Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruaje
por entre dos hileras de árboles, alguna vez interrumpidas por las
tierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en su
encuentro inevitable con la señora Princetot. ¿Cómo le recibiría y qué
se dirían? ¡Bah! Uno y otro habían cambiado mucho en veintiséis años y
tal vez ni siquiera le reconocería. Sí, pero luego sería preciso decir
los nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incógnito.
Además, su reserva podría parecer extraña al bueno de Princetot.
A despecho de su experiencia y de su despierto espíritu, el inspector
general estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No se
extrañaba de que él hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero no
comprendía que los demás le hubiesen podido olvidar a él.
Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya próximo el
pesebre, trotaba más ligero que nunca; se iba acortando la distancia y
desde una pequeña altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin,
reunidas como un puñado de huevos en el fondo de un nido. Por entre los
prados brillaban a trechos las aguas del río y el gallo del puntiagudo
campanario relucía, herido por los rayos del sol poniente... Y pronto
penetró el carruaje en el pueblo, que se había modificado muy poco. A
uno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban como
en otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismo
fresquísimo rumor caían las aguas del riachuelo en la presa del molino,
y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de las
techumbres de las casas que aparecían inundadas por tenues y azuladas
humaredas. A la rojiza claridad del crepúsculo, se levantaba ante los
ojos de Delaberge la sombra de los antiguos días, y las figuras de aquel
lejanísimo pasado aparecían mas límpidas y con mayor relieve al
destacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.
Con un pequeño latir en el corazón, pensaba Delaberge en la vieja
hospedería con su umbral, al que se subía por cinco escalones y con su
muestra de hierro enmohecido, en los ojos lánguidamente soñadores de la
señora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de su
esposo...
De pronto se paró el carruaje ante una casa toda recién enjalbegada y en
la que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedería, pues había
sido renovada por completo. La antigua muestra había desaparecido
también y en cambio leíase en la fachada en hermosas letras mayúsculas: