Preocupado por este incidente, siguió Delaberge muy pensativo el sendero
indicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo,
por el que discurrían las aguas derivadas del Aubette. Por el otro lado
subían hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos y
de alfalfas, que mostraban solamente aquí y allá algunos claros, tierras
pantanosas en que crecían tristísimas plantas acuáticas. Toda la extensa
llanura se iba adormeciendo, como mecida por el monótono canto de los
grillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vez
en cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeños mochuelos que
volaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las medio
desnudas de un viejísimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, el
murmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de los
insectos, añadían todavía mayor tristeza a la impresión de soledad que
oprimía el corazón de Francisco.
Desde que las confidencias de la señora Liénard habían derribado sus
castillos en el aire sentíase dolorosamente desencantado. El hondo
malestar que le hacía sufrir antes de su visita a Rosalinda, y que sus
quiméricas esperanzas habían por un momento disipado, de nuevo
apoderábase de su espíritu, ahora que ya la señora Camila, sin saberlo
ella, había disipado sus caros ensueños. Esta mortificante decepción se
le aparecía como un anillo más de la cadena de hechos dolorosos que iban
sucediéndose desde su llegada a Val-Clavin.
Una fresca brisa que bajaba de las alturas inclinaba muellemente los
sembrados y movía con levísimo rumor las copas de los árboles. Se
hubiera dicho que era el alma de los bosques exhalando en suspiros de
inquietud la melancolía que pone en ellos la caída de la tarde. La
infinita tristeza del crepúsculo en aquel sitio tan lleno de soledad,
penetraba hasta lo más íntimo en el espíritu del inspector general y una
honda amargura le subía a los labios: «¡Demasiado tarde!--pensaba.--¡Es
demasiado tarde!... ¡No se recomienza la vida cuando se quiere!...»
Caminando lentamente llegó por fin a los límites del bosque y desde lo
alto del camino que seguía pudo ya distinguir las casas del pueblo como
veladas sus techumbres por una azulada humareda. Poco a poco iban
apagándose los rumores de los campos. De vez en cuando pasaban por su
lado rudos leñadores que regresaban a su casa y cuyo pesado caminar se
iba extinguiendo a lo lejos.
Muy cerca del estanque, un lavadero mostraba a los cielos sus aguas de
un azul de turquesa, rodeadas por una valla hecha de juncos y de
herbajes. Arrodillada sobre una piedra ancha y lisa una campesina estaba
lavando, inclinada la cabeza y al parecer dándose gran prisa para acabar
cuanto antes su faena... Al rumor de los pasos de Delaberge, levantó
curiosamente la cabeza y suspendió el trabajo para mirar de hito en hito
al paseante. Este no se había fijado y continuaba su camino pensativo,
cuando la lavandera, con voz chillona le interpeló atrevidamente:
--Buenas tardes, señor Delaberge, pasa usted muy distraído...
Extrañado, se detuvo un punto y fijó sus ojos en aquella mujer que
sabía su nombre y cuyo rostro no despertaba en él ningún recuerdo.
Delgada, más bien escuálida y mal vestida, parecía pasar bastante de los
cincuenta. Sus cabellos mal peinados caían en grises mechones sobre su
arrugado cuello; su rostro de cabra vieja, en que lucían dos brillantes
ojos, tenían una expresión de maligna desvergüenza.
--¿No me reconoce usted?--insistió.--La verdad es que ha pasado agua por
debajo del puente, desde los tiempos aquellos en que lavaba yo su
ropa... Soy la Fleurota.
Entonces la recordó: esta Celia Fleurota lavaba en otros tiempos la ropa
de los huéspedes del _Sol de Oro_. No era ya por aquel entonces muy
joven, pero fresca todavía, limpia siempre, de gestos vivos y sin frío
en los ojos. Sus maneras provocativas, sus alegres palabras y sus
encendidas miradas, trastornaban a los hombres. Tenía la reputación de
ser un tanto ligera y el inspector general recordaba que durante dos o
tres meses había dado muchísimas vueltas en torno de él, encaprichada y
dispuesta sin duda a concederle el beneficio de sus gracias. Ya
enamorado de la señora Miguelina, había permanecido frío a tales
avances y desdeñado esta conquista demasiado fácil.
En el estado de espíritu en que sentíase aquella tarde, el encuentro de
esa mujer habría de serle poco agradable; sin embargo, no quiso humillar
a la Fleurota y le respondió precipitadamente:
--En efecto, me acuerdo muy bien... ¿Cómo le va, Celia?
--Ya lo ve usted, trabajando como un negro para los demás y teniendo
miseria sobrada.
--¿Sigue usted lavando?
--De algún modo se ha de ganar el pan... Pero es un endiablado oficio;
estoy medio muerta de reumatismo... No ha tenido una buena suerte... No
todos nacen con estrella, como el _Príncipe_ y su mujer... Estos han
hecho ya lo suyo y pueden ahora cruzarse de brazos.
--¿Ha conservado usted al menos la clientela del _Sol de Oro_?
--¡Ah! no... Hace ya mucho tiempo que el _Sol de Oro_ no luce para mí...
Se han hecho demasiado orgullosos... Además, es necesario saber que mi
rostro disgustaba a la señora Miguelina: recordábale cosas que ella
desea tener olvidadas. Ahora confiesa todas las semanas y comulga todos
los domingos, y por eso no gusta de ver a las gentes que la han conocido
en tiempos en que, más que ir a misa, agradábale acudir a una cita.
Poco deseoso Delaberge de sostener una conversación que comenzaba de
este modo, hizo ademán de proseguir su camino, cuando la Fleurota,
poniéndose en pie, añadió sonriendo con malicia.
Ciertamente que ha tenido gran suerte el _Príncipe_... Comenzó sin nada
y hoy apenas sabe el dinero que posee; no tenía hijos y le cayó uno del
cielo cuando menos se lo figuraba... ¿Lo conoce usted al hijo de la
señora Miguelina?
--Sí--replicó brevemente.--Es un excelente muchacho.
Abrió la lavandera su desdentada boca y rióse desvergonzadamente;
después fijó sus maliciosos ojos en el rostro del inspector general y
exclamó:
--¡Pardiez!... Tiene a quien parecerse... También usted, señor
Delaberge, también usted era un excelente muchacho en la época en que
nació ese niño...
Delaberge se estremeció. Esta maligna insinuación de la Fleurota acababa
de despertar en su espíritu una inquietud mal adormecida. Esta mujer,
contemporánea de Miguelina, a la que había tratado sin duda con
familiaridad, recibió tal vez algún día íntimas confidencias de la
hostelera del _Sol de Oro_. Era mujer muy despierta y debía saber muchas
cosas. Aunque experimentando cierta repugnancia a dirigirle determinadas
preguntas, Delaberge sentíase mortificado por una imperiosa curiosidad.
A la prisa que antes había sentido para alejarse, sucedió un ansioso
deseo de esclarecer las sospechas que desde hacía algunos días se
agitaban en su cerebro. Volvió hacia su interlocutora, cuya delgada
silueta se recortaba sobre el rojizo cielo de poniente, y murmuró:
--¿Qué quiere usted decir?
--No se haga usted el ignorante, ya me entiende usted... Cuando vino
Simón al mundo, fue para todos una gran sorpresa y más que nadie se
sorprendió el _Príncipe_... Usted, usted solamente estaba en el
verdadero secreto...
--Yo no estaba en nada, y usted debería guardar mejor su mala lengua...
¿No le da vergüenza manchar de ese modo la reputación de las gentes y
lanzar tan a la ligera acusaciones que luego le sería imposible probar?
--¿Que a mí me sería imposible probar?... Sepa usted que me encontraba
en la hospedería el día en que Miguelina se dio cuenta de su verdadero
estado... Precisamente el _Príncipe_ estaba de viaje hacía ya dos
meses... ¡Ah! ¡no estaba ella muy alegre entonces, yo se lo aseguro!...
Pero como fue siempre una endiablada mujer, supo engañar tan bien a su
marido, que éste nunca sospechó nada... Llegó por fin el niño, fue
recibido como el Mesías y el _Príncipe_ no se percató siquiera de que el
pequeñuelo se le parecía a usted como una gota de agua a otra gota.
--¡Está usted loca!
--No estoy loca... Mírele usted bien. Querría usted desconocerlo y le
sería imposible... Es necesario todo el aplomo de la señora Miguelina
para atreverse a afirmar que el muchacho tiene algo de los Princetot. Y
hace mal en afirmarlo de tal manera, pues, como dice el proverbio: «La
gallina que canta es la que huevos pone.» Por aquellos tiempos no había
más que una gallina en _Sol de Oro_... Había también un gallo joven que
cantaba con voz clarísima y ese gallo, señor Delaberge, usted le conoce
mucho mejor que yo...
--¡Cállese!... La desgracia la ha vuelto a usted mala, ¡pobre mujer!...
--Sí, ya lo sé, los ricos tienen siempre razón... Cuando abren la boca
se les cree por su sola palabra; pero cuando una pobretona como yo
quiere decir la verdad, se le cierra el pico diciendo que es una
mentirosa... La miseria es la miseria, no hay remedio...
Francisco sacó de su bolsillo una moneda de oro y la dejó caer
precipitadamente en la mano de la Fleurota.
--Tenga esto, para usted, pero guarde su lengua... Buenas tardes.
Y reanudó apresuradamente su camino mientras la lavandera de pie al
borde del agua movía maliciosamente la cabeza apretando la moneda en su
descarnada mano. No había dado veinte pasos cuando Delaberge se volvió
todavía para mirarla...
La Fleurota había ya cargado sobre el hombro el cubo lleno de ropa y
permanecía inmóvil en medio del camino, en actitud de vieja Parca
meditabunda. Pensaba sin duda en que acababa de dar un buen tijeretazo
en carne viva, pues así lo demostraba la limosna que el inspector
general tan generosamente le acababa de hacer.
En efecto, el golpe había estado bien dirigido. La chillona voz de Celia
acababa de reavivar cruelmente las sospechas de Delaberge. Las palabras
de esa mujer iluminaban la oscuridad en que se movían sus temores
imprecisos y sus inquietos presentimientos.
A favor de esa súbita claridad iba ahora coordinando Delaberge los
pequeños detalles en que antes no se había atrevido a detener
siquiera... Simón tenía ya veinticinco años y se cumplían ahora
veintiséis desde que Delaberge y Miguelina se vieron por la última vez.
Era esto, en efecto, una concordancia muy significativa. Por otra parte,
esta primera presunción venía corroborada por la semejanza que le habían
hecho notar la Fleurota y aun la misma señora Liénard, y de la cual
también se había él vagamente percatado. Simón tenía, como él, azules
los ojos, castaños los cabellos y la fisonomía seria y reservada.
Después de la comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en la
hospedería del _Sol de Oro_, ¿no había por un momento sentido la ilusión
de verse a sí mismo apoyado de codos en la ventana de su antiguo cuarto?
¿No explicaba también esta singular semejanza la espontánea simpatía de
la señora Liénard, apenas se vieron en casa de su amigo el inspector? Al
encontrar en la fisonomía de un extraño un reflejo de la personalidad
del hombre a quien ella amaba, compréndese que aquella mujer demostrase
a Delaberge la amistosa confianza que la vanidad le había hecho atribuir
a sus méritos propios.
Los hechos más insignificantes le sugerían ahora nuevos motivos de
convicción. Recordaba curiosas similitudes de gusto, la paridad de
ciertas entonaciones, de ciertos gestos; comentaba también la conducta
extraña, el espanto y las angustias de la señora Miguelina, y se
extrañaba ahora de no haber sentido antes más viva inquietud. Para que
todas estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un principio,
para no haber tenido antes un íntimo presentimiento de esa posible
paternidad, era necesario haber estado ciego o muy preocupado.
Preocupado, efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por la
egoísta infatuación que le había hecho creer en la posibilidad de
casarse con la propietaria de Rosalinda. Pero todo había ya finido y la
misma viuda acababa de desengañarle entonces. Ahora, en que la espesa
venda le había ya caído de los ojos; ahora en que ya no corría peligro
de extraviarse su natural perspicacia, una clarísima luz iluminaba la
situación: «El hijo de Miguelina podía ser también su hijo.»
V
Un sentimiento de orgullosa alegría, llenó de pronto el corazón de
Delaberge: «Este apuesto muchacho, robusto y hermoso como un roble
joven; este Simón de alma noble y de voluntad enérgica era
verdaderamente su hijo...» Después toda su alegría se disipó al solo
pensamiento de que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y sería
siempre un extraño para su padre natural. Era el hostelero Princetot
quien, habiéndole alimentado, educado y sostenido en la vida, podía sólo
enorgullecerse de su paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simón
amaba como si fuese su padre...
Entonces, bajo una forma nueva volvió la duda a penetrar en el espíritu
de Francisco: «Después de todo, pensaba, ¿qué sabemos? Cuando se penetra
en esos misterios de la filiación, no es nunca posible tener una
absoluta certeza. El adulterio tiene de fatal que deja siempre
cerniéndose una sombra sobre el verdadero origen del niño... No se puede
saber nunca si es el marido o el amante quien tiene realmente derecho a
la paternidad.» Verdad es que Delaberge podía invocar esa singularísima
semejanza que había notado; pero sábese también que, durante el oscuro
trabajo de la concepción, el absorbente recuerdo del amante ejerce
algunas veces sobre la mujer una misteriosa influencia y hace parecerse
a este último al hijo que nació en realidad del marido... El inspector
general se hacía todas estas reflexiones, pero su conciencia seguía
hondamente conturbada. La duda le cansaba ya; quería escapar de una vez
a la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina podía iluminar su
entendimiento y a pesar de la perspectiva de una escena penosa, decidió
tener con ella una explicación decisiva.
Apretó el paso hacia el _Sol de Oro_ y viendo en la cocina a una de las
criadas, le preguntó prudentemente si el _Príncipe_ estaba en casa.
--No, señor--le contestaron;--el patrón está en la ciudad; su hijo ha
salido también para encontrarse con él y regresar juntos, de modo que no
habrán vuelto antes de las diez.
--¿Y la señora Princetot?
--La señora está en la iglesia, pero no puede ya tardar.
En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareció la señora
Miguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocada
con una austera capota negra. A la vista de Delaberge un débil rubor
coloreó su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones de
Francisco alejó a la criada dándole un recado para una vecina; después
sus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativa
mirada.
--¿Podemos estar solos un momento?--dijo Delaberge con voz
grave.--Necesito hablarle.
--Pero...--objetó ella buscando una escapatoria.
--¡Es necesario!--insistió Francisco con mayor energía.
Había en su acento algo tan imperativo que ya no resistió más.
--Venga usted--murmuró con sorda resignación.
Y Delaberge la siguió por un corredor que llevaba a las habitaciones
particulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que servía al
mismo tiempo de despacho y de comedor; con trémula mano encendió una
bujía que iluminó vagamente las paredes, adornadas con estampas
religiosas, con dos medianos retratos del _Príncipe_ y de su mujer y con
los diplomas de Simón, magníficamente encuadrados. Se quitó luego el
sombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabeza
descubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.
--¡Hable usted!--dijo ella sentándose, pues la angustia la hacía temblar
como una hoja en el árbol y apenas podían sus piernas sostenerla.
--Miguelina--comenzó diciendo Delaberge,--perdóneme que vuelva sobre tan
doloroso asunto, pero un interés mayor lo exige así... No eran vanos sus
temores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace un
momento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conoce
muy bien, la Fleurota.
Miguelina tembló, se contrajo todo su rostro y exclamó con voz llena de
profunda alarma:
--¡Dios mío!... ¿Qué ha pasado?...
--La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tiene
una lengua de víbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no es
probable que me haya querido engañar... Pretende que Simón es hijo mío
y no de...
Miguelina le interrumpió con gran violencia:
--¡Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.
--Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que sea
franca. ¿Cuál es la fecha exacta del nacimiento de Simón?
--No sé... No lo recuerdo bien--balbuceó la hostelera visiblemente
turbada.
Adivinó Delaberge en la expresión de su rostro que aquella mujer
preparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones y
replicó severamente:
--Contésteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdad
consultando el registro civil... ¿En qué época nació?
Comprendió ella que toda mentira había de ser inútil y contestó
resignadamente.
--En 1859... El veinticinco de julio.
Delaberge permaneció un momento pensativo... Se había marchado de
Val-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiempos
encontrábase el _Príncipe_ ausente.
--Precise bien sus recuerdos--murmuró ya convencido Delaberge--y vea
cómo tengo razón para...
--¿Qué prueba esto?--repuso ella con irritación grande.--¿Se puede nunca
saber si...?
--Existen otras presunciones. Simón se me parece y usted lo ve mucho
mejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nos
viésemos... Temía usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, me
saltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simón nada tiene de
aquél cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan los
míos cuando yo tenía su edad... Otras personas lo han observado
igualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, señora, que me diga
toda la verdad.
Escondido el rostro entre sus manos, la señora Princetot movía
negativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinación.
--¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué... por qué?...
Se defendía aún, pero mucho más débilmente.
--¿Por qué?--replicó Delaberge.--Porque tengo el derecho de saberlo,
porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y,
finalmente, porque, si usted se empeña, recurriré a otros medios para
esclarecer mis dudas...
Esta amenaza, lanzada casi sin querer, destruyó las últimas
resistencias de la señora Princetot. Apartó sus manos, dejando ver su
rostro convulso por el dolor y fijó en Francisco sus ojos llenos de
miedo.
--¡No lo haga usted!--exclamó y después prosiguió con voz muy
apagada:--Pues bien, sí... Simón es hijo suyo... Cuando volvió Princetot
después de una ausencia de dos meses, yo estaba ya casi segura de mi
embarazo, y hasta me alegraba de ello, tan hundida en el pecado vivía
entonces, de tal modo me había usted conturbado el espíritu; estaba
contenta además de que mi hijo fuese también hijo de usted... El amor me
había endurecido la conciencia, y sin escrúpulo ninguno procuré engañar
a mi marido. Quise escribírselo a usted, pero luego, temiendo alguna
posible indiscreción preferí callarme... Vino al mundo el niño; era
hermoso y fuerte, fue recibido con alegría inmensa y yo le he amado
locamente... También Princetot estaba loco por él... Pero cuando comenzó
a crecer y su semejanza con usted se me hizo cada vez más visible, un
gran temor se apoderó de mi alma. Pensé en lo que podía suceder si
llegaba mi marido a concebir ciertas dudas, y comencé a arrepentirme de
haber engañado a ese hombre para mí tan bueno... En aquellos momentos
descendió sobre mí la gracia del cielo y mis ojos se abrieron a la luz;
tuve horror de mi conducta y he tratado de hacerla olvidar, humillándome
ante Dios y confesando mis pecados... He cumplido las más duras
penitencias que se me han impuesto, y nada eran si las comparaba con la
angustia que me oprimía el corazón a la sola idea de que mi marido
llegase un día a descubrir mi crimen... Cuando creía acabado mi
suplicio, perdonada mi falta, asegurada por completo mi tranquilidad,
surge usted de nuevo en mi camino... Al verle comprendí que mi verdadero
sufrir comenzaba ahora y ya ve cómo no me he engañado... ¡Dios mío, Dios
mío! ¿Será preciso que...? En fin, le he dicho la verdad, toda la
verdad, señor Delaberge, y pues la sabe usted ya, yo se lo ruego juntas
las manos, sea usted bueno y honrado: haga como si nada supiese y
déjenos...
Le suplicaba con efusión en que se sentía vibrar un poco de la ternura
de otros tiempos. Bajo sus abundantes cabellos grises, algo más sereno
el rostro, sus humedecidos ojos tomaban una expresión hondamente
dolorosa y parecían reflejar toda su antigua belleza.
--Sí--iba repitiendo la pobre mujer.--Márchese usted y olvídenos...
Déjenos tranquilos a los tres en este rincón. A usted, que goza de una
posición elevada, que vive en París en medio de las diversiones y del
ruido, nada le ha de importar la existencia de pobres gentes como
nosotros. Nada tampoco le han de interesar nuestros asuntos ni los de mi
hijo.
--¡Pero es mi hijo también!--exclamó Delaberge con acento lleno de
emoción y que vibrante salía de lo más hondo de su alma.--Le he visto y
estoy orgulloso de él... Comprenda usted que yo deseo probarle mi amor,
contribuir de algún modo a su felicidad y a su porvenir...
--Nada puede usted hacer por él--interrumpió la señora Miguelina--Todo
lo que usted intentase sería en desventaja suya. Piense que si él
llegaba a sospechar los verdaderos motivos de su interés, si llegaba a
sentir un día la menor duda, significaría esto el fin de nuestra
tranquilidad, la vergüenza y la desesperación de su vida toda... ¡Ah!
por eso yo le suplicaba a usted que no le viese de nuevo... Temblé a la
idea de que podía el muchacho percatarse de esa desdichada semejanza y
esto llevarle al descubrimiento de lo que no ha de saber jamás... Es
necesario, entiéndalo usted bien, que siempre sea para usted un
extraño... Es el castigo de nuestro pecado y es justo que tenga usted
también su parte... Lo mejor que puede usted hacer es callar... y
marcharse.
Miguelina se levantó y se apartó a un lado para dejarle libre el paso al
tiempo que murmuraba en voz muy baja:
--Buenas noches, señor Delaberge... ¡Si en verdad siente usted alguna
afección por él... y por mí... márchese, olvídenos!...
Sintió Delaberge tan claramente la implacable lógica que encerraba esta
última súplica, que bajó humildemente la cabeza y salió de la habitación
sin decir una sola palabra.