_Carta del deán_.--«Mi querido hermano: Siento en el alma tener que darte
una mala noticia; pero confío en Dios que habrá de concederte paciencia
y sufrimiento bastantes para que no te enoje y acibare demasiado.
Luisito me escribe, hace días, extrañas cartas, donde descubro, al
través de su exaltación mística, una inclinación harto terrenal y
pecaminosa hacia cierta viudita, guapa, traviesa y coquetísima, que hay
en ese lugar. Yo me había engañado hasta aquí, creyendo firme la
vocación de Luisito, y me lisonjeaba de dar en él a la Iglesia de Dios
un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero las cartas referidas han
venido a destruir mis ilusiones. Luisito se muestra en ellas más poeta
que verdadero varón piadoso, y la viuda, que ha de ser de la piel de
Barrabás, le rendirá con poco que haga. Aunque yo escribo a Luisito
amonestándole para que huya de la tentación, doy ya por seguro que caerá
en ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar y ser
galanteador y cortejante, mejor es que su mala condición se descubra con
tiempo y no llegue a ser clérigo. No vería yo, por lo tanto, grave
inconveniente en que Luisito siguiera ahí, y fuese ensayado y analizado
en la piedra de toque y crisol de tales amores, a fin de que la viudita
fuese el reactivo por medio del cual se descubriera el oro puro de sus
virtudes clericales o la baja liga con que el oro está mezclado; pero
tropezamos con el escollo de que la dicha viuda, que habíamos de
convertir en fiel contraste, es tu pretendida y no sé si tu enamorada.
Pasaría, pues, de castaño oscuro el que resultase tu hijo rival tuyo.
Esto sería un escándalo monstruoso, y, para evitarle con tiempo, te
escribo hoy, a fin de que, pretextando cualquiera cosa, envíes o traigas
a Luisito por aquí, cuanto antes mejor».
Don Luis escuchaba en silencio y con los ojos bajos. Su padre continuó:
--A esta carta del deán contesté lo que sigue:
_Contestación_.--«Hermano querido y venerable padre espiritual: mil
gracias te doy por las noticias que me envías y por tus avisos y
consejos. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta
ocasión. La vanidad me cegaba. Pepita Jiménez, desde que vino mi hijo,
se me mostraba tan afable y cariñosa que yo me las prometía felices. Ha
sido menester tu carta para hacerme caer en la cuenta. Ahora comprendo
que, al haberse humanizado, al hacerme tantas fiestas y al bailarme el
agua delante, no miraba en mí la pícara de Pepita sino al papá del
teólogo barbilampiño. No te lo negaré: me mortificó y afligió un poco
este desengaño en el primer momento; pero después lo reflexioné todo con
la madurez debida, y mi mortificación y mi aflicción se convirtieron en
gozo. El chico es excelente. Yo le he tomado mucho más afecto desde que
está conmigo. Me separé de él y te le entregué para que le educases,
porque mi vida no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por
otras razones, se hubiera criado como un salvaje. Tú fuiste más allá de
mis esperanzas y aun de mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un
Padre de la Iglesia. Tener un hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad;
pero hubiera sentido yo quedarme sin un heredero de mi casa y nombre,
que me diese lindos nietos, y que después de mi muerte disfrutase de mis
bienes, que son mi gloria, porque los he adquirido con ingenio y
trabajo, y no haciendo fullerías y chanchullos. Tal vez la persuasión en
que estaba yo de que no había remedio, de que Luis iba a catequizar a
los chinos, a los indios y a los negritos de Monicongo, me decidió a
casarme para dilatar mi sucesión. Naturalmente puse mis ojos en Pepita
Jiménez, que no es de la piel de Barrabás como imaginas, sino una
criatura remonísima, más bendita que los cielos y más apasionada que
coqueta. Tengo tan buena opinión de Pepita que si volviese ella a tener
diez y seis años y una madre imperiosa que la violentara, y yo tuviese
ochenta años como D. Gumersindo, esto es, si viera ya la muerte en
puertas, tomaría a Pepita por mujer para que me sonriese al morir como
si fuera el ángel de mi guarda que había revestido cuerpo humano, y para
dejarle mi posición, mi caudal y mi nombre. Pero ni Pepita tiene ya diez
y seis años, sino veinte, ni está sometida al culebrón de su madre, ni
yo tengo ochenta años, sino cincuenta y cinco. Estoy en la peor edad,
porque empiezo a sentirme harto averiado, con un poquito de asma, mucha
tos, bastantes dolores reumáticos y otros alifafes, y sin embargo,
maldita la gana que tengo de morirme. Creo que ni en veinte años me
moriré, y como le llevo veinticinco a Pepita, calcula el desastroso
porvenir que le aguardaba con este viejo perdurable. Al cabo de los
pocos años de casada conmigo hubiera tenido que aborrecerme, a pesar de
lo buena que es. Porque es buena y discreta no ha querido, sin duda,
aceptarme por marido, a pesar de la insistencia y de la obstinación con
que se lo he propuesto. ¡Cuánto se lo agradezco ahora! La misma puntita
de vanidad lastimada por sus desdenes se embota ya al considerar que, si
no me ama, ama mi sangre; se prenda del hijo mío. Si no quiere esta
fresca y lozana yedra enlazarse al viejo tronco, carcomido ya, trepe por
él, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y florido pimpollo.
Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos de llevarte al
chico otra vez, le retendré aquí, hasta por fuerza, si es necesario. Me
decido a conspirar contra su vocación. Sueño ya con verle casado. Me voy
a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. ¿Y cuando
me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme
de Australia o de Madagascar o de la India varios neófitos, con jetas de
a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos
de mochuelo, ¿no será mejor que Luisito predique en casa, y me saque en
abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como
los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? Los catecúmenos que
me trajese de por allá, sería menester que estuvieran a respetable
distancia para que no me inficionasen, y éstos de por acá me olerían a
rosas del paraíso, y vendrían a ponerse sobre mis rodillas, y jugarían
conmigo, y me besarían, y me llamarían abuelito, y me darían palmaditas
en la calva, que ya voy teniendo. ¿Qué quieres? Cuando estaba yo en todo
mi vigor, no pensaba en las delicias domésticas; mas ahora, que estoy
tan próximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacer
cenobita, me complazco en esperar que haré el papel de patriarca. Y no
entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el naciente noviazgo,
sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu comparación, pues
que transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscaré o
tengo buscado ya un fuelle o soplete utilísimo, que contribuya a avivar
el fuego para que el metal se derrita pronto. Este soplete es Antoñona,
nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su dueño.
Antoñona se entiende ya conmigo, y por ella sé que Pepita está muerta de
amores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y no
dándome por entendido de nada. El padre vicario, que es un alma de Dios,
siempre en Babia, me sirve tanto o más que Antoñona, sin advertirlo él:
porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con
Luis; de suerte que este excelente señor, con medio siglo en cada pata,
se ha convertido ¡oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito
mensajero, con quien los dos amantes se envían sus requiebros y finezas,
ignorándolo también ambos. Tan poderosa combinación de medios naturales
y artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le diré al darte
parte de la boda, para que vengas a hacerla, o envíes a los novios tu
bendición y un buen regalo».
Así acabó D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vio
que D. Luis había estado escuchando con los ojos llenos de lágrimas.
El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.
* * * * *
Al mes justo de esta conversación y de esta lectura, se celebraron las
bodas de D. Luis de Vargas y de Pepita Jiménez.
Temeroso el señor deán de que su hermano le embromase demasiado con que
el misticismo de Luisito había salido huero, y conociendo además que su
papel iba a ser poco airoso en el lugar, donde todos dirían que tenía
mala mano para sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no quiso
venir, aunque envió su bendición y unos magníficos zarcillos, como
presente para Pepita.
El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.
La novia, muy bien engalanada, pareció hermosísima a todos, y digna de
trocarse por el cilicio y las disciplinas.
Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y
salones contiguos. Criados y señores, hidalgos y jornaleros, las señoras
y señoritas y las mozas del lugar, asistieron y se mezclaron en él, como
en la soñada primera edad del mundo, que no sé por qué llaman de oro.
Cuatro diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron el
fandango. Un gitano y una gitana, famosos cantadores, entonaron las
coplas más amorosas y alusivas a las circunstancias. Y el maestro de
escuela leyó un epitalamio, en verso heroico.
Hubo hojuelas, pestiños, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y
mucho vino para la gente menuda. El señorío se regaló con almíbares,
chocolate, miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas
aromáticas y refinadísimas.
D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Parecía
que era falso lo que declaraba en su carta al deán, del reúma y demás
alifafes. Bailó el fandango con Pepita, con sus más graciosas criadas y
con otras seis o siete mozuelas. A cada una, al volverla a su asiento,
cansada ya, le dio con efusión el correspondiente y prescrito abrazo, y
a las menos serias, algunos pellizcos, aunque esto no forma parte del
ceremonial. D. Pedro llevó su galantería hasta el extremo de sacar a
bailar a doña Casilda, que no pudo negarse, y que, con sus diez arrobas
de humanidad y los calores de Julio, vertía un chorro de sudor por cada
poro. Por último, don Pedro atracó de tal suerte a Currito, y le hizo
brindar tantas veces por la felicidad de los nuevos esposos, que el
mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona, terciado en
una borrica como un pellejo de vino.
El baile duró hasta las tres de la madrugada; pero los novios se
eclipsaron discretamente antes de las once y se fueron a casa de Pepita.
D. Luis volvió a entrar con luz, con pompa y majestad, y como dueño
legítimo y señor adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco más de un
mes antes había entrado a oscuras, lleno de turbación y zozobra.
Aunque en el lugar es uso y costumbre, jamás interrumpida, dar una
terrible cencerrada a todo viudo o viuda que contrae segundas nupcias,
no dejándolos tranquilos con el resonar de los cencerros en la primera
noche del consorcio, Pepita era tan simpática y don Pedro tan venerado y
D. Luis tan querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de que
resonasen aquella noche: caso raro que se registra como tal en los
anales del pueblo.
-III-