La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aquí. Este epílogo está
de sobra; pero el señor deán le tenía en el legajo, y ya que no le
publiquemos por completo, publicaremos parte: daremos una muestra
siquiera.
A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados
por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, él
gallardo y agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron
largos años, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra; pero
esto, que para la generalidad de las gentes es una consecuencia
dialéctica bien deducida, se convierte en certidumbre para quien lee el
epílogo.
El epílogo, además, da algunas noticias sobre los personajes secundarios
que en la narración aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesado
a los lectores.
Se reduce el epílogo a una colección de cartas, dirigidas por D. Pedro
de Vargas a su hermano el señor deán, desde el día de la boda de su hijo
hasta cuatro años después.
Sin poner las fechas, aunque siguiendo el orden cronológico,
trasladaremos aquí pocos y breves fragmentos de dichas cartas, y punto
concluido.
* * * * *
Luis muestra la más viva gratitud a Antoñona, sin cuyos servicios no
poseería a Pepita; pero esta mujer, cómplice de la única falta que él y
Pepita han cometido, y tan íntima en la casa y tan enterada de todo, no
podía menos de estorbar. Para librarse de ella, favoreciéndola, Luis ha
logrado que vuelva a reunirse con su marido, cuyas borracheras diarias
no quería ella sufrir. El hijo del maestro Cencias ha prometido no
volver a emborracharse casi nunca; pero no se ha atrevido a dar un nunca
absoluto y redondo. Fiada, sin embargo, en esta semi-promesa, Antoñona
ha consentido en volver bajo el techo conyugal. Una vez reunidos estos
esposos, Luis ha creído eficaz el método homeopático para curar de raíz
al hijo del maestro Cencias, pues habiendo oído afirmar que los
confiteros aborrecen el dulce, ha inferido que los taberneros deben
aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado a Antoñona y a su
marido a la capital de esta provincia, donde les ha puesto de su
bolsillo una magnífica taberna. Ambos viven allí contentos, se han
proporcionado muchos marchantes, y probablemente se harán ricos. Él se
emborracha aún algunas veces; pero Antoñona, que es más forzuda, le
suele sacudir para que acabe de corregirse.
* * * * *
Currito, deseoso de imitar a su primo, a quien cada día admira más, y
notando y envidiando la felicidad doméstica de Pepita y de Luis, ha
buscado novia a toda prisa, y se ha casado con la hija de un rico
labrador de aquí, sana, frescota, colorada como las amapolas, y que
promete adquirir en breve un volumen y una densidad superiores a los de
su suegra doña Casilda.
* * * * *
El conde de Genahazar; a los cinco meses de cama, está ya curado de su
herida, y según dicen, muy enmendado de sus pasadas insolencias. Ha
pagado a Pepita, hace poco, más de la mitad de la deuda; y pide espera
para pagar lo restante.
* * * * *
Hemos tenido un disgusto grandísimo, aunque harto le preveíamos. El
padre vicario, cediendo al peso de la edad, ha pasado a mejor vida.
Pepita ha estado a la cabecera de su cama hasta el último instante, y le
ha cerrado los ojos y la entreabierta boca con sus hermosas manos. El
padre vicario ha tenido la muerte de un bendito siervo de Dios. Más que
muerte parecía tránsito dichoso a más serenas regiones. Pepita, no
obstante, y todos nosotros también, le hemos llorado de veras. No ha
dejado más que cinco o seis duros y sus muebles, porque todo lo repartía
de limosna. Con su muerte habrían quedado aquí huérfanos los pobres, si
Pepita no viviese.
Mucho lamentan todos en el lugar la muerte del padre vicario; y no
faltan personas que le dan por santo verdadero y merecedor de estar en
los altares, atribuyéndole milagros. Yo no sé de esto; pero sé que era
un varón excelente, y debe haber ido derechito a los cielos, donde
tendremos en él un intercesor. Con todo, su humildad y su modestia y su
temor de Dios eran tales, que hablaba de sus pecados en la hora de la
muerte, como si los tuviese, y nos rogaba que pidiésemos su perdón y que
rezásemos por él al Señor y a María Santísima.
En el ánimo de Luis han hecho honda impresión esta vida y esta muerte
ejemplares de un hombre, menester es confesarlo, simple y de cortas
luces, pero de una voluntad sana, de una fe profunda y de una caridad
fervorosa. Luis se compara con el vicario, y dice que se siente
humillado. Esto ha traído cierta amarga melancolía a su corazón; pero
Pepita, que sabe mucho, la disipa con sonrisas y cariño.
* * * * *
Todo prospera en casa. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay
mejores en España, si prescindimos de Jerez. La cosecha de aceite ha
sido este año soberbia. Podemos permitirnos todo género de lujos, y yo
aconsejo a Luis y a Pepita que den un buen paseo por Alemania, Francia e
Italia, no bien salga Pepita de su cuidado y se restablezca. Los chicos
pueden, sin imprevisión ni locura, derrochar unos cuantos miles de duros
en la expedición y traer muchos primores de libros, muebles y objetos de
arte para adornar su vivienda.
* * * * *
Hemos aguardado dos semanas, para que sea el bautizo el día mismo del
primer aniversario de la boda. El niño es un sol de bonito y muy
robusto. Yo he sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Yo estoy
soñando con que Periquito hable y diga gracias.
* * * * *
Para que todo les salga bien a estos enamorados esposos, resulta ahora,
según cartas de la Habana, que el hermano de Pepita, cuyas tunanterías
recelábamos que afrentasen a la familia, casi o sin casi va a honrarla y
a encumbrarla haciéndose personaje. En tanto tiempo como hacía que no
sabíamos de él, ha aprovechado bien las coyunturas, y le ha soplado la
suerte. Ha tenido nuevo empleo en las aduanas, ha comerciado luego en
negros, ha quebrado después, que viene a ser para ciertos hombres de
negocios como una buena poda para los árboles, la cual hace que retoñen
con más brío, y hoy está tan boyante, que tiene resuelto ingresar en la
primera aristocracia, titulando de marqués o de duque. Pepita se asusta
y se escandaliza de esta improvisada fortuna, pero yo le digo que no sea
tonta: si su hermano es y había de ser de todos modos un pillete, ¿no es
mejor que lo sea con buena estrella?
* * * * *
Así pudiéramos seguir extractando si no temiésemos fatigar a los
lectores. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las últimas
cartas.
* * * * *
Mis hijos han vuelto de su viaje bien de salud y con Periquito muy
travieso y precioso.
Luis y Pepita vienen resueltos a no volver a salir del lugar, aunque les
dure más la vida que a Filemón y a Baucis. Están enamorados como nunca
el uno del otro.
Traen lindos muebles, muchos libros, algunos cuadros y no sé cuántas
otras baratijas elegantes, que han comprado por esos mundos, y
principalmente en París, Roma, Florencia y Viena.
Así como el afecto que se tienen, y la ternura y cordialidad con que se
tratan y tratan a todo el mundo, ejercen aquí benéfica influencia en las
costumbres, así la elegancia y el buen gusto, con que acabarán ahora de
ordenar su casa, servirán de mucho para que la cultura exterior cunda y
se extienda.
La gente de Madrid suele decir que en los lugares somos gansos y soeces,
pero se quedan por allá y nunca se toman el trabajo de venir a pulirnos;
antes al contrario, no bien hay alguien en los lugares, que sabe o vale,
o cree saber y valer, no para hasta que se larga, si puede, y deja los
campos y los pueblos de provincias abandonados.
Pepita y Luis siguen el opuesto parecer y yo los aplaudo con toda el
alma.
Todo lo van mejorando y hermoseando para hacer de este retiro su edén.
No imagines, sin embargo, que la afición de Luis y Pepita al bienestar
material haya entibiado en ellos en lo más mínimo el sentimiento
religioso. La piedad de ambos es más profunda cada día, y en cada
contento o satisfacción de que gozan o que pueden proporcionar a sus
semejantes, ven un nuevo beneficio del cielo, por el cual se reconocen
más obligados a demostrar su gratitud. Es más: esa satisfacción y ese
contento no lo serían, no tendrían precio, ni valor, ni sustancia para
ellos, si la consideración y la firme creencia en las cosas divinas no
se lo prestasen.
Luis no olvida nunca, en medio de su dicha presente, el rebajamiento del
ideal con que había soñado. Hay ocasiones en que su vida de ahora le
parece vulgar, egoísta y prosaica, comparada con la vida de sacrificio,
con la existencia espiritual a que se creyó llamado en los primeros años
de su juventud; pero Pepita acude solícita a disipar estas melancolías,
y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en
todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de
Dios que llenan su alma, con este amor lícito de lo terrenal y caduco.
Pero en todo ello pone Luis como un fundamento divino, sin el cual, ni
en los astros que pueblan el éter, ni en las flores y frutos que
hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita, ni en la inocencia y
belleza de Periquito, vería nada de amable. El mundo mayor, toda esa
fábrica grandiosa del Universo, dice él que sin su Dios providente le
parecería sublime, pero sin orden, ni belleza ni propósito. Y en cuanto
al mundo menor, como suele llamar al hombre, tampoco le amaría, si por
Dios no fuera. Y esto, no porque Dios le mande amarle, sino porque la
dignidad del hombre y el merecer ser amado estriban en Dios mismo, quien
no sólo hizo el alma humana a su imagen, sino que ennobleció el cuerpo
humano, haciéndole templo vivo del Espíritu, comunicando con él por
medio del Sacramento, sublimándole hasta el extremo de unir con él su
Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo no acierto a
explicarte aquí, Luis se consuela y se conforma con no haber sido un
varón místico, extático y apostólico, y desecha la especie de envidia
generosa que le inspiró el padre vicario el día de su muerte; pero tanto
él como Pepita siguen con gran devoción cristiana dando gracias a Dios
por el bien de que gozan, y no viendo base, ni razón, ni motivo de este
bien sino en el mismo Dios.
En la casa de mis hijos hay, pues, algunas salas que parecen preciosas
capillitas católicas o devotos oratorios; pero he de confesar que tienen
ambos también su poquito de paganismo, como poesía rústica
amoroso-pastoril, la cual ha ido a refugiarse extramuros.
La huerta de Pepita ha dejado de ser huerta y es un jardín amenísimo con
sus araucarias, con sus higueras de la India, que crecen aquí al aire
libre, y con su bien dispuesta, aunque pequeña estufa, llena de plantas
raras.
El merendero o cenador, donde comimos las fresas aquella tarde, que fue
la segunda vez que Pepita y Luis se vieron y se hablaron, se ha
transformado en un airoso templete, con pórtico y columnas de mármol
blanco. Dentro hay una espaciosa sala con muy cómodos muebles. Dos
bellas pinturas la adornan; una representa a Psiquis, descubriendo y
contemplando extasiada, a la luz de su lámpara, al Amor, dormido en su
lecho; otra representa a Cloe, cuando la cigarra fugitiva se le mete en
el pecho, donde creyéndose segura, y a tan grata sombra, se pone a
cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de allí.
Una copia, hecha con bastante esmero, en mármol de Carrara, de la Venus
de Médicis, ocupa el preferente lugar, y como que preside en la sala. En
el pedestal tiene grabados, en letras de oro, estos versos de Lucrecio:
_Nec sine te quidquam dias in luminis oras_
_Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam_.