Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había vuelto un poco su
rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores
de un jarrón que tenía a su alcance.
Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a
poco entre sus rosados dedos.
--Sea usted franca y dígame si he leído bien en su corazón.
--Creo... que sí--murmuró la viuda sin mirarle.
--Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese joven?
--No--murmuró levantando hacia él sus húmedos ojos; después añadió
aturdidamente, con una vivacidad en que se descubría a la vez su
contento y su angustia:--Usted le ha visto... _El_ es quien le ha
hablado de mí...
--No, _él_ tiene demasiado orgullo para confiarse así a un extraño.
--Entonces...--exclamó impetuosamente la señora Liénard.--¿Cómo ha
podido adivinar usted?...
--Seguramente conoce usted--dijo sonriendo Delaberge,--aquel dicho de su
país: «Los enamorados llevan sobre sí una planta cuyo perfume embalsama
los caminos por donde pasan». Cuando mi primera visita, este perfume
embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompañado del
señor Princetot, adiviné que llevaba consigo la planta y que florecía
por usted.
El rubor cubría las mejillas de la señora Liénard, sus labios sonreían y
brillaban sus ojos con luces del alba, pero no podía articular ni una
palabra. Por única respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendió
sus dos manos a Delaberge, quien las guardó un momento entre las suyas.
--No--prosiguió diciendo.--Simón Princetot no me ha hecho confidencia
alguna... Mis palabras no tienen otro motivo que el vivísimo y simpático
interés que siento por usted, señora mía... Volvamos ahora a sus
escrúpulos. En realidad, si duda usted y vacila en seguir su propia
inclinación, no es sino por el temor de lo que han de decir las
gentes...
Camila convino en ello con toda franqueza. Aunque vivía muy
independiente, no dejaba de tener parientes y amigos de rancio pensar,
que sin duda se escandalizarían. En provincias, todavía les parecen a
muchas gentes infranqueables las barreras que separan a las distintas
clases de la sociedad; los perjuicios y las prevenciones persisten con
mayor fuerza que en París; se conocen unos a otros demasiado para no ser
esclavos del qué dirán. El día en que sus relaciones supiesen su
matrimonio con el hijo de un hostelero, quedaría descalificada y se
haría el vacío en su derredor... Su primera educación y la influencia
del medio habían hecho al propio Delaberge muy formalista; tenía el
culto de lo respetable y el espíritu de la jerarquía, y por eso
comprendía tan bien los escrúpulos de la señora Liénard. En otra
ocasión, tal vez los hubiera aún exagerado. Pero cuando se juzga en
causa propia, se es menos rígido y muchas veces un deseo nos hace
cambiar los más íntimos sentimientos.
El vivo interés que el inspector general sentía ahora por Simón le
llevaba a transigir con sus antiguos principios y sin mucho miramiento
pegó fuego a sus naves.
--Seguramente--dijo,--en las cuestiones de pura conveniencia hemos de
tener en cuenta la opinión pública. Pero cuando se trata de unir para
siempre la propia vida con la vida de otro, no se ha de escuchar sino la
voz del corazón. Por otra parte, examinándolo bien, tal vez no están del
todo justificadas las desaprobaciones que usted teme... Simón es un
hombre superior, es muy querido y aun popular en todo el país, y si un
día le tienta la política, no hay duda que puede abrirse camino hasta
llegar al Parlamento. Si quiere utilizar sus excelentes cualidades en la
Administración pública, yo le prometo ayudarle con todas mis fuerzas. En
todo caso, paréceme que tiene suficiente voluntad y los méritos
necesarios para llegar muy alto. Añada usted a todo esto, que sus padres
son ricos y que adoran a su hijo. Si un día creen que su actual
profesión es un obstáculo para su matrimonio, crea usted que no
vacilarán en vender la hospedería y en vivir como burgueses, de sus
rentas... Y entonces nada quedará ya de las suspicacias y prevenciones
de sus amigos. La gente pone pronto buena cara a todo aquel que triunfa,
y yo le aseguro a usted que Simón triunfará. Así, pues, no le preocupe
la opinión de los demás: deje a un lado todo prejuicio, siga sus propias
inclinaciones y ame usted a quien le ama.
--Gracias, señor Delaberge--respondió ella, premiándole sus consejos con
una mirada llena de ternura;--tiene usted razón completa, y no escucharé
sino la voz de mi corazón.
--Sea en buena hora... Es probable que venga Simón mañana o pasado para
darle cuenta de la resolución recaída en el asunto de los deslindes...
Recuerde usted bien que es noblemente orgulloso y muy reservado. Ayúdele
usted a hacerle más expansivo... Es usted mujer, y estoy seguro de que
sabrá arrancarle su secreto... Y ahora, señora mía--añadió
levantándose,--voy a despedirme de usted... para mucho tiempo.
--¡Todavía no!... Antes que se marche quiero que visite por última vez
los jardines de Rosalinda.
Le llevó hacia la terraza y cruzaron las anchas avenidas del jardín
donde las flores ponían toques de encendido color y donde las
madreselvas llenaban el aire con su penetrante perfume.
Como el primer día, se apoyó Camila suavemente en su brazo y le hizo
admirar de una en una, sus plantas y sus flores. Visitaron el rústico
emparrado bajo el cual habían hecho sus ramos un día y desde el que se
disfrutaba de tan maravillosas perspectivas; siguieron un trecho por
las orillas del riachuelo sobre cuyas tranquilas aguas inclinaban los
sauces sus ramajes; no se detuvieron sino en la glorieta donde tuvo
Delaberge la primera revelación del amor de Camila por el hijo de la
señora Miguelina....
Este paseo iba recordando a Francisco sus desvanecidos ensueños de
ternura y toda sus ilusiones muertas... Tenía para él la melancolía de
los crepúsculos de otoño, y también el tibio perfume de un ramo de
violetas medio mustias.
Cuando volvían por la avenida principal, donde florecían sus hermosos
rosales, la señora Liénard arrancó una rosa de púrpura y la ofreció a
Delaberge con una mirada llena del más profundo reconocimiento:
--Deje que haga florecer sus manos... Por el camino aspirará usted el
perfume de esta rosa y él le recordará mejor a su pequeña amiga de
Rosalinda... Gracias, señor Delaberge, gracias... Ha sido usted muy
bueno para mí... Bueno como un padre.
--¡Sí, como un padre!--murmuró Francisco, pensando, lleno de dolor, en
que estas palabras encerraban la más cruel de las ironías.
Atrajo hacia sí a la señora Liénard, besó en silencio su frente
purísima, y partió...
Lentamente hizo de nuevo el camino que había hecho una tarde en compañía
de Simón. Vio el hermoso y robusto árbol que el joven con tan profunda
pasión había estrechado entre sus brazos, y a su vez, impulsado por una
infantil superstición, quiso abrazarlo también...
Al pasar cerca de los lavaderos en que la Fleurota le había tan
brutalmente revelado su triste paternidad, apretó el paso y volvió hacia
otra parte los ojos... Llegó con esto cerca del pueblo y se detuvo un
momento junto al estanque inmóvil en cuyas aguas el sol del ocaso ponía
irisados reflejos; dormía taciturna el agua en medio de los espesos
cañaverales que el viento agitaba suavemente, meciendo con aires de
compasión sus blancos penachos. Un coro de ranas elevábase de vez en
cuando de entre los tallos verdeantes y rectos y después súbitamente se
apagaba, dejando percibir en toda su intensidad el silencio de los
campos. ¿Habrá llegado ya la respuesta del ministro?--pensaba
Delaberge.--Si llega esta tarde, todo habrá concluido... y mañana
marcharé.
X
La cocina del _Sol de Oro_ tenía su habitual aspecto de todos los días.
Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el _Príncipe_
silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era más vivo que nunca y
la señora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levantó
los ojos al entrar Delaberge. La delgadísima criada, sentada ante la
mesa, preparaba displicentemente una ensalada.
--¿No ha traído nada el cartero?--preguntó el inspector general.
--Sí que ha traído, señor Delaberge--respondió el _Príncipe_ que, al
fin, se decidió a abandonar los umbrales de la puerta.--Hay un telegrama
para usted.
Con tardo paso, se dirigió hacia una pequeña vitrina, fijada en la pared
y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los
viajeros. Abrióla y entregó a su huésped un pequeño pliego.
A pesar de su aparente indiferencia, lo mismo el hostelero que su mujer
sentíanse vivamente intrigados por ese telegrama encerrado en el sobre
amarillo en que se ponen los despachos oficiales. Sospechaban que ese
pliego contenía la respuesta ministerial y hacía ya más de una hora que
aguardaban impacientes el regreso de Delaberge.
Mientras éste, después de haber roto el sobre, se acercaba a la puerta
para leer mejor el telegrama, el _Príncipe_, guiñando sus ojuelos llenos
de malicia, observaba disimuladamente el rostro del lector y trataba de
descubrir en él si la noticia que el papel contenía iba a ejercer una
buena o mala influencia sobre el importante asunto que tanto interesaba
al pueblo. Por su parte, la señora Miguelina, olvidando un momento sus
cacerolas, dirigía su furtiva mirada en la dirección de su antiguo
amante y pensaba con honda angustia: «¿Se marchará, al fin?»
El telegrama oficial decía de este modo:
_Director general de montes a inspector general, en
Val-Clavin.--Proposiciones aprobadas por el ministro. Nuevas
instrucciones en este sentido se mandan al inspector provincial de
Chaumont._
Plegó Delaberge tranquilamente el telegrama y se lo metió en el
bolsillo. Su rostro expresaba una visible satisfacción.
--Señora Princetot--dijo,--marcharé mañana por la mañana y le
agradeceré, lo mismo que al señor Princetot, que me preparen esta misma
noche la cuenta...
Aquí se detuvo un momento como para ganar un poco de aplomo y después
continuó dirigiéndose a sus dos huéspedes, aunque más particularmente a
Miguelina:
--Mi comisión ha terminado y no es probable que se me presente nueva
ocasión de volver a Val-Clavin. De manera que mi despedida de esta noche
es definitiva... Les agradezco mucho todas sus atenciones y voy a
pedirles un último favor... En vez de volver a Langres, desearía
regresar a París por Is-sur-Tille y Dijón. ¿No tendría su hijo la bondad
de conducirme en carruaje mañana por la mañana hasta la estación de
Very?
--Nada más fácil--se apresuró a contestar el _Príncipe_;--la estación no
dista más que una media hora y Simón le acompañará sin duda
gustosísimo.
El rostro de la señora Princetot se ensombreció y a pesar de su gran
fuerza de disimulo no logró encubrir su viva inquietud.
--¿No podrías ir tu mismo, Princetot?--objetó Miguelina.--Simón está
siempre tan atareado...
--No, hija, es demasiado temprano para mí--repuso el _Príncipe_ que
gustaba de levantarse tarde.--Simón salta de la cama apenas clarea el
alba y, además, eso no le empleará más allá de una hora.
--Me agradaría eso tanto más--insistió Delaberge--por cuanto he de
hablar con él de ese asunto de los bosques...--Se volvió hacia Miguelina
y con voz en que vibraba una sentida súplica añadió:--Tranquilícese,
señora Princetot, no molestaré mucho tiempo a su hijo... ¡No me niegue
el placer de hacer el camino en su compañía durante los últimos momentos
que he de pasar en Val-Clavin!...
La mirada de Miguelina se encontró con la mirada de Francisco y tal vez
leyó en ella una solemne promesa de discreción, tal vez comprendió que
la palabra «tranquilícese» encerraba el compromiso tácito de ser hasta
el fin un extraño para Simón, o tal vez se sintió simplemente conmovida
en lo más hondo por la humilde súplica del hombre a quien en otro tiempo
había prodigado sus amorosas caricias. No insistió ya en sus objeciones
y, después de hacer un ademán de aquiescencia, se volvió silenciosa a
sus cacerolas...
* * * * *
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, _Brunete_, el pequeño
caballo bayo, piafaba impaciente ante la puerta del _Sol de Oro_. Se
habían colocado ya las maletas en la parte trasera de la _charrette_
inglesa, en la que Delaberge tomó asiento al lado de Simón. Después de
algunas palabras de vulgar despedida y de una significativa mirada en
que puso la señora Miguelina una súplica de silencio, tomó el caballo el
trote por el camino del estanque.
El cielo estaba cubierto y una ligera neblina humedecía el rostro y las
manos. Delaberge se volvió y al través de la bruma envolvió en una
última mirada las casas grises del pueblo, el estanque en que los
cañaverales temblaban, el repliegue del valle en que Rosalinda se
escondía y lanzó un profundísimo suspiro. Habían llegado a la rampa de
Very y, como la cuesta era muy ruda, Simón bajó para aligerar un poco al
caballo, precisamente cuando el inspector general meditaba sobre la
manera de abordar la cuestión tratada el día anterior en Rosalinda.
Francisco se quedó solo en el carruaje atormentado por sus tristes
pensamientos, pues había también neblina en su corazón.
Contemplaba vagamente los bosques, por encima de los cuales flotaban
jirones de bruma y entre cuyos árboles los pájaros lanzaban aquel grito
lastimero que anuncia los días lluviosos. En cada uno de los árboles del
camino le parecía ver desfilar una a una sus ilusiones de otros tiempos.
Reconocía al pasar cada uno de los sitios por donde había paseado con
sus agitaciones de joven ambicioso, edificando sus ensueños de fortuna y
de ascenso en su carrera. En aquellos tiempos se sentía lleno de
confianza en sí mismo, se lanzaba por los caminos del porvenir con la
intrépida audacia de un aventurero que marcha a la conquista del becerro
de oro. El destino se había mostrado con él por demás complaciente, pues
obtuvo el triunfo mucho antes de lo que esperaba. Nunca, mientras era
humilde guarda general y atravesaba solo los bosques de Val-Clavin,
nunca se había atrevido a imaginar que llegaría a lo más alto de la
escala administrativa.
Y sin embargo, a pesar de sus inesperadas victorias, a pesar de haber
visto satisfechas sus ambiciones, ¿qué le habían dado en realidad esos
veintiséis años devorados uno a uno, consumidos en la fiebre de una
labor cotidiana?... Un poco de humo y un puñado de frías cenizas: nada
fecundo, nada que pusiese un poco de calor en su corazón, nada sólido en
suma... La única obra hermosa y útil que podría poner en su activo, era
ese apuesto y robusto muchacho que caminaba delante de él, orgulloso de
sus veinticinco años y levantando en su imaginación de enamorado
castillos en el aire.
¡Ironías de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias
pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurídicas, toda esa
actividad oficinesca que constituía su única gloria, había sido, en fin
de cuentas, tan estéril como la zizaña. La única creación de que podía
envanecerse era debida al azar de unos amoríos de pueblo, al
inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya,
carne de su carne, prolongación de su propia personalidad, no podía ni
tan sólo públicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le podía
decir: «Tú eres hijo mío»; no podía hablar con él sino de cosas sin
ningún interés...
Habían llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven
Princetot tomó de nuevo su sitio en el carruaje; cosquilleó con su
látigo el cuello del caballo y recomenzó éste su trote ligero.
Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por
pasar sino algunos instantes al lado de Simón, y que cada una de las
vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la
despedida... Hubiera querido hablarle íntimamente, no dejarle sino
después de haberle demostrado con toda discreción sus efusivas ternuras.
--¿Llegaremos a la estación un poquito antes que el tren?--preguntó al
joven.
--No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj--repuso
Simón;--pero no tema usted perderlo... De aquí a diez minutos
divisaremos ya la estación.
--En ese caso--dijo suspirando Delaberge,--apenas si me queda tiempo
para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recibí anoche la
respuesta de la Administración central. El ministro aprueba las
conclusiones de mi informe y he aquí en resumen lo que yo tengo
propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras
queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se
tomará en la parte más excelente de los bosques de Montegrande, bosques
que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya
las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. ¿Le parece a
usted bien?
--¡No podíamos desear más ni mejor!--exclamó Simón.--Es muy equitativo,
y todos los usuarios aceptarán con alegría sus proposiciones.
--He aquí el telegrama oficial--prosiguió Francisco sacándolo de uno de
sus bolsillos.--Nadie lo conoce todavía y he querido que fuese usted el
primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a
la señora Liénard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento
de este encargo--añadió con una triste sonrisa--y aun diré que no me
faltan razones para creer que la joven le agradecerá saber de sus labios
la grata noticia.
--Iré a Rosalinda esta misma tarde--exclamó Simón mientras coloreaba el
rubor su rostro.
Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba
sentir el roce de su persona, esperando que este contacto había de
recalentar un poco su corazón; después le dijo con voz en que vibraba no
se sabía qué de paternal:
--Cuando esté en Rosalinda, acuérdese de que los tímidos no triunfan
jamás y pues ama usted a la señora Liénard, no tema abrirle francamente
el corazón... No se detenga a la mitad del camino... Por otra parte,
¿quién ni qué podría hacerle dudar?... Es usted digno de ella por la
educación, por el espíritu y por el carácter... Y en el caso de que,
para antes de casarse, desease haberse hecho una situación que
satisficiese su amor propio haciendo valer su personalidad, escríbame...
Yo puedo procurarle un puesto honroso en alguno de los servicios que
dependen del ministerio de Agricultura... Ya ve cómo era usted muy
injusto conmigo al considerarme como un obstáculo para sus más caros
deseos; por el contrario, yo no pido sino encontrar los medios para
apresurar su realización...
A medida que hablaba, contemplaba Simón con una mezcla de confusión y de
extrañeza a ese desconocido que, lo mismo que las hadas de los cuentos
infantiles, venía a ejercer una tan benéfica influencia en los destinos
de su vida... Sentíase profundamente conmovido por la cordial
simplicidad con que ese funcionario le daba tan sabios consejos y le
ofrecía su valiosa ayuda. Movido a la vez por un sentimiento de
vergüenza y de gratitud, balbuceaba encendido el rostro:
--Señor, yo... yo bien quisiera darle las gracias como se merece... mas
no encuentro palabras. Siéntome confundido y avergonzado de mis
estúpidas desconfianzas... ¿Cómo podría yo demostrarle mi agradecimiento
y merecer su perdón?...
--Nada más que guardándome un pequeño recuerdo en su alma...--murmuró
Delaberge.
Hubiera querido decir más y expresar con mayor viveza la ternura que
subía de su corazón a sus labios, en este supremo momento de la
despedida. Comprendía, empero, la fatal necesidad que le condenaba a
reprimir un sentimiento que hubiera parecido sospechoso al hijo de
Miguelina. Había prometido no ser para él más que un extraño y el mismo
interés del joven exigía el religioso cumplimiento de esta promesa. Una
terrible angustia le oprimía el corazón... Antes de separarse de él para
siempre, hubiera deseado dejar a este muchacho que era hijo suyo un
recuerdo material de su afecto, algo que obligase a Simón a pensar en
él alguna vez siquiera... Súbitamente se acordó de que poco antes,
cuando le preguntó si llegarían a tiempo, había dicho el joven que no
tenía reloj, y se le ocurrió la idea de ofrecerle el suyo. Pero, aunque
la cosa era insignificante, podría parecer un tanto extraña y ni aún
quizás lograría hacérselo aceptar...
Pensando en ello, comenzó lentamente a quitarse la cadena que llevaba
pendiente del chaleco y con nerviosidad la hacía saltar entre sus dedos.
Luego, afectando un aire indiferente y alegre, que amargamente
contrastaba con la desoladora tristeza que escondía en su corazón, habló
así:
--Para que piense usted en mí alguna que otra vez se me ha ocurrido una
idea... Me ha dicho usted hace poco que no llevaba reloj; deje que le
ofrezca el mío... Nada tiene de precioso, pero es muy bueno... Cuando le
pregunte usted la hora, se acordará de un viejo solterón que usted tomó
ingenuamente por un rival y que, por el contrario, sentía por usted una
afectuosísima amistad...
Sacó de su bolsillo el reloj y lo deslizó prestamente en las manos del
muchacho, quien, confuso por tan inesperado presente, permanecía
aturdido y no sabía qué decir; en sus ojos azules y grandemente abiertos
se leía a la vez su inquietud, su enternecimiento y también el temor de
herir el amor propio de ese hombre extraño que acababa de darle tan
reales pruebas del más profundo afecto: «Es un original--pensaba
Simón,--pero tiene todo el aspecto de un hombre honrado... No hay que
darle pena rechazando lo que de tan buena gana ofrece...»
Y mientras le daba con palabras confusas las gracias, llegaba el
carruaje ante la pequeña estación casi perdida en medio de los bosques.
Ambos saltaron a tierra y en aquel mismo instante la campana anunció la
llegada del tren, resonando dolorosamente sus metálicas vibraciones en
el corazón del inspector general. Apenas hubo tomado su billete y
facturado su equipaje, se oyó en el fondo del bosque el silbido del tren
que llegaba.
Aunque no era posible distinguirle todavía al través de la densa niebla,
se adivinaba que iba acercándose rápidamente, por las sordas
trepidaciones que conmovían el suelo... El temblor asustadizo de las
hojas y de las ramas que el tren movía a su paso, llenaba el bosque de
un misterioso murmullo.. Pronto apareció la poderosa máquina como
surgiendo súbitamente de la niebla, la fila serpenteante de los vagones
se dibujó en negro sobre los húmedos verdores y, con gemidos casi
humanos, se detuvo el tren en seco ante la humildísima estación.
El joven Princetot había acompañado a Delaberge hasta los mismos
andenes... Francisco le envolvió en aquel supremo momento en una
afectuosísima mirada y nunca le pareció tan evidente su semejanza con el
hijo de Miguelina...
--¡Valor, y buena suerte!--le dijo con voz que se esforzaba en hacer
serena.--Cuando esté en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis
recomendaciones... Y ahora, hijo mío, como no sabemos si hemos de vernos
otra vez, venga a mí...
Tomó a Simón entre sus brazos, le apretó con fuerza contra su pecho, y
tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sintió
conmovido a su vez y besó a Francisco tantas cuantas veces le iba éste
besando también...
Mientras quedaba Simón un tanto sorprendido de la emoción profunda que
acababa de experimentar, subió Delaberge al vagón e inmediatamente
cerraron la portezuela.
--¡Adiós!...--dijo todavía asomando su pálido rostro por la ventanilla
del coche.
* * * * *
Y partió el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban
al través de la valla que cerraba la vía... Destrozado el corazón,
húmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la
estación que se iba haciendo más pequeña cada vez... y en vano sus ojos
querían atravesar el espesísimo velo de la niebla que deformaba todas
las cosas y parecía querer aislarle del mundo exterior. Por fin,
desesperado y vencido, se dejó caer sobre el asiento... Viajaba también
solo esta vez, y un profundo sollozo se anudó en su garganta a la idea
de que, de hoy más, solo también viajaría por los tristes caminos de la
existencia.