II

Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señora

Liénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado el

almuerzo, atravesó la cocina del _Sol de Oro_ y se dirigió hacia la

escalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobre

el primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con mirada

ansiosa, le preguntó:

--¿Dónde vas?

--Al cuarto del señor Delaberge. Mañana se reúne en la alcaldía el

sindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos la

forma en que habremos de proceder, desearía ver al inspector general...

Ya comprendes... No estaría de más hacerle hablar y saber cuáles son

sus intenciones...

Miguelina sacudió de un lado a otro la cabeza y levantó los hombros

diciendo:

--Trabajo inútil, el inspector ha salido apenas ha acabado el

almuerzo... ¡Ah! ¡no para un momento en su cuarto! Ayer se pasó la tarde

en casa de la señora Liénard y pienso que hoy ha vuelto allá, pues le he

visto que tomaba el camino de Rosalinda...

Mientras ella hablaba íbase oscureciendo la fisonomía de Simón, lo que

no se escapó a las miradas de la señora Miguelina. Hacía tiempo que

había leído ya en el fondo del corazón de su hijo y adivinó fácilmente

que lo que a éste le disgustaba no era la ausencia del inspector

general, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.

Entonces se le ocurrió que el medio mejor para impedir que Francisco y

Simón llegasen a más íntimas amistades era separar a aquellos dos

hombres por medio de los celos, sirviéndose de la señora Liénard como de

un seguro elemento de discordia. En el fondo temía la influencia que

pudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda. Sabía que Simón

habíase encargado del asunto de los deslindes sólo para complacer a la

señora Liénard y veía con terror el desarrollo de una pasión, que, según

ella, no podía tener para su hijo sino crueles desengaños. Díjose que

excitando los celos de Simón podía lograr dos cosas de una vez: hacerle

olvidar su engañoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.

Se aproximó al joven, le puso una mano en el hombro y murmuró con acento

de maternal compasión:

--¡Pobre hijo mío, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te has

metido en un mal negocio!...

--No soy de tu parecer, mamá; la causa que defiendo es justa y además no

puedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado sus

intereses.

--No quieras engañarme ni engañarte a ti mismo... Tengo fina la mirada y

veo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeño este asunto, no

ha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino por

los de la señora Liénard.

--Mamá--interrumpió Simón ruborizándose un poco,--calla, te lo ruego...

¿Por qué dices eso?...

--Digo lo que pienso, lo que es verdad... Estás enamorado de la señora

Liénard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo en

llamarse la señora Princetot...

--¡No!--exclamó el joven.--¡Nunca he pensado cosa tan absurda!

--Tanto mejor si me engaño, hijo mío, pues yo te aseguro que, de haberlo

esperado, tú te habrías de arrepentir temprano o tarde... Más que ella

vales, no hay que dudarlo; pero esas señoras se creen hechas de otra

pasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio y

mientras te engaña con palabras dulces y alegres sonrisas, la señora

Liénard se deja hacer la corte por el inspector general.

--¡Vaya, mamá!--dijo Simón.--¡Qué sabes tú de eso!

--Lo sé muy bien--afirmó la señora Miguelina;--¡si salta a los ojos!...

Hace una semana que está aquí y le ha hecho ya tres visitas a la

propietaria de Rosalinda. Parece que se habían visto ya en Chaumont y el

asunto de estos deslindes no ha sido más que un pretexto para explicar

su estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos con

palabras y vagas promesas a fin de poder estar más tiempo cerca de la

viuda y acabar su conquista... En la reunión de mañana trata tú de

ponerle entre la espada y la pared pidiéndole una contestación

categórica y ya verás cómo yo tengo razón...

Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció duramente las

cejas. Miguelina comprendió que comenzaba a dudar y adivinó al mismo

tiempo, por la contracción dolorosa de su rostro, que sufría el muchacho

cruelmente. Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre las

manos y le besó con profunda ternura en la frente...

--¡Pobre hijo mío!--agregó.--Duéleme el mal que te hago, pero yo no

quiero que se burle nadie de ti... Reflexiona sobre todo esto y, créeme,

no te dejes engañar ni por las coqueterías de la señora Liénard, ni por

los halagos del señor Delaberge...

Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó rápidamente.

Tenía necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosas

aprensiones que las palabras de su madre habían despertado en su

espíritu.

Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de Carboneras:

Ciertamente, con su intuición femenina, Miguelina Princetot había

adivinado lo que pasaba en el corazón de su hijo; pero le atribuía al

mismo tiempo miras ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba, en

realidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor cándido y

apasionado, aunque nunca se había hecho la ilusión de que su ternura se

pudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casi

infranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza y

sin la ilusión de verse a su vez amado, no por eso había de ser menos

accesible a los celos. Recordaba la impresión de hondo disgusto que

había dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge a

Rosalinda... Por encima de los árboles del bosque, distinguía entonces

las puntiagudas torrecillas de la casa de la señora Liénard y decíase

que, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector general

conversando con la joven y aprovechando la ocasión para llevar a buen

término sus propósitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira le

hizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible le

oprimía el corazón. No pudo resistir más... Aunque hubiese de ser

horrendo el sufrir, quería de una vez acabar con sus mortales

inquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas.

Abandonó las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes se

dirigió hacia la cerca del parque.

Paternidad · 第 19 / 26 题