Alegre y vivaracha acompañaba a su huésped a través de los jardines,
enseñándole sus colecciones de flores de todas clases, explicándole cómo
había secado las tierras y canalizado las aguas del río que ahora
serpenteaba entre orillas plantadas de iris y de cañaverales. El
escuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espíritu a la vez
práctico y lleno de imaginación. Durante la prolongada visita a parques
y jardines, pasaba ella sin transición ninguna de un asunto a otro con
la gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en alguna
flor según su propia fantasía. Ora disertaba sabiamente sobre la
aclimatación del pino; ora se permitía ligeras alusiones al asunto de
los deslindes; y después, haciéndose más comunicativa, contaba
ingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchas
para la transformación de Rosalinda y sus proyectos de futuros
embellecimientos. Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba,
la encontraba cada vez más encantadora. De pronto se paró ella
exclamando:
--¡Estoy cierta, señor, de que mi charla le molesta un poco!
--Se engaña usted, señora--repuso Delaberge con viva entonación.--Todo
lo que me cuenta me interesa muchísimo... Hablándome de usted y de sus
ocupaciones, iniciándome en su retirada existencia, me da usted una
prueba de confianza de que estoy encantado...
Y en efecto, estaba el inspector general bastante más encantado de lo
que él mismo creía.
Ese carácter tan lleno de alegría y de franqueza, ese corazón de mujer
joven que se abría con tan buena fe, esos límpidos ojos que sonreían tan
confiados, esa íntima conversación en medio de unos jardines llenos de
flores, con el acompañamiento del cantar de los pájaros y el arrullo de
las palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspector
general como podía haber hecho un vino dulce y generoso, vino que,
cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidad
a la cabeza por cuanto no se está ya acostumbrado. Para ese funcionario
que tantísimo tiempo había vivido en medio de sus expedientes
administrativos, habían de ser mucho más peligrosas que para otro
cualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarísima e
iluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegría y de juventud.
--Sí--prosiguió diciendo con tono de profunda gravedad.--Aunque nos
conocemos tan sólo desde hace pocos días, veo que me habla usted como a
un antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.
Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.
--¡Dios mío--dijo,--quizás soy demasiado expansiva!... Es mi defecto...
Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señora
Voinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si
me explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen
comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y
reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí en
seguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y me
alentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio;
puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...
--Casi tanto como al señor Simón Princetot--interrumpió riendo
Delaberge.
--¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lo
moral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?
--No le he visto bastante para poderlo observar...
Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no
era ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente su
brazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieron
paseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieron
hacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.
Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y
sonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureció
su rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general.
Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.
Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres se
observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacía
la señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseaba
sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así,
procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares. Hizo
grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobre
sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El
joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economía
agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez
en la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo,
ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlas
descubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole y
presentándole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por
la claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard no
había exagerado. Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de
juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar. Y era
realmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educado
en una hospedería de pueblo.
Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las
del inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y en
vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En
realidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. No
tenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del _Príncipe_, ni tampoco
la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaños,
espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera
de la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero,
aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando
contestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomaba
súbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.
Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplaba
Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y
franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «He
aquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándose
llevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí:
«Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino
la mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría de
buena gana...»
Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señora
Liénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía a
un espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gran
sensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y una
compañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta
conversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le
prodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus más
exquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que no
habían servido mucho desde los tiempos de su juventud.
En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantes
cumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y que
ensombrecían su buen humor.
Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el
sol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard se
hizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuando
ofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias,
diciendo que tomaba el café sin azúcar.
--¡Es raro!--exclamó aturdidamente la viuda.--Lo mismo que el señor
Simón...
Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le
había demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente a
Delaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena de
desconfianzas. Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, en
medio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetrante
perfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó a
mostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge para
despedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.
--¡Buenas noches, señores!--dijo la señora Liénard.--Juntos harán
ustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía una
semana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino de
Rosalinda...
Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda de
los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que había
helado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamente
taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba
eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo
silencio, se decidió a romperlo, diciendo:
--Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administración
a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y
acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo
para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga
usted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el más
conciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...
--Lo están, señor--interrumpió Simón, sin abandonar su
frialdad;--solamente las personas extrañas al país y a sus
necesidades...
--He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parece
creer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo...
¿Qué edad tiene usted?
--Voy a cumplir veinticinco años.
--Pues yo tenía apenas veinticuatro cuando era guarda general en
Val-Clavin... No hay un rincón en todos estos bosques que yo no haya
visitado y cuya naturaleza desconozca.
--En tal caso, señor, si es usted justo cambiará el proyecto de la
Administración... Lo que la Administración propone es inadmisible;
perjudica nuestros intereses y nos arruina.
--Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienen
también derecho a algún miramiento... Tenemos la misión de conservarlos
y si usted fuese como yo un viejo forestal...
--¡Sin ser forestal de profesión--exclamó animándose el joven--se puede
tener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan al
Tesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.
--¿Ama usted los árboles?--preguntó Delaberge un poco más afable.
--¡Sí, los amo!...--replicó el joven con viva entonación.--Los amo como
a buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi país cuya
hermosura ellos son. Sepa usted que nací casi en los bosques y que desde
muy niño he vivido en medio de ellos... Un árbol hermoso, vea usted,
como éste...
Y al decir esto corrió hacia una de las hayas que bordeaban el camino y
prosiguió, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentado
tronco:
--Un árbol sano y hermoso es para mí como una persona, como un hermano y
hasta a veces me entran ganas de besarle...
Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brotó de pronto
como una fuente de agua viva, contemplaba con emoción a ese esbelto
muchacho de veinticinco años, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna.
La haya y él parecían, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otro
descubrían una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos y
llenos de energía, se lanzaban con ímpetu a la vida.
--Vaya--dijo sonriendo Delaberge,--he aquí al menos un punto acerca del
cual nos hemos de entender muy fácilmente... En el terreno jurídico
podremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entonces
firmemos una tregua,... ¿Quiere usted?
Tendió su mano al joven; éste tuvo un momento de sorpresa o de
vacilación; luego tendió la suya y Delaberge la estrechó con ademán
amistoso. Después continuaron su camino hablando tranquilamente de la
repoblación de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del
_Sol de Oro_, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.
* * * * *
Subió Delaberge a su habitación, pero los incidentes de aquella tarde le
tenían un poco excitado y no se sentía con ganas de dormir. Abrió la
ventana que daba al jardín.
Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana y
recordó que era aquélla su habitación, ahora ocupada por Simón
Princetot. Poco después vio al joven asomarse a la ventana y apoyado de
codos en ella, soñar tal vez, como él había hecho en días lejanos,
enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vaga
silueta, el inspector general se dejó dulcemente deslizar hacia las
mayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumores
de los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la noción de
los días y de los años...
El murmullo de las aguas ribereñas, el canto melancólico de las ranas,
el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonaban
misteriosamente en el espacio y le mecían con una música semejante a la
música de otros tiempos.
Y lentamente alucinado, acabó por parecerle que se veía a sí mismo
cuando tenía veinticinco años, apoyados los codos en la misma ventana,
en pleno florecimiento de su robusta juventud.