El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco. Las montañas
son más altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado también el
aspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya.
Los negros nubarrones huyen rápidos y caen los rayos del sol sobre los
campos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamantes
las gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado de
negra nube descúbrese un trozo de intenso azul más allá de un pequeño
bosque de álamos cuyas hojas de oro pálido parecen temblar bajo la
inesperada luz, mientras sobre unos sombríos nubarrones se destaca
triunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombra
corre por encima de la tierra verdeante como una alegría primaveral, del
mismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago. Esta
radiante alegría solar brilla a trechos sobre toda la campiña, sobre
los ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenos
de rojas amapolas y va comunicándose sucesivamente a los huertos, en que
de nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbar
contentos, y a los grupos de árboles en que los pájaros entonan otra vez
su amoroso trino. Toda esta alegría penetra dulcemente en el cerebro de
Delaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurídicas.
Después de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren por
entre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando las
clarísimas aguas del Aube. El sol ha triunfado decididamente y el cielo
todo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de las
húmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados en
que la mirada se refresca como en un baño de verdor... El inspector
general ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en su
valija. Después vuelve a la ventanilla del vagón y apoyándose de codos
en ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por la
lluvia. Como buen funcionario forestal, su corazón se alegra a la vista
de los árboles. A decir verdad, el bosque ha sido el único amor
fervoroso de su vida y siéntese enternecido al encontrarse de nuevo en
la campiña donde pasó sus años juveniles.
Este enternecimiento le recuerda los melancólicos pesares que conturban
su alma hace algún tiempo... Un grupo de árboles bajo los cuales hacen
la siesta los leñadores después de haber comido; un pueblecillo en que
se oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizan
por encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con sus
ventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa a
secar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la viña y el
huerto... Todo eso le induce a dulcísimos ensueños de vida rústica.
Pregúntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre su
mujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, no
ofrece en realidad una suma de satisfacciones más verdaderas que
aquellos mentidos placeres parisienses de que tan poco disfruta. ¿El,
Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la mañana a la noche
en dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extraño a las
cosas del corazón y de la inteligencia cien veces más que ese
propietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quince
años todo lo más, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de la
administración, ¿cuál será la perspectiva de su existencia? Será aquella
vejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languidece
en su ociosidad y no sabe dónde plantar su tienda...
Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mente
la pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede el
hombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizás al influjo
de ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espíritu con
menos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.
Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en él
todavía un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesoros
juveniles. No es una ilusión, no se deja engañar por falsas apariencias.
Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos;
sus músculos tienen aún toda su fuerza, sus articulaciones toda su
agilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez que
las mujeres no desdeñan su conversación ni su compañía. Además, nunca ha
de ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acaso
encontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable y
simpática, nada se había de oponer a que pensase en el matrimonio. No
tiene más que cincuenta años y podría ver aún a sus hijos crecer, pasar
de la adolescencia a la juventud y ¿quién sabe? tal vez viviría bastante
tiempo para verles también casados...
Tener hijos, un hijo en quien él mismo reviviera, eso daría nuevo
impulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energías... Cuando se
examina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio de
vida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantos
de la compañía conyugal, sino la esperanza y las alegrías de la
paternidad.
Mientras va el inspector general abstraído en tan hondas meditaciones,
corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez.
Deja la vía férrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente y
atraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raquítico el centeno
y en que de vez en cuando rompen la monotonía de la línea recta pequeños
grupos de árboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudísimo. Corre
ligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde el
cual se ve el río Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre los
prados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cúpulas y
de techumbres de teja, destacándose sobre el oscuro verdor de los
árboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.
--«¡Chaumont! ¡Diez minutos y fonda!»
Aquí es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a la
portezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguo
camarada de Escuela a quien advirtió de su llegada y en cuya casa se ha
de hospedar.
Allí está, en efecto, el inspector buscando también a su amigo. Es un
hombre pequeño y gordinflón, metido en estrecha casaca, cubierta la
cabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir,
mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todavía su aspecto
provincial.
Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan la
mano.
--Mi querido inspector general--comienza el hombre gordinflón,--estoy
contentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?
--Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de
_usted_ ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?
--¡Dios mío--murmura Voinchet,--creí que las conveniencias de la
jerarquía!...
--No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias
jerárquicas... Háblame ahora mismo de _tú_ o voy a pedir albergue a la
hospedería.
--Te obedezco--contesta el inspector provincial y queda con ello más a
sus anchas.
Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvo
preguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otros
tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de _usted_.
Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras
se saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contempla
a su camarada y amablemente sonríe.
--¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil y
tan fuerte como al salir de la Escuela.
--¡Adulador!--replica Delaberge,--la verdad es que nuestros cabellos
comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobre
la cabeza.
En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su
camarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.
Los años han engordado al inspector provincial y han quitado expresión a
su fisonomía; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la viva
luz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre con
cierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresión.
Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.
--Mi mujer nos aguarda para almorzar... ¡Oh!... Un almuerzo sencillo,
después del cual podrás irte a descansar... Te advierto, querido, que
esta tarde te será preciso sufrir una pequeña molestia... En honor tuyo,
hemos invitado a algunas personas a comer.
--¡Diablo!--murmura Delaberge visiblemente contrariado.--No esperaba
eso...
--Dispénsame, pero los periódicas han dado la noticia de tu llegada... Y
habríamos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si les
hubiésemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunas
horas... No tienes idea, amigo mío, de las suspicacias provinciales...
Por otra parte, no seremos muchos... Estarán el presidente del tribunal,
el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y su
esposa... y nadie más.
--Ya son bastantes--dice Delaberge con sonrisa de resignado.
--¡Ah! se me olvidaba... Estará también una amiga de mi mujer, la señora
Liénard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin...
Quizás no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerle
entender la razón, este negocio del deslinde irá como sobre ruedas... Es
la más ardorosa y la más fuerte adversaria de la Administración... ¡Ea,
hemos llegado ya!
El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en que
verdea la hierba por entre las piedras. Enfrente de la iglesia de San
Juan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre el
patio y los huertos. Mientras el conductor descarga el equipaje,
Voinchet entra en la casa llamando a un criado. Habiendo quedado solo un
momento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredes
de la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fría
austeridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficial
con los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofrío
de hondo malestar.