IX

Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponía

a la Administración Central el resultado de su visita a los bosques de

Carboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el

cambio de terrenos propuesto por la Administración Provincial,

demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones de

los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y

solicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión de

los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un

arreglo.

Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes de

la víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones una

sutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y la

simpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso;

sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en los

informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.

Por las abiertas ventanas penetraban en la habitación roja la clara

alegría de la mañana, la sonoridad despertadora de los mil rumores del

campo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazón y el espíritu

de Francisco Delaberge. Cuando había llegado ya a las últimas líneas de

su informe, distrajeron su atención una serie de rumores y voces que oyó

junto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de la casa piafaba y

pateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmar

sus impaciencias con interjecciones acariciadoras: «¡So... So... Quieto,

_Brunete_!...». Luego esta misma voz exclamaba: «Vamos, papá, date

prisa, vamos a llegar tarde...»

Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una _charrette_

inglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de vivos movimientos, junto

al cual estaba el joven Simón. En aquel momento salió de la casa el

_Príncipe_, lenta y majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.

El hospedero del _Sol de Oro_, recién afeitado, se había puesto una

ancha blusa encima del traje y cubría su cabeza con un sombrero de

anchas alas. Pesadamente subió en la _charrette_ se le reunió en seguida

su hijo Simón con las riendas en la mano. Y entretanto que la señora

Princetot les hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía el

_Príncipe_, guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona mano

acariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba cariñosos golpecitos,

mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.

--Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su hijito...--decía el

_Príncipe_ a su mujer.--Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, no

por eso te preocupes nada.

Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora Miguelina un tierno beso

y le decía:

--Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.

Con la punta del látigo acarició el cuello del caballo y el animal tomó

inmediatamente el trote en la dirección de Recey.

La señora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les siguió con la

mirada hasta que hubieron vuelto la próxima esquina y luego entró sola

en la casa.

«Esa gente es feliz y se aman unos a otros--pensaba Delaberge, que lo

había visto todo desde la ventana.--Ese Princetot, tan positivo, tan

metido en lo material, quiere tiernamente a ese único hijo de que está

tan orgulloso. Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia de

mojigata, devora con los ojos a su hijo, y éste siente por uno y otra un

afecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada de

profundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y para

tranquilizar a su madre sabía poner en sus palabras y en su voz

inflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simón no es

sólo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene también el

corazón en su sitio...»

El inspector general se maravillaba además de que ese muchacho, tan

superior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, no

manifestaba ese estúpido respeto social que hace que ciertos hijos de

burgueses rápidamente enriquecidos se avergüencen de las ridiculeces de

sus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con su

buen humor esforzábase en allanar el abismo que de ellos le separaba, y

así vivían los tres sin tropiezos y en la más completa armonía.

Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y gracias

particulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educación

y en gustos. La Escritura había dicho con razón: _Voe soli!_ El célibe

ignora o comprende muy difícilmente esa fusión de las almas, esa

expansión de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios,

esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero interés a la

existencia de los humanos...

Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyó

su informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblando

cuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.

Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo

dejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Al

llegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puerta

había quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vio

a la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación.

Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y,

aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglo

de aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge le

causó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y se

puso intensamente pálida.

--No se moleste por mí, señora Princetot--dijo Delaberge mientras

cerraba tras de sí la puerta.

Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; pero

luego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitable

y que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de ser

preferible aprovechar la ausencia del _Príncipe_ y de su hijo.

--Dispense, señor Delaberge--repuso la hostelera, con voz no muy

segura.--Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera

atrevido...

Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Seguía

murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en

el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sintió

Delaberge una profunda lástima...

--No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora--dijo entonces con

entonación más amable.--Por el contrario, grande ha sido mi

satisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si he

podido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés en

felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar

conocimiento ayer...

--¡Ah!... ¿Le ha visto usted?--murmuró muy débilmente Miguelina.

Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como si

el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una

desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente

catástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y con

gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...

Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud

extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en

toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que

experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus

más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el

solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a

aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a

causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración

forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para

tranquilizarla añadió:

--Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...

Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó

todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después

prosiguió:

--Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme

de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades

de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque

adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos

amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.

Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron

aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las

retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas

humedecían los ojos de la hostelera.

--¿Qué tiene usted?--continuó.--Diríase que mis palabras le causan

pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...

Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró

dulcemente:

--Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no

soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...

Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto

indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva

tentación.

--¡Calle usted!--murmuró suplicante.--Me da vergüenza oír hablar de

aquellos tiempos.

--¿Por qué?--replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa

castidad.--En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y

además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes,

fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.

Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera

tapado los oídos.

--¡Calle usted!--repetía.--¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?

--Nunca imaginé--dijo Delaberge impaciente--que mi presencia le había de

causar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capaz

de la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y se

quedará entre nosotros.

Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:

--Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi

casa.

Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondas

lamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de la

honradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que su

llegada al _Sol de Oro_ despertase la malignidad de los envidiosos que

hablaban mal del _Príncipe_ sólo porque había hecho fortuna. Iban a

remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había ya

llorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había ido

muchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las más

duras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedaba

enterrado en el confesionario del cura párroco... Poco a poco las malas

lenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba

ya a respirar, vivía feliz entre el _Príncipe_ y su hijo, creyendo que

todo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un

rayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la

cocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto de

caer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño,

viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendida

sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.

X

Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones.

Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que el

remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía además

desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis años

habían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señora

Princetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había de

creerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. El

señor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad era

patente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que la

hostelera del _Sol de Oro_ edificaba con su religiosidad a los fieles

todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles

las lamentaciones de la señora Princetot.

De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. El

continuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de la

hostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.

Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en el

deber de calmarla.

--Señora--dijo,--se da usted una pena inmensa por simples quimeras...

Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de

manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo

abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.

Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a

los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de

su sensual languidez.

--¡Sí!--exclamó juntando las manos.--¡Márchese... márchese lo antes que

pueda, yo se lo ruego!...

Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que

en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le

despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse

desembarazada de la presencia de su antiguo amante.

--Mi marcha--replicó Delaberge con cierta ironía--dependerá en mucho de

las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los

deslindes.

--¡Ah!--gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la

cabeza.--¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos

viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.

--Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es

razonable...

La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:

--No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran

ayer!...

Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no

estaría loca aquella mujer.

--No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?

--Nada, nada...

Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar su

impasibilidad de figura de cera y prosiguió:

--Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted...

Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.

--Se lo prometo.

--Gracias, señor Delaberge.

Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale del

confesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada al

espejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas

dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando

prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás las

huellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toalla

humedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda su

figura de antes.

La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y

de arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiempos

lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas

precauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección del

pasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió más

hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su

hostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que tenía

ante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche se

deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al

fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de

esa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copa

de placer que habían gustado sus labios.

Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su

sensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como para

darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, le

rechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.

Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar un

poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez el

cuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette,

siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una

bóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de

Val-Clavin.

El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que

habían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima de

las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje

las clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquel

sitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridad

verdaderamente crepuscular.

También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en sus

años juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de su

paso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árboles

altísimos. Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras que

las heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo ello

obstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienen

las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos

rumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación de

malestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón al

rechazarle la señora Miguelina.

A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecían

más extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.

¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia

pudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otros

tiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para no

haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por

otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estado

sordo, no lo iba a estar ahora menos...

De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramente

no al _Príncipe_ tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de

la juventud... Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante los

ojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que su

hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él se

alarmaba principalmente.

¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido por

una tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin duda

una terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan lleno

de filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tarde

sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves y

sin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos en

los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez

llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y

mortíferas.

Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa

Némesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con

nuestras acciones, envenenamos.

Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también a

cumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo a

Val-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del _Sol de Oro_,

en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedes

y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros

días; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuya

tranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eran

otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?

Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era

necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiese

caer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagase

las faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos de

debilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge un

gran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de

sus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenos

exteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muy

aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con

rigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que

se sentía después de su entrevista con la señora Princetot le

predisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que se

esconden y permanecen en profunda quietud nuestros más secretos

pensamientos.

Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraña

ver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadas

aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. A

medida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbita

luz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía la

posibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonces

había concedido la menor atención.

Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir las

consecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que no

había dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose más

timorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoras

preguntas:--¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?... ¿Estaba bien seguro?...

Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubiese

recibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabeza

para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción,

prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubiera

sabido... Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejado

ignorar una cosa semejante...»

Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en

seguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente a

trabajar.--«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?...

Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le había

prohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con el

espanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraran

ayer!...»

A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase más

espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la senda

toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada

luz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como un

nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios

de amenazadores enigmas...

Paternidad · 第 17 / 26 题