HOTEL DEL SOL DE ORO

Más lejos, hacia la esquina de la calle, se veían las paredes de piedra

de talla y la techumbre de tejas de la nueva destilería que había

construido Princetot... Allí estaba éste precisamente apoyando sus

anchísimas espaldas en la misma puerta... Encendido el rostro, enorme el

vientre, vestido de paño ordinario, medio cerrados los ojos que la

grasa invadía, y sin moverse, examinaba con su flema de siempre al nuevo

huésped que llegaba de Langres.

Mientras el viajero saltaba del coche, el señor Princetot se decidió a

llamar a su criado, ordenándole que se hiciese cargo del equipaje.

Delaberge había resuelto por último marchar valientemente hacia las

soluciones más breves. Subió ligero los cinco escalones, entró con el

dueño de la casa en la cocina en que relucían innúmeras cacerolas de

cobre y fue el primero en hablar.

--Buenas tardes, señor Princetot... Ya veo que no me reconoce usted.

El _Príncipe_ medio cerró de nuevo sus pequeños ojos, se pasó la mano

por sus cabellos ya enteramente blancos, se rascó la oreja y dijo

descubriendo su gran perplejidad:

--A fe mía, señor, que no tengo el placer...

--Soy, no obstante, uno de sus antiguos huéspedes... El señor Delaberge.

Una mujer en quien antes no había reparado y que estaba ocupada en el

fondo de la cocina se volvió bruscamente, y sólo por la visible emoción

que demostró la dama adivinó el inspector general que tenía enfrente a

Miguelina... Respiraba penosamente, bajaba los ojos, retorcía con gesto

maquinal las puntas del pañuelo que tenía en la mano y acabó por saludar

sin despegar los labios.

¡Ay! no se parecía mucho a la seductora Miguelina de otros tiempos...

Había engordado, había perdido su rostro toda expresión, sus tocas le

caían sobre la frente y escondían sus cabellos ya bien canosos. Su

vestido de oscuro color, de rectos pliegues, sus ojos medio cerrados, su

cara de cera, la expresión reservada y dulzona de su fisonomía, le daban

todo el aspecto de una beatucha.

--¡Señor Delaberge!--murmuró con mayor sorpresa que alegría.

Después añadió, mordiéndose los labios y sin levantar los ojos:

--No pensábamos verle a usted de nuevo en Val-Clavin.

--¿El señor Delaberge?--preguntaba de nuevo el _Príncipe_.--Aguarde...

Ahora caigo... ¿Estaba usted aquí, como guarda general en la época en

que reconstruían la iglesia?... Dispense que no le haya reconocido

antes, pero ha pasado desde entonces por esta casa tantísima gente...

Mientras hablaba iba examinando al recién llegado y al ver que lucía una

hermosa roseta en la solapa y sospechando que se las había ahora con un

parroquiano de consideración, se mostró ya menos indiferente.

--¡Ah!--continuó diciendo,--el caso es que todos hemos envejecido un

poco y veinticinco o veintiséis años cambian endiabladamente las

fisonomías... Y he aquí que le tenemos de nuevo entre nosotros...

Miguelina, habrá que dar al señor la sala roja.

Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y aún más por la

comprobación de tan mortificante olvido, declaró que no estaba por la

sala roja y que prefería el cuarto que había ocupado en otros tiempos y

cuya ventana daba al jardín.

--¿Su antigua habitación?--replicó el hostelero.--¡Ah! sí, pero, vea

usted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar por

completo y la ocupa ahora nuestro hijo... Simón, que regresó hace dos

años de la Escuela de Cluny con todos sus títulos.

--¿Tienen ustedes un hijo?--preguntó el inspector general con alguna

sorpresa.

--En realidad no podía usted saberlo... Nuestro Simón no había nacido

entonces todavía... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas maneras

ha sido en nuestra casa el bienvenido, ¿no es verdad, señora Princetot?

La señora Miguelina parecía disgustada por la charla de su marido; su

plácido rostro de mujer devota tomaba una expresión de vivo descontento

y sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el señor

Delaberge tendría necesidad de descanso y que era inútil fatigarle

hablándole de un muchacho a quien no conocía.

--Pero--replicó obstinadamente Princetot,--el señor podrá conocerle si

se queda algunos días en Val-Clavin, y Simón es muchacho que lo vale...

Por desgracia volverá tarde esta noche, pues ha ido al monte para una

cuestión de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a sus

luces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce a

fondo el régimen de montes, se le ha encargado la defensa de los

derechos del pueblo...

--Sí, sí, un asunto de que en mal hora se ha encargado--interrumpió la

señora Princetot.

Más perspicaz que el _Príncipe_ su esposo, ella había ya sospechado que

Delaberge venía sin duda por esta misma cuestión de deslindes y temió

que su marido hablase demasiado.

--¿Qué sabes tú de estas cosas?--replicó Princetot guiñando con gesto

de misterio sus ojos.--Simón tiene mucho talento y es ya bastante

crecido para andar solo.

--En fin--exclamó suspirando la señora Miguelina,--es de desear que de

todo ese enredo no saque más disgustos que provecho.

Después, para cortar en seco esta conversación, preguntó al viajero si

comería en la mesa común.

--No--contestó Delaberge;--tengan la bondad de servirme en mi cuarto y

háganme el favor de avisar mi llegada al guarda general... Necesito

hablar con él esta misma noche.

Algunos minutos después estaba ya instalado en la sala roja, reservada

de ordinario a los huéspedes de importancia. En este cuarto había una

gran cama muy bien puesta y tenía dos ventanas, una que daba a la calle

y la otra al jardín, el cual iba subiendo en suavísimo declive hacia los

bosques.

Apenas había tenido tiempo Delaberge de quitarse el polvo del camino y

de arreglarse un poco, cuando llamaron discretamente en la puerta de su

cuarto y no sin una pequeña emoción contestó Delaberge que se podía

entrar. Creyó ver aparecer a la señora Miguelina, deseosa, sin duda, de

poder hablar a solas con él, pero muy pronto salió de su engaño. Entró

en la habitación una joven delgada y de vivos movimientos, la cual traía

platos, botellas y manteles y comenzó a poner la mesa, después de lo

cual se retiró para volver a poco con la humeante sopera.

Al hacerse servir en su cuarto el inspector general había creído que

podría de este modo tener con la señora Miguelina una amistosa

explicación que valiese por todas. Mas era evidente que la señora

Miguelina no pensaba provocar una semejante explicación retrospectiva.

¿Era eso indiferencia o bien que, desde un principio, deseaba hacer

comprender a su huésped la necesidad de evitar toda alusión al pasado?

«--Como quiera ella--se dijo Delaberge--y aun tal vez vale más que sea

así.»

No obstante, en su fuero interno, sentía Delaberge una especie de

desencanto. Mientras a lo largo del camino se hundía su imaginación en

el recuerdo del pasado y revivía los tiempos de Val-Clavin, no creía que

se le hubiese tan completamente olvidado, ni esperaba que se le tratase

como a un extraño... Esto le puso profundamente melancólico y con gesto

displicente se sentó ante su mesa solitaria.

Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda general: un

muchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente, que se confundía en

salutaciones y no osaba sentarse, tanto le intimidaba la presencia del

inspector general. Hizo Delaberge inútiles esfuerzos para ponerle a

tono, acabando por darle brevemente sus instrucciones e indicándole la

hora en que se encontrarían para ir juntos al monte; luego salió con él

de la hospedería y una vez solo se quedó paseando unos momentos por las

riberas del Aube.

La noche era oscura, pero en el cielo relucían millares de estrellas y

cantaban los ruiseñores en las alamedas próximas... Era la misma música

que en otros tiempos acompañó sus dúos de amor con la señora Miguelina.

Sentía surgir en su espíritu el sentimentalismo; pero, por desdicha

suya, al notar que le molestaba un poco la frescura del río, comprendió

que no vivía ya en aquella dichosa edad en que se sueña con las

estrellas. Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino andado.

Al regresar a la hospedería habían ya desaparecido el señor Princetot y

su esposa. En la cocina no había sino una criada, que encendió una bujía

y le acompañó hasta su habitación, dándole después las buenas noches. Al

cerrar Delaberge las ventanas del cuarto, pensó que Rosalinda estaba

muy cerca y que al día siguiente, si quería, podría indemnizarse de su

desencanto de aquella tarde haciendo una visita a la señora Liénard.

Esta idea volvió la serenidad a su espíritu. Se desnudó y

filosóficamente se metió en la cama.

Paternidad · 第 14 / 26 题