Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compañía
del guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba ya
examinando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumont
proponía afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.
A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas de Langres se
muestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Un
suave vientecillo había secado los caminos; el cielo, de un azul
purísimo, sonreía, por encima del renaciente follaje; bordaban toda
clase de flores las márgenes de los caminos y los pajarillos cantaban
por doquier. Delaberge, cuyas funciones sedentarias le habían recluido
en París tanto tiempo y que no conocía ya más verdores que los de las
carpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosque
como se goza de un antiguo amigo otra vez hallado. Respiraba con
verdadera delicia el penetrante perfume que despedían los cerezos en
flor y poco a poco su mal humor y su melancolía de la noche antes se
fueron disipando...
Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar que la señora
Miguelina procuraba prudentemente substraerse a sus miradas cada vez que
entraba en la cocina. Esta reserva de su antigua amante, que al
principio le molestó, le parecía ya entonces el mejor _modus vivendi_
que se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el contento
experimentado le disponía para mejor saborear las alegrías de su regreso
a los bosques. Sentía un placer casi infantil, al reconocer los caminos
que había recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memoria
local se envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantado
la naturaleza del terreno y la dirección de las capas terrosas. Y a cada
momento exclamaba con grandes explosiones de alegría:
--¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace ya
veintiséis años.
A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale que cada uno de
los pasos que daba le quitaba de encima un año y que su juventud
reverdecía lo mismo que el follaje de las hayas. Desaparecía y no tenía
ningún valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Mucho
mejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtud
del rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en él las
metamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosque
los mismos árboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de las
tiernas avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de una
suspensión en el vuelo rápido de los días.
Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras, Delaberge pudo
fácilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por la
señora Liénard. Las tierras que se quería ahora dar a los usuarios de
Val-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todos
ellos en muy mal estado y que a trechos desaparecían del todo. Varios
manantiales subterráneos humedecían el suelo esponjoso y las aguas, no
encontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchos
pantanos en que crecían toda clase de plantas muy hermosas, pero
impropias para el pastoreo.
La vegetación en general se resentía de la mala calidad del suelo, los
herbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se veían algunos
viejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en parte
sus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por un
exceso de celo, la Administración local intentaba desembarazarse de unas
malas tierras con daño evidente para los usuarios de Val-Clavin. El
inspector general vióse obligado a confesar que las proposiciones de su
amigo Voinchet eran inicuas y abusivas.
Como era natural, nada de esto dejó entender a sus subordinados; pero
después de haber tomado sus notas, dirigió la exploración hacia unas
tierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecían a los
bosques de Montegrande.
Allí, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo y
además riquísimo en humus. Las hayas y los robles crecían fuertes y
sanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelente
y variadísimo, llenando el aire con sus aromas. Además un hermoso camino
forestal seguía toda la cresta de la colina y descendía luego suavemente
hacia Val-Clavin. En realidad la designación de esas tierras había de
satisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sin
perjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a sí mismo que por
ese lado había de ser fácil encontrar una fórmula de transacción.
Ciertamente que en todo eso no le guiaba, sino el deseo de conciliar el
derecho más estricto, con la justicia; sin embargo, no pudo dejar de
pensar que, si aceptaba esta proposición la Administración central,
habría de sentir él un gran placer en comunicarlo así a la señora
Liénard. Esta reflexión despertó en su espíritu el agradable recuerdo de
la viuda y de la invitación que le hizo al despedirse.
Precisamente entonces entraban en una especie de ancho barranco, al otro
extremo del cual aparecía el cono puntiagudo de una torrecilla.
--¿No es Rosalinda aquello?--preguntó Delaberge.
--Sí, señor inspector general; este camino nos conduce a ella
directamente.
Esta brusca aparición de Rosalinda en el preciso instante en que pensaba
en su dueña, fue para Delaberge dulcemente sugestiva, tanto que le
indujo a modificar sus primeros planes. Al salir por la mañana de _Sol
de Oro_ no pensaba hacer aquel mismo día su visita a la señora Liénard.
Había decidido dejar pasar algunos días, temiendo que pareciese de mal
gusto una prisa excesiva. Pero la proximidad de Rosalinda obró en su
alma como un imán y modificó por completo sus resoluciones.
Lanzó una rápida mirada sobre todo su vestido: su calzado, en verdad,
aparecía lleno de polvo, pero ni su americana ni su pantalón habían
sufrido gran cosa de su paseo a través de los bosques y su total
apariencia era suficientemente correcta. Recordó, además, que la señora
Liénard no concedía sino muy mediana importancia a las cuestiones de
forma y esto acabó de decidirle.
En el sitio donde el camino forestal que bajaba a Val-Clavin cruzábase
con el barranco que iban siguiendo, Delaberge despidió a sus
acompañantes y se dirigió solo hacia Rosalinda; al cuarto de hora salió
del bosque y vio ante sus ojos el parque y los jardines que rodeaban la
casa.
Aunque en el país se le daba todavía el nombre de _castillo_, Rosalinda
no era más que una cómoda casa burguesa, construida a fines del siglo
XVIII y flanqueada por dos torrecillas con techo de pizarra que le daban
un vago aspecto señorial. El parque se extendía a una y otra parte del
Aubette, cuyas verdosas aguas rodeaban luego la casa y alimentaban las
albercas construidas al pie mismo de las terrazas. La avenida de
fresnos cuyo recuerdo tan bien había conservado Delaberge, conducía a
una verja de hierro y después se continuaba más allá del puente de
piedra echado sobre el riachuelo.
Desde la vertiente en que se había detenido, el inspector general veía
claramente la fachada principal de la casa tapizada de madreselvas y
rosales; veía también los caminillos del jardín trazados al estilo
francés y más allá del parque y de las paredes de cierre, en el espacio
que el bosque dejaba todavía libre, se veían extensos campos de hierba,
de centeno, de alfalfa que la brisa movía como las olas del mar y el sol
iluminaba esplendorosamente; más lejos comenzaban de nuevo los bosques
que iban subiendo dulcemente y coronaban con su verdor esa pacífica y
riente soledad.
La casa con sus ventanas abiertas, los jardines con sus vivísimos
colores, los campos ondulantes, todo aparecía como envuelto en una
atmósfera de paz y de supremo bienestar. El conjunto tenía un aspecto
alegre y hospitalario que animó a Delaberge a persistir en sus
intenciones. Le pareció descubrir en todo ello el reflejo de la
personalidad atrayente y cordial de la propietaria.
Algunos minutos después llegaba el inspector general a la verja de
hierro, llamaba en ella y preguntaba por la señora Liénard, atravesando
luego los caminillos, guiado por la jardinera que le dejó a la entrada
de la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo en
un salón de la planta baja.
--¡Ah! señor, ¡cuánto le agradezco que haya cumplido su promesa!
Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendía
gentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosa
falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban
una suprema elegancia.
Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquella
pequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lo
descuidado de su traje.
--Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y
no me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrar
siquiera a saludarla...
Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a un
visitante que se había levantado al entrar él y que se disponía a
despedirse.
Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y de
una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramente
rizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; pero
este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia.
De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardaba
seriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar para
despedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, su
fisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la que
tenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, se
descubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de
pasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En el
momento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a la
señora y dijo con cierta brusquedad:
--Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques de
Carboneras.
--¿Pero volverá usted por aquí?--exclamó la señora Liénard.--Es que
necesito todavía de usted...
Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama:
--Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permítame que le convide a
comer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen las
visitas en la mesa... Además tendrá usted compañía para volver a
Val-Clavin, pues quiero que me prometa el señor Simón que al regresar de
los bosques ha de venir aquí a comer con nosotros... ¡Buena es ésta!--se
interrumpió a sí misma riendo.--Soy tan aturdida que olvidé la
presentación... El señor Princetot... el señor Delaberge, inspector
general de montes.
Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente. Delaberge, despierta su
curiosidad por el nombre de Princetot, examinó atentamente al joven que
acababan de presentarle; pero éste se dirigía ya hacia la puerta
mientras la viuda acompañándole le repetía:
--Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos a
la mesa.
Cuando hubo salido, Delaberge preguntó:
--¿Este señor Princetot sería acaso el hijo de mi hospedero del _Sol de
Oro_?
--Sí... ¿Le extraña a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna...
Es un corazón excelente y un espíritu distinguido. Adora el pueblo en
que nació y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirse
en un señor... Después de haber hecho excelentes estudios agrarios, ha
vuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince y
raya al guarda general de Val-Clavin.
Delaberge se echó a reír.
--¡Apuesto, señora Liénard, que es él quien le aconseja en este asunto
de los deslindes!
--Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos años regresó Simón de la
Escuela de Cluny, ofreció a los usuarios del pueblo defender
gratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y así es
como entré en relaciones con él. El joven me interesa, y si mi situación
no me obligase a una gran reserva, tendría un gran placer en recibirle
con mayor frecuencia; pero él mismo pórtase con gran discreción y no
viene nunca aquí sino para hablar de negocios... Estoy encantada, señor
inspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar mi
invitación: esto me ha permitido invitar a Simón también.
Delaberge en su interior decíase que hubiera preferido comer a solas con
la viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abrió una de las ventanas y
mostrando a su huésped los jardines le dijo así:
--No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, pues
me siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, será preciso que me
dispense por algunos minutos....
Tocó el timbre, dio rápidas instrucciones a sus criadas, cubrió su
cabeza con un gran sombrero de paja y volvió en seguida a reunírsele,
diciéndole:
--¿No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted no
la había visto? En tiempos de mi difunto tío estaba esto muy mal; las
aguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los árboles crecían como
y donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso y
he convertido la finca en lo que usted va a ver.