Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponía
a la Administración Central el resultado de su visita a los bosques de
Carboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el
cambio de terrenos propuesto por la Administración Provincial,
demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones de
los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y
solicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión de
los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un
arreglo.
Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes de
la víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones una
sutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y la
simpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso;
sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en los
informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.
Por las abiertas ventanas penetraban en la habitación roja la clara
alegría de la mañana, la sonoridad despertadora de los mil rumores del
campo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazón y el espíritu
de Francisco Delaberge. Cuando había llegado ya a las últimas líneas de
su informe, distrajeron su atención una serie de rumores y voces que oyó
junto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de la casa piafaba y
pateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmar
sus impaciencias con interjecciones acariciadoras: «¡So... So... Quieto,
_Brunete_!...». Luego esta misma voz exclamaba: «Vamos, papá, date
prisa, vamos a llegar tarde...»
Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una _charrette_
inglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de vivos movimientos, junto
al cual estaba el joven Simón. En aquel momento salió de la casa el
_Príncipe_, lenta y majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.
El hospedero del _Sol de Oro_, recién afeitado, se había puesto una
ancha blusa encima del traje y cubría su cabeza con un sombrero de
anchas alas. Pesadamente subió en la _charrette_ se le reunió en seguida
su hijo Simón con las riendas en la mano. Y entretanto que la señora
Princetot les hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía el
_Príncipe_, guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona mano
acariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba cariñosos golpecitos,
mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.
--Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su hijito...--decía el
_Príncipe_ a su mujer.--Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, no
por eso te preocupes nada.
Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora Miguelina un tierno beso
y le decía:
--Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.
Con la punta del látigo acarició el cuello del caballo y el animal tomó
inmediatamente el trote en la dirección de Recey.
La señora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les siguió con la
mirada hasta que hubieron vuelto la próxima esquina y luego entró sola
en la casa.
«Esa gente es feliz y se aman unos a otros--pensaba Delaberge, que lo
había visto todo desde la ventana.--Ese Princetot, tan positivo, tan
metido en lo material, quiere tiernamente a ese único hijo de que está
tan orgulloso. Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia de
mojigata, devora con los ojos a su hijo, y éste siente por uno y otra un
afecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada de
profundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y para
tranquilizar a su madre sabía poner en sus palabras y en su voz
inflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simón no es
sólo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene también el
corazón en su sitio...»
El inspector general se maravillaba además de que ese muchacho, tan
superior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, no
manifestaba ese estúpido respeto social que hace que ciertos hijos de
burgueses rápidamente enriquecidos se avergüencen de las ridiculeces de
sus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con su
buen humor esforzábase en allanar el abismo que de ellos le separaba, y
así vivían los tres sin tropiezos y en la más completa armonía.
Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y gracias
particulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educación
y en gustos. La Escritura había dicho con razón: _Voe soli!_ El célibe
ignora o comprende muy difícilmente esa fusión de las almas, esa
expansión de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios,
esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero interés a la
existencia de los humanos...
Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyó
su informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblando
cuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.
Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo
dejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Al
llegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puerta
había quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vio
a la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación.
Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y,
aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglo
de aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge le
causó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y se
puso intensamente pálida.
--No se moleste por mí, señora Princetot--dijo Delaberge mientras
cerraba tras de sí la puerta.
Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; pero
luego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitable
y que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de ser
preferible aprovechar la ausencia del _Príncipe_ y de su hijo.
--Dispense, señor Delaberge--repuso la hostelera, con voz no muy
segura.--Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera
atrevido...
Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Seguía
murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en
el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sintió
Delaberge una profunda lástima...
--No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora--dijo entonces con
entonación más amable.--Por el contrario, grande ha sido mi
satisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si he
podido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés en
felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar
conocimiento ayer...
--¡Ah!... ¿Le ha visto usted?--murmuró muy débilmente Miguelina.
Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como si
el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una
desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente
catástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y con
gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...
Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud
extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en
toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que
experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus
más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el
solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a
aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a
causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración
forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para
tranquilizarla añadió:
--Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...
Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó
todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después
prosiguió:
--Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme
de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades
de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque
adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos
amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.
Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron
aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las
retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas
humedecían los ojos de la hostelera.
--¿Qué tiene usted?--continuó.--Diríase que mis palabras le causan
pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...
Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró
dulcemente:
--Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no
soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...
Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto
indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva
tentación.
--¡Calle usted!--murmuró suplicante.--Me da vergüenza oír hablar de
aquellos tiempos.
--¿Por qué?--replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa
castidad.--En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y
además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes,
fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.
Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera
tapado los oídos.
--¡Calle usted!--repetía.--¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?
--Nunca imaginé--dijo Delaberge impaciente--que mi presencia le había de
causar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capaz
de la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y se
quedará entre nosotros.
Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:
--Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi
casa.
Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondas
lamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de la
honradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que su
llegada al _Sol de Oro_ despertase la malignidad de los envidiosos que
hablaban mal del _Príncipe_ sólo porque había hecho fortuna. Iban a
remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había ya
llorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había ido
muchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las más
duras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedaba
enterrado en el confesionario del cura párroco... Poco a poco las malas
lenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba
ya a respirar, vivía feliz entre el _Príncipe_ y su hijo, creyendo que
todo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un
rayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la
cocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto de
caer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño,
viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendida
sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.
X
Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones.
Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que el
remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía además
desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis años
habían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señora
Princetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había de
creerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. El
señor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad era
patente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que la
hostelera del _Sol de Oro_ edificaba con su religiosidad a los fieles
todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles
las lamentaciones de la señora Princetot.
De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. El
continuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de la
hostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.
Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en el
deber de calmarla.
--Señora--dijo,--se da usted una pena inmensa por simples quimeras...
Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de
manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo
abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.
Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a
los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de
su sensual languidez.
--¡Sí!--exclamó juntando las manos.--¡Márchese... márchese lo antes que
pueda, yo se lo ruego!...
Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que
en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le
despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse
desembarazada de la presencia de su antiguo amante.
--Mi marcha--replicó Delaberge con cierta ironía--dependerá en mucho de
las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los
deslindes.
--¡Ah!--gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la
cabeza.--¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos
viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.
--Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es
razonable...
La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:
--No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran
ayer!...
Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no
estaría loca aquella mujer.
--No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?
--Nada, nada...
Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar su
impasibilidad de figura de cera y prosiguió:
--Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted...
Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.
--Se lo prometo.
--Gracias, señor Delaberge.
Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale del
confesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada al
espejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas
dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando
prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás las
huellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toalla
humedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda su
figura de antes.
La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y
de arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiempos
lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas
precauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección del
pasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió más
hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su
hostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que tenía
ante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche se
deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al
fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de
esa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copa
de placer que habían gustado sus labios.
Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su
sensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como para
darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, le
rechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.
Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar un
poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez el
cuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette,
siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una
bóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de
Val-Clavin.
El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que
habían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima de
las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje
las clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquel
sitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridad
verdaderamente crepuscular.
También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en sus
años juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de su
paso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árboles
altísimos. Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras que
las heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo ello
obstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienen
las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos
rumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación de
malestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón al
rechazarle la señora Miguelina.
A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecían
más extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.
¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia
pudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otros
tiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para no
haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por
otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estado
sordo, no lo iba a estar ahora menos...
De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramente
no al _Príncipe_ tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de
la juventud... Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante los
ojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que su
hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él se
alarmaba principalmente.
¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido por
una tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin duda
una terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan lleno
de filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tarde
sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves y
sin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos en
los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez
llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y
mortíferas.
Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa
Némesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con
nuestras acciones, envenenamos.
Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también a
cumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo a
Val-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del _Sol de Oro_,
en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedes
y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros
días; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuya
tranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eran
otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?
Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era
necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiese
caer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagase
las faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos de
debilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge un
gran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de
sus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenos
exteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muy
aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con
rigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que
se sentía después de su entrevista con la señora Princetot le
predisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que se
esconden y permanecen en profunda quietud nuestros más secretos
pensamientos.
Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraña
ver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadas
aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. A
medida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbita
luz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía la
posibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonces
había concedido la menor atención.
Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir las
consecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que no
había dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose más
timorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoras
preguntas:--¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?... ¿Estaba bien seguro?...
Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubiese
recibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabeza
para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción,
prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubiera
sabido... Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejado
ignorar una cosa semejante...»
Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en
seguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente a
trabajar.--«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?...
Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le había
prohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con el
espanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraran
ayer!...»
A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase más
espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la senda
toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada
luz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como un
nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios
de amenazadores enigmas...