ella
con él á solas veinticuatro horas; al cabo de las cuales entró con el
venerable prelado el ex-superintendente general de policía del Rey D.
Fernando VII, en casa de su hijo, el autor de _Don Juan Tenorio_.
Mi padre era el último eslabon entero de la rota cadena de la época
realista, la cifra viviente, el recuerdo personificado del formulista
absolutismo, el buen estudiante ergotista de las Universidades de
sotana y manteo, el doctor en ambos derechos por el cláustro de la
de Valladolid; convencido desde su niñez de que sólo el estudio del
derecho, la teología y los cánones podia producir hombres, y de que
sólo la toga y la golilla podian darles representacion, dignidad y
posicion social. Yo era el primero y débil eslabon de la nueva época
literaria, el atropellador desaforado de la tradicion y de las reglas
clásicas, el fuego fátuo, leve é inquieto, personificacion de la
escuela del romanticismo revolucionario: mi padre, cansado pero no
rendido, iba á perderse en la sombra de lo pasado, y yo sin medir la
inmensidad desconocida en que iba á arrojarme, fiaba en mis nacientes
alas para cruzar el espacio luminoso del porvenir. El padre y el hijo,
el último y el primer eslabon de los dos pedazos de la rota cadena, se
enlazaron en un abrazo, se fundieron al fuego del natural cariño, y
brillaron por un momento unidos y soldados, esmerilados y limpios por
las lágrimas ardientes que vertian por sus ojos sus corazones prensados
y exprimidos por un placer inexplicable.
Yo no he tenido hermanos: mi padre me separó de sí á los nueve años
para meterme en un colegio, y habíamos vivido juntos muy poco tiempo:
él no habia modificado su cariño ni sus derechos paternales en la
gradacion del trato de su hijo niño, adolescente, mancebo y al fin
hombre; me encontraba niño como cuando de nueve años me separó de sí; y
viejo robusto y de elevada estatura, me levantó en sus brazos como si
todavía no hubiera pasado de aquellos nueve años á que su cariño y sus
recuerdos paternales se remontaban. Al volver á dejarme en el suelo,
dijo mi padre contemplándome, no sé aún con qué sentimiento:--«¡Qué
chiquitin te has quedado!»--El obispo Tarancon, que enjugaba sus
lágrimas sin rebozo, le dijo:--«Chiquitin es; pero se ha colocado á tal
luz que ya te cobija con su sombra.»--No sé lo que pensó mi padre, que
no respondió á la halagüeña alusion del prelado. Mi mujer le mostró y
condujo á su habitacion: el buen obispo de Córdoba nos dejó en ella
muy satisfecho, y quedólo no poco mi padre de hallar en mi casa la
paz doméstica, y el tranquilo bienestar de la medianía á quien nada
falta ni nada sobra. Halló en su cuarto muchas coronas, cuyas fechas
y dedicatorias leyó con mucha atencion, y sin atreverse en largo
espacio á volverse á mí, para no dejarme ver la emocion que le causaban
aquellos emblemas poéticos de la efímera gloria de su hijo. Así comenzó
la breve temporada de la vida de familia que con nosotros hizo.
Comimos, salió él en carruaje á sus visitas y volvió á las diez y media
de la noche. A las once anunció su necesidad de recogerse: le ayudé
á desnudarse, le acosté... y no me da vergüenza consignarlo: cuando
le tuve acostado, me senté en su cama, le dí mil besos, le hice mil
cariños, le dije mil niñerías; le traté como habria tratado á mi pobre
madre, acariciándole y mimándole como cuando yo tenia seis años. Rióse
él y enternecióse, y díjome en fin despidiéndome:--«Eres un chiquillo y
no tienes formalidad.» Le arreglé la ropa, le coloqué la pantalla en la
lamparilla, y dándole las buenas noches con el último beso... le dejé
solo con sus pensamientos.
No habíamos hablado de nada: nada nos habíamos dicho: ni una palabra
del pasado, ni una alusion al porvenir, ni una observacion sobre lo
presente. ¿Qué pensaba de mí mi padre? Que me habia quedado chiquito y
que no tenia formalidad: esto era lo único que su lengua habia dicho,
pero su corazon habia tambien hablado por la emocion y las lágrimas
delatoras de sus sentimientos de padre: su corazon habia respondido al
llamamiento del mio, y el hijo estaba ya seguro de que tenia padre.
Pero ¿quién iba á dominar mañana en su ánimo, el corazon ó la cabeza?
¿Quién se iba á revelar definitivamente, el padre ó el magistrado? Yo
dormí mal, y esta cuestion me tuvo insomne é inquieto toda la noche.
A la mañana siguiente, despues del desayuno, entabló á solas conmigo el
diálogo, sobre palabra más ó ménos, de esta manera.
--Necesito algo de algun ministro; ¿cómo estás tú con este Gobierno?
--Yo estoy bien con todos.
--Tengo una pretension en el negociado de Instruccion pública.
--El director es D. Antonio Gil y Zárate y el ministro Nicomedes Pastor
Diaz.
--Segun el prólogo que puso á tu primer libro, si no le has hecho
alguna botaratada, debe de ser muy tu amigo.
--Es como si fuera mi hermano mayor: tan indulgente y tan cariñoso, que
si hubiera cometido la torpeza ó tenido la desgracia de jugarle alguna
mala pasada, no se hubiera dado por entendido de ella ó me la hubiera
perdonado. Donoso Cortés, D. Joaquin Francisco Pacheco y Pastor Diaz me
han servido de padres en ausencia de V.
--Buenos amigos tienes, si sabes conservarlos. ¿Cuándo podré ver á
Pastor Diaz?
--Hoy mismo, á la una, en el ministerio. No será la primera vez que
hable V. con él.
--¿Te ha dicho?...
--Todo: que le debe á V. tal vez la vida.
--Es posible: su situacion era dificilísima. Venia yo de comisario
régio con la expedicion carlista que entró en Segovia. Creíamos
encontrarte allí con él.
--Yo esparcí la voz de que me encerraba en el alcázar, pero me volví á
Madrid.
--Te hubiéramos visto con gusto.
--Yo no le hubiera tenido en ir á Oñate á hacer versos á Cárlos V y á
San Luis Gonzaga. No hubieran tenido el éxito de los que he escrito en
Madrid.
--Es verdad: Nicomedes se vió obligado á esconderse en un horno; yo lo
supe y me alojé en la casa en que estaba. En un momento en que soldados
revoltosos podian haber dado con él y cometer cualquier tropelía, me
senté yo á la boca del horno y entablé con él conversacion á través de
la tapa que le cerraba y que él sostenia por dentro. Le dije quién era
y le pregunté por tí. Cuando tocaron bota-silla, no abandoné aquella
casa hasta que las tropas comenzaron á salir de la poblacion, y le dije
el camino que íbamos á tomar para que echara por el opuesto.
--Así me lo ha contado él.
--Me holgaré de conocerle, porque no pudimos vernos entónces.
--Pues hoy se verán Vds.
Salí yo á la imprenta de Boix, donde tenia en prensa una leyenda, salió
mi padre á hacer ciertas compras, y á la una nos presentamos en el
edificio de la calle de Torija, donde estaban por entónces las oficinas
del ministerio de Fomento.
A mi presentacion abrió el portero la mampara del despacho
de Nicomedes, y anunciándome, me abrió paso. Hallábase allí
accidentalmente Patricio de la Escosura, que acababa de ser nombrado
jefe político de Madrid; soltó al verme el baston y el sombrero que en
la mano tenia, y pasándome el brazo por la cintura, me hizo dar una
vuelta de él suspendido: no tuve yo más que el tiempo necesario para
decirle al oido: «mi padre», ni él necesitó más para volverme á dejar
en pié, y dirigiéndose á aquel que tras mí habia entrado, le dijo,
tendiéndole la mano: «A nuevos tiempos nuevas costumbres, Sr. Zorrilla:
hoy son así recibidos los poetas, y donde quiera que vaya V. con su
hijo verá lo mismo.»
--Ya veo--respondió mi padre--que mi hijo es el más afortunado
tarambana de Madrid.
Presentéles yo unos á otros, mi padre á Nicomedes y Escosura á mi
padre: recordó éste al de aquel don Jerónimo de la Escosura, director
de la fábrica de tabacos en su tiempo; y unos con otros corteses, y
unos con otros cumplidos, despidióse Patricio y quedamos mi padre y yo
á solas con Pastor Diaz.
Hablaron en secreto mi padre y él: pidió éste á poco su carruaje y
partió con mi padre, previniéndome que si me cansaba de esperar me
fuera á mis quehaceres, que él se encargaba de mi padre; y yo, despues
de aguardar largo tiempo su vuelta en el despacho de Gil y Zárate,
volví á mi casa, donde el carruaje de Pastor Diaz habia conducido á mi
padre.
--¿Qué tal?--le dije.--¿Ha quedado V. contento de Nicomedes?
--Jamás fué pretendiente mejor servido que yo. Dentro de cuatro dias
puedo irme á cuidar de la hacienda de Torquemada, con todos mis
negocios despachados en Madrid.
--¿Tan pronto piensa V. dejarnos?
--No es Madrid ya para mí. Sus casas son muy estrechas: tenemos casi un
palacio allá: hay además que recepar y acodar las viñas, que abonar
las tierras y reponer las huertas, de todo lo cual no te has ocupado tú.
--Yo al abandonar á V. renuncié á todos mis derechos: ¿por qué no me
envió V. órden y poderes legales?
--Olózaga te los ofreció, y levantar el secuestro.
--Pero yo se lo hice á V. avisar: ¿por qué no determinó V.?
--Eres hijo único y heredero forzoso: todo el mundo te hubiera dado la
razon.
--Yo no he contado con nadie en el mundo más que con V.: todo lo que
he hecho, por V. ha sido y no he pensado más que en V. Si yo me he
hecho aplaudir y me he hecho querer, no ha sido mas que para esperar y
preparar su vuelta de V.; no he tenido más ambicion que la de volver á
los brazos y al cariño de mi padre, y morir con él en la tranquilidad
del hogar paterno.
--Has sido un tonto. Con la fama que has adquirido, con los amigos que
tienes, hoy debias de ser cuando ménos subsecretario de Pastor Diaz.
--Usted era carlista y optó por la emigracion: no creí decoro del hijo
no ser nada en el gobierno que no habia aceptado el padre; he rechazado
todo cuanto se me ha ofrecido: todos los literatos están empleados
ménos yo: hoy puede V. haber visto que no es por falta de favor.
--Por eso te he dicho que eras un tonto.
--Pero si yo he hecho milagros por V... Me he hecho aplaudir por la
milicia nacional en dramas absolutistas como los del rey Don Pedro
y Don Sancho: he hecho leer y comprar mis poesías religiosas á la
generacion que degolló los frailes, vendió su conventos, y quitó las
campanas de las iglesias: he dado un impulso casi reaccionario á la
poesía de mi tiempo; no he cantado más que la tradicion y el pasado:
no he escrito una sola letra al progreso ni á los adelantos de la
revolucion, no hay en mis libros ni una sola aspiracion al porvenir.
Yo me he hecho así famoso, yo, hijo de la revolucion, arrastrado por
mi carácter hácia el progreso, porque no he tenido más ambicion, más
objeto, más gloria que parecer hijo de mi padre y probar el respeto en
que le tengo...
--¡Bah, bah! Quijotadas.
--¡Ay, padre! Cuando perdamos los españoles lo que tenemos de Quijotes,
¿en qué vendremos á parar?
--Lope de Vega y Calderon eran teólogos ántes de poetas: Melendez
Valdés fué como yo oidor de la Chancillería: todavía es tiempo;
eres muy jóven: métete un año á estudiar, y con cuatro ó cinco mil
reales y los amigos que tienes, puedes doctorarte en Toledo; y siendo
jurisconsulto puedes serlo todo. Yo me voy para Torquemada: allí debe
de ir tu madre, y no quiero que se encuentre sola sin mí entre aquellos
pardillos, maestros de gramática parda.
Una nube negra que pasó por mi cerebro entristeció mi alma, envolviendo
en lágrimas mi pasado y en tinieblas mi porvenir.
Aquella noche me fuí á casa de Tarancon y le dije: «he perdido todo lo
hecho: mi padre, el único por quien todo lo hice, es el único que en
nada lo estima.»
Tarancon lo comprendió todo: me abrazó y sobre su morada túnica
episcopal dejé correr las lágrimas más amargas que han abrasado mis
párpados. Tarancon no era hombre de intentar consolar con palabras
banales una pesadumbre que no podia tener momentáneo consuelo.
--Yo me arreglaré con tu padre--me dijo despues de largo silencio.--Tú
emprende alguna obra de importancia que necesite estudios, atencion y
tiempo. Teníamos convenido en escribir juntos un libro de la Vírgen;
esto halagaria mucho á tu padre y enloqueceria á tu madre de alegría;
pero yo no tengo ya tiempo para meterme en tal trabajo. Me has hablado
de Granada. Emprende tu poema morisco y empieza por ir á localizarte en
la ciudad de Boabdil. Si no tienes dinero, cuenta con mi bolsillo; no
está muy lleno, pero entrarás á la par con los pobres de mi diócesis.
Deja á tu padre irse á Torquemada, y... ¡á Granada tú! Fia en Dios y
cuenta conmigo.
Y mi padre se fué á Castilla, y yo empecé á pensar en Granada. Pero,
¿qué importa todo esto á los lectores de _El Imparcial_? Todas estas
_memorias íntimas_ figurarian tal vez muy bien en las mias _póstumas_:
vivo yo aún, pueden ser tachadas de pretenciosa é insoportable vanidad:
pero ya he tirado del primer hilo y voy á deshacer todo el ovillo.