El sol acababa de ocultarse detrás de los picos gigantescos de las

sierras cercanas, haciendo que las pirámides, agujas y rotos obeliscos

de la cumbre se destacasen sobre un fondo de púrpura y topacio, que tal

parecía el cielo, dorado por el sol poniente. Las sombras empezaban a

extenderse sobre la vega, y en los montes opuestos a los montes por

donde el sol se ocultaba, relucían las peñas más erguidas como si fueran

de oro o de cristal hecho ascua.

Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de

la Virgen; patrona del lugar, que está en lo más alto de un cerro, así

como otro pequeño templo o ermita que hay en otro cerro más cercano, que

llaman el Calvario, resplandecían aún como dos faros salvadores, heridos

por los postreros rayos oblicuos del sol moribundo.

Una poesía melancólica inspiraba a la naturaleza, y con la música

callada, que sólo el espíritu acierta a oír, se diría que todo entonaba

un himno al Creador. El lento son de las campanas, amortiguado y

semi-perdido por la distancia, apenas turbaba el reposo de la tierra y

convidaba a la oración sin distraer los sentidos con rumores. D. Luis se

quitó su sombrero, se hincó de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal

le había servido de asiento, y rezó con profunda devoción el _Angelus

Domini_.

Las sombras nocturnas fueron pronto ganando terreno; pero la noche, al

desplegar su manto y cobijar con él aquellas regiones, se complace en

adornarle de más luminosas estrellas y de una luna más clara. La bóveda

azul no trocó en negro su color azulado: conservó su azul, aunque le

hizo más oscuro. El aire era tan diáfano y tan sutil, que se veían

millares y millares de estrellas, fulgurando en el éter sin término. La

luna plateaba las copas de los árboles y se reflejaba en la corriente de

los arroyos, que parecían de un líquido luminoso y transparente, donde

se formaban iris y cambiantes como en el ópalo. Entre la espesura de la

arboleda cantaban los ruiseñores. Las yerbas y flores vertían más

generoso perfume. Por las orillas de las acequias, entre la yerba menuda

y las flores silvestres, relucían como diamantes o carbunclos los

gusanillos de luz en multitud innumerable. No hay por allí luciérnagas

aladas ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz abundan y dan un

resplandor bellísimo. Muchos árboles frutales, en flor todavía, muchas

acacias y rosales, sin cuento, embalsamaban el ambiente impregnándole de

suave fragancia.

Don Luis se sintió dominado, seducido, vencido por aquella voluptuosa

naturaleza, y dudó de sí. Era menester, no obstante, cumplir la palabra

dada y acudir a la cita.

Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque

vacilando a veces en irse a la fuente del río, donde al pie de la sierra

brota de una peña viva todo el caudal cristalino que riega las huertas,

y es sitio delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado, se dirigió hacia

la población.

Conforme se iba acercando, se aumentaba el terror que le infundía lo que

se determinaba a hacer. Penetraba por lo más sombrío de las enramadas,

anhelando ver algún prodigio espantable, algún signo, algún aviso que le

retrajese. Se acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su

propio entierro. Pero el cielo sonreía con sus mil luces y excitaba a

amar; las estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruiseñores

cantaban enamorados; hasta los grillos agitaban amorosamente sus

elictras sonoras, como trovadores el plectro cuando dan una serenata; la

tierra toda parecía entregada al amor en aquella tranquila y hermosa

noche. Nada de aviso; nada de signo; nada de pompa fúnebre; todo vida,

paz y deleite. ¿Dónde estaba el ángel de la Guarda? ¿Había dejado a D.

Luis como cosa perdida, o calculando que no corría peligro alguno, no se

cuidaba de apartarle de su propósito? ¿Quién sabe? Tal vez de aquel

peligro resultaría un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrecían

de nuevo a la imaginación de D. Luis y corroboraban su voluntad.

Embelesado en estos discursos, retardaba don Luis su vuelta, y aún se

hallaba a alguna distancia del pueblo, cuando sonaron las diez, hora de

la cita, en el reloj de la parroquia. Las diez campanadas fueron como

diez golpes que le hirieron en el corazón. Allí le dolieron

materialmente, si bien con un dolor y con un sobresalto mixtos de

traidora inquietud y de regalada dulzura.

Don Luis apresuró el paso a fin de no llegar muy tarde, y pronto se

encontró en la población.

El lugar estaba animadísimo. Las mozas solteras venían a la fuente del

ejido a lavarse la cara, para que fuese fiel el novio a la que le tenía,

y para que a la que no le tenía le saltase novio. Mujeres y chiquillos,

por acá y por allá, volvían de coger verbena, ramos de romero u otras

plantas, para hacer sahumerios mágicos. Las guitarras sonaban por varias

partes. Los coloquios de amor y las parejas dichosas y apasionadas se

oían y se veían a cada momento. La noche y la mañanita de San Juan,

aunque fiesta católica, conservan no sé qué resabios del paganismo y

naturalismo antiguos. Tal vez sea por la coincidencia aproximada de esta

fiesta con el solsticio de verano. Ello es que todo era profano y no

religioso. Todo era amor y galanteo. En nuestros viejos romances y

leyendas, siempre roba el moro a la linda infantina cristiana, y siempre

el caballero cristiano logra su anhelo con la princesa mora, en la noche

o en la mañanita de San Juan; y en el pueblo se diría que conservaban la

tradición de los viejos romances.

Las calles estaban llenas de gente. Todo el pueblo estaba en las calles

y además los forasteros. Hacían asimismo muy difícil el tránsito la

multitud de mesillas de turrón, arropía y tostones, los puestos de

fruta, las tiendas de muñecos y juguetes, y las buñolerías, donde

gitanas jóvenes y viejas, ya freían la masa, infestando el aire con el

olor del aceite, ya pesaban y servían los buñuelos, ya respondían con

donaire a los piropos de los galanes que pasaban, ya decían la buena

ventura.

Don Luis procuraba no encontrar a los amigos y, si los veía de lejos

echaba por otro lado. Así fue llegando poco a poco, sin que le hablasen

ni detuviesen, hasta cerca del zaguán de casa de Pepita. El corazón

empezó a latirle con violencia, y se paró un instante para serenarse.

Miró el reloj: eran cerca de las diez y media.

--¡Válgame Dios!--dijo--, hará cerca de media hora que me estará

aguardando.

Entonces se precipitó y penetró en el zaguán. El farol, que lo alumbraba

de diario, daba poquísima luz aquella noche.

No bien entró D. Luis en el zaguán, una mano, mejor diremos una garra,

le asió por el brazo derecho. Era Antoñona, que dijo en voz baja:

--¡Diantre de colegial, ingrato, desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo

que no venías. ¿Dónde has estado, _peal_? ¡Cómo te atreves a tardar,

haciéndote de pencas, cuando toda la sal de la tierra se está

derritiendo por ti y el sol de la hermosura te aguarda!

Mientras Antoñona expresaba estas quejas, no estaba parada, sino que iba

andando y llevando en pos de sí, asido siempre del brazo, al colegial

atortolado y silencioso. Salvaron la cancela, y Antoñona la cerró con

tiento y sin ruido; atravesaron el patio, subieron por la escalera,

pasaron luego por unos corredores y por dos salas, y llegaron a la

puerta del despacho, que estaba cerrada.

En toda la casa remaba maravilloso silencio. El despacho estaba en lo

interior y no llegaban a él los rumores de la calle. Sólo llegaban,

aunque confusos y vagos, el resonar de las castañuelas y el son de la

guitarra, y un leve murmullo, causado todo por los criados de Pepita,

que tenían su jaleo probe en la casa de campo.

Antoñona abrió la puerta del despacho; empujó a D. Luis para que

entrase, y al mismo tiempo le anunció diciendo:

--Niña, aquí tienes al señor D. Luis, que viene a despedirse de ti.

Hecho el anuncio con la formalidad debida, la discreta Antoñona se

retiró de la sala, dejando a sus anchas al visitante y a la niña, y

volviendo a cerrar la puerta.

* * * * *

Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el carácter de

autenticidad que tiene la presente historia, admirándonos de la

escrupulosa exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de

fingido, como en una novela, hubiera en estos _Paralipómenos_, no cabe

duda en que una entrevista tan importante y transcendente como la de

Pepita y D. Luis se hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los

aquí empleados. Tal vez nuestros héroes, yendo a una nueva expedición

campestre, hubieran sido sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad,

teniendo que refugiarse en las ruinas de algún antiguo castillo o torre

moruna, donde por fuerza había de ser fama que aparecían espectros o

cosas por el estilo. Tal vez nuestros héroes hubieran caído en poder de

alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado merced a la

serenidad y valentía de D. Luis, albergándose luego durante la noche,

sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y

tal vez, por último, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que

Pepita y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por

mar, y aunque ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es difícil

inventar un buen naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a

Pepita, arribando a una isla desierta o a otro lugar poético y apartado.

Cualquiera de estos recursos hubiera preparado con más arte el coloquio

apasionado de los dos jóvenes y hubiera justificado mejor a D. Luis.

Creemos, sin embargo, que en vez de censurar al autor porque no apela a

tales enredos, conviene darle gracias por la mucha conciencia que tiene,

sacrificando a la fidelidad del relato el portentoso efecto que haría si

se atreviese a exornarle y bordarle con lances y episodios sacados de su

fantasía.

Si no hubo más que la oficiosidad y destreza de Antoñona y la debilidad

con que D. Luis se comprometió a acudir a la cita, ¿para qué forjar

embustes y traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a

que se vean y hablen a solas con gravísimo peligro de la virtud y

entereza de ambos? Nada de eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en

venir a la cita, y si Pepita Jiménez, a quien Antoñona había ya dicho

que D. Luis espontáneamente venía a verla, hace mal o bien en alegrarse

de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no echemos la culpa

al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia figuran y a

las pasiones que sienten.

Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la

hemos de decir, aunque perjudique a nuestra heroína. A las ocho le dijo

Antoñona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que

tenía los ojos encendidos y los párpados un poquito inflamados de llorar

y que estaba bastante despeinada, no pensó desde entonces sino en

componerse y arreglarse para recibir a D. Luis. Se lavó la cara con agua

tibia para que el estrago del llanto desapareciese hasta el punto

preciso de no afear, mas no para que no quedasen huellas de que había

llorado; se compuso el pelo de suerte que no denunciaba estudio

cuidadoso, sino que mostraba cierto artístico y gentil descuido, sin

rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se pulió las

uñas; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se vistió un traje

sencillo de casa. En suma, miró instintivamente a que todos los

pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer más bonita y

aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y

del tiempo gastados en aquellos perfiles, sino que todo ello

resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persistía

en ella, a pesar del olvido de sí misma, causado por la vehemencia de

los afectos.

Según hemos llegado a averiguar, Pepita empleó más de una hora en estas

faenas de tocador, que habían de sentirse sólo por los efectos. Después

se dio el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfacción mal

disimulada. Y por último, a eso de las nueve y media, tomando una

palmatoria, bajó a la sala donde estaba el Niño Jesús. Encendió primero

las velas del altarito, que estaban apagadas; vio con cierta pena que

las flores yacían marchitas; pidió perdón a la devota imagen por haberla

tenido desatendida mucho tiempo; y, postrándose de hinojos, y a solas,

oró con todo su corazón, y con aquella confianza y franqueza que inspira

quien está de huésped en casa desde hace muchos años. A un Jesús

Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a un Ecce-Homo,

ultrajado y azotado, con la caña por irrisorio cetro y la áspera soga

por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y

moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidió a Jesús,

pequeñuelo todavía, risueño, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le

pidió que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque él, tan rico

y tan abastado de todo, podía sin gran sacrificio desprenderse de aquel

servidor y cedérsele a ella.

Terminados estos preparativos, que nos será lícito clasificar y dividir

en _cosméticos_, indumentarios y religiosos, Pepita se instaló en el

despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.

Atinada anduvo Antoñona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco

antes de la hora. Aun así, gracias a la tardanza del galán, la pobre

Pepita estuvo deshaciéndose, llena de ansiedad y de angustia, desde que

terminó sus oraciones y súplicas con el niño Jesús hasta que vio dentro

del despacho al otro niño.

* * * * *

La visita empezó del modo más grave y ceremonioso. Los saludos de

fórmula se pronunciaron maquinalmente de una parte y de otra; y D. Luis,

invitado a ello, tomó asiento en una butaca, sin dejar el sombrero ni el

bastón, y a no corta distancia de Pepita. Pepita estaba sentada en el

sofá. El velador se veía al lado de ella, con libros y con la

palmatoria, cuya luz iluminaba su rostro. Una lámpara ardía además sobre

el bufete. Ambas luces, con todo, siendo grande el cuarto, como lo era,

dejaban la mayor parte de él en la penumbra. Una gran ventana, que daba

a un jardincillo interior, estaba abierta por el calor, y si bien sus

hierros eran como la trama de un tejido de rosas-enredaderas y jazmines,

todavía por entre la verdura y las flores se abrían camino los claros

rayos de la luna, penetraban en la estancia y querían luchar con la luz

de la lámpara y de la palmatoria. Penetraban además por la

ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la casa de campo,

que estaba al otro extremo, el murmullo monótono de una fuente que había

en el jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las rosas que

tapizaban la ventana, mezclado con el de los don-pedros, albahacas y

otras plantas, que adornaban los arriates al pie de ella.

Hubo una larga pausa, un silencio tan difícil de sostener como de

romper. Ninguno de los dos interlocutores se atrevía a hablar. Era, en

verdad, la situación muy embarazosa. Tanto para ellos el expresarse

entonces, como para nosotros el reproducir ahora lo que expresaron, es

empresa ardua; pero no hay más remedio que acometerla. Dejemos que ellos

mismos se expliquen y copiemos al pie de la letra sus palabras.

* * * * *

--Al fin se dignó Vd. venir a despedirse de mí antes de su partida--dijo

Pepita--. Yo había perdido ya la esperanza.

El papel que hacía D. Luis era de mucho empeño y por otra parte, los

hombres, no ya novicios, sino hasta experimentados y curtidos en estos

diálogos, suelen incurrir en tonterías al empezar. No se condene, pues,

a D. Luis porque empezase contestando tonterías.

--Su queja de Vd. es injusta--dijo--. He estado aquí a despedirme de Vd.

con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese,

dejamos tarjetas. Nos dijeron que estaba Vd. algo delicada de salud, y

todos los días hemos enviado recado para saber de Vd. Grande ha sido

nuestra satisfacción al saber que estaba Vd. aliviada. ¿Y ahora, se

encuentra Vd. mejor?

--Casi estoy por decir a Vd. que no me encuentro mejor--replicó

Pepita--; pero como veo que viene Vd. de embajador de su padre, y no

quiero afligir a un amigo tan excelente, justo será que diga a Vd., y

que Vd. repita a su padre, que siento bastante alivio. Singular es que

haya venido Vd. solo. Mucho tendrá que hacer D. Pedro cuando no le ha

acompañado.

--Mi padre no me ha acompañado, señora, porque no sabe que he venido a

ver a Vd. Yo he venido solo, porque mi despedida ha de ser solemne,

grave, para siempre quizás; y la suya es de índole harto diversa. Mi

padre volverá por aquí dentro de unas semanas; yo es posible que no

vuelva nunca, y si vuelvo, volveré muy otro del que soy ahora.

Pepita no pudo contenerse. El porvenir de felicidad con que había soñado

se desvanecía como una sombra. Su resolución inquebrantable de vencer a

toda costa a aquel hombre, único que había amado en la vida, único que

se sentía capaz de amar, era una resolución inútil. D. Luis se iba. La

juventud, la gracia, la belleza, el amor de Pepita no valían para nada.

Estaba condenada, con veinte años de edad y tanta hermosura, a la viudez

perpetua, a la soledad, a amar a quien no la amaba. Todo otro amor era

imposible para ella. El carácter de Pepita, en quien los obstáculos

recrudecían y avivaban más los anhelos, en quien una determinación, una

vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse cumplida, se mostró entonces

con notable violencia y rompiendo todo freno. Era menester morir o

vencer en la demanda. Los respetos sociales, la inveterada costumbre de

disimular y de velar los sentimientos, que se adquieren en el gran mundo

y que pone dique a los arrebatos de la pasión, y envuelve en gasas y

cendales y disuelve en perífrasis y frases ambiguas la más enérgica

explosión de los mal reprimidos afectos, nada podían con Pepita, que

tenía poco trato de gentes, y que no conocía término medio; que no había

sabido sino obedecer a ciegas a su madre y a su primer marido, y mandar

después despóticamente a todos los demás seres humanos. Así es que

Pepita habló en aquella ocasión y se mostró tal como era. Su alma, con

cuanto había en ella de apasionado, tomó forma sensible en sus palabras,

y sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y su sentir sino

para darle cuerpo. No habló como hubiera hablado una dama de nuestros

salones, con ciertas pleguerías y atenuaciones en la expresión, sino con

la desnudez idílica con que Cloe hablaba a Dafnis y con la humildad y el

abandono completo con que se ofreció a Booz la nuera de Noemi.

Pepita dijo:

--¿Persiste Vd., pues, en su propósito? ¿Está usted seguro de su

vocación? ¿No teme Vd. ser un mal clérigo? Sr. D. Luis, voy a hacer un

esfuerzo; voy a olvidar por un instante que soy una ruda muchacha; voy a

prescindir de todo sentimiento, y voy a discurrir con frialdad, como si

se tratase del asunto que me fuese más extraño. Aquí hay hechos que se

pueden comentar de dos modos. Con ambos comentarios queda Vd. mal.

Expondré mi pensamiento. Si la mujer que con sus coqueterías, no por

cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a Vd. palabra, a los pocos días

de verle y tratarle, ha conseguido provocar a Vd., moverle a que la mire

con miradas que auguraban amor profano, y hasta ha logrado que le dé Vd.

una muestra de cariño, que es una falta, un pecado en cualquiera y más

en un sacerdote; si esta mujer, es, como lo es en realidad, una lugareña

ordinaria, sin instrucción, sin talento y sin elegancia, ¿qué no se debe

temer de Vd. cuando trate y vea y visite en las grandes ciudades a otras

mujeres mil veces más peligrosas? Usted se volverá loco cuando vea y

trate a las grandes damas que habitan palacios, que huellan mullidas

alfombras, que deslumbran con diamantes y perlas, que visten sedas y

encajes y no percal y muselina, que desnudan la cándida y bien formada

garganta y no la cubren con un plebeyo y modesto pañolito, que son más

diestras en mirar y herir, que por el mismo boato, séquito y pompa de

que se rodean son más deseables por ser en apariencia inasequibles, que

disertan de política, de filosofía, de religión y de literatura, que

cantan como canarios, y que están como envueltas en nubes de aroma,

adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal de triunfos y victorias,

endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre, encumbradas en áureos

salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde entran sólo los

felices de la tierra; tituladas acaso, y llamándose únicamente para los

íntimos Pepita, Antoñita o Angelita, y para los demás la Excma. Señora

Duquesa o la Excma. Señora Marquesa. Si Vd. ha cedido a una zafia

aldeana, hallándose en vísperas de la ordenación, con todo el entusiasmo

que debe suponerse, y, si ha cedido impulsado por capricho fugaz, ¿no

tengo razón en prever que va Vd. a ser un clérigo detestable, impuro,

mundanal y funesto, y que cederá a cada paso? En esta suposición, créame

usted, Sr. D. Luis y no se me ofenda, ni siquiera vale Vd. para marido

de una mujer honrada. Si usted ha estrechado las manos, con el ahínco y

la ternura del más frenético amante, si Vd. ha mirado con miradas que

prometían un cielo, una eternidad de amor, y si Vd. ha... besado a una

mujer que nada le inspiraba sino algo que para mí no tiene nombre, vaya

Vd. con Dios, y no se case Vd. con esa mujer. Si ella es buena, no le

querrá a Vd. para marido, ni siquiera para amante; pero, por amor de

Dios, no sea Vd. clérigo tampoco. La Iglesia ha menester de otros

hombres más serios y más capaces de virtud para ministros del Altísimo.

Por el contrario, si Vd. ha sentido una gran pasión por esta mujer de

que hablamos, aunque ella sea poco digna, ¿por qué abandonarla y

engañarla con tanta crueldad? Por indigna que sea, si es que ha

inspirado esa gran pasión, ¿no cree Vd. que la compartirá y que será

víctima de ella? Pues qué, cuando el amor es grande, elevado y violento,

¿deja nunca de imponerse? ¿No tiraniza y subyuga al objeto amado de un

modo irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir

el de su amada. ¿Y cómo no temer por ella si Vd. la abandona? ¿Tiene

ella la energía varonil, la constancia que infunde la sabiduría que los

libros encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos

proyectos, y todo aquello que hay en su cultivado y sublime espíritu de

Vd. para distraerle y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo

otro terrenal afecto? ¿No comprende Vd. que ella morirá de dolor, y que

Vd., destinado a hacer incruentos sacrificios, empezará por sacrificar

despiadadamente a quien más le ama?

--Señora--contestó D. Luis haciendo un esfuerzo para disimular su

emoción y para que no se conociese lo turbado que estaba en lo trémulo y

balbuciente de la voz--. Señora, yo también tengo que dominarme mucho

para contestar a Vd. con la frialdad de quien opone argumentos a

argumentos como en una controversia; pero la acusación de Vd. viene tan

razonada (y Vd. perdone que se lo diga), es tan hábilmente sofística,

que me fuerza a desvanecerla con razones. No pensaba yo tener que

disertar aquí y que aguzar mi corto ingenio; pero Vd. me condena a ello,

si no quiero pasar por un monstruo. Voy a contestar a los extremos del

cruel dilema que ha forjado Vd. en mi daño. Aunque me he criado al lado

de mi tío y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd.

tan ignorante ni tan pobre de imaginación que no acertase a

representármelas en la mente todo lo bellas, todo lo seductoras que

pueden ser. Mi imaginación, por el contrario, sobrepujaba a la realidad

en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores bíblicos y de los

poetas profanos, se fingía mujeres más elegantes, más graciosas, más

discretas, que las que por lo común se hallan en el mundo real. Yo

conocía, pues, el precio del sacrificio que hacía, y hasta lo exageraba,

cuando renuncié al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad

del sacerdocio. Harto conocía yo lo que puede y debe añadir de encanto a

una mujer hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el

circundarla de todos los primores de la más refinada cultura y de todas

las riquezas que crean la mano y el ingenio infatigable del hombre.

Harto conocía yo también lo que acrecientan el natural despejo, lo que

pulen, realzan y abrillantan la inteligencia de una mujer el trato de

los hombres más notables por la ciencia, la lectura de buenos libros, el

aspecto mismo de las florecientes ciudades con los monumentos y

grandezas que contienen. Todo esto me lo figuraba yo con tal viveza y lo

veía con tal hermosura, que, no lo dude Vd., si yo llego a ver y a

tratar a esas mujeres de que Vd. me habla, lejos de caer en la adoración

y en la locura que Vd. predice, tal vez sea un desengaño lo que reciba,

al ver cuánta distancia media de lo soñado a lo real y de lo vivo a lo

pintado.

--¡Estos de Vd. sí que son sofismas!--interrumpió Pepita--. ¿Cómo negar

a Vd. que lo que usted se pinta en la imaginación es más hermoso que lo

que existe realmente; pero cómo negar tampoco que lo real tiene más

eficacia seductora que lo imaginado y soñado? Lo vago y aéreo de un

fantasma, por bello que sea, no compite con lo que mueve materialmente

los sentidos. Contra los ensueños mundanos comprendo que venciesen en su

alma de usted las imágenes devotas; pero temo que las imágenes devotas

no habían de vencer a las mundanas realidades.

--Pues no lo tema Vd., señora--replicó don Luis--. Mi fantasía es más

eficaz en lo que crea que todo el universo, menos Vd., en lo que por los

sentidos transmite.

--Y ¿por qué menos yo? Esto me hace caer en otro recelo. ¿Será quizás la

idea que Vd. tiene de mí, la idea que ama, creación de esa fantasía tan

eficaz, ilusión en nada conforme conmigo?

--No: no lo es; tengo fe de que esta idea es en todo conforme con Vd.;

pero tal vez es ingénita en mi alma; tal vez está en ella desde que fue

creada por Dios; tal vez es parte de su esencia; tal vez es lo más puro

y rico de su ser, como el perfume en las flores.

--¡Bien me lo temía yo! Vd. lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que

ama Vd. es la esencia, el aroma, lo más puro de su alma, que ha tomado

una forma parecida a la mía.

--No, Pepita: no se divierta Vd. en atormentarme. Esto que yo amo es

Vd., y Vd. tal cual es; pero es tan bello, tan limpio, tan delicado esto

que yo amo, que no me explico que pase todo por los sentidos, de un modo

grosero, y llegue así hasta mi mente. Supongo, pues, y creo, y tengo por

cierto, que estaba antes en mí. Es como la idea de Dios, que estaba en

mí, que ha venido a magnificarse y desenvolverse en mí, y que sin

embargo tiene su objeto real, superior, infinitamente superior a la

idea. Como creo que Dios existe, creo que existe usted y que vale Vd.

mil veces más que la idea que de Vd. tengo formada.

--Aún me queda una duda. ¿No pudiera ser la mujer en general, y no yo

singular y exclusivamente, quien ha despertado esa idea?

--No, Pepita; la magia, el hechizo de una mujer, bella de alma y de

gentil presencia, habían, antes de ver a Vd., penetrado en mi fantasía.

No hay duquesa, ni marquesa en Madrid, ni emperatriz en el mundo, ni

reina ni princesa en todo el orbe, que valgan lo que valen las ideales y

fantásticas criaturas con quienes yo he vivido, porque se aparecían en

los alcázares y camarines, estupendos de lujo, buen gusto y exquisito

ornato, que yo edificaba en mis espacios imaginarios, desde que llegué a

la adolescencia, y que daba luego por morada a mis Lauras, Beatrices,

Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis Cintias, Glíceras y Lesbias.

Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras orientales, y las

envolvía en mantos de púrpura y de oro, y las rodeaba de pompa regia,

como a Ester y a Vasti: yo les prestaba la sencillez bucólica de la edad

patriarcal como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce humildad

y la devoción de Ruth; yo las oía discurrir como Aspasia o Hipatia,

maestras de elocuencia; yo las encumbraba en estrados riquísimos y ponía

en ellas reflejos gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia, como

si fuesen las matronas patricias más orgullosas y nobles de la antigua

Roma; yo las veía ligeras, coquetas, alegres, llenas de aristocrática

desenvoltura, como las damas del tiempo de Luis XV en Versalles; y yo

las adornaba, ya con púdicas estolas, que infundían veneración y

respeto, ya con túnicas y peplos sutiles, por entre cuyos pliegues

airosos se dibujaba toda la perfección plástica de las gallardas formas;

ya con la _coa_ transparente de las bellas cortesanas de Atenas y Corinto,

para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco y sonrosado del

bien torneado cuerpo. Pero ¿qué valen los deleites del sentido, ni qué

valen las glorias todas y las magnificencias del mundo, cuando un alma

arde y se consume en el amor divino, como yo entendía, tal vez con

sobrada soberbia, que la mía estaba ardiendo y consumiéndose? Ingentes

peñascos, montañas enteras, si sirven de obstáculo a que se dilate el

fuego que de repente arde en el seno de la tierra, vuelan deshechos por

el aire, dando lugar y abriendo paso a la amontonada pólvora de la mina

o a las inflamadas materias del volcán en erupción atronadora. Así, o

con mayor fuerza, lanzaba de sí mi espíritu todo el peso del universo y

de la hermosura creada, que se le ponía encima y le aprisionaba

impidiéndole volar a Dios, como a su centro. No; no he dejado yo por

ignorancia ningún regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria: todo lo

conocía y lo estimaba en más de lo que vale cuando lo desprecié por otro

regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de

la mujer, no sólo ha venido a mi fantasía con cuantos halagos tiene en

sí, sino con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la más

peligrosa de las tentaciones: de la que llaman los moralistas tentación

virgínea, cuando la mente, aún no desengañada por la experiencia y el

pecado, se finge en el abrazo amoroso un subidísimo deleite,

inmensamente superior, sin duda, a toda realidad y a toda verdad. Desde

que vivo, desde que soy hombre, y ya hace años, pues no es tan grande mi

mocedad, he despreciado todas esas sombras y reflejos de deleites y de

hermosuras, enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un deleite

supremo. He procurado morir en mí para vivir en el objeto amado;

desnudar, no ya sólo los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma,

de afectos del mundo y de figuras y de imágenes, para poder decir con

razón que no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí. Tal vez, de

seguro, he pecado de arrogante y de confiado, y Dios ha querido

castigarme. Usted entonces se ha interpuesto en mi camino y me ha sacado

de él y me ha extraviado. Ahora me zahiere, me burla, me acusa de

liviano y de fácil: y al zaherirme y burlarme se ofende a sí propia,

suponiendo que mi falta me la hubiera hecho cometer otra mujer

cualquiera. No quiero, cuando debo ser humilde, pecar de orgulloso

defendiéndome. Si Dios, en castigo de mi soberbia, me ha dejado de su

gracia, harto posible es que el más ruin motivo me haya hecho vacilar y

caer. Con todo, diré a Vd. que mi mente, quizás alucinada, lo entiende

de muy diversa manera. Será efecto de mi no domada soberbia; pero repito

que lo entiendo de otra manera. No acierto a persuadirme de que haya

ruindad ni bajeza en el motivo de mi caída. Sobre todos los ensueños de

mi juvenil imaginación ha venido a sobreponerse y entronizarse la

realidad que en Vd. he visto: sobre todas mis ninfas, reinas y diosas,

Vd. ha descollado; por cima de mis ideales creaciones, derribadas,

rotas, deshechas por el amor divino, se levantó en mi alma la imagen

fiel, la copia exactísima de la viva hermosura que adorna, que es la

esencia de ese cuerpo y de esa alma. Hasta algo de misterioso, de

sobrenatural, puede haber intervenido en esto, porque amé a Vd. desde

que la vi, casi antes de que la viera. Mucho antes de tener conciencia

de que la amaba a Vd., ya la amaba. Se diría que hubo en esto algo de

fatídico; que estaba escrito; que era una predestinación.

--Y si es una predestinación, si estaba escrito--interrumpió Pepita--,

¿por qué no someterse, por qué resistirse todavía? Sacrifique Vd. sus

propósitos a nuestro amor. ¿Acaso no he sacrificado yo mucho? Ahora

mismo, al rogar, al esforzarme por vencer los desdenes de Vd., ¿no

sacrifico mi orgullo, mi decoro y mi recato? Yo también creo que amaba a

usted antes de verle. Ahora amo a Vd. con todo mi corazón, y sin Vd. no

hay felicidad para mí. Cierto es que en mi humilde inteligencia no puede

usted hallar rivales tan poderosos como yo tengo en la de usted. Ni con

la mente, ni con la voluntad, ni con el afecto, atino a elevarme a Dios

inmediatamente. Ni por naturaleza, ni por gracia, subo ni me atrevo a

querer subir a tan encumbradas esferas. Llena está mi alma, sin embargo,

de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a Dios, pero sólo veo su

omnipotencia y admiro su bondad en las obras que han salido de sus

manos. Ni con la imaginación acierto tampoco a forjarme esos ensueños

que usted me refiere. Con alguien, no obstante, más bello, entendido,

poético y amoroso, que los hombres que me han pretendido hasta ahora,

con un amante más distinguido y cabal que todos mis adoradores de este

lugar y de los lugares vecinos, soñaba yo para que me amara y para que

yo le amase y le rindiese mi albedrío. Ese alguien era Vd. Lo presentí

cuando me dijeron que Vd. había llegado al lugar: lo reconocí cuando vi

a Vd. por vez primera. Pero como mi imaginación es tan estéril, el

retrato que yo de Vd. me había trazado no valía, ni con mucho, lo que

Vd. vale. Yo también he leído algunas historias y poesías, pero de todos

los elementos que de ellas guardaba mi memoria no logré nunca componer

una pintura que no fuese muy inferior en mérito a lo que veo en Vd. y

comprendo en Vd. desde que le conozco. Así es que estoy rendida y

vencida y aniquilada desde el primer día. Si amor es lo que usted dice,

si es morir en sí para vivir en el amado, verdadero y legítimo amor es

el mío, porque he muerto en mí y sólo vivo en Vd. y para Vd. He deseado

desechar de mí este amor, creyéndole mal pagado, y no me ha sido

posible. He pedido a Dios, con mucho fervor, que me quite el amor o me

mate, y Dios no ha querido oírme. He rezado a María Santísima para que

borre del alma la imagen de usted y el rezo ha sido inútil. He hecho

promesas al santo de mi nombre para no pensar en Vd. sino como él

pensaba en su bendita esposa, y el santo no me ha socorrido. Viendo

esto, he tenido la audacia de pedir al cielo que Vd. se deje vencer, que

usted deje de querer ser clérigo, que nazca en su corazón de Vd. un amor

tan profundo como el que hay en mi corazón. D. Luis, dígamelo Vd. con

franqueza, ¿ha sido también sordo el cielo a esta última súplica? ¿O es

acaso que para avasallar y rendir un alma pequeña, cuitada y débil como

la mía, basta un pequeño amor, y para avasallar la de Vd., cuando tan

altos y fuertes pensamientos la velan y custodian, se necesita de amor

más poderoso, que yo no soy digna de inspirar, ni capaz de compartir, ni

hábil para comprender siquiera?

--Pepita--contestó D. Luis--, no es que su alma de Vd. sea más pequeña

que la mía, sino que está libre de compromisos, y la mía no lo está. El

amor que Vd. me ha inspirado es inmenso; pero luchan contra él mi

obligación, mis votos, los propósitos de toda mi vida, próximos a

realizarse. ¿Por qué no he de decirlo, sin temor de ofender a Vd.? Si

usted logra en mí su amor, Vd. no se humilla. Si yo cedo a su amor de

Vd., me humillo y me rebajo. Dejo al Creador por la criatura, destruyo

la obra de mi constante voluntad, rompo la imagen de Cristo que estaba

en mi pecho, y el hombre nuevo, que a tanta costa había yo formado en

mí, desaparece para que el hombre antiguo renazca. ¿Por qué, en vez de

bajar yo hasta el suelo, hasta el siglo, hasta la impureza del mundo,

que antes he menospreciado, no se eleva Vd. hasta mí por virtud de ese

mismo amor que me tiene, limpiándole de toda escoria? ¿Por qué no nos

amamos entonces sin vergüenza y sin pecado y sin mancha? Dios, con el

fuego purísimo y refulgente de su amor, penetra las almas santas y las

llena por tal arte, que así como un metal que sale de la fragua, sin

dejar de ser metal reluce y deslumbra, y es todo fuego, así las almas se

hinchen de Dios, y en todo son Dios, penetradas por donde quiera de

Dios, en gracia del amor divino. Estas almas se aman y se gozan

entonces, como si amaran y gozaran a Dios: amándole y gozándole, porque

Dios son ellas. Subamos, juntos en espíritu, esta mística y difícil

escala: asciendan a la par nuestras almas a esta bienaventuranza, que

aun en la vida mortal es posible; mas para ello es fuerza que nuestros

cuerpos se separen; que yo vaya a donde me llama mi deber, mi promesa y

la voz del Altísimo, que dispone de su siervo y le destina al culto de

sus altares.

--¡Ay, Sr. D. Luis!--replicó Pepita toda desolada y compungida--. Ahora

conozco cuán vil es el metal del que estoy forjada y cuán indigno de que

le penetre y mude el fuego divino. Lo declararé todo, desechando hasta

la vergüenza. Soy una pecadora infernal. Mi espíritu grosero e inculto

no alcanza esas sutilezas, esas distinciones, esos refinamientos de

amor. Mi voluntad rebelde se niega a lo que Vd. propone. Yo ni siquiera

concibo a Vd. sin Vd. Para mí es Vd. su boca, sus ojos, sus negros

cabellos, que deseo acariciar con mis manos, su dulce voz y el regalado

acento de sus palabras que hieren y encantan materialmente mis oídos,

toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al través de

la cual, y sólo al través de la cual se me muestra el espíritu

invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma, reacia e incapaz de esos

raptos misteriosos, no acertará a seguir a Vd. nunca a las regiones

donde quiere llevarla. Si Vd. se eleva hasta ellas, yo me quedaré sola,

abandonada, sumida en la mayor aflicción. Prefiero morirme. Merezco la

muerte: la deseo. Tal vez al morir, desatando o rompiendo mi alma estas

infames cadenas que la detienen, se haga hábil para ese amor con que Vd.

desea que nos amemos. Máteme Vd. antes, para que nos amemos así; máteme

Vd. antes, y, ya libre mi espíritu, le seguirá por todas las regiones y

peregrinará invisible al lado de usted velando su sueño, contemplándole

con arrobo, penetrando sus pensamientos más ocultos, viendo en realidad

su alma, sin el intermedio de los sentidos. Pero viva, no puede ser. Yo

amo en Vd., no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo,

y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el

apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal D. Luis

de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no sé qué

más diga. Repito que es menester matarme. Máteme Vd. sin compasión. No:

yo no soy cristiana, sino idólatra materialista.

Aquí hizo Pepita una larga pausa. D. Luis no sabía qué decir y callaba.

El llanto bañaba las mejillas de Pepita, la cual prosiguió sollozando:

--Lo conozco: Vd. me desprecia y hace bien en despreciarme. Con ese

justo desprecio me matará usted mejor que con un puñal, sin que se

manche de sangre ni su mano ni su conciencia. Adiós. Voy a libertar a

Vd. de mi presencia odiosa. Adiós para siempre.

Dicho esto, Pepita se levantó de su asiento, y sin volver la cara

inundada de lágrimas, fuera de sí, con precipitados pasos se lanzó hacia

la puerta que daba a las habitaciones interiores. D. Luis sintió una

invencible ternura, una piedad funesta. Tuvo miedo de que Pepita

muriese. La siguió para detenerla, pero no llegó a tiempo, Pepita pasó

la puerta. Su figura se perdió en la oscuridad. Arrastrado D. Luis como

por un poder sobrehumano, impulsado como por una mano invisible, penetró

en pos de Pepita en la estancia sombría.

* * * * *

El despacho quedó solo.

El baile de los criados debía de haber concluido, pues no se oía el más

leve rumor. Sólo sonaba el agua de la fuente del jardincillo.

Ni un leve soplo de viento interrumpía el sosiego de la noche y la

serenidad del ambiente. Penetraban por la ventana el perfume de las

flores y el resplandor de la luna.

Al cabo de un largo rato, D. Luis apareció de nuevo, saliendo de la

oscuridad. En su rostro se veía pintado el terror; algo de la

desesperación de Judas.

Se dejó caer en una silla: puso ambos puños cerrados en su cara y en sus

rodillas ambos codos, y así permaneció más de media hora sumido sin duda

en un mar de reflexiones amargas.

Cualquiera, si le hubiera visto, hubiera sospechado que acababa de

asesinar a Pepita.

Pepita, sin embargo, apareció después. Con paso lento, con actitud de

profunda melancolía, con el rostro y la mirada inclinados al suelo,

llegó hasta cerca de donde estaba D. Luis, y dijo de este modo:

--Ahora, aunque tarde, conozco toda la vileza de mi corazón y toda la

iniquidad de mi conducta. Nada tengo que decir en mi abono; mas no

quiero que me creas más perversa de lo que soy. Mira, no pienses que ha

habido en mí artificio, ni cálculo, ni plan para perderte. Sí, ha sido

una maldad atroz, pero instintiva; una maldad inspirada quizá por el

espíritu del infierno que me posee. No te desesperes ni te aflijas, por

amor de Dios. De nada eres responsable. Ha sido un delirio: la

enajenación mental se apoderó de tu noble alma. No es en ti el pecado

sino muy leve. En mí es grave, horrible, vergonzoso. Ahora te merezco

menos que nunca. Vete: yo soy ahora quien te pide que te vayas. Vete:

haz penitencia. Dios te perdonará. Vete: que un sacerdote te absuelva.

Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y sé ministro del Altísimo.

Con tu vida trabajosa y santa, no sólo borrarás hasta las últimas

señales de esta caída sino que después de perdonarme el mal que te he

hecho, conseguirás del cielo mi perdón. No hay lazo alguno que conmigo

te ligue; y si lo hay, yo le desato o le rompo. Eres libre. Básteme el

haber hecho caer por sorpresa al lucero de la mañana; no quiero, ni

debo, ni puedo retenerle cautivo. Lo adivino, lo infiero de tu ademán,

lo veo con evidencia; ahora me desprecias más que antes, y tienes razón

en despreciarme. No hay honra, ni virtud, ni vergüenza en mí.

Al decir esto, Pepita hincó en tierra ambas rodillas y se inclinó luego

hasta tocar con la frente el suelo del despacho. D. Luis siguió en la

misma postura que antes tenía. Así estuvieron los dos algunos minutos en

desesperado silencio.

Con voz ahogada, sin levantar la faz de la tierra, prosiguió al cabo

Pepita:

--Vete ya, D. Luis, y no por una piedad afrentosa permanezcas más tiempo

al lado de esta mujer miserable. Yo tendré valor para sufrir tu desvío,

tu olvido y hasta tu desprecio, que tengo tan merecido. Seré siempre tu

esclava, pero lejos de ti, muy lejos de ti, para no traerte a la memoria

la infamia de esta noche.

Los gemidos sofocaron la voz de Pepita, al terminar estas palabras.

D. Luis no pudo más. Se puso en pie, llegó donde estaba Pepita y la

levantó entre sus brazos, estrechándola contra su corazón, apartando

blandamente de su cara los rubios rizos que en desorden caían sobre

ella, y cubriéndola de apasionados besos.

--Alma mía--dijo por último don Luis--, vida de mi alma, prenda querida

de mi corazón, luz de mis ojos, levanta la abatida frente y no te

prosternes más delante de mí. El pecador, el flaco de voluntad, el

miserable, el sandio y el ridículo soy yo que no tú. Los ángeles y los

demonios deben reírse igualmente de mí y no tomarme por lo serio. He

sido un santo postizo, que no he sabido resistir y desengañarte desde el

principio, como hubiera sido justo; y ahora no acierto tampoco a ser un

caballero, un galán, un amante fino, que sabe agradecer en cuanto valen

los favores de su dama. No comprendo qué viste en mí para prendarte de

ese modo. Jamás hubo en mí virtud sólida, sino hojarasca y pedantería de

colegial, que había leído los libros devotos como quien lee novelas, y

con ellos se había forjado su novela necia de misiones y

contemplaciones. Si hubiera habido virtud sólida en mí, con tiempo te

hubiera desengañado y no hubiéramos pecado ni tú ni yo. La verdadera

virtud no cae tan fácilmente. A pesar de toda tu hermosura, a pesar de

tu talento, a pesar de tu amor hacia mí, no, yo no hubiera caído, si en

realidad hubiera sido virtuoso, si hubiera tenido una vocación

verdadera. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su gracia. Un

milagro, sin duda, algo de sobrenatural se requería para resistir a tu

amor; pero Dios hubiera hecho el milagro si yo hubiera sido digno objeto

y bastante razón para que le hiciera. Haces mal en aconsejarme que sea

sacerdote. Reconozco mi indignidad. No era más que orgullo lo que me

movía. Era una ambición mundana como otra cualquiera. ¡Qué digo como

otra cualquiera! Era peor: era una ambición hipócrita, sacrílega,

simoniaca.

--No te juzgues con tal dureza--replicó Pepita, ya más serena y

sonriendo a través de las lágrimas--. No deseo que te juzgues así, ni

para que no me halles tan indigna de ser tu compañera; pero quiero que

me elijas por amor, libremente, no para reparar una falta, no porque has

caído en un lazo que pérfidamente puedes sospechar que te he tendido.

Vete, si no me amas, si sospechas de mí, si no me estimas. No exhalarán

mis labios una queja, si para siempre me abandonas y no vuelves a

acordarte de mí...

La contestación de D. Luis no cabía ya en el estrecho y mezquino tejido

del lenguaje humano. Don Luis rompió el hilo del discurso de Pepita,

sellando los labios de ella con los suyos y abrazándola de nuevo.

* * * * *

Bastante más tarde, con previas toses y resonar de pies, entró Antoñona

en el despacho diciendo:

--¡Vaya una plática larga! Este sermón que ha predicado el colegial no

ha sido el de las siete palabras, sino que ha estado a punto de ser el

de las cuarenta horas. Tiempo es ya de que te vayas, don Luis. Son cerca

de las dos de la mañana.

--Bien está--dijo Pepita--, se irá al momento.

Antoñona volvió a salir del despacho, y aguardó fuera.

Pepita estaba transformada. Las alegrías que no había tenido en su

niñez, el gozo y el contento de que no había gustado en los primeros

años de su juventud, la bulliciosa actividad y travesura que una madre

adusta y un marido viejo habían contenido y como represado en ella hasta

entonces, se diría que brotaron de repente en su alma, como retoñan las

hojas verdes de los árboles, cuando las nieves y los hielos de un

invierno rigoroso y dilatado han retardado su germinación.

Una señora de ciudad, que conoce lo que llamamos _conveniencias sociales_,

hallará extraño y hasta censurable lo que voy a decir de Pepita; pero

Pepita, aunque elegante de suyo, era una criatura muy a lo natural, y en

quien no cabían la compostura disimulada y toda la circunspección que en

el gran mundo se estilan. Así es que, vencidos los obstáculos que se

oponían a su dicha, viendo ya rendido a D. Luis, teniendo su promesa

espontánea de que la tomaría por mujer legítima, y creyéndose con razón

amada, adorada, de aquél a quien amaba y adoraba tanto, brincaba y reía

y daba otras muestras de júbilo, que, en medio de todo, tenían mucho de

infantil y de inocente.

Era menester que D. Luis partiera. Pepita fue por un peine y le alisó

con amor los cabellos, besándoselos después.

Pepita le hizo mejor el lazo de la corbata.

--Adiós, dueño amado--le dijo--. Adiós, dulce rey de mi alma. Yo se lo

diré todo a tu padre, si tú no quieres atreverte. Él es bueno y nos

perdonará.

Al cabo los dos amantes se separaron.

* * * * *

Cuando Pepita se vio sola, su bulliciosa alegría se disipó, y su rostro

tomó una expresión grave y pensativa.

Pepita pensó dos cosas igualmente serias: una de interés mundano, otra

de más elevado interés. Lo primero en que pensó fue en que su conducta

de aquella noche, pasada la embriaguez del amor, pudiera perjudicarle en

el concepto de D. Luis. Pero hizo severo examen de conciencia, y,

reconociendo que ella no había puesto ni malicia, ni premeditación en

nada, y que cuanto hizo nació de un amor irresistible y de nobles

impulsos, consideró que don Luis no podía menospreciarla nunca, y se

tranquilizó por este lado. No obstante, aunque su confesión candorosa de

que no entendía el mero amor de los espíritus y aunque su fuga a lo

interior de la alcoba sombría había sido obra del instinto más inocente,

sin prever los resultados, Pepita no se negaba que había pecado después

contra Dios, y en este punto no hallaba disculpa. Encomendose, pues, de

todo corazón a la Virgen para que la perdonase: hizo promesa a la imagen

de la Soledad, que había en el convento de monjas, de comprar siete

lindas espadas de oro, de sutil y prolija labor, con que adornar su

pecho; y determinó ir a confesarse al día siguiente con el vicario y

someterse a la más dura penitencia que le impusiera para merecer la

absolución de aquellos pecados, merced a los cuales venció la terquedad

de D. Luis, quien de lo contrario hubiera llegado a ser cura, sin

remedio.

Mientras Pepita discurría así allá en su mente, y resolvía con tanto

tino sus negocios del alma, don Luis bajó hasta el zaguán, acompañado

por Antoñona.

Antes de despedirse dijo D. Luis sin preparación ni rodeos:

--Antoñona, tú que lo sabes todo, dime, quién es el conde de Genazahar y

qué clase de relaciones ha tenido con tu ama.

--Temprano empiezas a mostrarte celoso.

--No son celos; es curiosidad solamente.

--Mejor es así. Nada más fastidioso que los celos. Voy a satisfacer tu

curiosidad. Ese conde está bastante tronado. Es un perdido, jugador y

mala cabeza; pero tiene más vanidad que D. Rodrigo en la horca. Se

empeñó en que mi niña le quisiera y se casase con él, y como la niña le

ha dado mil veces calabazas, está que trina. Esto no impide que se

guarde por allá más de mil duros, que hace años le prestó don

Gumersindo, sin más hipoteca que un papelucho, por culpa y a ruegos de

Pepita, que es mejor que el pan. El tonto del conde creyó sin duda que

Pepita, que fue tan buena de casada que hizo que le diesen dinero, había

de ser de viuda tan rebuena para él que le había de tomar por marido.

Vino después el desengaño con la furia consiguiente.

--Adiós, Antoñona--dijo D. Luis y se salió a la calle, silenciosa ya y

sombría.

Las luces de las tiendas y puestos de la feria se habían apagado y la

gente se retiraba a dormir, salvo los amos de las tiendas de juguetes y

otros pobres buhoneros, que dormían al sereno al lado de sus mercancías.

En algunas rejas, seguían aún varios embozados, pertinaces e

incansables, pelando la pava con sus novias. La mayoría había

desaparecido ya.

En la calle, lejos de la vista de Antoñona, don Luis dio rienda suelta a

sus pensamientos. Su resolución estaba tomada, y todo acudía a su mente

a confirmar su resolución. La sinceridad y el ardor de la pasión que

había inspirado a Pepita, su hermosura, la gracia juvenil de su cuerpo y

la lozanía primaveral de su alma, se le presentaban en la imaginación y

le hacían dichoso.

Con cierta mortificación de la vanidad reflexionaba, no obstante, D.

Luis en el cambio que en él se había obrado. ¿Qué pensaría el deán? ¿Qué

espanto no sería el del obispo? Y sobre todo, ¿qué motivo tan grave de

queja no había dado D. Luis a su padre? Su disgusto, su cólera cuando

supiese el compromiso que ligaba a Luis con Pepita, se ofrecían al ánimo

de D. Luis y le inquietaban sobre manera.

En cuanto a lo que él llamaba su caída antes de caer, fuerza es confesar

que le parecía poco honda y poco espantosa después de haber caído. Su

misticismo, bien estudiado, con la nueva luz que acababa de adquirir, se

le antojó que no había tenido ser ni consistencia; que había sido un

producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de muchacho

y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente. Cuando recordaba que

a veces había creído recibir favores y regalos sobrenaturales, y había

oído susurros místicos y había estado en conversación interior, y casi

había empezado a caminar por la vía unitiva, llegando a la oración de

quietud, penetrando en el abismo del alma y subiendo al ápice de la

mente, D. Luis se sonreía y sospechaba que no había estado por completo

en su juicio. Todo había sido presunción suya. Ni él había hecho

penitencia, ni él había vivido largos años en contemplación, ni él tenía

ni había tenido merecimientos bastantes para que Dios le favoreciese con

distinciones tan altas. La mayor prueba que se daba a sí propio de todo

esto, la mayor seguridad de que los regalos sobrenaturales de que había

gozado eran sofísticos, eran simples recuerdos de los autores que leía,

nacía de que nada de eso había deleitado tanto su alma como un _te amo_ de

Pepita, como el toque delicadísimo de una mano de Pepita jugando con los

negros rizos de su cabeza.

Don Luis apelaba a otro género de humildad cristiana para justificar a

sus ojos lo que ya no quería llamar caída, sino cambio. Se confesaba

indigno de ser sacerdote, y se allanaba a ser lego, casado, vulgar, un

buen lugareño cualquiera, cuidando de las viñas y los olivos, criando a

sus hijos, pues ya los deseaba, y siendo modelo de maridos al lado de su

Pepita.

* * * * *

Aquí vuelvo yo, como responsable que soy de la publicación y divulgación

de esta historia, a creerme en la necesidad de interpolar varias

reflexiones y aclaraciones de mi cosecha.

Dije al empezar que me inclinaba a creer que esta parte narrativa o

_Paralipómenos_ era obra del señor deán, a fin de completar el cuadro y

acabar de relatar los sucesos que las cartas no relatan; pero entonces

aún no había yo leído con detención el manuscrito. Ahora, al notar la

libertad con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene

el autor para algunos deslices, dudo de que el señor deán, cuya rigidez

sé de buena tinta, haya gastado la de su tintero en escribir lo que el

lector habrá leído. Sin embargo, no hay bastante razón para negar que

sea el señor deán el autor de los _Paralipómenos_.

La duda queda en pie porque, en el fondo, nada hay en ellos que se

oponga a la verdad católica ni a la moral cristiana. Por el contrario,

si bien se examina, se verá que sale de todo una lección contra los

orgullosos y soberbios, con ejemplar escarmiento en la persona de D.

Luis. Esta historia pudiera servir sin dificultad de apéndice a los

_Desengaños místicos_ del Padre Arbiol.

En cuanto a lo que sostienen dos o tres amigos míos discretos, de que el

señor deán, a ser el autor, hubiera referido los sucesos de otro modo,

diciendo _mi sobrino_ al hablar de D. Luis, y poniendo sus consideraciones

morales de vez en cuando, no creo que es argumento de gran valer. El

señor deán se propuso contar lo ocurrido y no probar ninguna tesis, y

anduvo atinado en no meterse en dibujos y en no sacar moralejas. Tampoco

hizo mal, en mi sentir, en ocultar su personalidad y en no mentar su yo,

lo cual no sólo demuestra su humildad y modestia, sino buen gusto

literario, porque los poetas épicos y los historiadores, que deben

servir de modelo, no dicen yo, aunque hablen de ellos mismos y ellos

mismos sean héroes y actores de los casos que cuentan. Jenofonte

Ateniense, pongo por caso, no dice yo en su _Anábasis_, sino se nombra en

tercera persona cuando es menester, como si fuera uno el que escribió y

otro el que ejecutó aquellas hazañas. Y aun así, pasan no pocos

capítulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. Sólo poco antes de

darse la famosa batalla en que murió el joven Ciro, revistando este

príncipe a los griegos y bárbaros que formaban su ejército, y estando ya

cerca el de su hermano Artajerjes, que había sido visto desde muy lejos

en la extensa llanura sin árboles, primero como nubecilla blanca, luego

como mancha negra, y por último, con claridad y distinción, oyéndose el

relinchar de los caballos, el rechinar de los carros de guerra, armados

de truculentas hoces, el gruñir de los elefantes y el son de los

instrumentos bélicos, y viéndose el resplandor del bronce y del oro de

las armas iluminadas por el sol; sólo en aquel instante, digo, y no de

antemano, se muestra Jenofonte y habla con Ciro, saliendo de las filas y

explicándole el murmullo que corría entre los griegos, el cual no era

otro que lo que llamamos _santo y seña_ en el día, y que fue en aquella

ocasión _Júpiter salvador y Victoria_. El señor deán, que era un hombre de

gusto y muy versado en los clásicos, no había de incurrir en el error de

ingerirse y entreverarse en la historia a título de tío y ayo del héroe,

y de moler al lector saliendo a cada paso un tanto difícil y resbaladizo

con un _párate ahí_, con un ¿_qué haces_? ¡_mira no te caigas_, _desventurado_!

o con otras advertencias por el estilo. No chistar tampoco, ni oponerse

en alguna manera, hallándose presente, al menos en espíritu, sentaba mal

en algunos de los lances que van referidos. Por todo lo cual, a no

dudarlo, el señor deán, con la mucha discreción que le era propia, pudo

escribir estos _Paralipómenos_, sin dar la cara, como si dijéramos.

Lo que sí hizo fue poner glosas y comentarios de provechosa edificación,

cuando tal o cual pasaje lo requería; pero yo los suprimo aquí, porque

no están en moda las novelas anotadas o glosadas, y porque sería

voluminosa esta obrilla, si se imprimiese con los mencionados

requisitos.

Pondré, no obstante, en este lugar, como única excepción e incluyéndola

en el texto, la nota del señor deán, sobre la rápida transformación de

D. Luis de místico en no místico. Es curiosa la nota, y derrama mucha

luz sobre todo.

--Esta mudanza de mi sobrino--dice--, no me ha dado chasco. Yo la

preveía desde que me escribió las primeras cartas. Luisito me alucinó al

principio. Pensé que tenía una verdadera vocación, pero luego caí en la

cuenta de que era un vano espíritu poético; el misticismo fue la máquina

de sus poemas, hasta que se presentó otra máquina más adecuada.

¡Alabado sea Dios, que ha querido que el desengaño de Luisito llegue a

tiempo! ¡Mal clérigo hubiera sido si no acude tan en sazón Pepita

Jiménez! Hasta su impaciencia de alcanzar la perfección de un brinco

hubiera debido darme mala espina, si el cariño de tío no me hubiera

cegado. Pues qué, ¿los favores del cielo se consiguen enseguida? ¿No hay

más que llegar y triunfar? Contaba un amigo mío, marino, que cuando

estuvo en ciertas ciudades de América, era muy mozo, y pretendía a las

damas con sobrada precipitación, y que ellas le decían con un tonillo

lánguido americano:--¡Apenas llega y ya quiere!... ¡Haga méritos si

puede!--. Si esto pudieron decir aquellas señoras, ¿qué no dirá el cielo

a los audaces que pretenden escalarle sin méritos y en un abrir y cerrar

de ojos? Mucho hay que afanarse, mucha purificación se necesita, mucha

penitencia se requiere, para empezar a estar bien con Dios y a gozar de

sus regalos. Hasta en las vanas y falsas filosofías, que tienen algo de

místico, no hay don ni favor sobrenatural, sin poderoso esfuerzo y

costoso sacrificio. Jámblico no tuvo poder para evocar a los genios del

amor y hacerlos salir de la fuente de Edgadara, sin haberse antes

quemado las cejas a fuerza de estudio y sin haberse maltratado el cuerpo

con privaciones y abstinencias. Apolonio de Tiana se supone que se

maceró de lo lindo antes de hacer sus falsos milagros. Y en nuestros

días, los krausistas, que ven a Dios, según aseguran, con vista real,

tienen que leerse y aprenderse antes muy bien toda la _Analítica_ de Sanz

del Río, lo cual es más dificultoso y prueba más paciencia y sufrimiento

que abrirse las carnes a azotes y ponérselas como una breva madura. Mi

sobrino quiso de bóbilis-bóbilis ser un varón perfecto, y... ¡vean

ustedes en lo que ha venido a parar! Lo que importa ahora es que sea un

buen casado, y que, ya que no sirve para grandes cosas, sirva para lo

pequeño y doméstico, haciendo feliz a esa muchacha que al fin no tiene

otra culpa que la de haberse enamorado de él como una loca, con un

candor y un ímpetu selváticos.

* * * * *

Hasta aquí la nota del señor deán, escrita con desenfado íntimo, como

para él solo, pues bien ajeno estaba el pobre de que yo había de jugarle

la mala pasada de darla al público.

Sigamos ahora la narración.

* * * * *

Don Luis, en medio de la calle, a las dos de la noche, iba discurriendo,

como ya hemos dicho, en que su vida, que hasta allí había él soñado con

que fuese digna de la _Leyenda áurea_ se convirtiese en un suavísimo y

perpetuo idilio. No había sabido resistir las asechanzas del amor

terrenal; no había sido como un sinnúmero de santos, y entre ellos San

Vicente Ferrer con cierta lasciva señora valenciana; pero tampoco era

igual el caso; y si el salir huyendo de aquella daifa endemoniada fue en

San Vicente un acto de virtud heroica, en él hubiera sido el salir

huyendo del rendimiento, del candor y de la mansedumbre de Pepita, algo

de tan monstruoso y sin entrañas, como si cuando Ruth se acostó a los

pies de Booz, diciéndole Soy _tu esclava_; _extiende tu capa sobre tu

sierva_, Booz le hubiera dado un puntapié y la hubiera mandado a paseo.

D. Luis, cuando Pepita se le rendía, tuvo pues que imitar a Booz y

exclamar: _Hija_, _bendita seas del Señor_, _que has excedido tu primera

bondad con ésta de ahora_. Así se disculpaba D. Luis de no haber imitado

a San Vicente y a otros santos no menos ariscos. En cuanto al mal éxito

que tuvo la proyectada imitación de San Eduardo, también trataba de

cohonestarle y disculparle. San Eduardo se casó por razón de Estado,

porque los grandes del reino lo exigían, y sin inclinación hacia la

reina Edita; pero en él y en Pepita Jiménez no había razón de Estado, ni

grandes ni pequeños, sino amor finísimo de ambas partes.

De todos modos no se negaba D. Luis, y esto prestaba a su contento un

leve tinte de melancolía, que había destruido su ideal; que había sido

vencido. Los que jamás tienen ni tuvieron ideal alguno no se apuran por

esto; pero D. Luis se apuraba. D. Luis pensó desde luego en sustituir el

antiguo y encumbrado ideal con otro más humilde y fácil. Y si bien

recordó a D. Quijote, cuando vencido por el caballero de la Blanca Luna

decidió hacerse pastor, maldito el efecto que le hizo la burla, sino que

pensó en renovar con Pepita Jiménez, en nuestra edad prosaica y

descreída, la edad venturosa y el piadosísimo ejemplo de Filemón y de

Baucis, tejiendo un dechado de vida patriarcal en aquellos campos

amenos; fundando en el lugar que le vio nacer un hogar doméstico lleno

de religión, que fuese a la vez asilo de menesterosos, centro de cultura

y de amistosa convivencia, y limpio espejo donde pudieran mirarse las

familias; y uniendo por último el amor conyugal con el amor de Dios,

para que Dios santificase y visitase la morada de ellos, haciéndola como

templo, donde los dos fuesen ministros y sacerdotes, hasta que

dispusiese el cielo llevárselos juntos a mejor vida.

Al logro de todo ello se oponían dos dificultades que era menester

allanar antes, y D. Luis se preparaba a allanarlas.

Era una el disgusto, quizás el enojo de su padre, a quien había

defraudado en sus más caras esperanzas. Era la otra dificultad de muy

diversa índole y en cierto modo más grave.

Don Luis, cuando iba a ser clérigo, estuvo en su papel no defendiendo a

Pepita de los groseros insultos del conde de Genazahar, sino con

discursos morales, y no tomando venganza de la mofa y desprecio con que

tales discursos fueron oídos. Pero, ahorcados ya los hábitos, y teniendo

que declarar en seguida que Pepita era su novia y que iba a casarse con

ella, D. Luis, a pesar de su carácter pacífico, de sus ensueños de

humana ternura, y de las creencias religiosas que en su alma quedaban

íntegras, y que repugnaban todo medio violento, no acertaba a compaginar

con su dignidad el abstenerse de romper la crisma al conde

desvergonzado. De sobra sabía que el duelo es usanza bárbara; que Pepita

no necesitaba de la sangre del conde para quedar limpia de todas las

manchas de la calumnia, y hasta que el mismo conde, por mal criado y por

bruto, y no porque lo creyese, ni quizás por un rencor desmedido, había

dicho tanto denuesto. Sin embargo, a pesar de todas estas reflexiones,

D. Luis conocía que no se sufriría a sí propio durante toda su vida, y

que por consiguiente no llegaría a hacer nunca a gusto el papel de

Filemón, si no empezaba por hacer el de Fierabrás, dando al conde su

merecido, si bien pidiendo a Dios que no le volviese a poner en otra

ocasión semejante.

Decidido, pues, al lance, resolvió llevarle a cabo enseguida. Y

pareciéndole feo y ridículo enviar padrinos, y hacer que trajesen en

boca el honor de Pepita, halló lo más razonable buscar camorra con

cualquier otro pretexto.

Supuso además que el conde, forastero y vicioso jugador, sería muy

posible que estuviese aún en el casino hecho un tahúr, a pesar de lo

avanzado de la noche, y D. Luis se fue derecho al casino.

El casino permanecía abierto, pero las luces del patio y de los salones

estaban casi todas apagadas. Sólo en un salón había luz. Allí se dirigió

don Luis, y desde la puerta vio al conde de Genazahar, que jugaba al

monte, haciendo de banquero. Cinco personas nada más apuntaban; dos eran

forasteros como el conde; las otras tres eran el capitán de caballería

encargado de la remonta, Currito y el médico. No podían disponerse las

cosas más al intento de D. Luis. Sin ser visto, por lo afanados que

estaban en el juego, D. Luis los vio, y apenas los vio, volvió a salir

del casino, y se fue rápidamente a su casa. Abrió un criado la puerta;

preguntó D. Luis por su padre, y sabiendo que dormía, para que no le

sintiera ni se despertara, subió D. Luis de puntillas a su cuarto con

una luz, recogió unos tres mil reales que tenía de su peculio, en oro, y

se los guardó en el bolsillo. Dijo después al criado que le volviese a

abrir, y se fue al casino otra vez.

Entonces entró D. Luis en el salón donde jugaban, dando taconazos

recios, con estruendo y con aire de taco, como suele decirse. Los

jugadores se quedaron pasmados al verle.

--¡Tú por aquí a estas horas!--dijo Currito.

--¿De dónde sale Vd., curita?--dijo el médico.

--¿Viene Vd. a echarme otro sermón?--exclamó el conde.

--Nada de sermones--contestó D. Luis con mucha calma--. El mal efecto

que surtió el último que prediqué me ha probado con evidencia que Dios

no me llama por ese camino, y ya he elegido otro. Vd., señor conde, ha

hecho mi conversión. He ahorcado los hábitos; quiero divertirme, estoy

en la flor de la mocedad y quiero gozar de ella.

--Vamos, me alegro--interrumpió el conde--; pero cuidado, niño, que si

la flor es delicada, puede marchitarse y deshojarse temprano.

--Ya de eso cuidaré yo--replicó D. Luis--. Veo que se juega. Me siento

inspirado. Vd. talla. ¿Sabe Vd., señor conde, que tendría chiste que yo

le desbancase?

--Tendría chiste, ¿eh? ¡Vd. ha cenado fuerte!

--He cenado lo que me ha dado la gana.

--Respondonzuelo se va haciendo el mocito.

--Me hago lo que quiero.

--Voto va...--dijo el conde, y ya se sentía venir la tempestad, cuando

el capitán se interpuso y la paz se restableció por completo.

--Ea--dijo el conde, sosegado y afable--, desembaúle Vd. los dinerillos

y pruebe fortuna.

Don Luis se sentó a la mesa y sacó del bolsillo todo su oro. Su vista

acabó de serenar al conde, porque casi excedía aquella suma a la que

tenía él de banca, y ya imaginaba que iba a ganársela al novato.

--No hay que calentarse mucho la cabeza en este juego--dijo D. Luis--.

Ya me parece que le entiendo. Pongo dinero a una carta, y si sale la

carta, gano, y si sale la contraria, gana Vd.

--Así es, amiguito; tiene Vd. un entendimiento macho.

--Pues lo mejor es que no tengo sólo macho el entendimiento, sino

también la voluntad; y con todo, en el conjunto, disto bastante de ser

un macho, como hay tantos por ahí.

--¡Vaya si viene Vd. parlanchín y si saca alicantinas!

Don Luis se calló: jugó unas cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna,

que ganó casi siempre.

El conde comenzó a cargarse.

--¿Si me desplumará el niño?--dijo--, Dios protege la inocencia.

Mientras que el conde se amostazaba, D. Luis sintió cansancio y fastidio

y quiso acabar de una vez.

--El fin de todo esto--dijo--es ver si yo me llevo esos dineros o si Vd.

se lleva los míos. ¿No es verdad, señor conde?

--Es verdad.

--Pues ¿para qué hemos de estar aquí en vela toda la noche? Ya va siendo

tarde, y siguiendo su consejo de Vd. debo recogerme para que la flor de

mi mocedad no se marchite.

--¿Qué es eso? ¿Se quiere Vd. largar? ¿Quiere Vd. tomar el olivo?

--Yo no quiero tomar olivo ninguno. Al contrario. Curro, dime tú: aquí,

en este montón de dinero, ¿no hay más que en la banca?

Currito miró, y contestó:

--Es indudable.

--¿Cómo explicaré--preguntó D. Luis--, que juego en un golpe cuanto hay

en la banca contra otro tanto?

--Eso se explica--respondió Currito--, diciendo: ¡copo!

--Pues, copo--dijo D. Luis dirigiéndose al conde--; va el copo y la red

en este rey de espadas, cuyo compañero hará de seguro su epifanía antes

que su enemigo el tres.

El conde que tenía todo su capital mueble en la banca, se asustó al

verle comprometido de aquella suerte; pero no tuvo más que aceptar.

Es sentencia del vulgo que los afortunados en amores son desgraciados al

juego: pero más cierta parece la contraria afirmación. Cuando acude la

buena dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude.

El conde fue tirando cartas, y no salía ningún tres. Su emoción era

grande, por más que lo disimulaba. Por último, descubrió por la pinta el

rey de copas, y se detuvo.

--Tire Vd.--dijo el capitán.

--No hay para qué. El rey de copas. ¡Maldito sea! El curita me ha

desplumado. Recoja Vd. el dinero.

El conde echó con rabia la baraja sobre la mesa.

Pepita Jiménez · 第 10 / 15 题