--Señor conde, yo no tendría inconveniente en fiarme de la palabra de un
caballero y en llegar a ser su acreedor, si no temiese perder su amistad
que casi voy ya conquistando; pero, desde que vi esta mañana la crueldad
con que trató Vd. a ciertos amigos míos, que son sus acreedores, no
quiero hacerme culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba más
sino que yo voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prestándole
dinero, que no me pagaría, como no ha pagado, sino con injurias, el que
debe a Pepita Jiménez.
Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se
puso lívido de cólera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el
colegial, dijo con voz alterada:
--¡Mientes, deslenguado! ¡Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la
grandísima...!
Esta última injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y
caía sobre el honor de la persona cuya memoria le era más querida y
respetada, no acabó de formularse, no acabó de llegar a sus oídos.
D. Luis, por encima de la mesa, que estaba entre él y el conde, con
agilidad asombrosa y con tino y fuerza, tendió el brazo derecho, armado
de un junco o bastoncillo flexible y cimbreante, y cruzó la cara de su
enemigo, levantándole al punto un verdugón amoratado.
No hubo ni grito, ni denuesto, ni alboroto posterior. Cuando empiezan
las manos, suelen callar las lenguas. El conde iba a lanzarse sobre D.
Luis para destrozarle si podía; pero la opinión había dado una gran
vuelta desde aquella mañana, y entonces estaba en favor de D. Luis. El
capitán, el médico y hasta Currito, ya con más ánimo, contuvieron al
conde, que pugnaba y forcejeaba ferozmente por desasirse.
--Dejadme libre; dejadme que le mate--decía.
--Yo no trato de evitar un duelo--dijo el capitán--. El duelo es
inevitable. Trato sólo de que no luchéis aquí como dos ganapanes.
Faltaría a mi decoro si presenciase tal lucha.
--Que vengan armas--dijo el conde--. No quiero retardar el lance ni un
minuto... En el acto... aquí.
--¿Queréis reñir al sable?--dijo el capitán.
--Bien está--respondió D. Luis.
--Vengan los sables--dijo el conde.
Todos hablaban en voz baja para que no se oyese nada en la calle. Los
mismos criados del casino, que dormían en sillas, en la cocina y en el
patio, no llegaron a despertarse.
D. Luis eligió para testigos al capitán y a Currito. El conde, a los dos
forasteros. El médico quedó para hacer su oficio, y enarboló la bandera
de la Cruz Roja.
Era todavía de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel
salón, cerrando antes la puerta.
El capitán fue a su casa por los sables y los trajo al momento, debajo
de la capa que para ocultarlos se puso.
Ya sabemos que D. Luis no había empuñado en su vida un arma. Por
fortuna, el conde no era mucho más diestro en la esgrima, aunque nunca
había estudiado teología ni pensado en ser clérigo.
Las condiciones del duelo se redujeron a que, una vez el sable en la
mano, cada uno de los dos combatientes hiciese lo que Dios le diera a
entender.
Se cerró la puerta de la sala.
Las mesas y las sillas se apartaron en un rincón para despejar el
terreno. Las luces se colocaron de un modo conveniente. D. Luis y el
conde se quitaron levitas y chalecos, quedaron en mangas de camisa y
tomaron las armas. Se hicieron a un lado los testigos. A una señal del
capitán, empezó el combate.
Entre dos personas que no sabían parar ni defenderse la lucha debía ser
brevísima, y lo fue.
La furia del conde, retenida por algunos minutos, estalló y le cegó. Era
robusto, tenía unos puños de hierro, y sacudía con el sable una lluvia
de tajos sin orden ni concierto. Cuatro veces tocó a D. Luis, por
fortuna siempre de plano. Lastimó sus hombros, pero no le hirió.
Menester fue de todo el vigor del joven teólogo para no caer derribado a
los tremendos golpes y con el dolor de las contusiones. Todavía tocó el
conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el brazo izquierdo. Aquí la
herida fue de filo, aunque de soslayo. La sangre de D. Luis empezó a
correr en abundancia. Lejos de contenerse un poco, el conde arremetió
con más ira, para herir de nuevo: casi se metió bajo el sable de D.
Luis. Éste, en vez de prepararse a parar, dejó caer el sable con brío y
acertó con una cuchillada en la cabeza del conde. La sangre salió con
ímpetu y se extendió por la frente y corrió sobre los ojos. Aturdido por
el golpe, dio el conde con su cuerpo en el suelo.
Toda la batalla fue negocio de algunos segundos.
D. Luis había estado sereno, como un filósofo estoico, a quien la dura
ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto, tan
contrario a sus costumbres y modo de pensar; pero, no bien miró a su
contrario por tierra, bañado en sangre, y como muerto, D. Luis sintió
una angustia grandísima y temió que le diese una congoja. Él, que no se
creía capaz de matar un gorrión, acaso acababa de matar a un hombre. Él,
que aún estaba resuelto a ser sacerdote, a ser misionero, a ser ministro
y nuncio del Evangelio, hacía cinco o seis horas, había cometido o se
acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los delitos y de haber
infringido todos los mandamientos de la ley de Dios. No había quedado
pecado mortal de que no se contaminase. Sus propósitos de santidad
heroica y perfecta se habían desvanecido primero. Sus propósitos de una
santidad más fácil, cómoda y _burguesa_, se desvanecían después. El diablo
desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera podía ya ser un
Filemón cristiano, pues no era buen principio para el idilio perpetuo el
de rasgar la cabeza al prójimo de un sablazo.
El estado de D. Luis, después de las agitaciones de todo aquel día, era
el de un hombre que tiene fiebre cerebral.
Currito y el capitán, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su
casa.
* * * * *
D. Pedro de Vargas se levantó sobresaltado cuando le dijeron que venía
su hijo herido. Acudió a verle, examinó las contusiones y la herida del
brazo, y vio que no eran de cuidado, pero puso el grito en el cielo
diciendo que iba a tomar venganza de aquella ofensa, y no se tranquilizó
hasta que supo el lance, y que D. Luis había sabido tomar venganza por
sí, a pesar de su teología.
El médico vino poco después a curar a D. Luis, y pronosticó que en tres
o cuatro días estaría don Luis para salir a la calle, como si tal cosa.
El conde, en cambio, tenía para meses. Su vida, sin embargo, no corría
peligro. Había vuelto de su desmayo, y había pedido que le llevasen a su
pueblo, que no dista más que una legua del lugar en que pasaron estos
sucesos. Habían buscado un carricoche de alquiler y le habían llevado,
yendo en su compañía su criado y los dos forasteros que le sirvieron de
testigos.
A los cuatro días del lance, se cumplieron en efecto los pronósticos del
doctor, y D. Luis, aunque magullado de los golpes y con la herida
abierta aún, estuvo en estado de salir, y prometiendo un
restablecimiento completo en plazo muy breve.
El primer deber que D. Luis creyó que necesitaba cumplir, no bien le
dieron de alta, fue confesar a su padre sus amores con Pepita y
declararle su intención de casarse con ella.
D. Pedro no había ido al campo ni se había empleado sino en cuidar a su
hijo durante la enfermedad. Casi siempre estaba a su lado acompañándole
y mimándole con singular cariño.
En la mañana del día 27 de Junio, después de irse el médico, D. Pedro
quedó solo con su hijo; y entonces la tan difícil confesión para D. Luis
tuvo lugar del modo siguiente.
* * * * *
--Padre mío--dijo D. Luis--, yo no debo seguir engañando a Vd. por más
tiempo. Hoy voy a confesar a Vd. mis faltas y a desechar la hipocresía.
--Muchacho, si es confesión lo que vas a hacer, mejor será que llames al
padre vicario. Yo tengo muy holgachón el criterio, y te absolveré de
todo, sin que mi absolución te valga para nada. Pero si quieres
confiarme algún hondo secreto como a tu mejor amigo, empieza, que te
escucho.
--Lo que tengo que confiar a Vd. es una gravísima falta mía, y me da
vergüenza...
--Pues no tengas vergüenza con tu padre y di sin rebozo.
Aquí D. Luis, poniéndose muy colorado, y con visible turbación, dijo:
--Mi secreto es que estoy enamorado de... Pepita Jiménez, y que ella...