Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho
la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo
que un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso el
camino de Rosalinda.
Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era más
firme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos ya
madurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eterno
femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos
enloquecen las mismas dulces fantasías.
Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de
los prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Los
argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los
bosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruición
los recuerdos de su anterior visita.
¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios
que las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de los
bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima
de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman
por los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritu
de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre,
aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lo
más hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales...
Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal y
cándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestros
deseos, de nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El encanto
de su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima,
los más caros recuerdos de nuestra juventud...
Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Francisco
se representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénard
sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia,
con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su
gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las
repetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa
que hemos arrancado al paso.
Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón,
Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba;
brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.
--¡Bienvenido, señor Delaberge!--dijo.--Ha sido usted muy amable
cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...
Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballeresca
galantería.
--No había de olvidar lo prometido--repuso Delaberge reteniendo un
momento los dedos de la joven entre los suyos.--¿De qué se trata, señora
mía?
Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre el
brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de las
ventanas.
--Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...
Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del
parque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un
pabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantas
trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles
de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luz
tamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hasta
perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del
pabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos
refrescos.
--Instalémonos aquí--dijo Camila acercándose a la mesa.--Aquí estaremos
bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un
jarabe de frambuesas.
Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellón
que el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco y
ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todo
eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perder
poco a poco el sentido de la realidad.
Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experiencia
grande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo el
comportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelas
leídas en su juventud le hacían creer en una tierna y delicada
premeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y las
precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas
miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera
deliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.
Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénard
su mirada tiernamente interrogativa.
--Usted se preguntará, sin duda--comenzó ella,--qué es lo que yo puedo
tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco
delicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago mis
confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace
apenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí un
desconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el más
caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense que
vivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las que
puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy
frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de su
autoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo de
tomarme para pedirle consejo... Finalmente--prosiguió con expresión
todavía más afectuosa,--creo ya haberle dicho que desde los primeros
momentos me inspiró usted una gran confianza. Cuando me son simpáticas
las personas, siento en mí un _algo_ que no me engaña nunca y me impulsa
hacia ellas...
Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, donde
el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas
revelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía la
emoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señora
Liénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que se
dignaba mostrarle.
--Le agradezco--añadió Delaberge--que me trate como amigo; aunque es de
reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, que
habré de serle enteramente leal. Siento por usted la más tierna
estimación y el ardiente deseo de serle útil.
--En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...
Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darse
algún aplomo y después prosiguió:
--He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer con
respecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente en
apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vez
desde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida alguna
actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo
veintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse por
completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre que
melancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y me
pregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome de
nuevo...
--Tiene usted razón--afirmó Delaberge animándose;--la soledad no es
buena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para un
alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la
edad de las vacilaciones y de las añoranzas...
--Sin duda--replicó ella sonriendo;--pero, aunque estoy todavía lejos de
la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un
primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza;
es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi
difunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero un
compañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo y
prematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósfera
llena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda la
fuerza que había en mí para conservar, después de cinco años de
semejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con él
casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si
alguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elección
menos las puras conveniencias que una inclinación sinceramente
sentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales una
forma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Usted
vive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y
podrá, por tanto, aconsejarme bien.
--¡Ay, señora!--replicó suspirando--yo soy un célibe que ha hecho
siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia
en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo
ayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Ante
todo--agregó sonriendo discretamente,--¿cuál sería su ideal? ¿Lo ha
entrevisto ya usted en sus ensueños?
--Alguna vez--contestó ella bajando los ojos.--En primer lugar, detesto
a los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría,
pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un
espíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaría
que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...
Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena conciencia
de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad
iluminaba su rostro.
--¡Muy bien!--dijo.--Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las
cualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muy
joven?
--Sin creerlo en absoluto necesario--repuso ella,--paréceme, sin
embargo, que la juventud no estaría de más... La juventud es la que hace
resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos
de Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que se
pueden aplicar muy bien al caso:
_Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes
si vivimos con gente vieja..._
Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad
entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y
benevolencia.
--¿Cree usted?--murmuró Delaberge.
Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules
ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.
--¿Le parece a usted que soy exigente?--preguntó ella al notar ese
cambio de fisonomía.
--¡Tiene usted derecho a serlo!--repuso melancólicamente.
--Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman
figura brillante...
Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más
allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen
del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos
horizontes:
--No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que
fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de
entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad,
ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan
horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi
elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese
sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes
espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un
título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus
propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu,
por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo
apariencias de frialdad y aun de rudeza...
Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en
voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge
que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo
que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase
claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro
conocían... a Simón Princetot.
No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo
de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día,
él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta
vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de
enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser
fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión
sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de
darle una durísima lección de modestia.
Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:
--Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.
--No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato
y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis
ojos.
--Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que
acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice
una tontería?
--Sin duda ninguna.
Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.
--Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba
haciendo tarde.
--Es verdad--dijo ella;--el sol camina ya hacia el ocaso.
--Adiós, señora.
--¿Adiós?--exclamó ella.--¿Es que se marcha usted de veras?
--No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la
respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los
usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión
en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco
podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.
--Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de
vernos todavía.
--Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su
mano.
Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.
Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su
rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con
excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló
todavía su natural amabilidad.
--Si quiere--dijo Camila,--daremos un paseo por el parque y le
acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho
su camino... Deme usted el brazo.
Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard,
a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las
palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un
buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media
oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas
de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los
pájaros.
Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones
que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con
que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su
interno sufrir: «No soy para ella nada--pensaba;--me acaricia lo mismo
que se hace con un anciano...»
Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la
señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos
fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.
--No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y
perdóneme que haya abusado de su paciencia.
Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y la
rozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla del
parque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y le
sonrió gentilmente. En seguida desapareció.
Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que la
joven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeño
bosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligero
rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los
árboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y se
alejaba a través de un campo de centeno. Hubiérase dicho que,
avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de
esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.
El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de
aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.
--¡Es singular!--dijo Delaberge casi en voz alta.--Tiene este fugitivo
una gran semejanza con Simón Princetot.