VI

Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruaje

por entre dos hileras de árboles, alguna vez interrumpidas por las

tierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en su

encuentro inevitable con la señora Princetot. ¿Cómo le recibiría y qué

se dirían? ¡Bah! Uno y otro habían cambiado mucho en veintiséis años y

tal vez ni siquiera le reconocería. Sí, pero luego sería preciso decir

los nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incógnito.

Además, su reserva podría parecer extraña al bueno de Princetot.

A despecho de su experiencia y de su despierto espíritu, el inspector

general estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No se

extrañaba de que él hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero no

comprendía que los demás le hubiesen podido olvidar a él.

Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya próximo el

pesebre, trotaba más ligero que nunca; se iba acortando la distancia y

desde una pequeña altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin,

reunidas como un puñado de huevos en el fondo de un nido. Por entre los

prados brillaban a trechos las aguas del río y el gallo del puntiagudo

campanario relucía, herido por los rayos del sol poniente... Y pronto

penetró el carruaje en el pueblo, que se había modificado muy poco. A

uno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban como

en otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismo

fresquísimo rumor caían las aguas del riachuelo en la presa del molino,

y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de las

techumbres de las casas que aparecían inundadas por tenues y azuladas

humaredas. A la rojiza claridad del crepúsculo, se levantaba ante los

ojos de Delaberge la sombra de los antiguos días, y las figuras de aquel

lejanísimo pasado aparecían mas límpidas y con mayor relieve al

destacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.

Con un pequeño latir en el corazón, pensaba Delaberge en la vieja

hospedería con su umbral, al que se subía por cinco escalones y con su

muestra de hierro enmohecido, en los ojos lánguidamente soñadores de la

señora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de su

esposo...

De pronto se paró el carruaje ante una casa toda recién enjalbegada y en

la que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedería, pues había

sido renovada por completo. La antigua muestra había desaparecido

también y en cambio leíase en la fachada en hermosas letras mayúsculas:

Paternidad · 第 13 / 26 题