Movido por el despecho y también por el vehemente deseo de conocer la
causa de tan incomprensible enemiga, Delaberge abandonó a su vez la
sala. Desde los umbrales de la alcaldía vio a Simón Princetot
despidiéndose de sus amigos y atravesando lentamente la plazuela. El
inspector general apretó el paso y le alcanzó ya bajo los tilos del
paseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos e inclinada
meditativamente la cabeza. A solas ya, se iba disipando poco a poco su
satisfacción por el triunfo obtenido. El calor y las irritaciones de
hacía poco iban dejando lugar a una reflexión más justa y mesurada. Se
acusaba Simón de haber mezclado su rencor personal en una cuestión de
negocios, comprometiendo quizás los mismos intereses que se le habían
confiado... Nada realmente había ganado obrando como un niño que golpea
la piedra que le ha hecho caer. Su cólera en nada podía cambiar los
hechos desgraciados que la habían motivado. Después, lo mismo que antes,
continuaban siendo sus desilusiones iguales. Lo que la víspera había
observado, oculto tras los abedules próximos a la puertecilla del
parque, no dejaba de ser una realidad desoladora... La señora Liénard no
se preocupaba de él y reservaba para su rival todas sus amables
atenciones... Sentíase el corazón lleno de amargores al recordar lo que
había visto la tarde anterior en Rosalinda: veía la puertecilla abrirse
bruscamente, aparecer en ella amable la hermosa viuda y tender a
Delaberge su mano en la que éste dejaba galantemente un beso...
Mientras sentía irritarse más sus celos y sangraba dolorosamente su
corazón a tan odioso recuerdo, oyó muy cerca los precipitados pasos y la
voz de aquel mismo hombre a quien de tal modo aborrecía.
-Señor--murmuró Delaberge,--tenga la bondad de concederme un momento.
Volvióse Simón y una llamarada de odio brilló en sus ojos; supo, sin
embargo, contenerse. Silenciosamente, se dirigió hacia una calle
transversal mucho más solitaria.
--¿Qué me quiere usted?--preguntó cruzando los brazos.
--Me ha parecido que en la alcaldía se ha dejado usted llevar de
impulsos apasionados más bien que prudentes... Créame usted, espere aún
dos días antes de tomar una resolución extrema... No le hablo ahora como
adversario, sino como amigo.
--Usted no es mi amigo--replicó con dureza el joven.
--Deseo serlo de todo corazón y me sorprende su hostilidad. Sin embargo,
no creo haberle dado motivo para que me trate como enemigo, desde la
tarde en que juntos volvimos de Rosalinda.
Esta alusión a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de Miguelina, pareció
aumentar todavía su irritación.
--¡Detesto el disimulo!--exclamó.--Me prometió usted aquel día obrar
lealmente y con justicia respecto a los usuarios, y me ha engañado
usted...
--¡No me acuse a la ligera!--repuso Francisco con una mansedumbre que no
impresionó a su interlocutor.--Le repito que he escrito ya al ministro y
no tiene usted derecho a condenarme sin saber en qué sentido lo hice...
¿Por qué motivo no me concede usted su confianza y me niega los días de
plazo que le pido?
--¿Por qué?--replicó Simón, dejándose llevar por el ardor juvenil que no
podía ya contener.--Porque he adivinado sus intenciones, porque sé lo
que se propone con su perpetua dilación... ¡Esto le permite prolongar su
estancia aquí y multiplicar sus visitas a Rosalinda!
Delaberge le miró con honda estupefacción y de nuevo se sintió dolorido
por la enemiga que brillaba en sus ojos.
--Me extraña--dijo con acento de reproche--que mezcle usted a la señora
Liénard en nuestra discusión.
--¡Ah!--murmuró sarcásticamente el joven Princetot.--¿Esto le
extraña?... Aunque sabe usted disimular muy bien, le desagrada conocer
que ha visto alguien su juego y ha descubierto el motivo de sus
equívocas asiduidades.
--Mis asiduidades nada tienen de misterioso--repuso el inspector
general, levantando con indiferencia los hombros,--y no tengo razón
ninguna para esconderme cuando voy a Rosalinda.
--¡Pero se esconde usted para salir!
--¿Que yo?...
--Sí, usted... Ayer tarde salió usted del parque por una puertecilla...
¡Atrévase a negarlo!
--Ahora comprendo...
Estas últimas indicaciones recordaron a Delaberge el incidente que otros
hechos más graves le habían hecho olvidar; recordó la huida de aquel
hombre desconocido a través de los campos y que de tal modo se parecía a
Simón.
Fue como un rayo de luz que iluminó la situación e hizo más inteligible
para Delaberge la extraña conducta del joven Princetot... El pobre
muchacho amaba a la señora Liénard. Con la viva intuición de los
enamorados, adivinó los propósitos matrimoniales de un recién llegado
que le parecía sospechoso y el demonio de los celos mordió en su
corazón. Ya mal dispuesto contra ese intruso, había vigilado sus visitas
a Rosalinda, le había sorprendido saliendo de la finca por una puerta de
la que no se servían mucho sus propietarios y esto encendió en su alma
la violenta enemistad que acababa de estallar furiosa en la reunión de
la alcaldía.
Un sentimiento de honda pena, una lástima dolorida llenó todo el
espíritu de Delaberge... ¡No le faltaba más que ser el rival de su
propio hijo! Lo que en él había de sensibilidad generosa, adormecida
por una larga práctica del egoísmo y por la costumbre de no vivir sino
para sí, despertóse súbitamente en su corazón. Tuvo clara conciencia de
sus responsabilidades y de la situación casi trágica en que se
encontraba... Sintió que una profunda emoción le oprimía el pecho y le
humedecía los ojos.
--De manera--murmuró con insegura voz--que era usted quien me espiaba...
--¡Sí, yo mismo!--afirmó Simón lanzando sobre su interlocutor una mirada
de cólera y de reto.
Hubo un momento de silencio; después puso Delaberge su mano sobre el
hombro del joven y repuso:
--Hijo mío--y sintió como una amarga dulzura en los labios al pronunciar
estas palabras,--la pasión le ha cegado... Sus sospechas no se fundan
sino en simples apariencias, pero desde el momento que esas apariencias
han podido engañarle a usted y hacerle sufrir, es seguro que habré
cometido yo alguna falta... Me apena profundamente que mi irreflexiva
conducta haya podido inducirle a error.
Simón pareció desconcertado por la humildad de esa confesión y contempló
a su interlocutor menos hostilmente, a pesar de lo cual persistía aún
en sus ojos y en la, contracción de sus labios un resto de desconfianza.
--Le aseguro a usted--continuó Francisco--que siento por la persona de
que hablamos, una muy afectuosa estimación, pero que no pienso ni en
hacerle la corte, ni en casarme con ella... Ya ve usted que le hablo con
toda franqueza; tenga usted conmigo un poco de confianza y contésteme:
¿está usted enamorado?
Simón se turbó y el rubor coloreó sus mejillas... el rubor de un joven
seriamente enamorado y que se escandaliza al ver descubierto el tímido
amor que guardaba religiosamente escondido.
--¿Por qué tal suposición?--balbuceó inseguro.
--Porque--replicó Delaberge,--sería sin esto imperdonable el espionaje a
que se ha entregado... Solamente la pasión puede excusarle... Usted ama
a la señora Liénard.
Confuso, bajó el joven la cabeza y replicó hoscamente:
--¿Con qué derecho me interroga usted?
--Con el derecho que usted me ha dado tratándome como rival a quien se
detesta... Su antipatía no puede explicarse sino por la ceguera de los
celos, y por esta misma razón le repito que está usted enamorado de la
señora Liénard.
--¿Se burla usted de mí?--murmuró Simón esquivando la mirada de
Delaberge.
--No, hablo con toda mi seriedad... En su edad es un sentimiento natural
y no tiene por qué avergonzarse.
--Solamente yo soy el dueño de mis pensamientos... No he de dar a nadie
cuenta de ellos.
--¿Ni siquiera a la señora Liénard?
--A ella menos que a nadie... Si lo que usted supone fuese cierto, yo le
juro que nunca lo sabría ella... ¡No permitiré yo que pueda sospechar
jamás una locura semejante!
--¿Una locura?... ¿A qué llama usted una locura?
--Llamo locura a amar un imposible... No somos ella y yo de un mundo
mismo...
Francisco sonrióse melancólicamente y habló así:
--Estas consideraciones no suelen pesar mucho sobre el corazón de una
mujer que ama, y no hay motivo para que Camila no le ame a usted. Es
usted su igual por el espíritu y por la educación; es ella demasiado
inteligente para no haber apreciado sus méritos... Sea usted menos
modesto y no desespere de nada... De todas maneras, después de lo que
acabo de decirle, ya ve usted que no he de hacerle yo la menor sombra.
No me tenga por enemigo, y además le ruego que aguarde un poco para
tomar una resolución extrema en el asunto de los deslindes... Mañana,
pasado mañana lo más tarde, podré sin duda comunicarle algo que le
demostrará la injusticia de sus sospechas... Adiós...
Y como si de pronto hubiese temido que le traicionase la emoción,
alejóse bruscamente del hijo de Miguelina.