Algunas horas después Delaberge se internaba en el bosque y se dirigía
muy pensativo hacia Rosalinda.
No tenían sus pensamientos ni la ligereza de las blancas nubecillas que
corrían por encima de los árboles, ni tampoco la alegría de las flores,
cuyas notas de color vivísimo salpicaban la hierba, sino que eran muy
graves y trascendentales.
«Sí--iba diciéndose,--Miguelina se engaña: algo hay que puedo yo hacer
por ese muchacho que es mío y de quien la fatalidad para siempre me
separa... Puedo darle la felicidad con que sueña y que desespera
alcanzar. Ama a la señora Liénard, y ella siéntese también inclinada a
amarle. Solamente que, por orgullo, teme el muchacho descubrir su
ternura, y ella también, demasiado respetuosa con ciertas exigencias
sociales, duda en dejarse llevar por sus propias inclinaciones. Pues
bien, yo puedo servir de lazo de unión entre estos dos corazones que se
desean y no se atreven a confesarlo. Dignos son el uno del otro y como
hechos para saborear esa felicidad rarísima: el amor en el matrimonio.
Esta felicidad yo se la habré dado y al menos tendré una acción buena en
mi existencia inútil. Me consolaré en mi soledad pensando que ellos son
felices y, aunque delgadísimo, esto será un lazo de unión entre mi hijo
y yo.»
Esta idea le alegró un poco el corazón, y meditando en todo ello
perdíase su mirada en las lejanías del bosque... Una apagada y verdosa
claridad reinaba en aquel fresquísimo lugar. Los diminutos pétalos que
envuelven los botones de las hayas antes de su completa madurez, se
desprendían de las ramillas y caían al suelo como finísima lluvia,
produciendo un rumoreo apenas perceptible, mientras un rayo de sol los
hacía a veces brillar como si fuesen polvillo de oro.
«Durante toda mi existencia--pensaba Francisco--han ido cayendo en el
pasado todos mis días, lo mismo que esos pétalos secos, sin que un solo
acto generoso los haya iluminado un instante. Ya no será ahora así, ya
tendré un rayo de sol en mi pobre vida.»
Del mismo modo que el verdor le refrescaba los ojos, la idea de que iba
a trabajar por la felicidad de Simón, de que ya no vivía únicamente para
sí, le refrescaba el alma. Esto le daba valor para hablar a la señora
Liénard de esos delicados asuntos de sentimiento, tan peligrosos cuando
se ha estado a punto de amar a la mujer con quien se trata de ellos.
Mucho se esforzaba en olvidarla, pero no podía disimularse que aún
sentía una tierna inclinación hacia esa mujer, cuyo sabroso encanto y
cuyo espíritu lleno de alegres ternuras habían por un momento hecho
latir su corazón de cincuentenario. En el aire perfumado de los bosques
la riente imagen de la señora Liénard se le aparecía con mayores
atractivos aún; veía sus ojos límpidos, su frente pura y la morbidez de
sus mejillas aterciopeladas, la gracia de sus labios... Se apoderaba de
él una profunda melancolía al pensar que todas esas delicias, que todas
esas suavidades de la intimidad femenina no se habían hecho para él. Un
húmedo soplo, que de vez en cuando movía las hojas de los árboles y
parecía subir de las profundidades del bosque iba murmurando en sus
mismos oídos: «¡No será para ti!...»
De pronto, la presencia de un roble joven y robusto, que elevaba a los
cielos su tronco recto y liso, le recordaba a su hijo Simón y le hacía
avergonzarse de su vuelta al egoísmo.
«Seamos fuertes--se decía entonces,--si no te costase esto un
sacrificio, ¿dónde estaría el mérito del acto que vas a cumplir?»
Arrojaba de sí con energía esas añoranzas y luchaba valientemente con
esos enternecimientos retrospectivos. Quería presentarse ante la señora
Liénard, dueño por completo de sí mismo, a fin de hacer más persuasivas
sus palabras y arrancarle la confesión de su amor por el joven
Princetot. Apresuró el paso como si la rapidez de la marcha hubiese
tenido la virtud de avivar sus ardores y de espolear su voluntad.
Algunos minutos después llamaba en la verja de Rosalinda y con un ligero
latir en el corazón y una palidez angustiosa en el rostro penetró en el
salón donde se encontraba la señora Liénard.
--¡Ah!--exclamó ésta al verle,--en la cara le conozco que viene usted
para despedirse...
Y al decir estas palabras una súbita tristeza apagó la alegre sonrisa de
sus labios y de sus ojos.
--No sé cómo expresarle--continuó diciendo la joven--hasta qué punto me
entristece la idea de su marcha.
Mientras hablaba, sus clarísimos ojos se ensombrecían y cubríanse de una
sutil humedad, por lo que Delaberge comprendió que eran absolutamente
sinceras sus palabras.
--Sí--repuso Francisco también profundamente conmovido;--vengo a
despedirme de usted; probablemente marcharé mañana.
--¡Tan pronto!... Me han dicho, sin embargo, esta mañana que de su
conferencia con los usuarios no ha resultado nada bueno... ¿Habremos de
renunciar a toda esperanza de arreglo?
--Eso no; lo que hay es que les ha faltado a los usuarios un poco de
paciencia... No he recibido todavía la respuesta del ministro; pero,
entre nosotros, puedo decirle que estoy casi seguro de que habrá de ser
satisfactoria.
--Gracias por el interés que nos demuestra... Mas es para mí un dolor
que usted se marche... Me había acostumbrado ya a sus buenas visitas, y
no puedo imaginarme que sea ésta la última... Siéntese aquí, muy
cerquita...
Hablaba con tono tan afectuoso, filial casi, que fue dando a Francisco
mayor aplomo para abordar la delicadísima cuestión de que quería
hablarle. Se sentó a su lado y le dijo así, esforzándose por sonreír:
--Antes de separarnos, señora mía, sería bueno quizás que reanudásemos
nuestra conversación de ayer... Temo no haber correspondido como debía a
la confianza de que me dio usted tan gran testimonio... Al ver mi prisa
por marcharme, seguramente me acusó usted de indiferencia. No hay nada
de eso. He pensado mucho, por el contrario, en todo lo que usted me dijo
y he tomado en ello un verdadero interés.
--¿Será cierto?... Me alegro mucho, pues ya me sentía avergonzada de no
haberle hablado sino de mí y casi me arrepentía de haber estado
contándole tan minuciosamente las quimeras que rebullen en mi loca
cabeza.
--¿Es que no son en realidad sino quimeras?
Camila Liénard se ruborizó y abrió inmensamente sus hermosos ojos.
Delaberge prosiguió:
--En ese retrato que hizo usted del marido soñado, pienso que no es
imaginario todo... Puede que haya en alguna parte un ser real en quien
usted pensase... inconscientemente, cuando me iba enumerando las
cualidades de su ideal.
--No... no, yo se lo aseguro; yo no sé...
--Pues bien, esta última noche, he pensado tanto en todo esto que he
acabado por leer muy claramente en el fondo de su corazón.
--¡Vaya!...--murmuró la dama afectando tomarlo a broma.--En ese caso,
sería usted mucho más hábil que yo misma... ¿Y qué es lo que ha leído
usted en mi corazón?
--Probaré de explicárselo... Se ha encontrado usted con alguien hacia el
cual se siente secretamente atraída y al que cree enteramente digno...
Si no escuchase más que su propio gusto, iría usted espontáneamente
hacia él... Pero ese joven... porque es joven--añadió con un poco de
tristeza,--aunque es su igual por la inteligencia y por el corazón, no
pertenece a la misma clase social que usted, y se siente detenida por
escrúpulos convencionales; teme usted que sus amigos, que las personas
de su propia sociedad condenen la elección y condenen el suyo como un
matrimonio desigual...