IX

Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había vuelto un poco su

rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores

de un jarrón que tenía a su alcance.

Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a

poco entre sus rosados dedos.

--Sea usted franca y dígame si he leído bien en su corazón.

--Creo... que sí--murmuró la viuda sin mirarle.

--Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese joven?

--No--murmuró levantando hacia él sus húmedos ojos; después añadió

aturdidamente, con una vivacidad en que se descubría a la vez su

contento y su angustia:--Usted le ha visto... _El_ es quien le ha

hablado de mí...

--No, _él_ tiene demasiado orgullo para confiarse así a un extraño.

--Entonces...--exclamó impetuosamente la señora Liénard.--¿Cómo ha

podido adivinar usted?...

--Seguramente conoce usted--dijo sonriendo Delaberge,--aquel dicho de su

país: «Los enamorados llevan sobre sí una planta cuyo perfume embalsama

los caminos por donde pasan». Cuando mi primera visita, este perfume

embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompañado del

señor Princetot, adiviné que llevaba consigo la planta y que florecía

por usted.

El rubor cubría las mejillas de la señora Liénard, sus labios sonreían y

brillaban sus ojos con luces del alba, pero no podía articular ni una

palabra. Por única respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendió

sus dos manos a Delaberge, quien las guardó un momento entre las suyas.

--No--prosiguió diciendo.--Simón Princetot no me ha hecho confidencia

alguna... Mis palabras no tienen otro motivo que el vivísimo y simpático

interés que siento por usted, señora mía... Volvamos ahora a sus

escrúpulos. En realidad, si duda usted y vacila en seguir su propia

inclinación, no es sino por el temor de lo que han de decir las

gentes...

Camila convino en ello con toda franqueza. Aunque vivía muy

independiente, no dejaba de tener parientes y amigos de rancio pensar,

que sin duda se escandalizarían. En provincias, todavía les parecen a

muchas gentes infranqueables las barreras que separan a las distintas

clases de la sociedad; los perjuicios y las prevenciones persisten con

mayor fuerza que en París; se conocen unos a otros demasiado para no ser

esclavos del qué dirán. El día en que sus relaciones supiesen su

matrimonio con el hijo de un hostelero, quedaría descalificada y se

haría el vacío en su derredor... Su primera educación y la influencia

del medio habían hecho al propio Delaberge muy formalista; tenía el

culto de lo respetable y el espíritu de la jerarquía, y por eso

comprendía tan bien los escrúpulos de la señora Liénard. En otra

ocasión, tal vez los hubiera aún exagerado. Pero cuando se juzga en

causa propia, se es menos rígido y muchas veces un deseo nos hace

cambiar los más íntimos sentimientos.

El vivo interés que el inspector general sentía ahora por Simón le

llevaba a transigir con sus antiguos principios y sin mucho miramiento

pegó fuego a sus naves.

--Seguramente--dijo,--en las cuestiones de pura conveniencia hemos de

tener en cuenta la opinión pública. Pero cuando se trata de unir para

siempre la propia vida con la vida de otro, no se ha de escuchar sino la

voz del corazón. Por otra parte, examinándolo bien, tal vez no están del

todo justificadas las desaprobaciones que usted teme... Simón es un

hombre superior, es muy querido y aun popular en todo el país, y si un

día le tienta la política, no hay duda que puede abrirse camino hasta

llegar al Parlamento. Si quiere utilizar sus excelentes cualidades en la

Administración pública, yo le prometo ayudarle con todas mis fuerzas. En

todo caso, paréceme que tiene suficiente voluntad y los méritos

necesarios para llegar muy alto. Añada usted a todo esto, que sus padres

son ricos y que adoran a su hijo. Si un día creen que su actual

profesión es un obstáculo para su matrimonio, crea usted que no

vacilarán en vender la hospedería y en vivir como burgueses, de sus

rentas... Y entonces nada quedará ya de las suspicacias y prevenciones

de sus amigos. La gente pone pronto buena cara a todo aquel que triunfa,

y yo le aseguro a usted que Simón triunfará. Así, pues, no le preocupe

la opinión de los demás: deje a un lado todo prejuicio, siga sus propias

inclinaciones y ame usted a quien le ama.

--Gracias, señor Delaberge--respondió ella, premiándole sus consejos con

una mirada llena de ternura;--tiene usted razón completa, y no escucharé

sino la voz de mi corazón.

--Sea en buena hora... Es probable que venga Simón mañana o pasado para

darle cuenta de la resolución recaída en el asunto de los deslindes...

Recuerde usted bien que es noblemente orgulloso y muy reservado. Ayúdele

usted a hacerle más expansivo... Es usted mujer, y estoy seguro de que

sabrá arrancarle su secreto... Y ahora, señora mía--añadió

levantándose,--voy a despedirme de usted... para mucho tiempo.

--¡Todavía no!... Antes que se marche quiero que visite por última vez

los jardines de Rosalinda.

Le llevó hacia la terraza y cruzaron las anchas avenidas del jardín

donde las flores ponían toques de encendido color y donde las

madreselvas llenaban el aire con su penetrante perfume.

Como el primer día, se apoyó Camila suavemente en su brazo y le hizo

admirar de una en una, sus plantas y sus flores. Visitaron el rústico

emparrado bajo el cual habían hecho sus ramos un día y desde el que se

disfrutaba de tan maravillosas perspectivas; siguieron un trecho por

las orillas del riachuelo sobre cuyas tranquilas aguas inclinaban los

sauces sus ramajes; no se detuvieron sino en la glorieta donde tuvo

Delaberge la primera revelación del amor de Camila por el hijo de la

señora Miguelina....

Este paseo iba recordando a Francisco sus desvanecidos ensueños de

ternura y toda sus ilusiones muertas... Tenía para él la melancolía de

los crepúsculos de otoño, y también el tibio perfume de un ramo de

violetas medio mustias.

Cuando volvían por la avenida principal, donde florecían sus hermosos

rosales, la señora Liénard arrancó una rosa de púrpura y la ofreció a

Delaberge con una mirada llena del más profundo reconocimiento:

--Deje que haga florecer sus manos... Por el camino aspirará usted el

perfume de esta rosa y él le recordará mejor a su pequeña amiga de

Rosalinda... Gracias, señor Delaberge, gracias... Ha sido usted muy

bueno para mí... Bueno como un padre.

--¡Sí, como un padre!--murmuró Francisco, pensando, lleno de dolor, en

que estas palabras encerraban la más cruel de las ironías.

Atrajo hacia sí a la señora Liénard, besó en silencio su frente

purísima, y partió...

Lentamente hizo de nuevo el camino que había hecho una tarde en compañía

de Simón. Vio el hermoso y robusto árbol que el joven con tan profunda

pasión había estrechado entre sus brazos, y a su vez, impulsado por una

infantil superstición, quiso abrazarlo también...

Al pasar cerca de los lavaderos en que la Fleurota le había tan

brutalmente revelado su triste paternidad, apretó el paso y volvió hacia

otra parte los ojos... Llegó con esto cerca del pueblo y se detuvo un

momento junto al estanque inmóvil en cuyas aguas el sol del ocaso ponía

irisados reflejos; dormía taciturna el agua en medio de los espesos

cañaverales que el viento agitaba suavemente, meciendo con aires de

compasión sus blancos penachos. Un coro de ranas elevábase de vez en

cuando de entre los tallos verdeantes y rectos y después súbitamente se

apagaba, dejando percibir en toda su intensidad el silencio de los

campos. ¿Habrá llegado ya la respuesta del ministro?--pensaba

Delaberge.--Si llega esta tarde, todo habrá concluido... y mañana

marcharé.

X

La cocina del _Sol de Oro_ tenía su habitual aspecto de todos los días.

Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el _Príncipe_

silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era más vivo que nunca y

la señora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levantó

los ojos al entrar Delaberge. La delgadísima criada, sentada ante la

mesa, preparaba displicentemente una ensalada.

--¿No ha traído nada el cartero?--preguntó el inspector general.

--Sí que ha traído, señor Delaberge--respondió el _Príncipe_ que, al

fin, se decidió a abandonar los umbrales de la puerta.--Hay un telegrama

para usted.

Con tardo paso, se dirigió hacia una pequeña vitrina, fijada en la pared

y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los

viajeros. Abrióla y entregó a su huésped un pequeño pliego.

A pesar de su aparente indiferencia, lo mismo el hostelero que su mujer

sentíanse vivamente intrigados por ese telegrama encerrado en el sobre

amarillo en que se ponen los despachos oficiales. Sospechaban que ese

pliego contenía la respuesta ministerial y hacía ya más de una hora que

aguardaban impacientes el regreso de Delaberge.

Mientras éste, después de haber roto el sobre, se acercaba a la puerta

para leer mejor el telegrama, el _Príncipe_, guiñando sus ojuelos llenos

de malicia, observaba disimuladamente el rostro del lector y trataba de

descubrir en él si la noticia que el papel contenía iba a ejercer una

buena o mala influencia sobre el importante asunto que tanto interesaba

al pueblo. Por su parte, la señora Miguelina, olvidando un momento sus

cacerolas, dirigía su furtiva mirada en la dirección de su antiguo

amante y pensaba con honda angustia: «¿Se marchará, al fin?»

El telegrama oficial decía de este modo:

_Director general de montes a inspector general, en

Val-Clavin.--Proposiciones aprobadas por el ministro. Nuevas

instrucciones en este sentido se mandan al inspector provincial de

Chaumont._

Plegó Delaberge tranquilamente el telegrama y se lo metió en el

bolsillo. Su rostro expresaba una visible satisfacción.

--Señora Princetot--dijo,--marcharé mañana por la mañana y le

agradeceré, lo mismo que al señor Princetot, que me preparen esta misma

noche la cuenta...

Aquí se detuvo un momento como para ganar un poco de aplomo y después

continuó dirigiéndose a sus dos huéspedes, aunque más particularmente a

Miguelina:

--Mi comisión ha terminado y no es probable que se me presente nueva

ocasión de volver a Val-Clavin. De manera que mi despedida de esta noche

es definitiva... Les agradezco mucho todas sus atenciones y voy a

pedirles un último favor... En vez de volver a Langres, desearía

regresar a París por Is-sur-Tille y Dijón. ¿No tendría su hijo la bondad

de conducirme en carruaje mañana por la mañana hasta la estación de

Very?

--Nada más fácil--se apresuró a contestar el _Príncipe_;--la estación no

dista más que una media hora y Simón le acompañará sin duda

gustosísimo.

El rostro de la señora Princetot se ensombreció y a pesar de su gran

fuerza de disimulo no logró encubrir su viva inquietud.

--¿No podrías ir tu mismo, Princetot?--objetó Miguelina.--Simón está

siempre tan atareado...

--No, hija, es demasiado temprano para mí--repuso el _Príncipe_ que

gustaba de levantarse tarde.--Simón salta de la cama apenas clarea el

alba y, además, eso no le empleará más allá de una hora.

--Me agradaría eso tanto más--insistió Delaberge--por cuanto he de

hablar con él de ese asunto de los bosques...--Se volvió hacia Miguelina

y con voz en que vibraba una sentida súplica añadió:--Tranquilícese,

señora Princetot, no molestaré mucho tiempo a su hijo... ¡No me niegue

el placer de hacer el camino en su compañía durante los últimos momentos

que he de pasar en Val-Clavin!...

La mirada de Miguelina se encontró con la mirada de Francisco y tal vez

leyó en ella una solemne promesa de discreción, tal vez comprendió que

la palabra «tranquilícese» encerraba el compromiso tácito de ser hasta

el fin un extraño para Simón, o tal vez se sintió simplemente conmovida

en lo más hondo por la humilde súplica del hombre a quien en otro tiempo

había prodigado sus amorosas caricias. No insistió ya en sus objeciones

y, después de hacer un ademán de aquiescencia, se volvió silenciosa a

sus cacerolas...

* * * * *

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, _Brunete_, el pequeño

caballo bayo, piafaba impaciente ante la puerta del _Sol de Oro_. Se

habían colocado ya las maletas en la parte trasera de la _charrette_

inglesa, en la que Delaberge tomó asiento al lado de Simón. Después de

algunas palabras de vulgar despedida y de una significativa mirada en

que puso la señora Miguelina una súplica de silencio, tomó el caballo el

trote por el camino del estanque.

El cielo estaba cubierto y una ligera neblina humedecía el rostro y las

manos. Delaberge se volvió y al través de la bruma envolvió en una

última mirada las casas grises del pueblo, el estanque en que los

cañaverales temblaban, el repliegue del valle en que Rosalinda se

escondía y lanzó un profundísimo suspiro. Habían llegado a la rampa de

Very y, como la cuesta era muy ruda, Simón bajó para aligerar un poco al

caballo, precisamente cuando el inspector general meditaba sobre la

manera de abordar la cuestión tratada el día anterior en Rosalinda.

Francisco se quedó solo en el carruaje atormentado por sus tristes

pensamientos, pues había también neblina en su corazón.

Contemplaba vagamente los bosques, por encima de los cuales flotaban

jirones de bruma y entre cuyos árboles los pájaros lanzaban aquel grito

lastimero que anuncia los días lluviosos. En cada uno de los árboles del

camino le parecía ver desfilar una a una sus ilusiones de otros tiempos.

Reconocía al pasar cada uno de los sitios por donde había paseado con

sus agitaciones de joven ambicioso, edificando sus ensueños de fortuna y

de ascenso en su carrera. En aquellos tiempos se sentía lleno de

confianza en sí mismo, se lanzaba por los caminos del porvenir con la

intrépida audacia de un aventurero que marcha a la conquista del becerro

de oro. El destino se había mostrado con él por demás complaciente, pues

obtuvo el triunfo mucho antes de lo que esperaba. Nunca, mientras era

humilde guarda general y atravesaba solo los bosques de Val-Clavin,

nunca se había atrevido a imaginar que llegaría a lo más alto de la

escala administrativa.

Y sin embargo, a pesar de sus inesperadas victorias, a pesar de haber

visto satisfechas sus ambiciones, ¿qué le habían dado en realidad esos

veintiséis años devorados uno a uno, consumidos en la fiebre de una

labor cotidiana?... Un poco de humo y un puñado de frías cenizas: nada

fecundo, nada que pusiese un poco de calor en su corazón, nada sólido en

suma... La única obra hermosa y útil que podría poner en su activo, era

ese apuesto y robusto muchacho que caminaba delante de él, orgulloso de

sus veinticinco años y levantando en su imaginación de enamorado

castillos en el aire.

¡Ironías de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias

pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurídicas, toda esa

actividad oficinesca que constituía su única gloria, había sido, en fin

de cuentas, tan estéril como la zizaña. La única creación de que podía

envanecerse era debida al azar de unos amoríos de pueblo, al

inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya,

carne de su carne, prolongación de su propia personalidad, no podía ni

tan sólo públicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le podía

decir: «Tú eres hijo mío»; no podía hablar con él sino de cosas sin

ningún interés...

Habían llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven

Princetot tomó de nuevo su sitio en el carruaje; cosquilleó con su

látigo el cuello del caballo y recomenzó éste su trote ligero.

Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por

pasar sino algunos instantes al lado de Simón, y que cada una de las

vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la

despedida... Hubiera querido hablarle íntimamente, no dejarle sino

después de haberle demostrado con toda discreción sus efusivas ternuras.

--¿Llegaremos a la estación un poquito antes que el tren?--preguntó al

joven.

--No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj--repuso

Simón;--pero no tema usted perderlo... De aquí a diez minutos

divisaremos ya la estación.

--En ese caso--dijo suspirando Delaberge,--apenas si me queda tiempo

para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recibí anoche la

respuesta de la Administración central. El ministro aprueba las

conclusiones de mi informe y he aquí en resumen lo que yo tengo

propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras

queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se

tomará en la parte más excelente de los bosques de Montegrande, bosques

que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya

las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. ¿Le parece a

usted bien?

--¡No podíamos desear más ni mejor!--exclamó Simón.--Es muy equitativo,

y todos los usuarios aceptarán con alegría sus proposiciones.

--He aquí el telegrama oficial--prosiguió Francisco sacándolo de uno de

sus bolsillos.--Nadie lo conoce todavía y he querido que fuese usted el

primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a

la señora Liénard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento

de este encargo--añadió con una triste sonrisa--y aun diré que no me

faltan razones para creer que la joven le agradecerá saber de sus labios

la grata noticia.

--Iré a Rosalinda esta misma tarde--exclamó Simón mientras coloreaba el

rubor su rostro.

Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba

sentir el roce de su persona, esperando que este contacto había de

recalentar un poco su corazón; después le dijo con voz en que vibraba no

se sabía qué de paternal:

--Cuando esté en Rosalinda, acuérdese de que los tímidos no triunfan

jamás y pues ama usted a la señora Liénard, no tema abrirle francamente

el corazón... No se detenga a la mitad del camino... Por otra parte,

¿quién ni qué podría hacerle dudar?... Es usted digno de ella por la

educación, por el espíritu y por el carácter... Y en el caso de que,

para antes de casarse, desease haberse hecho una situación que

satisficiese su amor propio haciendo valer su personalidad, escríbame...

Yo puedo procurarle un puesto honroso en alguno de los servicios que

dependen del ministerio de Agricultura... Ya ve cómo era usted muy

injusto conmigo al considerarme como un obstáculo para sus más caros

deseos; por el contrario, yo no pido sino encontrar los medios para

apresurar su realización...

A medida que hablaba, contemplaba Simón con una mezcla de confusión y de

extrañeza a ese desconocido que, lo mismo que las hadas de los cuentos

infantiles, venía a ejercer una tan benéfica influencia en los destinos

de su vida... Sentíase profundamente conmovido por la cordial

simplicidad con que ese funcionario le daba tan sabios consejos y le

ofrecía su valiosa ayuda. Movido a la vez por un sentimiento de

vergüenza y de gratitud, balbuceaba encendido el rostro:

--Señor, yo... yo bien quisiera darle las gracias como se merece... mas

no encuentro palabras. Siéntome confundido y avergonzado de mis

estúpidas desconfianzas... ¿Cómo podría yo demostrarle mi agradecimiento

y merecer su perdón?...

--Nada más que guardándome un pequeño recuerdo en su alma...--murmuró

Delaberge.

Hubiera querido decir más y expresar con mayor viveza la ternura que

subía de su corazón a sus labios, en este supremo momento de la

despedida. Comprendía, empero, la fatal necesidad que le condenaba a

reprimir un sentimiento que hubiera parecido sospechoso al hijo de

Miguelina. Había prometido no ser para él más que un extraño y el mismo

interés del joven exigía el religioso cumplimiento de esta promesa. Una

terrible angustia le oprimía el corazón... Antes de separarse de él para

siempre, hubiera deseado dejar a este muchacho que era hijo suyo un

recuerdo material de su afecto, algo que obligase a Simón a pensar en

él alguna vez siquiera... Súbitamente se acordó de que poco antes,

cuando le preguntó si llegarían a tiempo, había dicho el joven que no

tenía reloj, y se le ocurrió la idea de ofrecerle el suyo. Pero, aunque

la cosa era insignificante, podría parecer un tanto extraña y ni aún

quizás lograría hacérselo aceptar...

Pensando en ello, comenzó lentamente a quitarse la cadena que llevaba

pendiente del chaleco y con nerviosidad la hacía saltar entre sus dedos.

Luego, afectando un aire indiferente y alegre, que amargamente

contrastaba con la desoladora tristeza que escondía en su corazón, habló

así:

--Para que piense usted en mí alguna que otra vez se me ha ocurrido una

idea... Me ha dicho usted hace poco que no llevaba reloj; deje que le

ofrezca el mío... Nada tiene de precioso, pero es muy bueno... Cuando le

pregunte usted la hora, se acordará de un viejo solterón que usted tomó

ingenuamente por un rival y que, por el contrario, sentía por usted una

afectuosísima amistad...

Sacó de su bolsillo el reloj y lo deslizó prestamente en las manos del

muchacho, quien, confuso por tan inesperado presente, permanecía

aturdido y no sabía qué decir; en sus ojos azules y grandemente abiertos

se leía a la vez su inquietud, su enternecimiento y también el temor de

herir el amor propio de ese hombre extraño que acababa de darle tan

reales pruebas del más profundo afecto: «Es un original--pensaba

Simón,--pero tiene todo el aspecto de un hombre honrado... No hay que

darle pena rechazando lo que de tan buena gana ofrece...»

Y mientras le daba con palabras confusas las gracias, llegaba el

carruaje ante la pequeña estación casi perdida en medio de los bosques.

Ambos saltaron a tierra y en aquel mismo instante la campana anunció la

llegada del tren, resonando dolorosamente sus metálicas vibraciones en

el corazón del inspector general. Apenas hubo tomado su billete y

facturado su equipaje, se oyó en el fondo del bosque el silbido del tren

que llegaba.

Aunque no era posible distinguirle todavía al través de la densa niebla,

se adivinaba que iba acercándose rápidamente, por las sordas

trepidaciones que conmovían el suelo... El temblor asustadizo de las

hojas y de las ramas que el tren movía a su paso, llenaba el bosque de

un misterioso murmullo.. Pronto apareció la poderosa máquina como

surgiendo súbitamente de la niebla, la fila serpenteante de los vagones

se dibujó en negro sobre los húmedos verdores y, con gemidos casi

humanos, se detuvo el tren en seco ante la humildísima estación.

El joven Princetot había acompañado a Delaberge hasta los mismos

andenes... Francisco le envolvió en aquel supremo momento en una

afectuosísima mirada y nunca le pareció tan evidente su semejanza con el

hijo de Miguelina...

--¡Valor, y buena suerte!--le dijo con voz que se esforzaba en hacer

serena.--Cuando esté en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis

recomendaciones... Y ahora, hijo mío, como no sabemos si hemos de vernos

otra vez, venga a mí...

Tomó a Simón entre sus brazos, le apretó con fuerza contra su pecho, y

tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sintió

conmovido a su vez y besó a Francisco tantas cuantas veces le iba éste

besando también...

Mientras quedaba Simón un tanto sorprendido de la emoción profunda que

acababa de experimentar, subió Delaberge al vagón e inmediatamente

cerraron la portezuela.

--¡Adiós!...--dijo todavía asomando su pálido rostro por la ventanilla

del coche.

* * * * *

Y partió el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban

al través de la valla que cerraba la vía... Destrozado el corazón,

húmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la

estación que se iba haciendo más pequeña cada vez... y en vano sus ojos

querían atravesar el espesísimo velo de la niebla que deformaba todas

las cosas y parecía querer aislarle del mundo exterior. Por fin,

desesperado y vencido, se dejó caer sobre el asiento... Viajaba también

solo esta vez, y un profundo sollozo se anudó en su garganta a la idea

de que, de hoy más, solo también viajaría por los tristes caminos de la

existencia.

Paternidad · 第 25 / 26 题