Como había dicho Simón a su madre, el día siguiente era el señalado para
la reunión del sindicato que se había constituido para resistir mejor a
las pretensiones de la Administración forestal; se componía de algunos
consejeros comunales, de varios propietarios de los pueblos vecinos y de
Simón Princetot, que más especialmente representaba a la señora Liénard.
Ya la mayoría de ellos se habían ido reuniendo ante la alcaldía en la
pequeña plaza de los Abades, cuando llegó Delaberge. Como es fácil
adivinar, había dormido muy mal aquella noche y su pálido rostro
conservaba las huellas de sus pasadas conmociones. Con la lucidez de
espíritu que suele producirse al despertar, se le apareció la situación
más cruel todavía. Cuando se arrepentía de no haberse creado una
familia, cuando pensaba precisamente en el matrimonio, venía a
ofrecerle el destino esa irónica sorpresa... Mientras él arrastraba por
el mundo su soledad y sus nostálgicos ensueños de paternidad, allá en un
rincón de un pueblo medio perdido entre los bosques, había un muchacho
robusto e inteligente que le debía a él la vida. Y cuando hubiera podido
amar a ese muchacho, cuando se hubiera sentido orgulloso de confesarlo
por hijo suyo, veíase condenado a olvidarle, a comprimir en lo más
secreto de su corazón los fuertes impulsos de su ternura. Lo mejor que
podía hacer en favor de este hijo suyo era marcharse y no verle nunca
más... Había de ahogar en germen ese amor que hubiera sido para él un
verdadero consuelo.
Ha sido muchas veces desmentida la «voz de la sangre» y es necesario
convenir en que, en determinadas condiciones permanece muda en absoluto.
D'Alembert podía con razón decir que su verdadera madre era la mujer del
vidriero que le recogió y no la señora de Tencin, que le había
abandonado. Es probable que Simón hubiera experimentado un sentimiento
parecido con respecto al _Príncipe_ si se le hubiese revelado su
verdadero origen. Pero, en el caso de Delaberge, el instinto paternal
bruscamente despertado en su corazón, hablaba un lenguaje muy
diferente. A la vista de ese hijo suyo que tanto se le parecía y que le
había sido tan simpático desde los primeros momentos, sentía como una
especie de admirado amor y se decía a sí mismo que no podría consolarse
jamás de haberle tan pronto perdido.
Avanzó lentamente hacia la alcaldía, buscando a Simón Princetot entre
los campesinos allí reunidos y sintiéndose hondamente disgustado al no
verle. Todos aquellos hombres que discutían libremente y en voz alta, se
callaron en seco al acercarse el inspector general. Apartáronse para
dejarle pasar y apenas si le saludaron, contentándose con observarle de
reojo.
Embarazado con acogida tan llena de desconfianza, Delaberge se dirigió
rápidamente hacia la puerta del edificio en el momento preciso en que
daba las diez el reloj. En aquel mismo instante apareció Simón en la
plazuela caminando con paso firme y decidido, grave el continente,
amable el rostro y brillante la mirada.
Los grupos se estrecharon en torno de él y todas las manos se tendieron
afectuosamente hacia la suya. El mismo Delaberge, deteniendo de nuevo el
paso, se preguntó si no iría también a hablarle... Simón le había visto
ya, sus miradas se cruzaron y el impulso generoso del inspector general
se vio cortado por la mirada hostil que el joven le había dirigido.
Cambiaron un frío saludo y en seguida se dirigieron separadamente hacia
la alcaldía: Simón en medio de todos sus amigos y teniéndose que
contentar Francisco con la compañía del alcalde que acababa de separarse
de los demás para recibir oficialmente al representante de la
Administración pública.
En la sala de la alcaldía, desnuda y de paredes blanqueadas, sentado a
la derecha del alcalde el inspector general presenció la entrada de los
individuos del sindicato. Fueron llegando en fila, llevando unos la
blusa nueva que les caía en pliegues rígidos sobre el pantalón de lana,
y luciendo otros sus trajes del domingo ya pasados de moda. Sentados en
semicírculo en torno de la ancha mesa, frotábanse maquinalmente sus
rugosas manos y avanzando su cuello tostado por el sol y por el aire,
dirigían sus curiosas y circunspectas miradas hacia aquel elevado
funcionario que la Administración les enviaba de París. Simón entró el
último y fue a sentarse en el centro casi enfrente de Delaberge, quien,
al ser invitado a ello por el alcalde, se levantó para dar a conocer el
objeto de su misión.
Independientemente de la emoción que le causaba la presencia del hijo de
Miguelina, el hecho de no haber recibido a tiempo la respuesta del
ministerio le dejaba en situación desairada, pues no podía ofrecer al
sindicato la equitativa solución que él había imaginado y esto le quitó
una parte de su natural elocuencia. No podía entonces hacer otra cosa
que escuchar las quejas de los usuarios sin poder proponerles en el acto
una transacción satisfactoria. Se limitó, pues, a leer la comunicación
que le daba plenos poderes para someter el litigio a nuevo examen y
estudiar las bases de un arreglo. Hecho esto, declaró que se sentía
animado de los mejores sentimientos de conciliación y muy deseoso de
encontrar, de acuerdo con el sindicato, una solución que, sin lesionar
los derechos del Estado, diese satisfacción a los intereses del
municipio y de los particulares.
Sus palabras fueron escuchadas en medio de un glacial silencio y en
seguida volviéronse todas las miradas hacia Simón Princetot, que se
preparaba ya a replicar.
El joven, sin mostrarse en lo más mínimo conturbado, habló con
entonación firme y seca, diciendo:
--Muy corta será nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el señor
inspector general tenía la misión de visitar los bosques de Val-Clavin y
examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, según
era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habrá podido
dar fácilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que
ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros,
que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a leña e
impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicación, y
que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sería para nosotros
un odioso engaño. Pido, pues, al mandatario de la Administración pública
que nos diga francamente si aprueba la solución injusta que al conflicto
han dado los forestales de Chaumont...
Mientras Simón hablaba, el inspector general tenía fijas en él sus
miradas con una atención llena de ternura.
Ahora es cuando se daba cuenta más exacta de esa semejanza que tanto
había sorprendido a la señora Liénard. Esa semejanza no saltaba a los
ojos, como había maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla
era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y
de expresarse del joven Princetot. Consistía no tanto en la paridad de
los rasgos fisonómicos como en la analogía de las inflexiones de voz y
del ademán sobrio y enérgico; consistía principalmente en un idéntico
temblor de los párpados y de los labios bajo el golpe de una irritación
súbita. Descubríase también en ciertos pequeños detalles que solamente
Francisco podía apreciar; así, por ejemplo, Simón llevaba vestidos
oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel
rebuscamiento empero que suele gustar a los jóvenes, sin un solo color
vistoso, sin una sola joya. Siempre había sentido Delaberge predilección
por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado
vistosas, y con la más profunda emoción iba comprobando esa semejanza de
gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su
ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonación
y de las agresivas intenciones que Simón ponía en su réplica.
Solamente los murmullos de aprobación con que fueron acogidas las
palabras del joven le sacaron de su ensueño y entonces comprendió que se
le atacaba de frente.
--Señores--objetó con suave tono,--comprendo muy bien su impaciencia,
pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus
deseos. Hecha está mi opinión en este asunto y expresada la tengo en mi
informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me
obliga a guardar silencio hasta haber recibido de París una respuesta.
No puede tardar, y apenas la reciba me apresuraré a ponerla en su
conocimiento.
--Demasiado conocemos esos medios dilatorios--interrumpió Simón;--hace
ya dos años que se nos quiere engañar con promesas y aplazamientos. Nada
le cuesta a usted la paciencia, señor inspector general, pues cobra su
sueldo del mismo modo. Bastante más cara es para nosotros, pues nos
perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos
adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos,
nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por
más tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales
que nos mandan de París y que no hacen sino engañarnos...
Bien clara había de ver con esto Delaberge la animosidad de su
contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simón tenían un
carácter de violencia que no consienten las discusiones puramente
jurídicas. Por encima de la administración pública, rectamente se
dirigían contra el inspector general. No era un adversario lo que éste
tenía enfrente, sino un enemigo.
No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor
aún su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de
aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la más
profunda terneza hubiera estrechado contra su corazón. Se había ya
resignado a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por todo
recuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una amargura suprema
que le hacía sufrir hondamente.
--¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?--continuaba Simón
volviéndose hacia los campesinos, que abrían inmensamente los ojos y le
escuchaban admirados.--¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a
los actos?... Puesto que la Administración quiere ser con nosotros
equitativa, no nos queda más que dirigirnos a los tribunales... Que
todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.
Y como movidos por una misma descarga eléctrica, todos aquellos hombres
levantaron sus nudosas manos con amenazadora energía.
--¡Muy bien!--exclamó triunfante y, dirigiéndose luego hacia Delaberge,
con mirada retadora le dijo:--Señor, nada más tenemos que decirle en
estos momentos... En el término de veinticuatro horas, recibirá usted
nuestra respuesta por mano del procurador.
Levantóse y se dirigió hacia la puerta seguido del grupo de los
usuarios. El mismo alcalde se batió en retirada y dejó sólo al inspector
general. Sorprendido y con el corazón lleno de amargura, se quedó
Francisco un momento solo en la sala desnuda y vacía, escuchando el
pesado andar y las risotadas de los campesinos que bajaban
atropelladamente la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido esas
palabras dichas con burlona voz: «¡Muy bien! ¡Maltrecho y sin palabra,
le ha dejado Simón a ese orgulloso parisiense!»