II

El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco. Las montañas

son más altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado también el

aspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya.

Los negros nubarrones huyen rápidos y caen los rayos del sol sobre los

campos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamantes

las gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado de

negra nube descúbrese un trozo de intenso azul más allá de un pequeño

bosque de álamos cuyas hojas de oro pálido parecen temblar bajo la

inesperada luz, mientras sobre unos sombríos nubarrones se destaca

triunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombra

corre por encima de la tierra verdeante como una alegría primaveral, del

mismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago. Esta

radiante alegría solar brilla a trechos sobre toda la campiña, sobre

los ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenos

de rojas amapolas y va comunicándose sucesivamente a los huertos, en que

de nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbar

contentos, y a los grupos de árboles en que los pájaros entonan otra vez

su amoroso trino. Toda esta alegría penetra dulcemente en el cerebro de

Delaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurídicas.

Después de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren por

entre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando las

clarísimas aguas del Aube. El sol ha triunfado decididamente y el cielo

todo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de las

húmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados en

que la mirada se refresca como en un baño de verdor... El inspector

general ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en su

valija. Después vuelve a la ventanilla del vagón y apoyándose de codos

en ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por la

lluvia. Como buen funcionario forestal, su corazón se alegra a la vista

de los árboles. A decir verdad, el bosque ha sido el único amor

fervoroso de su vida y siéntese enternecido al encontrarse de nuevo en

la campiña donde pasó sus años juveniles.

Este enternecimiento le recuerda los melancólicos pesares que conturban

su alma hace algún tiempo... Un grupo de árboles bajo los cuales hacen

la siesta los leñadores después de haber comido; un pueblecillo en que

se oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizan

por encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con sus

ventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa a

secar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la viña y el

huerto... Todo eso le induce a dulcísimos ensueños de vida rústica.

Pregúntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre su

mujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, no

ofrece en realidad una suma de satisfacciones más verdaderas que

aquellos mentidos placeres parisienses de que tan poco disfruta. ¿El,

Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la mañana a la noche

en dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extraño a las

cosas del corazón y de la inteligencia cien veces más que ese

propietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quince

años todo lo más, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de la

administración, ¿cuál será la perspectiva de su existencia? Será aquella

vejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languidece

en su ociosidad y no sabe dónde plantar su tienda...

Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mente

la pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede el

hombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizás al influjo

de ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espíritu con

menos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.

Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en él

todavía un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesoros

juveniles. No es una ilusión, no se deja engañar por falsas apariencias.

Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos;

sus músculos tienen aún toda su fuerza, sus articulaciones toda su

agilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez que

las mujeres no desdeñan su conversación ni su compañía. Además, nunca ha

de ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acaso

encontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable y

simpática, nada se había de oponer a que pensase en el matrimonio. No

tiene más que cincuenta años y podría ver aún a sus hijos crecer, pasar

de la adolescencia a la juventud y ¿quién sabe? tal vez viviría bastante

tiempo para verles también casados...

Tener hijos, un hijo en quien él mismo reviviera, eso daría nuevo

impulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energías... Cuando se

examina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio de

vida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantos

de la compañía conyugal, sino la esperanza y las alegrías de la

paternidad.

Mientras va el inspector general abstraído en tan hondas meditaciones,

corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez.

Deja la vía férrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente y

atraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raquítico el centeno

y en que de vez en cuando rompen la monotonía de la línea recta pequeños

grupos de árboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudísimo. Corre

ligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde el

cual se ve el río Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre los

prados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cúpulas y

de techumbres de teja, destacándose sobre el oscuro verdor de los

árboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.

--«¡Chaumont! ¡Diez minutos y fonda!»

Aquí es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a la

portezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguo

camarada de Escuela a quien advirtió de su llegada y en cuya casa se ha

de hospedar.

Allí está, en efecto, el inspector buscando también a su amigo. Es un

hombre pequeño y gordinflón, metido en estrecha casaca, cubierta la

cabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir,

mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todavía su aspecto

provincial.

Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan la

mano.

--Mi querido inspector general--comienza el hombre gordinflón,--estoy

contentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?

--Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de

_usted_ ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?

--¡Dios mío--murmura Voinchet,--creí que las conveniencias de la

jerarquía!...

--No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias

jerárquicas... Háblame ahora mismo de _tú_ o voy a pedir albergue a la

hospedería.

--Te obedezco--contesta el inspector provincial y queda con ello más a

sus anchas.

Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvo

preguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otros

tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de _usted_.

Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras

se saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contempla

a su camarada y amablemente sonríe.

--¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil y

tan fuerte como al salir de la Escuela.

--¡Adulador!--replica Delaberge,--la verdad es que nuestros cabellos

comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobre

la cabeza.

En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su

camarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.

Los años han engordado al inspector provincial y han quitado expresión a

su fisonomía; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la viva

luz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre con

cierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresión.

Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.

--Mi mujer nos aguarda para almorzar... ¡Oh!... Un almuerzo sencillo,

después del cual podrás irte a descansar... Te advierto, querido, que

esta tarde te será preciso sufrir una pequeña molestia... En honor tuyo,

hemos invitado a algunas personas a comer.

--¡Diablo!--murmura Delaberge visiblemente contrariado.--No esperaba

eso...

--Dispénsame, pero los periódicas han dado la noticia de tu llegada... Y

habríamos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si les

hubiésemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunas

horas... No tienes idea, amigo mío, de las suspicacias provinciales...

Por otra parte, no seremos muchos... Estarán el presidente del tribunal,

el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y su

esposa... y nadie más.

--Ya son bastantes--dice Delaberge con sonrisa de resignado.

--¡Ah! se me olvidaba... Estará también una amiga de mi mujer, la señora

Liénard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin...

Quizás no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerle

entender la razón, este negocio del deslinde irá como sobre ruedas... Es

la más ardorosa y la más fuerte adversaria de la Administración... ¡Ea,

hemos llegado ya!

El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en que

verdea la hierba por entre las piedras. Enfrente de la iglesia de San

Juan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre el

patio y los huertos. Mientras el conductor descarga el equipaje,

Voinchet entra en la casa llamando a un criado. Habiendo quedado solo un

momento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredes

de la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fría

austeridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficial

con los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofrío

de hondo malestar.

Paternidad · 第 10 / 26 题