VI

Como había dicho Simón a su madre, el día siguiente era el señalado para

la reunión del sindicato que se había constituido para resistir mejor a

las pretensiones de la Administración forestal; se componía de algunos

consejeros comunales, de varios propietarios de los pueblos vecinos y de

Simón Princetot, que más especialmente representaba a la señora Liénard.

Ya la mayoría de ellos se habían ido reuniendo ante la alcaldía en la

pequeña plaza de los Abades, cuando llegó Delaberge. Como es fácil

adivinar, había dormido muy mal aquella noche y su pálido rostro

conservaba las huellas de sus pasadas conmociones. Con la lucidez de

espíritu que suele producirse al despertar, se le apareció la situación

más cruel todavía. Cuando se arrepentía de no haberse creado una

familia, cuando pensaba precisamente en el matrimonio, venía a

ofrecerle el destino esa irónica sorpresa... Mientras él arrastraba por

el mundo su soledad y sus nostálgicos ensueños de paternidad, allá en un

rincón de un pueblo medio perdido entre los bosques, había un muchacho

robusto e inteligente que le debía a él la vida. Y cuando hubiera podido

amar a ese muchacho, cuando se hubiera sentido orgulloso de confesarlo

por hijo suyo, veíase condenado a olvidarle, a comprimir en lo más

secreto de su corazón los fuertes impulsos de su ternura. Lo mejor que

podía hacer en favor de este hijo suyo era marcharse y no verle nunca

más... Había de ahogar en germen ese amor que hubiera sido para él un

verdadero consuelo.

Ha sido muchas veces desmentida la «voz de la sangre» y es necesario

convenir en que, en determinadas condiciones permanece muda en absoluto.

D'Alembert podía con razón decir que su verdadera madre era la mujer del

vidriero que le recogió y no la señora de Tencin, que le había

abandonado. Es probable que Simón hubiera experimentado un sentimiento

parecido con respecto al _Príncipe_ si se le hubiese revelado su

verdadero origen. Pero, en el caso de Delaberge, el instinto paternal

bruscamente despertado en su corazón, hablaba un lenguaje muy

diferente. A la vista de ese hijo suyo que tanto se le parecía y que le

había sido tan simpático desde los primeros momentos, sentía como una

especie de admirado amor y se decía a sí mismo que no podría consolarse

jamás de haberle tan pronto perdido.

Avanzó lentamente hacia la alcaldía, buscando a Simón Princetot entre

los campesinos allí reunidos y sintiéndose hondamente disgustado al no

verle. Todos aquellos hombres que discutían libremente y en voz alta, se

callaron en seco al acercarse el inspector general. Apartáronse para

dejarle pasar y apenas si le saludaron, contentándose con observarle de

reojo.

Embarazado con acogida tan llena de desconfianza, Delaberge se dirigió

rápidamente hacia la puerta del edificio en el momento preciso en que

daba las diez el reloj. En aquel mismo instante apareció Simón en la

plazuela caminando con paso firme y decidido, grave el continente,

amable el rostro y brillante la mirada.

Los grupos se estrecharon en torno de él y todas las manos se tendieron

afectuosamente hacia la suya. El mismo Delaberge, deteniendo de nuevo el

paso, se preguntó si no iría también a hablarle... Simón le había visto

ya, sus miradas se cruzaron y el impulso generoso del inspector general

se vio cortado por la mirada hostil que el joven le había dirigido.

Cambiaron un frío saludo y en seguida se dirigieron separadamente hacia

la alcaldía: Simón en medio de todos sus amigos y teniéndose que

contentar Francisco con la compañía del alcalde que acababa de separarse

de los demás para recibir oficialmente al representante de la

Administración pública.

En la sala de la alcaldía, desnuda y de paredes blanqueadas, sentado a

la derecha del alcalde el inspector general presenció la entrada de los

individuos del sindicato. Fueron llegando en fila, llevando unos la

blusa nueva que les caía en pliegues rígidos sobre el pantalón de lana,

y luciendo otros sus trajes del domingo ya pasados de moda. Sentados en

semicírculo en torno de la ancha mesa, frotábanse maquinalmente sus

rugosas manos y avanzando su cuello tostado por el sol y por el aire,

dirigían sus curiosas y circunspectas miradas hacia aquel elevado

funcionario que la Administración les enviaba de París. Simón entró el

último y fue a sentarse en el centro casi enfrente de Delaberge, quien,

al ser invitado a ello por el alcalde, se levantó para dar a conocer el

objeto de su misión.

Independientemente de la emoción que le causaba la presencia del hijo de

Miguelina, el hecho de no haber recibido a tiempo la respuesta del

ministerio le dejaba en situación desairada, pues no podía ofrecer al

sindicato la equitativa solución que él había imaginado y esto le quitó

una parte de su natural elocuencia. No podía entonces hacer otra cosa

que escuchar las quejas de los usuarios sin poder proponerles en el acto

una transacción satisfactoria. Se limitó, pues, a leer la comunicación

que le daba plenos poderes para someter el litigio a nuevo examen y

estudiar las bases de un arreglo. Hecho esto, declaró que se sentía

animado de los mejores sentimientos de conciliación y muy deseoso de

encontrar, de acuerdo con el sindicato, una solución que, sin lesionar

los derechos del Estado, diese satisfacción a los intereses del

municipio y de los particulares.

Sus palabras fueron escuchadas en medio de un glacial silencio y en

seguida volviéronse todas las miradas hacia Simón Princetot, que se

preparaba ya a replicar.

El joven, sin mostrarse en lo más mínimo conturbado, habló con

entonación firme y seca, diciendo:

--Muy corta será nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el señor

inspector general tenía la misión de visitar los bosques de Val-Clavin y

examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, según

era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habrá podido

dar fácilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que

ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros,

que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a leña e

impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicación, y

que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sería para nosotros

un odioso engaño. Pido, pues, al mandatario de la Administración pública

que nos diga francamente si aprueba la solución injusta que al conflicto

han dado los forestales de Chaumont...

Mientras Simón hablaba, el inspector general tenía fijas en él sus

miradas con una atención llena de ternura.

Ahora es cuando se daba cuenta más exacta de esa semejanza que tanto

había sorprendido a la señora Liénard. Esa semejanza no saltaba a los

ojos, como había maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla

era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y

de expresarse del joven Princetot. Consistía no tanto en la paridad de

los rasgos fisonómicos como en la analogía de las inflexiones de voz y

del ademán sobrio y enérgico; consistía principalmente en un idéntico

temblor de los párpados y de los labios bajo el golpe de una irritación

súbita. Descubríase también en ciertos pequeños detalles que solamente

Francisco podía apreciar; así, por ejemplo, Simón llevaba vestidos

oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel

rebuscamiento empero que suele gustar a los jóvenes, sin un solo color

vistoso, sin una sola joya. Siempre había sentido Delaberge predilección

por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado

vistosas, y con la más profunda emoción iba comprobando esa semejanza de

gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su

ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonación

y de las agresivas intenciones que Simón ponía en su réplica.

Solamente los murmullos de aprobación con que fueron acogidas las

palabras del joven le sacaron de su ensueño y entonces comprendió que se

le atacaba de frente.

--Señores--objetó con suave tono,--comprendo muy bien su impaciencia,

pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus

deseos. Hecha está mi opinión en este asunto y expresada la tengo en mi

informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me

obliga a guardar silencio hasta haber recibido de París una respuesta.

No puede tardar, y apenas la reciba me apresuraré a ponerla en su

conocimiento.

--Demasiado conocemos esos medios dilatorios--interrumpió Simón;--hace

ya dos años que se nos quiere engañar con promesas y aplazamientos. Nada

le cuesta a usted la paciencia, señor inspector general, pues cobra su

sueldo del mismo modo. Bastante más cara es para nosotros, pues nos

perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos

adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos,

nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por

más tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales

que nos mandan de París y que no hacen sino engañarnos...

Bien clara había de ver con esto Delaberge la animosidad de su

contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simón tenían un

carácter de violencia que no consienten las discusiones puramente

jurídicas. Por encima de la administración pública, rectamente se

dirigían contra el inspector general. No era un adversario lo que éste

tenía enfrente, sino un enemigo.

No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor

aún su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de

aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la más

profunda terneza hubiera estrechado contra su corazón. Se había ya

resignado a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por todo

recuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una amargura suprema

que le hacía sufrir hondamente.

--¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?--continuaba Simón

volviéndose hacia los campesinos, que abrían inmensamente los ojos y le

escuchaban admirados.--¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a

los actos?... Puesto que la Administración quiere ser con nosotros

equitativa, no nos queda más que dirigirnos a los tribunales... Que

todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.

Y como movidos por una misma descarga eléctrica, todos aquellos hombres

levantaron sus nudosas manos con amenazadora energía.

--¡Muy bien!--exclamó triunfante y, dirigiéndose luego hacia Delaberge,

con mirada retadora le dijo:--Señor, nada más tenemos que decirle en

estos momentos... En el término de veinticuatro horas, recibirá usted

nuestra respuesta por mano del procurador.

Levantóse y se dirigió hacia la puerta seguido del grupo de los

usuarios. El mismo alcalde se batió en retirada y dejó sólo al inspector

general. Sorprendido y con el corazón lleno de amargura, se quedó

Francisco un momento solo en la sala desnuda y vacía, escuchando el

pesado andar y las risotadas de los campesinos que bajaban

atropelladamente la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido esas

palabras dichas con burlona voz: «¡Muy bien! ¡Maltrecho y sin palabra,

le ha dejado Simón a ese orgulloso parisiense!»

Paternidad · 第 22 / 26 题