III

Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho

la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo

que un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso el

camino de Rosalinda.

Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era más

firme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos ya

madurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eterno

femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos

enloquecen las mismas dulces fantasías.

Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de

los prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Los

argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los

bosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruición

los recuerdos de su anterior visita.

¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios

que las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de los

bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima

de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman

por los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritu

de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre,

aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lo

más hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales...

Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal y

cándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestros

deseos, de nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El encanto

de su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima,

los más caros recuerdos de nuestra juventud...

Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Francisco

se representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénard

sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia,

con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su

gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las

repetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa

que hemos arrancado al paso.

Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón,

Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba;

brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.

--¡Bienvenido, señor Delaberge!--dijo.--Ha sido usted muy amable

cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...

Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballeresca

galantería.

--No había de olvidar lo prometido--repuso Delaberge reteniendo un

momento los dedos de la joven entre los suyos.--¿De qué se trata, señora

mía?

Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre el

brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de las

ventanas.

--Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...

Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del

parque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un

pabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantas

trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles

de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luz

tamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hasta

perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del

pabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos

refrescos.

--Instalémonos aquí--dijo Camila acercándose a la mesa.--Aquí estaremos

bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un

jarabe de frambuesas.

Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellón

que el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco y

ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todo

eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perder

poco a poco el sentido de la realidad.

Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experiencia

grande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo el

comportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelas

leídas en su juventud le hacían creer en una tierna y delicada

premeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y las

precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas

miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera

deliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.

Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénard

su mirada tiernamente interrogativa.

--Usted se preguntará, sin duda--comenzó ella,--qué es lo que yo puedo

tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco

delicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago mis

confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace

apenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí un

desconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el más

caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense que

vivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las que

puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy

frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de su

autoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo de

tomarme para pedirle consejo... Finalmente--prosiguió con expresión

todavía más afectuosa,--creo ya haberle dicho que desde los primeros

momentos me inspiró usted una gran confianza. Cuando me son simpáticas

las personas, siento en mí un _algo_ que no me engaña nunca y me impulsa

hacia ellas...

Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, donde

el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas

revelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía la

emoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señora

Liénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que se

dignaba mostrarle.

--Le agradezco--añadió Delaberge--que me trate como amigo; aunque es de

reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, que

habré de serle enteramente leal. Siento por usted la más tierna

estimación y el ardiente deseo de serle útil.

--En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...

Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darse

algún aplomo y después prosiguió:

--He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer con

respecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente en

apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vez

desde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida alguna

actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo

veintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse por

completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre que

melancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y me

pregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome de

nuevo...

--Tiene usted razón--afirmó Delaberge animándose;--la soledad no es

buena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para un

alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la

edad de las vacilaciones y de las añoranzas...

--Sin duda--replicó ella sonriendo;--pero, aunque estoy todavía lejos de

la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un

primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza;

es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi

difunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero un

compañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo y

prematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósfera

llena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda la

fuerza que había en mí para conservar, después de cinco años de

semejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con él

casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si

alguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elección

menos las puras conveniencias que una inclinación sinceramente

sentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales una

forma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Usted

vive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y

podrá, por tanto, aconsejarme bien.

--¡Ay, señora!--replicó suspirando--yo soy un célibe que ha hecho

siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia

en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo

ayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Ante

todo--agregó sonriendo discretamente,--¿cuál sería su ideal? ¿Lo ha

entrevisto ya usted en sus ensueños?

--Alguna vez--contestó ella bajando los ojos.--En primer lugar, detesto

a los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría,

pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un

espíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaría

que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...

Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena conciencia

de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad

iluminaba su rostro.

--¡Muy bien!--dijo.--Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las

cualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muy

joven?

--Sin creerlo en absoluto necesario--repuso ella,--paréceme, sin

embargo, que la juventud no estaría de más... La juventud es la que hace

resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos

de Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que se

pueden aplicar muy bien al caso:

_Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes

si vivimos con gente vieja..._

Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad

entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y

benevolencia.

--¿Cree usted?--murmuró Delaberge.

Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules

ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.

--¿Le parece a usted que soy exigente?--preguntó ella al notar ese

cambio de fisonomía.

--¡Tiene usted derecho a serlo!--repuso melancólicamente.

--Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman

figura brillante...

Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más

allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen

del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos

horizontes:

--No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que

fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de

entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad,

ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan

horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi

elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese

sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes

espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un

título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus

propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu,

por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo

apariencias de frialdad y aun de rudeza...

Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en

voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge

que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo

que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase

claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro

conocían... a Simón Princetot.

No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo

de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día,

él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta

vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de

enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser

fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión

sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de

darle una durísima lección de modestia.

Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:

--Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.

--No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato

y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis

ojos.

--Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que

acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice

una tontería?

--Sin duda ninguna.

Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.

--Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba

haciendo tarde.

--Es verdad--dijo ella;--el sol camina ya hacia el ocaso.

--Adiós, señora.

--¿Adiós?--exclamó ella.--¿Es que se marcha usted de veras?

--No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la

respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los

usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión

en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco

podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.

--Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de

vernos todavía.

--Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su

mano.

Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.

Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su

rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con

excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló

todavía su natural amabilidad.

--Si quiere--dijo Camila,--daremos un paseo por el parque y le

acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho

su camino... Deme usted el brazo.

Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard,

a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las

palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un

buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media

oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas

de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los

pájaros.

Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones

que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con

que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su

interno sufrir: «No soy para ella nada--pensaba;--me acaricia lo mismo

que se hace con un anciano...»

Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la

señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos

fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.

--No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y

perdóneme que haya abusado de su paciencia.

Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y la

rozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla del

parque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y le

sonrió gentilmente. En seguida desapareció.

Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que la

joven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeño

bosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligero

rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los

árboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y se

alejaba a través de un campo de centeno. Hubiérase dicho que,

avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de

esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.

El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de

aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.

--¡Es singular!--dijo Delaberge casi en voz alta.--Tiene este fugitivo

una gran semejanza con Simón Princetot.

Paternidad · 第 20 / 26 题