I
Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su informe dirigido
a la Administración esperaba recibir una pronta respuesta. Los días que
se pasaron aguardando la decisión ministerial pareciéronle tanto más
largos por cuanto vivía muy solitario en la hospedería del _Sol de Oro_.
La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo y parecía poner
cada vez más empeño en esconderse. El mismo Simón Princetot, hacia el
cual sentíase atraído y con quien le hubiera gustado conversar, no
manifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas en
Rosalinda. También se escondía. El inspector general no quería acusarle
a él de reserva tan extremada; sospechaba más bien que la señora
Princetot había procurado alejar de él a su hijo y quitarle así todo
pretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosas
precauciones mantenían en el espíritu de Delaberge la enervante
inquietud que tanto le hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.
Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás también con la
esperanza de encontrar a Simón Princetot en Rosalinda, resolvió
Francisco hacer una nueva visita a la señora Liénard.
La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la encantadora
viuda le alegraba suavemente el corazón. Cierto que se hubiera mentido a
sí mismo si se hubiese querido convencer de que sentía hacia Camila una
de esas tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad a
los hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso;
pero, cuando volvía a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjaba
en su imaginación una vida nueva en que había de verse convertido en
padre de familia, veía siempre el franco y amable rostro de la señora
Liénard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire.
Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez más
ese quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.
«Seguramente--pensaba,--enamorarse a mi edad se presta un poco al
ridículo, pero no hay duda que la señora Liénard realizaría
cumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su natural
encantadoramente expansivo, alegraría los años que me falta vivir; no
tiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras que
trato en París; sería una mujer de su casa, activa y alegre, una esposa
que me haría honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amaría a los
que pudiesen nacer de nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo que
aceptase unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para mis
cincuenta años?...»
Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas,
atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza,
donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con las
flores de su jardín.
--Ya lo ve usted, señora--dijo saludándola,--cómo abuso de la libertad
que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a título
únicamente de vecino.
Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su morena
manecita, cuya fina epidermis habían ligeramente rasgado las espinas de
los rosales; y dijo la viuda:
--Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar
este ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He
visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones
del salón... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas
y las flores mustias.
--¿Puedo ayudarle?
--Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores
que yo vaya designando.
Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba
nombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocaba
y la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, al
viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de
paja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso
de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.
--Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no,
esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazón
anaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... No
parece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.
Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida que
compartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto de
los fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores y
formas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas,
de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor al
brazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos de
Camila por entre las hojas llenas de humedad.
--Basta--dijo ella al cabo de algunos minutos.--Ya tenemos bastantes
flores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.
Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual había
algunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantes
colores dos pequeños jarrones llenos de agua.
Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos.
Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien las
iba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices y
variando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a poco
los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo
gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.
Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada de
naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado
todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.
Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesar
suyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:
--¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se viva
constantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacerse
monótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?
La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caer
de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codos
en la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios,
como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otra
vez.
Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte
las flores en los jarrones, habló Camila de este modo:
--Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto mi
aislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Y
me pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia,
aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis
ensueños... Y no obstante...
Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.
Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse las
verdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomando
uno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolo
sonriente:
--Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser
indiscreta.
--Tiene usted razón, señora--replicó galantemente Delaberge;--tráteme
como un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tan
poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento
hacia usted, tan hospitalaria, tan benévolamente amable con un pobre
desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria,
es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del
_Sol de Oro_ no es más que un fastidioso desierto.
Habían entrado ya en el salón.
--Entonces--repuso la señora Liénard, tomando de sus manos el
jarrón--cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unos
momentos.
--¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.
Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.
--¡Hasta bien pronto!--le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad su
mano.--Hasta mañana, si quiere usted. Sí, venga usted mañana: tal vez...
tal vez tenga un consejo que pedirle.
Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan
próxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosa
confidencia que la viuda quería hacerle.