Precisamente se dirigía ella hacia Delaberge llevando en una mano la
cafetera y en otra una taza que le ofreció. Cuando hubo servido a todos,
volvió a sentarse en el canapé, no lejos de Delaberge, quien, de pie
todavía, acababa de beberse su taza.
--Señor inspector--le dijo ella,--estaría usted muchísimo mejor si
tomase asiento.
Y diciendo esto se hizo un poco a un lado para dejarle sitio en el mismo
canapé. El inspector general no deseaba sino obedecer a invitación tan
amable; pero, no sabiendo qué hacer de la taza que tenía, en la mano,
hizo ademán de ir a dejarla sobre una mesilla. La señora Liénard se
levantó corriendo, le tomó la taza de las manos y fue a darla a un
criado que pasaba entonces con una bandeja. Tan graciosa amabilidad, tan
previsora deferencia, trastornaron profundamente a Delaberge. Aunque
poco inclinado a la fatuidad, se imaginó que la joven se esforzaba para
serle agradable y sintió como un cosquilleo de satisfacción, sin pensar
que un hombre de cincuenta años le parece casi un viejo a una mujer que
tiene veintiséis. Pero Delaberge, como la mayoría de los hombres, no se
veía envejecer.
Razonaba como un hombre convencido de que puede inspirar todavía
amorosos sentimientos; no quería confesarse a sí mismo que las
amabilidades de la señora Liénard podían sencillamente proceder de la
espontaneidad de un alma, por naturaleza afectuosa e inclinada a
mostrarse amable precisamente porque la diferencia de edad había de
quitar todo pretexto a una interpretación maliciosa.
Sin embargo, mientras la joven con su vivacidad de siempre, volvía a
sentarse cerca de él, se despertó en el inspector general una vaga
desconfianza; se dijo que tal vez iba a ser juguete de la malicia
femenina, pensando que la señora Liénard había creído ganar así su ánimo
en favor de la causa de los usuarios de Val-Clavin y vencer su natural
rigor administrativo.
Se recostó descuidadamente en uno de los brazos del canapé y, por encima
de su abanico que agitaba lentamente, se quedó contemplando a Delaberge
con la sonrisa en los labios. Este, ya receloso y colocado en actitud
defensiva, estudiaba detenidamente el rostro de su vecina.
Pronto sintióse tranquilizado por completo. No, en esos límpidos ojos,
en esa purísima frente, en esos labios francamente amables, no podía
haber la menor huella de engaño o duplicidad. En el fondo de esos
clarísimos ojos no se descubría la menor de aquellas turbadoras y
fugitivas fulguraciones que son indicio de mentira. Ni en la frente, ni
en la boca se descubrían aquellas desagradables arrugas que son
revelación de un alma falsa o llena de complicados sentimientos.
Decididamente, la señora Liénard no tenía nada de una Dalila.
Cerró bruscamente el abanico, se inclinó un poco hacia Delaberge y dijo:
--¿De manera que ha vivido usted en Val-Clavin?
--Sí, señora; viví dos años.
--¿Hace mucho tiempo?
--¡Oh! sí, mucho... Quizás no había usted nacido todavía. Pero recuerdo
el país como si fuese ayer mismo. Veo perfectamente en mi imaginación el
camino que lleva a Rosalinda, por el cual daba mi paseo cotidiano. Se
penetraba en la hacienda por una calle plantada de fresnos, muy
pequeñines entonces.
--Los fresnos han crecido y dan hoy una magnífica sombra.
--Entonces--prosiguió Delaberge--vivía en Rosalinda un hombre muy
original llamado Le Maroise. Tenía costumbres muy singulares, se pasaba
el santo día en un cuarto con las ventanas cerradas y no salía sino
después de anochecido, en una vieja berlina que guiaba un cochero tan
extravagante como su dueño...
--¡Ese hombre original era mi tío!--interrumpió ella riendo.
--¡Ah!... Perdóneme...
--No se ha de excusar--replicó.--Era realmente un hombre extraño y poco
me costaría confesar a usted que llegó a serme odioso... Vivía aún
cuando me casé; me hizo su heredera a condición de que mi marido y yo
viviríamos con él... No es posible imaginar cómo nos hizo insoportable
la vida. Finalmente se murió el pobre hombre, y no he de decir que le
lloré muy poco... A punto estuvo de hacerme odiar Rosalinda.
--¿Vive usted en ella todo el año?
--¿Cómo no? Apenas si voy dos o tres veces a Dijón o a Chaumont y sólo
por asuntos de intereses. A los seis o siete días que estoy en la ciudad
ya no tengo más que un deseo, el de volver a mi casa lo antes posible.
--¿A su edad no le parece esta soledad demasiado austera? ¿No se aburre
usted jamás?
--Muy raramente... En primer lugar, ha de saber usted que tengo un
temperamento de verdadera campesina. Apenas comienza la primavera, vivo
constantemente al aire libre... Me tienen sobradamente ocupada mis
gallinas, mis flores, mis árboles; cuido yo misma la corta de mis
bosques y le aseguro a usted que no sé apenas qué cosa sea el aburrirse.
--¿Y en invierno?
--En invierno enciendo un hermosísimo fuego y me instalo cerca de la
chimenea con un buen libro en la mano... Hay en Rosalinda una biblioteca
muy bien nutrida y la cual yo aumento todavía procurando estar al
corriente de cuanto se publica... Soy una endiablada lectora... Cuando
tengo un libro interesante, y al alcance de la mano un buen puñado de
almendras, me paso horas deliciosísimas junto al fuego.
Mientras hablaban ellos aparte, el inspector provincial organizaba una
mesa de _whist_ y habiéndose negado Delaberge y la señora Liénard a
tomar parte en el juego, sentáronse en torno de la mesa la
subinspectora, el presidente, el secretario y el propio señor Voinchet.
La esposa de éste y el subinspector se quedaron contemplando el juego y
aguardando el momento en que alguno de los dos pudiese tomar parte en
él; de suerte que la viuda y su interlocutor, gracias a la preocupación
de los jugadores de _whist_, se quedaron en el canapé tan aislados como
pudieran estarlo en el fondo de un bosque.
Esa conversación mantenida en la penumbra, les iba acercando
familiarmente y revestía de una mayor confianza y de una más completa
intimidad su diálogo. La señora Liénard no parecía en lo más mínimo
cohibida por la gravedad de su interlocutor y aun se extrañaba de
encontrarse hablando tan llanamente con ese parisiense a quien desde tan
pocas horas antes conocía. En cuanto a Delaberge sentíase a la vez
sorprendido y encantado de la visible simpatía de que le daba testimonio
aquella mujer. La escuchaba con placer y sentíase refrescada el alma por
la gracia natural del buen sentido y la noble alegría de su vecina.
Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y aun los
rasgos irregulares de su fisonomía, pues poseía en cambio la joven una
cultura de espíritu, un juicio claro y sereno y sobre todo una facultad
de entusiasmo que no se encuentra frecuentemente ni aun en París. A
propósito de sus lecturas se expresaba con una independencia, un sentido
crítico y una vivacidad que encantaban de veras a ese parisiense,
acostumbrado a las reticencias prudentes, a las admiraciones convenidas
y a las opiniones superficiales del mundo oficinesco en que vivía.
Al cabo de una hora de conversación, estaba ya encantado de la señora
Liénard y se felicitaba de tan dichosa velada. Observó con placer que
durante su entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda no
había hecho la menor alusión al asunto de los deslindes y le agradeció
tan delicada reserva. Sentíase secretamente halagado de no deber sino a
sí mismo la graciosa predilección de la viuda; se acusaba de sus
injustas sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzábase en
mostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.
De pronto e interrumpiéndose en medio de una animada discusión, la
señora Liénard sacó del pecho un pequeño reloj y consultándolo exclamó:
--¡Las once ya!... Habíame olvidado de que duermo hoy en casa de unos
amigos y que molesto a tan excelentes personas obligándoles a
aguardarme...
Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge continuó:
--Buenas noches, señor, y hasta otro día, pues irá usted pronto a
Val-Clavin... Vuelvo mañana a Rosalinda y aunque seamos enemigos,
administrativamente hablando, espero recibir su visita durante su
estancia en aquellos bosques.
Se inclinó en rápida reverencia ante Delaberge, corrió a besar a la
señora Voinchet, saludó a todos y, lo mismo que la Cenicienta al dar la
media noche, salió casi corriendo del salón, sin permitir que nadie la
acompañase.
V
Francisco Delaberge se despertó con una sensación de confusa alegría,
según sucede cuando por la mañana se conserva aún la impresión de un
hermoso sueño desvanecido; después, disipadas ya las últimas brumas del
ensueño, se percató de que su vaga alegría era causada por el recuerdo
de su conversación con la señora Liénard; pero al propio tiempo recordó
que aquel mismo día había de regresar la joven viuda a Rosalinda y su
alegría se desvaneció al pensar en su prolongada residencia en Chaumont.
La pequeña ciudad le pareció más fría y más triste que la víspera. La
sombra que la iglesia de San Juan lanzaba sobre el húmedo patio de la
casa de Voinchet parecía extenderse y penetrar hasta el fondo del alma
del inspector general... Esto le hizo tomar la resolución de adelantar
todo lo posible su partida.
Apenas estuvo vestido y arreglado, comenzó el examen del expediente y
recogió todas las notas que creyó precisas, en cuyo trabajo empleó toda
la mañana; después, acabado el almuerzo y a pesar de las instancias de
su amigo Voinchet, tomó el rápido y descendió en Langres; allí buscó un
coche de alquiler.
Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco poco menos que
escondido entre los bosques. Después de haber rodado un buen trecho por
la carretera de Dijón, el carruaje tomó a la derecha y emprendió el
camino vecinal que corre a través de una extensa llanura pedregosa, de
una triste desnudez.
La luz de la tarde, velada por finísimas nubecillas, suavizaba los
contornos de la llanura verdeante y de los bosques que el lejano
horizonte pintaba de gris. El velado azul del cielo y la difusa claridad
que llenaba los espacios se armonizaban muy bien con los flotantes
pensamientos de Delaberge. Para decirlo, en verdad más eran aquello
ensueños que pensamientos. Fatigado por su trabajo de la mañana, mecido
por el rodar del carruaje, se abandonaba a una soñolienta contemplación
en que las imágenes percibidas despertaban en su espíritu vagos
recuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le hacía pensar en el
asunto de los deslindes y de pronto se decía, no sin una secreta
satisfacción, que entre los usuarios de Val-Clavin estaba una cierta
viuda, de serenos y límpidos ojos, de cabellos castaños que le caían en
graciosos rizos sobre las sienes, en compañía de la cual había pasado
una agradabilísima velada.
De un campo de centeno levantóse en rápido vuelo una alondra y se perdió
en las nubes, mientras su alegre canto recordaba a Francisco la voz de
purísimo timbre de la señora Liénard; entonces, en medio de su ensueño,
la idea de ver a la joven en Rosalinda, filtró dulcemente en su alma una
emoción profunda, tan suave como la tenue claridad que la muselina de
las nubes tamizaba.
Al llegar al pie de la colina de Piedrafontana, saltó del carruaje el
conductor, pues la rampa que se había de subir era larga y muy rápida;
el caballo caminaba al paso y con mucho esfuerzo. Para aligerarle un
poco más y también para sacudir su somnolencia, Delaberge imitó al
conductor y, con paso todavía ligero y la cabeza un poco inclinada,
comenzó a andar a lo largo de un camino que bordeaban toda clase de
flores silvestres.
Detrás de él, hacía el cochero restallar con fuerza su látigo y allá en
el fondo del valle se oía el pausado martilleo de un herrador; durante
los intervalos de silencio se percibía, como sones de pífanos
invisibles, el canto de las alondras. Poco a poco todos estos rústicos
rumores fueron despertando en el alma del inspector general el recuerdo
de cosas desde largo tiempo adormecidas.
Y se vio a sí mismo subiendo esta misma rampa, cuando sólo contaba
veinticuatro años, en una tarde de otoño muy semejante a ésa. Iba
entonces, pobre de dinero y rico de esperanzas, a tomar posesión de su
puesto de guarda general de los bosques de Val-Clavin.
Más ligero de piernas, pero menos filósofo que hoy, contemplaba a la
sazón con ojos inquietos la ruda soledad de las llanuras de Langres y no
se tranquilizaba un poco sino al penetrar en los pintorescos y
agradables bosques que rodean el pueblecillo.
Delaberge recordaba muy bien la sensación de aislamiento que había
sentido al llegar una tarde a ese pequeño pueblo de trescientas casas,
situado en la confluencia de dos riachuelos, cuya unión da nacimiento al
Aube. Al caer en ese país tan extremadamente rústico, sin transición
ninguna y al salir de la Escuela de Nancy, se encontró en él al
principio desorientado y triste. El invierno era allí muy duro y toda
distracción imposible. La sociedad se componía de dos o tres empleados,
de algunos propietarios campesinos, todos ellos casados y poco
dispuestos a recibir en su casa al forastero. Muy tristemente vivió allí
durante los sombríos días de diciembre y de enero. Durante esos dos
mortales meses cubría siempre la tierra una espesa capa de nieve y era
imposible salir. El trabajo no era mucho y su ociosidad casi completa le
hacía aún más insoportables los días. No se atrevía a leer de nuevo los
pocos libros que se había traído consigo y que se sabía ya de memoria.
Sucedíanse las horas tan largas y tan vacías, le era la soledad tan
odiosa, que llegó a apoderarse de su ánimo un profundo mal humor, una
extraordinaria melancolía.
Se albergaba en la hospedería del _Sol de Oro_. Era frecuentada esa casa
por trajinantes y mercaderes de leña, resonando en ella, desde la mañana
a la noche, los más discordantes rumores. Comía solo o en compañía de su
hospedero, el señor Princetot, un hombre de rostro sonrosado, de mirada
llena de malicia y cuya conversación giraba invariablemente sobre los
vinos que almacenaba en su bodega, para revenderlos luego lo más caro
posible a los pequeños comerciantes de la montaña. En esa gris y
tristísima sinfonía del fastidio, daba la hospedera una nota única de
color y de alegría.
Miguelina Princetot iba entonces hacia sus veintiocho años. De buena
estatura, bien tallada, de sedosa piel y con unos melancólicos ojos
grises, tenía muy amables maneras y la sonrisa, de sus labios carnosos
formaba en sus mejillas aquellos atrayentes hoyuelos que el pueblo llama
«nidos de amor». Inteligente y de percepción pronta, hacía lo que quería
del gordo Princetot, quien por completo entregado a su comercio de
vinos, le dejaba gobernar la hospedería a su gusto, cosa que hacía ella
a las mil maravillas. Siempre limpia, atractiva y además excelente
cocinera sabía contentar a los clientes. Gracias a ella, los notables de
aquellos contornos iban con frecuencia al _Sol de Oro_. Alguien decía
que llevaba su coquetería, su amabilidad demasiado lejos y que, no era
tan fiel esposa como diligente mujer de su casa; como quiera que fuese,
es lo cierto que tan maliciosos dichos no llegaron nunca a quebrantar la
confianza del señor Princetot.
En los comienzos, teniendo aún como quien dice en los ojos las
elegancias de las modistillas y de las señoras de Nancy, no concedió
Francisco mucha atención a las gracias campesinas de su hostelera. Pero,
en una soledad como la de Val-Clavin, una mujer joven, junto a la cual
se vive mañana y tarde, acaba por ejercer una atracción lenta y segura.
Después de haber visto a la mujer aquélla con indiferencia, gradualmente
fue descubriendo Delaberge en ella encantos que antes no había
sospechado y, gracias al aislamiento en que vivía, fue pareciéndole cada
vez más deseable. Con frecuencia, cuando el forestal comía solo, después
de quitados los manteles, la señora Miguelina se quedaba un rato
conversando con su huésped. Poco ganoso de volver a su cuarto triste y
frío, el joven prestaba gustosamente oídos a la charla de su hostelera y
sus ojos se detenían con verdadera complacencia en la blanquísima nuca
que adornaban unos ricillos de su cabello, o bien en la flexibilidad de
su cintura... A veces se quedaban ambos silenciosos; la mirada lánguida
de Miguelina se encontraba con los azules ojos del guarda general; éste,
de ordinario frío y reservado, se expansionaba, se atrevía a alguna
insinuación galante, y entonces, con su intuición femenina, la hostelera
del _Sol de Oro_ adivinaba, por ciertas inflexiones de su voz llenas de
emoción, que su huésped se iba haciendo cada día menos insensible a sus
encantos.
Mientras, tanto iba pasando el invierno, reverdecía la primavera en los
bosques y bajo su influencia una familiaridad cada vez mayor fue
estableciéndose entre Delaberge y la señora Princetot.
Un domingo por la tarde había subido Miguelina al cuarto del forestal y
allí, asomada a la ventana, se esforzaba por alcanzar las ramas de un
florido tilo que subía por la fachada de la casa. Llevaba aquel día su
vestido más elegante y los movimientos forzados que hacía descubrían
toda la esbeltez de la figura, la graciosa flexibilidad del talle, la
exquisita morbidez de sus pechos y de sus caderas. De pie a su lado,
Delaberge le ayudaba lo mejor que podía. En un momento dado, como ella
se inclinase demasiado hacia afuera, el guarda general se atrevió a
asirla por la cintura como temiendo que se pudiese caer. La señora
Princetot se volvió riendo con aquella risa llena de sensualidad que
formaba tan graciosos hoyuelos en sus mejillas y su boca vino a
encontrarse tan cerca de los labios de Delaberge, que éste no supo
resistir la tentación... La besó ardorosamente; rodaron al suelo las
flores que ella había tomado y Miguelina cayó, sin darse cuenta, en los
brazos de su huésped.
A partir de aquel día la señora Princetot fue la amante del guarda
general, y éste ya no se fastidió como antes en Val-Clavin. El señor
Princetot se ausentaba con frecuencia para ir a hacer sus compras de
vinos o para venderlos a sus clientes de la montaña, de lo que los
amantes se aprovechaban.
Figurábanse que su estrecha y amorosa intimidad escapaba a la atención y
a la maledicencia de las gentes del pueblo; pero no sabían que los
amores mejor escondidos exhalan un sutilísimo perfume, que los descubre
siempre. El secreto de su amor se evaporó insensiblemente por las calles
de Val-Clavin y las lenguas de las comadres hicieron lo demás.
Unicamente Princetot continuó ignorándolo todo.
Duró esta aventura diez y ocho meses, y comenzaba ya a sentir las
proximidades de la saciedad cuando recibió un día la notificación de un
cambio de residencia. Al conocer la triste nueva, la señora Miguelina se
deshizo en lágrimas. Mas era preciso que obedeciese Delaberge al mandato
administrativo; la hostelera no se había engañado nunca a sí misma y
pensaba que algún día la había de abandonar y, aunque suspirando
hondamente, al fin se resignó.
Una semana después el guarda general se marchó a París, no sin sentir en
el fondo de su espíritu como una vaga liberación.
Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y un
silencio absoluto cayó entre ellos. Delaberge, que no había puesto en
aquella mujer sino los sentidos, fue olvidándola poco a poco, suponiendo
que la señora Miguelina se consolaría rápidamente y pondría a otro en su
puesto. Y muy pronto sus amoríos campesinos se le aparecieron como una
de esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesan
y se apagan...
Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en él hasta
el menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Años y más años pasaron,
llevándose como un torrente sus deseos y sus energías hacia riberas que
no eran precisamente las de la ternura.
Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin no
era sino para reírse desdeñosamente de ellos como hace el hombre maduro
con las locuras de la juventud. Y he aquí que los azares administrativos
le volvían a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aquí
que los detalles, el aire ambiente, la fisonomía del camino tantas veces
hecho en otros tiempos, evocaban en su espíritu la imagen de la señora
Miguelina, que él creía enterrada bajo el más absoluto olvido...
Pero la muerte tan sólo puede producir el verdadero y total olvido.
Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vez
frente a frente con las personas y las cosas que habíamos para siempre
borrado de nuestra memoria.
En París, apenas si alguna que otra vez pensó en la posibilidad de
encontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse al
pueblo en que la había conocido, Delaberge sintió nacer en su espíritu
una vaga inquietud.
Sintió alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso de
que la señora Princetot viviese todavía en Val-Clavin, verse expuesto a
familiaridades comprometedoras para su carácter oficial. En verdad,
decíase que veintiséis años pueden producir, aun tratándose de un
pueblecillo, grandes y radicalísimos cambios. Entre las gentes que le
conocieron en otro tiempo, muchos sin duda habrían desaparecido. Los
hombres maduros de entonces serían ahora ancianos y habrían tomado su
puesto los jovenzuelos de otros días, preocupándose muy poco por lo
pasado. La misma señora Princetot tendría ya cincuenta y cuatro años, y
es natural que la edad la hubiese hecho más discreta. Y aun podría
suceder que ya no estuviese en el pueblo.
Ya bastante rico Princetot, vendió tal vez su hospedería y probablemente
ni el recuerdo existía ya del famoso _Sol de Oro_...
Por lo demás, fácil sería adquirir noticias sobre este punto preguntando
al cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte a
otra, conocería con seguridad los sucesos del país...
Precisamente habían llegado a lo más alto de la loma y comenzaban a
descender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje,
Delaberge preguntó al cochero:
--¿Conoce usted Val-Clavin?
--Ciertamente, señor; en verano llevo a ese pueblo gran número de
viajeros y también en tiempos de caza.
--¿Cuál es la mejor hospedería?
--¿La mejor?... No hay más que una que sea buena de verdad: el _Sol de
Oro_... Las demás no son sino malas tabernas.
--¿Se está bien en la casa?
--Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres van
allí con frecuencia a pasar un día de campo... El _Sol de Oro_ no es
precisamente de ayer; hace ya más de treinta años que da muy buenos
cuartos al _Príncipe_ y a su esposa.
--¿Qué Príncipe?--exclamó Delaberge algo desorientado.
El cochero echóse a reír.
--Quiero decir el señor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan,
tan rico es y tan poderoso... Le llaman el _Príncipe_ y a su mujer la
_Princesa_... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad del
término es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilería, en la
que gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo,
continúan en su hospedería como si tuviesen necesidad de ella, ¿Qué
quiere usted? La costumbre...