III

Hacia las seis y media de la tarde, rehecho completamente por una buena

siesta, pensó Delaberge que se acercaba el momento de la comida y

procedió a vestirse y arreglarse esmeradamente, no por coquetería, sino

por pura costumbre. Creía que una presencia irreprochable se impone a

los funcionarios que representan a la Administración pública.

Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial en

que durante largas horas estaría como en representación ante los

invitados de su amigo y en que el deber profesional le obligaría a

conversar con la principal interesada en el asunto de los bosques de

Val-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de su

casa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la señora

Liénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de trato poco

agradable. Delaberge veíase ya discutiendo con una pleiteante campesina

y esta enfadosa perspectiva le ponía de mal humor.

Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y adornado con

chucherías de dudoso gusto, casi todos los invitados habían llegado ya, y

le fueron presentados formando una sola fila. El presidente del

tribunal, un hombre pequeñito que habla con pretensión florida, recién

afeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempre

inquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchas

espaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le valía su

voz de barítono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con los

bigotes como de cepillo, con los cabellos cortados según la ordenanza,

presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo como

un jabalí y rugoso como un roble.

Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestido

marrón bordado de azabache, conversaba con la señora de Voinchet

hablándole de lo difícil que es hoy procurarse buenos criados, Delaberge

se llevaba al inspector su amigo a un rincón de la sala preguntándole

sobre todos los detalles del asunto que allí le había traído. El

forestal, envanecido de absorber por completo la atención de su

superior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y hacía más de

un cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al través de las

prolijas frases de su subordinado, oyó a la señora de Voinchet que

decía:

--¡Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme... Muy tarde llega,

amiga mía.

A lo que una voz alegre y limpia contestaba así con un ligero acento

provincial:

--Perdóneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestido

nuevo y la modista no me lo ha traído sino hasta ahora mismo... cuando

ya comenzaba a enfadarme.

En aquel mismo instante abríase de par en par la puerta del comedor y un

criado con guantes blancos y casaca negra decía así: «La señora está

servida».

--Señor inspector general--dice la señora de Voinchet acercándose a

Delaberge,--el brazo, si usted gusta...

Y éste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en él la

señora, cuando interrumpiéndose ésta con aire consternado se volvía

hacia la recién llegada y tomándole una de las manos murmuraba:

--¡Qué distraída soy!... Es necesario que antes le presente a mi querida

amiga... Camila Liénard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin...

El señor Delaberge, inspector general de montes.

Aunque ordinariamente dueño de sí mismo, Delaberge no supo disimular una

viva expresión de sorpresa. En lugar de la vieja pleiteante que se había

imaginado, veía ante sí a una mujer joven, de unos veintiséis años,

esbelta, fresca, amable, con unos sonrientes ojos oscuros que ya desde

el primer momento le gustaron de un modo infinito. Algo aturdido,

Delaberge saludó.

No le habría pasado ciertamente inadvertida su gran sorpresa a la señora

Liénard si ella no se hubiese sentido también conmovida por una sorpresa

igual. Sus clarísimos ojos contemplaban a Delaberge y parecía reflejarse

en su rostro la sorpresa de quien recuerda vagamente una semejanza o se

pregunta dónde y cuándo vio alguna otra vez a la persona que tiene

delante. Todo esto, no obstante, pudo durar tan sólo unos segundos. La

señora Liénard insinuó una amable reverencia; Delaberge tomó de nuevo el

brazo de la señora de la casa y entraron todos en el comedor.

En la mesa el inspector general fue, naturalmente, puesto a la derecha

de la señora Voinchet; enfrente sentábase su amigo y a su lado estaba la

señora Liénard; de manera que Delaberge tenía frente a frente a la

propietaria de Rosalinda y durante aquellos momentos de solemne quietud

que suele reinar en los principios de toda comida pudo examinarla con

sosegado detenimiento.

El famoso vestido nuevo que había motivado el retraso de Camila Liénard

era negro y guarnecido con cintas malva; Delaberge, acostumbrado a los

refinamientos de la elegancia parisiense, hubo de confesarse que la

modista hubiera podido emplear mejor el tiempo. El cuerpo, que era de

satén, no favorecía mucho al talle de la dama, el cual parecía no

obstante bien contorneado. La ropa se arrugaba feamente en los hombros,

y en el cuello parecía querer ahogarla. En suma, la joven aparecía muy

mal vestida, pero demostraba preocuparse por ello muy poco. Su buen

humor no se resentía para nada de la fealdad del traje ni éste lograba

contener la expresiva vivacidad de sus movimientos. Con su boca un poco

grande, su barbilla algo gruesa y sus cejas finísimas, no parecía

precisamente bella, pero tenía unos hermosos ojos llenos de luz y

viveza, unos abundantes cabellos castaños que le caían graciosamente

sobre las sienes, una gran frescura en toda su persona, un modo

graciosísimo de reír, y todo esto junto producía una agradable impresión

de juventud, de espiritualidad, de alegría sana y fuerte que llenaba de

gozo el corazón. Comprendíase que era una mujer noblemente expresiva,

llena de una natural espontaneidad.

--¿La señora Liénard está casada?--preguntó en voz baja Delaberge a su

vecina de mesa.

--No, es viuda... Hace más de dos años que perdió a su marido... Un

señor no muy digno de ser amado... No tiene hijos y vive sola en

Rosalinda donde está haciendo mucho bien.

Delaberge contempló entonces con mayor complacencia aun a aquella

mujer... La señora Liénard estaba discutiendo a media voz con el

inspector provincial, su vecino de mesa, y sin abandonar su aire de

amable alegría le atacaba con maliciosas recriminaciones, ante las

cuales se rebelaba el otro con tonos de malhumor.

--¡Ah! no es usted muy amable con los pobres--exclamaba ella.

Y en ese momento levantó la cabeza y sorprendió la atenta y curiosa

mirada de Delaberge. Lejos de sentirse ofendida por ello, sonrió al

encontrar su mirada los ojos de éste y prosiguió:

--Vaya, decididamente es mucho mejor dirigirse a Dios que a sus

santos... Que lo diga si no el señor inspector general.

Tomado así como testigo, Delaberge preguntó con su aire gravemente

amable:

--¿De qué se trata, señora?

--De ese deslinde que la Administración forestal quiere imponer. Bajo el

pretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de los

usuarios, el señor inspector provincial aquí presente nos ofrece como

compensación un bosque que está a una legua de Val-Clavin... Y yo

sostengo que esto es inicuo y aun bárbaro.

--Palabras muy duras son éstas--objetó Delaberge riendo.

--Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar leña en

Val-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen también el derecho de

pastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio y

muy lejano... ¿Se puede a esto llamar justicia?

--Señora--interrumpió complacientemente el inspector general,--la

felicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.

--¡Oh!--dijo a esto el inspector provincial.

--Te advierto que te las habrás con un contrincante fuerte... La señora

Liénard está muy aferrada en sus derechos.

--En los míos y en los derechos de los demás también, señor

Voinchet--repuso la joven con animada entonación;--los habitantes de

Val-Clavin, aun más que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: son

gente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les será preciso

caminar más de una legua a campo traviesa, pues no hay vía directa que

una el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.

--Ya les indemnizaremos construyéndoles un magnífico camino.

--¿Les indemnizarán ustedes también de la pérdida de tiempo y de la mala

calidad de los pastos?... Los bosques de Carboneras están llenos de

pantanos y si usted conociese el país, señor inspector general...

--Lo conozco perfectamente--repuso Delaberge,--pues en Val-Clavin

comencé mi carrera forestal.

--¡Ah! ¿de veras?...--exclamó la señora Liénard;--en tal caso...

Dirigió en torno suyo la mirada y vio que el presidente y la inspectora

se esforzaban por disimular sus bostezos y se echó a reír exclamando:

--¡Perdónenme! ya me olvidaba de que esta discusión no interesa nada a

los invitados del señor Voinchet; dejémoslo por ahora, mas conste que no

me doy por vencida.

La conversación se hizo general con gran sentimiento de Delaberge. La

vivacidad con que la señora Liénard defendía sus derechos había

despertado su interés. La originalidad evidentísima de aquella mujer

contrastaba extraordinariamente con la falta de carácter de la mayoría

de los invitados.

En el calor de la discusión tomaba su rostro expresiones encantadoras.

Nada había en ella rudo o fingido; nada tampoco de aquella prudencia

timorata que da tan monótona insignificancia a las mujeres de provincia.

Sentíase en ella estallar la sinceridad, la generosidad de su noble

corazón. La señora Liénard gustaba a Delaberge por cualidades que eran

opuestas a las suyas. Ese hombre reservado, discreto y reflexivo por

temperamento, sentíase interesado por aquella mujer de un carácter tan

abierto y tan noblemente alegre...

Y cuando se levantaron de la mesa y volvieron los invitados al salón, se

las arregló de manera que pudiese encontrarse cerca de la joven.

Paternidad · 第 11 / 26 题