Paralipómenos

No hay más cartas de D. Luis de Vargas que las que hemos transcrito. Nos

quedaríamos, pues, sin averiguar el término que tuvieron estos amores, y

esta sencilla y apasionada historia no acabaría, si un sujeto,

perfectamente enterado de todo, no hubiese compuesto la relación que

sigue.

* * * * *

Nadie extrañó en el lugar la indisposición de Pepita, ni menos pensó en

buscarle una causa que sólo nosotros, ella, D. Luis, el señor deán y la

discreta Antoñona, sabemos hasta lo presente.

Más bien hubieran podido extrañarse la vida alegre, las tertulias

diarias y hasta los paseos campestres de Pepita, durante algún tiempo.

El que volviese Pepita a su retiro habitual era naturalísimo.

Su amor por D. Luis, tan silencioso y tan reconcentrado, se ocultó a las

miradas investigadoras de doña Casilda, de Currito y de todos los

personajes del lugar que en las cartas de don Luis se nombran. Menos

podía saberlo el vulgo. A nadie le cabía en la cabeza, a nadie le pasaba

por la imaginación, que el _teólogo_, _el santo_, como llamaban a D. Luis,

rivalizase con su padre, y hubiera conseguido lo que no había conseguido

el terrible y poderoso D. Pedro de Vargas: enamorar a la linda,

elegante, esquiva y zahareña viudita.

A pesar de la familiaridad que las señoras de lugar tienen con sus

criadas, Pepita nada había dejado traslucir a ninguna de las suyas. Sólo

Antoñona, que era un lince para todo, y más aún para las cosas de su

niña, había penetrado el misterio.

Antoñona no calló a Pepita su descubrimiento, y Pepita no acertó a negar

la verdad a aquella mujer que la había criado, que la idolatraba, y que,

si bien se complacía en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo,

siendo modelo de maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para lo

que importaba a su dueño.

De esta suerte se hizo Antoñona la confidenta de Pepita, la cual hallaba

gran consuelo en desahogar su corazón con quien, si era vulgar o grosera

en la expresión o en el lenguaje, no lo era en los sentimientos y en las

ideas que expresaba y formulaba.

Por lo dicho se explican las visitas de Antoñona a D. Luis, sus

palabras, y hasta los feroces, poco respetuosos y mal colocados

pellizcos, con que maceró sus carnes y atormentó su dignidad la última

vez que estuvo a verle.

Pepita, no sólo no había excitado a Antoñona a que fuese a D. Luis con

embajadas, pero ni sabía siquiera que hubiese ido.

Antoñona había tomado la iniciativa y había hecho papel en este asunto,

porque así lo quiso.

Como ya se dijo, se había enterado de todo con perspicacia maravillosa.

Cuando la misma Pepita apenas se había dado cuenta de que amaba a D.

Luis, ya Antoñona lo sabía. Apenas empezó Pepita a lanzar sobre él

aquellas ardientes, furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozo

hicieron, miradas que nadie sorprendió de los que estaban presentes,

Antoñona, que no lo estaba, habló a Pepita de las miradas. Y no bien las

miradas recibieron dulce pago, también lo supo Antoñona.

Poco tuvo, pues, la señora que confiar a una criada tan penetrante y tan

zahorí de cuanto pasaba en lo más escondido de su pecho.

* * * * *

A los cinco días de la fecha de la última carta que hemos leído, empieza

nuestra narración.

Eran las once de la mañana. Pepita estaba en una sala alta al lado de su

alcoba y de su tocador, donde nadie, salvo Antoñona, entraba jamás sin

que llamase ella.

Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero cómodos y aseados.

Las cortinas y el forro de los sillones, sofás y butacas, eran de tela

de algodón pintada de flores; sobre una mesita de caoba había recado de

escribir y papeles; y en un armario, de caoba también, bastantes libros

de devoción y de historia. Las paredes se veían adornadas con cuadros,

que eran estampas de asuntos religiosos; pero con el buen gusto,

inaudito, raro, casi inverosímil en un lugar de Andalucía, de que dichas

estampas no fuesen malas litografías francesas, sino grabados de nuestra

Calcografía, como el Pasmo de Sicilia de Rafael, el San Ildefonso y la

Virgen, la Concepción, el San Bernardo y los dos medios puntos de

Murillo.

Sobre una antigua mesa de roble, sostenida por columnas salomónicas, se

veía un contadorcillo o papelera con embutidos de concha, nácar, marfil

y bronce, y muchos cajoncitos, donde guardaba Pepita cuentas y otros

documentos. Sobre la misma mesa había dos vasos de porcelana con muchas

flores. Colgadas en la pared había por último, algunas macetas de loza

de la Cartuja sevillana, con geranio-hiedra y otras plantas, y tres

jaulas doradas con canarios y jilgueros.

Aquella sala era el retiro de Pepita, donde no entraban de día sino el

médico y el padre vicario, y donde a prima noche entraba sólo el

aperador a dar sus cuentas. Aquella sala era y se llamaba el despacho.

Pepita estaba sentada, casi recostada en un sofá, delante del cual había

un velador pequeño con varios libros.

Se acababa de levantar, y vestía una ligera bata de verano. Su cabello

rubio, mal peinado aún, parecía más hermoso en su mismo desorden. Su

cara, algo pálida y con ojeras, si bien llena de juventud, lozanía y

frescura, parecía más bella con el mal que le robaba colores.

Pepita mostraba impaciencia; aguardaba a alguien.

Al fin llegó y entró sin anunciarse la persona que aguardaba, que era el

padre vicario.

Después de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario en

una butaca al lado de Pepita, se entabló la conversación.

* * * * *

--Me alegro, hija mía, de que me hayas llamado; pero sin que te hubieras

molestado en llamarme, ya iba yo a venir a verte. ¡Qué pálida estás!

¿Qué padeces? ¿Tienes algo importante que decirme?

A esta serie de preguntas cariñosas, empezó a contestar Pepita con un

hondo suspiro. Después dijo:

--¿No adivina Vd. mi enfermedad? ¿No descubre Vd. la causa de mi

padecimiento?

El vicario se encogió de hombros y miró a Pepita con cierto susto,

porque nada sabía, y le llamaba la atención la vehemencia con que ella

se expresaba.

Pepita prosiguió:

--Padre mío, yo no debí llamar a Vd., sino ir a la iglesia y hablar con

Vd. en el confesonario, y allí confesar mis pecados. Por desgracia no

estoy arrepentida; mi corazón se ha endurecido en la maldad, y no he

tenido valor ni me he hallado dispuesta para hablar con el confesor,

sino con el amigo.

--¿Qué dices de pecados, ni de dureza de corazón? ¿Estás loca? ¿Qué

pecados han de ser los tuyos, si eres tan buena?

--No, padre, yo soy mala. He estado engañando a Vd., engañándome a mí

misma, queriendo engañar a Dios.

--Vamos, cálmate, serénate; habla con orden y con juicio para no decir

disparates.

--¿Y cómo no decirlos, cuando el espíritu del mal me posee?

--¡Ave María Purísima! Muchacha, no desatines. Mira, hija mía: tres son

los demonios más temibles que se apoderan de las almas, y ninguno de

ellos, estoy seguro, se puede haber atrevido a llegar hasta la tuya. El

uno es Leviatán, o el espíritu de la soberbia; el otro Mamón, o el

espíritu de la avaricia; el otro Asmodeo, o el espíritu de los amores

impuros.

--Pues de los tres soy víctima: los tres me dominan.

--¡Qué horror!... Repito que te calmes. De lo que tú eres víctima es de

un delirio.

--¡Pluguiese a Dios que así fuera! Es por mi culpa lo contrario. Soy

avarienta, porque poseo cuantiosos bienes y no hago las obras de caridad

que debiera hacer; soy soberbia, porque he despreciado a muchos hombres,

no por virtud, no por honestidad, sino porque no los hallaba acreedores

a mi cariño. Dios me ha castigado; Dios ha permitido que ese tercer

enemigo, de que Vd. habla, se apodere de mí.

--¿Cómo es eso, muchacha? ¿Qué diablura se te ocurre? ¿Estás enamorada

quizás? Y si lo estás, ¿qué mal hay en ello? ¿No eres libre? Cásate,

pues, y déjate de tonterías. Seguro estoy de que mi amigo D. Pedro de

Vargas ha hecho el milagro. ¡El demonio es el tal D. Pedro! Te declaro

que me asombra. No juzgaba yo el asunto tan mollar y tan maduro como

estaba.

--Pero si no es D. Pedro de Vargas de quien estoy enamorada.

--¿Pues de quién entonces?

Pepita se levantó de su asiento; fue hacia la puerta; la abrió; miró

para ver si alguien escuchaba desde fuera; la volvió a cerrar; se acercó

luego al padre vicario, y toda acongojada, con voz trémula, con lágrimas

en los ojos, dijo casi al oído del buen anciano:

--Estoy perdidamente enamorada de su hijo.

--¿De qué hijo?--interrumpió el padre vicario, que aún no quería

creerlo.

--¿De qué hijo ha de ser? Estoy perdida, frenéticamente enamorada de D.

Luis.

La consternación, la sorpresa más dolorosa se pintó en el rostro del

cándido y afectuoso sacerdote.

Hubo un momento de pausa. Después dijo el vicario:

--Pero ese es un amor sin esperanza: un amor imposible. D. Luis no te

querrá.

Por entre las lágrimas que nublaban los hermosos ojos de Pepita, brilló

un alegre rayo de luz; su linda y fresca boca, contraída por la

tristeza, se abrió con suavidad, dejando ver las perlas de sus dientes y

formando una sonrisa.

--Me quiere--dijo Pepita con un ligero y mal disimulado acento de

satisfacción y de triunfo, que se alzaba por cima de su dolor y de sus

escrúpulos.

Aquí subieron de punto la consternación y el asombro del padre vicario.

Si el santo de su mayor devoción hubiera sido arrojado del altar y

hubiera caído a sus pies, y se hubiera hecho cien mil pedazos, no se

hubiera el vicario consternado tanto. Todavía miró a Pepita con

incredulidad, como dudando de que aquello fuese cierto y no una

alucinación de la vanidad mujeril. Tan de firme creía en la santidad de

D. Luis y en su misticismo.

--¡Me quiere!--dijo otra vez Pepita, contestando a aquella incrédula

mirada.

--¡Las mujeres son peores que pateta!--dijo el vicario--. Echáis la

zancadilla al mismísimo mengue.

--¿No se lo decía yo a Vd.? ¡Yo soy muy mala!

--¡Sea todo por Dios! Vamos, sosiégate. La misericordia de Dios es

infinita. Cuéntame lo que ha pasado.

--¡Qué ha de haber pasado! Que le quiero, que le amo, que le adoro; que

él me quiere también, aunque lucha por sofocar su amor y tal vez lo

consiga; y que Vd., sin saberlo, tiene mucha culpa de todo.

--¡Pues no faltaba más! ¿Cómo es eso de que tengo yo mucha culpa?

--Con la extremada bondad que le es propia, no ha hecho Vd. más que

alabarme a D. Luis, y tengo por cierto que a D. Luis le habrá Vd. hecho

de mí mayores elogios aún, si bien harto menos merecidos. ¿Qué había de

suceder? ¿Soy yo de bronce? ¿Tengo más de veinte años?

--Tienes razón que te sobra. Soy un mentecato. He contribuido

poderosamente a esta obra de Lucifer.

El padre vicario era tan bueno y tan humilde que, al decir las

anteriores frases, estaba confuso y contrito, como si él fuese el reo y

Pepita el juez.

Conoció Pepita el egoísmo rudo con que había hecho cómplice y punto

menos que autor principal de su falta al padre vicario, y le habló de

esta suerte:

--No se aflija Vd., padre mío; no se aflija usted, por amor de Dios.

¡Mire Vd. si soy perversa! ¡Cometo pecados gravísimos y quiero hacer

responsable de ellos al mejor y más virtuoso de los hombres! No han sido

las alabanzas que Vd. me ha hecho de D. Luis sino mis ojos y mi poco

recato los que me han perdido. Aunque Vd. no me hubiera hablado jamás de

las prendas de D. Luis, de su saber, de su talento y de su entusiasta

corazón, yo lo hubiera descubierto todo oyéndole hablar, pues al cabo no

soy tan tonta ni tan rústica. Me he fijado además en la gallardía de su

persona, en la natural distinción y no aprendida elegancia de sus

modales, en sus ojos llenos de fuego y de inteligencia, en todo él, en

suma, que me parece amable y deseable. Los elogios de Vd. han venido

sólo a lisonjear mi gusto, pero no a despertarle. Me han encantado

porque coincidían con mi parecer y eran como el eco adulador, harto

amortiguado y debilísimo, de lo que yo pensaba. El más elocuente encomio

que me ha hecho Vd. de D. Luis no ha llegado, ni con mucho, al encomio

que sin palabras me hacía yo de él a cada minuto, a cada segundo, dentro

del alma.

--¡No te exaltes, hija mía!--interrumpió el padre vicario.

Pepita continuó con mayor exaltación:

--¡Pero qué diferencia entre los encomios de usted y mis pensamientos!

Vd. veía y trazaba en don Luis el modelo ejemplar del sacerdote, del

misionero, del varón apostólico; ya predicando el Evangelio en apartadas

regiones y convirtiendo infieles, ya trabajando en España para realzar

la cristiandad, tan perdida hoy por la impiedad de los unos y la

carencia de virtud, de caridad y de ciencia de los otros. Yo, en cambio,

me le representaba galán, enamorado, olvidando a Dios por mí,

consagrándome su vida, dándome su alma, siendo mi apoyo, mi sostén, mi

dulce compañero. Yo anhelaba cometer un robo sacrílego. Soñaba con

robársele a Dios y a su templo, como el ladrón, enemigo del cielo, que

roba la joya más rica de la venerada Custodia. Para cometer este robo he

desechado los lutos de la viudez y de la orfandad y me he vestido galas

profanas; he abandonado mi retiro y he buscado y llamado a mí a las

gentes; he procurado estar hermosa; he cuidado con infernal esmero de

todo este cuerpo miserable, que ha de hundirse en la sepultura y ha de

convertirse en polvo vil; y he mirado, por último, a D. Luis con miradas

provocantes, y al estrechar su mano he querido transmitir de mis venas a

las suyas este fuego inextinguible en que me abraso.

--¡Ay, niña, niña! ¡Qué pena me da lo que te oigo! ¡Quién lo hubiera

podido imaginar siquiera!

--Pues hay más todavía--añadió Pepita--. Logré que D. Luis me amase. Me

lo declaraba con los ojos. Sí; su amor era tan profundo, tan ardiente

como el mío. Su virtud, su aspiración a los bienes eternos, su esfuerzo

varonil trataban de vencer esta pasión insana. Yo he procurado

impedirlo. Una vez, después de muchos días que faltaba de esta casa,

vino a verme y me halló sola. Al darme la mano lloré; sin hablar me

inspiró el infierno una maldita elocuencia muda, y le di a entender mi

dolor porque me desdeñaba, porque no me quería, porque prefería a mi

amor otro amor sin mancilla. Entonces no supo él resistir a la tentación

y acerco su boca a mi rostro para secar mis lágrimas. Nuestras bocas se

unieron. Si Dios no hubiera dispuesto que llegase Vd. en aquel instante,

¿qué hubiera sido de mí?

--¡Qué vergüenza, hija mía! ¡Qué vergüenza!--dijo el padre vicario.

Pepita se cubrió el rostro con entrambas manos y empezó a sollozar como

una Magdalena. Las manos eran, en efecto, tan bellas, más bellas que lo

que D. Luis había dicho en sus cartas. Su blancura, su transparencia

nítida, lo afilado de los dedos, lo sonrosado, pulido y brillante de las

uñas de nácar, todo era para volver loco a cualquier hombre.

El virtuoso vicario comprendió, a pesar de sus ochenta años, la caída o

tropiezo de D. Luis.

--¡Muchacha--exclamó--, no seas extremosa! ¡No me partas el corazón!

Tranquilízate. D. Luis se ha arrepentido, sin duda, de su pecado.

Arrepiéntete tú también, y se acabó. Dios os perdonará y os hará unos

santos. Cuando D. Luis se va pasado mañana, clara señal es de que la

virtud ha triunfado en él, huye de ti, como debe, para hacer penitencia

de su pecado, cumplir su promesa y acudir a su vocación.

--Bueno está eso--replicó Pepita--; cumplir su promesa... acudir a su

vocación... ¡y matarme a mí antes! ¿Por qué me ha querido, por qué me ha

engreído, por qué me ha engañado? Su beso fue marca, fue hierro candente

con que me señaló y selló como a su esclava. Ahora, que estoy marcada y

esclavizada, me abandona, y me vende, y me asesina. ¡Feliz principio

quiere dar a sus misiones, predicaciones y triunfos evangélicos! ¡No

será! ¡Vive Dios que no será!

Este arranque de ira y de amoroso despecho aturdió al padre vicario.

Pepita se había puesto de pie. Su ademán, su gesto tenían una animación

trágica. Fulguraban sus ojos como dos puñales; relucían como dos soles.

El vicario callaba y la miraba casi con terror. Ella recorrió la sala a

grandes pasos. No parecía ya tímida gacela, sino iracunda leona.

--Pues qué--dijo encarándose de nuevo con el padre vicario--, ¿no hay

más que burlarse de mí, destrozarme el corazón, humillármele,

pisoteármele después de habérmelo robado por engaño? ¡Se acordará de mí!

¡Me la pagará! Si es tan santo, si es tan virtuoso, ¿por qué me miro

prometiéndomelo todo con su mirada? Si ama tanto a Dios, ¿por qué hace

mal a una pobre criatura de Dios? ¿Es esto caridad? ¿Es religión esto?

No; es egoísmo sin entrañas.

La cólera de Pepita no podía durar mucho. Dichas las últimas palabras,

se trocó en desfallecimiento. Pepita se dejó caer en una butaca,

llorando más que antes, con una verdadera congoja.

El vicario sintió la más tierna compasión; pero recobró su brío al ver

que el enemigo se rendía.

--Pepita, niña--dijo--, vuelve en ti: no te atormentes de ese modo.

Considera que él habrá luchado mucho para vencerse; que no te ha

engañado; que te quiere con toda el alma, pero que Dios y su obligación

están antes. Esta vida es muy breve y pronto se pasa. En el cielo os

reuniréis y os amaréis como se aman los ángeles. Dios aceptará vuestro

sacrificio y os premiará y recompensará con usura. Hasta tu amor propio

debe estar satisfecho. ¡Qué no valdrás tú cuando has hecho vacilar y aun

pecar a un hombre como D. Luis! ¡Cuán honda herida no habrás logrado

hacer en su corazón! Bástete con esto. ¡Sé generosa; sé valiente!

Compite con él en firmeza. Déjale partir; lanza de tu pecho el fuego del

amor impuro; ámale como a tu prójimo, por el amor de Dios. Guarda su

imagen en tu mente, pero como la criatura predilecta, reservando al

Creador la más noble parte del alma. No sé lo que te digo, hija mía,

porque estoy muy turbado; pero tú tienes mucho talento y mucha

discreción, y me comprendes por medias palabras. Hay además motivos

mundanos poderosos que se opondrían a estos absurdos amores, aunque la

vocación y promesa de D. Luis no se opusieran. Su padre te pretende;

aspira a tu mano, por más que tú no le ames. ¿Estará bien visto que

salgamos ahora con que el hijo es rival del padre? ¿No se enojará el

padre contra el hijo por amor tuyo? Mira cuán horrible es todo esto, y

domínate por Jesús Crucificado y por su bendita Madre María Santísima.

--¡Qué fácil es dar consejos!--contestó Pepita sosegándose un poco--.

¡Qué difícil me es seguirlos, cuando hay como una fiera y desencadenada

tempestad en mi cabeza! ¡Si me da miedo de volverme loca!

--Los consejos que te doy son por tu bien. Deja que D. Luis se vaya. La

ausencia es gran remedio para el mal de amores. Él sanará de su pasión

entregándose a sus estudios y consagrándose al altar. Tú, así que esté

lejos D. Luis, irás poco a poco serenándote, y conservarás de él un

grato y melancólico recuerdo, que no te hará daño. Será como una hermosa

poesía que dorará con su luz tu existencia. Si todos tus deseos pudieran

cumplirse... ¿quién sabe?... Los amores terrenales son poco

consistentes. El deleite que la fantasía entrevé, con gozarlos y

apurarlos hasta las heces, nada vale comparado con los amargos dejos.

¡Cuánto mejor es que vuestro amor, apenas contaminado y apenas

impurificado, se pierda y se evapore ahora, subiendo al cielo como nube

de incienso, que no el que muera, una vez satisfecho, a manos del

hastío! Ten valor para apartar la copa de tus labios, cuando apenas has

gustado el licor que contiene. Haz con ese licor una libación y una

ofrenda al Redentor divino. En cambio, te dará él de aquella bebida que

ofreció a la Samaritana; bebida que no cansa, que satisface la sed y que

produce vida eterna.

--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Qué bueno es usted! Sus santas palabras me

prestan valor. Yo me dominaré; yo me venceré. Sería bochornoso, ¿no es

verdad que sería bochornoso que D. Luis supiera dominarse y vencerse, y

yo fuera liviana y no me venciera? Que se vaya. Se va pasado mañana.

Vaya bendito de Dios. Mire Vd. su tarjeta. Ayer estuvo a despedirse con

su padre y no le he recibido. Ya no le veré más. No quiero conservar ni

el recuerdo poético de que Vd. habla. Estos amores han sido una

pesadilla. Yo la arrojaré lejos de mí.

--¡Bien, muy bien! Así te quiero yo, enérgica, valiente.

--¡Ay, padre mío! Dios ha derribado mi soberbia con este golpe; mi

engreimiento era insolentísimo, y han sido indispensables los desdenes

de ese hombre para que sea yo todo lo humilde que debo. ¿Puedo estar más

postrada ni más resignada? Tiene razón D. Luis: yo no le merezco. ¿Cómo,

por más esfuerzos que hiciera, habría yo de elevarme hasta él, y

comprenderle, y poner en perfecta comunicación mi espíritu con el suyo?

Yo soy zafia aldeana, inculta, necia; él no hay ciencia que no

comprenda, ni arcano que ignore, ni esfera encumbrada del mundo

intelectual a donde no suba. Allá se remonta en alas de su genio, y a

mí, pobre y vulgar mujer, me deja por acá, en este bajo suelo, incapaz

de seguirle ni siquiera con una levísima esperanza y con mis

desconsolados suspiros.

--Pero Pepita, por los clavos de Cristo, no digas eso ni lo pienses. ¡Si

D. Luis no te desdeña por zafia, ni porque es muy sabio y tú no le

entiendes, ni por esas majaderías que ahí estás ensartando! Él se va

porque tiene que cumplir con Dios; y tú debes alegrarte de que se vaya,

porque sanarás del amor, y Dios te dará el premio de tan grande

sacrificio.

Pepita, que ya no lloraba y que se había enjugado las lágrimas con el

pañuelo, contestó tranquila:

--Está bien, padre; yo me alegraré; casi me alegro ya de que se vaya.

Deseando estoy que pase el día de mañana, y que, pasado, venga Antoñona

a decirme cuando yo despierte: «Ya se fue D. Luis». Vd. verá cómo

renacen entonces la calma y la serenidad antigua en mi corazón.

--Así sea--dijo el padre vicario, y convencido de que había hecho un

prodigio y de que había curado casi el mal de Pepita, se despidió de

ella, y se fue a su casa, sin poder resistir ciertos estímulos de

vanidad al considerar la influencia que ejercía sobre el noble espíritu

de aquella preciosa muchacha.

* * * * *

Pepita, que se había levantado para despedir al padre vicario, no bien

volvió a cerrar la puerta y quedó sola, de pie, en medio de la estancia,

permaneció un rato inmóvil, con la mirada fija, aunque sin fijarla en

ningún objeto, y con los ojos sin lágrimas. Hubiera recordado a un poeta

o a un artista la figura de Ariadna, como la describe Catulo, cuando

Teseo la abandonó en la isla de Naxos. De repente, como si lograse

desatar un nudo que le apretaba la garganta, como si quebrase un cordel

que la ahogaba, rompió Pepita en lastimeros gemidos, vertió un raudal de

llanto, y dio con su cuerpo, tan lindo y delicado, sobre las losas frías

del pavimento. Allí, cubierta la cara con las manos, desatada ya la

trenza de sus cabellos, y en desorden la vestidura, continuó en sus

sollozos y en sus gemidos.

Así hubiera seguido largo tiempo, si no llega Antoñona. Antoñona la oyó

gemir, antes de entrar y verla, y se precipitó en la sala. Cuando la vio

tendida en el suelo, hizo Antoñona mil extremos de furor.

--¡Vea Vd.--dijo--, ese zángano, pelgar, vejete, tonto, que maña se da

para consolar a sus amigas! Habrá largado alguna barbaridad, algún buen

par de coces a esta criaturita de mi alma, y me la ha dejado aquí medio

muerta, y él se ha vuelto a la iglesia, a preparar lo conveniente para

cantarla el gorigori, y rociarla con el hisopo y enterrármela sin más ni

más.

Antoñona tendría cuarenta años, y era dura en el trabajo, briosa y más

forzuda que muchos cavadores. Con frecuencia levantaba poco menos que a

pulso una corambre con tres arrobas y media de aceite o de vino y la

plantaba sobre el lomo de un mulo, o bien cargaba con un costal de trigo

y lo subía al alto desván, donde estaba el granero. Aunque Pepita no

fuese una paja, Antoñona la alzó del suelo en sus brazos, como si lo

fuera, y la puso con mucho tiento sobre el sofá, como quien coloca la

alhaja más frágil y primorosa para que no se quiebre.

--¿Qué soponcio es éste?--preguntó Antoñona--. Apuesto cualquier cosa a

que este zanguango de vicario te ha echado un sermón de acíbar y te ha

destrozado el alma a pesadumbres.

Pepita seguía llorando y sollozando sin contestar.

--¡Ea! Déjate de llanto y dime lo que tienes. ¿Qué te ha dicho el

vicario?

--Nada ha dicho que pueda ofenderme--contestó al fin Pepita.

Viendo luego que Antoñona aguardaba con interés a que ella hablase, y

deseando desahogarse con quien simpatizaba mejor con ella y más

humanamente la comprendía, Pepita habló de esta manera:

--El padre vicario me amonesta con dulzura para que me arrepienta de mis

pecados; para que deje partir en paz a don Luis; para que me alegre de

su partida; para que le olvide. Yo he dicho que sí a todo. He prometido

alegrarme de que D. Luis se vaya. He querido olvidarle y hasta

aborrecerle. Pero mira, Antoñona, no puedo; es un empeño superior a mis

fuerzas. Cuando el vicario estaba aquí juzgué que tenía yo bríos para

todo, y no bien se fue, como si Dios me dejara de su mano, perdí los

bríos, y me caí en el suelo desolada. Yo había soñado una vida venturosa

al lado de este hombre que me enamora; yo me veía ya elevada hasta él

por obra milagrosa del amor; mi pobre inteligencia en comunión

perfectísima con su inteligencia sublime; mi voluntad siendo una con la

suya; con el mismo pensamiento ambos; latiendo nuestros corazones

acordes. ¡Dios me lo quita y se le lleva, y yo me quedo sola, sin

esperanza ni consuelo! ¿No es verdad que es espantoso? Las razones del

padre vicario son justas, discretas... Al pronto me convencieron. Pero

se fue y todo el valor de aquellas razones me parece nulo; vano juego de

palabras, mentiras, enredos y argucias. Yo amo a D. Luis, y esta razón

es más poderosa que todas las razones. Y si él me ama, ¿por qué no lo

deja todo, y me busca, y se viene a mí, y quebranta promesas y anula

compromisos? No sabía yo lo que era amor. Ahora lo sé: no hay nada más

fuerte en la tierra y en el cielo. ¿Qué no haría yo por D. Luis? Y él

por mí nada hace. Acaso no me ama. No, D. Luis no me ama. Yo me engañé:

la vanidad me cegó. Si D. Luis me amase, me sacrificaría sus propósitos,

sus votos, su fama, sus aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera

de la Iglesia; todo me lo sacrificaría. Dios me lo perdone... es

horrible lo que voy a decir, pero lo siento aquí en el centro del pecho,

me arde aquí, en la frente calenturienta; yo por él daría hasta la

salvación de mi alma.

--¡Jesús, María y José!--interrumpió Antoñona.

--¡Es cierto; Virgen santa de los Dolores, perdonadme, perdonadme...

estoy loca... no sé lo que digo y blasfemo!

--Sí, hija mía: ¡estás algo empecatada! ¡Válgame Dios y cómo te ha

trastornado el juicio ese teólogo pisaverde! Pues si yo fuera que tú no

lo tomaría contra el cielo, que no tiene la culpa; sino contra el

mequetrefe del colegial, y me las pagaría o me borraría el nombre que

tengo. Ganas me dan de ir a buscarle y traértele aquí de una oreja y

obligarle a que te pida perdón y a que te bese los pies de rodillas.

--No, Antoñona. Veo que mi locura es contagiosa y que tú deliras

también. En resolución, no hay más recurso que hacer lo que me aconseja

el padre vicario. Lo haré aunque me cueste la vida. Si muero por él, él

me amará, él guardará mi imagen en su memoria, mi amor en su corazón; y

Dios, que es tan bueno, hará que yo vuelva a verle en el cielo, con los

ojos del alma, y que allí nuestros espíritus se amen y se confundan.

Antoñona, aunque era recia de veras y nada sentimental, sintió al oír

esto que se le saltaban las lágrimas.

--Caramba, niña--dijo Antoñona--, vas a conseguir que suelte yo el trapo

a llorar y que berree como una vaca. Cálmate, y no pienses en morirte,

ni de chanza. Veo que tienes muy excitados los nervios. ¿Quieres que

traiga una taza de tila?

--No, gracias. Déjame... ya ves como estoy sosegada.

--Te cerraré las ventanas, a ver si duermes. Si no duermes hace días,

¿cómo has de estar? ¡Mal haya el tal D. Luis y su manía de meterse cura!

¡Buenos supiripandos te cuesta!

Pepita había cerrado los ojos; estaba en calma y en silencio, harta ya

de coloquio con Antoñona.

Esta, creyéndola dormida, o deseando que durmiera, se inclinó hacia

Pepita, puso con lentitud y suavidad un beso sobre su blanca frente, le

arregló y plegó el vestido sobre el cuerpo, entornó las ventanas para

dejar el cuarto a media luz y se salió de puntillas, cerrando la puerta

sin hacer el menor ruido.

* * * * *

Mientras que ocurrían estas cosas en casa de Pepita, no estaba más

alegre y sosegado en la suya el señor D. Luis de Vargas.

Su padre, que no dejaba casi ningún día de salir al campo a caballo,

había querido llevarle en su compañía; pero D. Luis se había excusado

con que le dolía la cabeza, y D. Pedro se fue sin él. D. Luis había

pasado solo toda la mañana, entregado a sus melancólicos pensamientos y

más firme que roca en su resolución de borrar de su alma la imagen de

Pepita y de consagrarse a Dios por completo.

No se crea, con todo, que no amaba a la joven viuda. Ya hemos visto por

las cartas la vehemencia de su pasión; pero él seguía enfrenándola con

los mismos afectos piadosos y consideraciones elevadas de que en las

cartas da larga muestra y que podemos omitir aquí para no pecar de

prolijos.

Tal vez, si profundizamos con severidad en este negocio, notaremos que

contra el amor de Pepita no luchaban sólo en el alma de D. Luis el voto

hecho ya en su interior, aunque no confirmado, el amor de Dios, el

respeto a su padre de quien no quería ser rival, y la vocación, en suma,

que sentía por el sacerdocio. Había otros motivos de menos depurados

quilates y de más baja ley.

D. Luis era pertinaz, era terco: tenía aquella condición que bien

dirigida constituye lo que se llama firmeza de carácter, y nada había

que le rebajase más a sus propios ojos que el variar de opinión y de

conducta. El propósito de toda su vida, lo que había sostenido y

declarado ante cuantas personas le trataban, su figura moral, en una

palabra, que era ya la de un aspirante a santo, la de un hombre

consagrado a Dios, la de un sujeto imbuido en las más sublimes

filosofías religiosas, todo esto no podía caer por tierra sin gran

mengua de D. Luis, como caería, si se dejase llevar del amor de Pepita

Jiménez. Aunque el precio era sin comparación mucho más subido, a D.

Luis se le figuraba, que si cedía iba a remedar a Esaú y a vender su

primogenitura, y a deslustrar su gloria.

Por lo general, los hombres solemos ser juguete de las circunstancias;

nos dejamos llevar de la corriente y no nos dirigimos sin vacilar a un

punto. No elegimos papel, sino tomamos y hacemos el que nos toca; el que

la ciega fortuna nos depara. La profesión, el partido político, la vida

entera de muchos hombres pende de casos fortuitos, de lo eventual, de lo

caprichoso y no esperado de la suerte.

Contra esto se rebelaba el orgullo de don Luis con titánica pujanza.

¿Qué se diría de él, y sobre todo qué pensaría él de sí mismo, si el

ideal de su vida, el hombre nuevo que había creado en su alma, si todos

sus planes de virtud, de honra y hasta de santa ambición, se

desvaneciesen en un instante, se derritiesen al calor de una mirada, por

la llama fugitiva de unos lindos ojos, como la escarcha se derrite con

el rayo débil aún del sol matutino?

Estas y otras razones de un orden egoísta militaban también contra la

viuda, a par de las razones legítimas y de sustancia; pero todas las

razones se revestían del mismo hábito religioso, de manera que el propio

D. Luis no acertaba a reconocerlas y distinguirlas, creyendo amor de

Dios, no sólo lo que era amor de Dios, sino asimismo el amor propio.

Recordaba, por ejemplo, las vidas de muchos santos, que habían resistido

tentaciones mayores que las suyas, y no quería ser menos que ellos. Y

recordaba, sobre todo, aquella entereza de san Juan Crisóstomo, que supo

desestimar los halagos de una madre amorosa y buena, y su llanto y sus

quejas dulcísimas y todas las elocuentes y sentidas palabras que le dijo

para que no la abandonase y se hiciese sacerdote, llevándole para ello a

su propia alcoba y haciéndole sentar junto a la cama en que le había

parido. Y después de fijar en esto la consideración, D. Luis no se

sufría a sí propio en no menospreciar las súplicas de una mujer extraña,

a quien hacía tan poco tiempo que conocía, y el vacilar aún entre su

deber y el atractivo de una joven, tal vez más que enamorada, coqueta.

Pensaba luego D. Luis en la alteza soberana de la dignidad del

sacerdocio a que estaba llamado, y la veía por cima de todas las

instituciones y de las míseras coronas de la tierra: porque no ha sido

hombre mortal, ni capricho del voluble y servil populacho, ni irrupción

o avenida de gente bárbara; ni violencia de amotinadas huestes movidas

de la codicia, ni ángel, ni arcángel, ni potestad criada, sino el mismo

Paráclito quien la ha fundado. ¿Cómo por el liviano incentivo de una

mozuela, por una lagrimilla quizás mentida, despreciar esa dignidad

augusta, esa potestad que Dios no concedió ni a los arcángeles que están

más cerca de su trono? ¿Cómo bajar a confundirse entre la obscura plebe,

y ser uno del rebaño, cuando ya soñaba ser pastor, atando y desatando en

la tierra para que Dios ate y desate en el cielo, y perdonando los

pecados, regenerando a las gentes por el agua y por el espíritu,

adoctrinándolas en nombre de una autoridad infalible, dictando

sentencias que el Señor de las Alturas ratifica luego y confirma, siendo

iniciador y agente de tremendos misterios, inasequibles a la razón

humana, y haciendo descender del cielo no como Elías, la llama que

consume la víctima, sino al Espíritu Santo, al Verbo hecho carne y el

torrente de la gracia que purifica los corazones y los deja limpios como

el oro?

Cuando D. Luis reflexionaba sobre todo esto, se elevaba su espíritu, se

encumbraba por cima de las nubes en la región empírea, y la pobre Pepita

Jiménez quedaba allá muy lejos, y apenas si él la veía.

Pero pronto se abatía el vuelo de su imaginación y el alma de D. Luis

tocaba a la tierra y volvía a ver a Pepita, tan graciosa, tan joven, tan

candorosa y tan enamorada, y Pepita combatía dentro de su corazón contra

sus más fuertes y arraigados propósitos, y D. Luis temía que diese al

traste con ellos.

* * * * *

Así se atormentaba D. Luis con encontrados pensamientos que se daban

guerra, cuando entró Currito en su cuarto, sin decir oxte ni moxte.

Currito, que no estimaba gran cosa a su primo, mientras no fue más que

teólogo, le veneraba, le admiraba y formaba de él un concepto

sobrehumano desde que le había visto montar tan bien en Lucero.

Saber teología y no saber montar desacreditaba a D. Luis a los ojos de

Currito; pero cuando Currito advirtió que sobre la ciencia y sobre todo

aquello que él no entendía, si bien presumía difícil y enmarañado, era

D. Luis capaz de sostenerse tan bizarramente en las espaldas de una

fiera, ya su veneración y su cariño a D. Luis no tuvieron límites.

Currito era un holgazán, un perdido, un verdadero mueble, pero tenía un

corazón afectuoso y leal. A D. Luis, que era el ídolo de Currito, le

sucedía como a todas las naturalezas superiores con los seres inferiores

que se les aficionan. D. Luis se dejaba querer; esto es, era dominado

despóticamente por Currito en los negocios de poca importancia. Y como

para hombres como D. Luis casi no hay negocios que la tengan en la vida

vulgar y diaria, resultaba que Currito llevaba y traía a D. Luis como un

zarandillo.

--Vengo a buscarte--le dijo--, para que me acompañes al casino, que está

animadísimo hoy y lleno de gente. ¿Qué haces aquí solo, tonteando y

hecho un papamoscas?

D. Luis, casi sin replicar, y como si fuera mandato, tomó su sombrero y

su bastón, y diciendo «Vámonos donde quieras» siguió a Currito que se

adelantaba, tan satisfecho de aquel dominio que ejercía.

El casino, en efecto, estaba de bote en bote, gracias a la solemnidad

del día siguiente, que era el día de San Juan. A más de los señores del

lugar, había muchos forasteros, que habían venido de los lugares

inmediatos para concurrir a la feria y velada de aquella noche.

El centro de la concurrencia era el patio, enlosado de mármol, con

fuente y surtidor en medio y muchas macetas de don-pedros,

gala-de-Francia, rosas, claveles y albahaca. Un toldo de lona doble

cubría el patio, preservándole del sol. Un corredor o galería, sostenida

por columnas de mármol, le circundaba; y así en la galería, como en

varias salas a que la galería daba paso, había mesas de tresillo, otras

con periódicos, otras para tomar café o refrescos; y, por último,

sillas, banquillos y algunas butacas. Las paredes estaban blancas como

la nieve del frecuente enjalbiego, y no faltaban cuadros que las

adornasen. Eran litografías francesas iluminadas, con circunstanciada

explicación bilingüe escrita por bajo. Unas representaban la vida de

Napoleón I, desde Toulon a Santa Elena; otras, las aventuras de Matilde

y Malec-Adel; otras, los lances de amor y de guerra del Templario,

Rebeca, Lady Rowena e Ivanhoe; y otras, los galanteos, travesuras,

caídas y arrepentimientos de Luis XIV y la señorita de la Valière.

Currito llevó a D. Luis y D. Luis se dejó llevar a la sala donde estaba

la flor y nata de los elegantes, _dandies y cocodés_ del lugar y de toda

la comarca. Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina

ciudad de... Era un personaje ilustre y respetado. Había pasado en

Madrid y en Sevilla largas temporadas, y se vestía con los mejores

sastres, así de majo como de señorito. Había sido diputado dos veces y

había hecho una interpelación al gobierno sobre un atropello de un

alcalde-corregidor.

Tendría el conde de Genazahar treinta y tantos años; era buen mozo y lo

sabía, y se jactaba además de tremendo en paz y en lides, en desafíos y

en amores. El conde, no obstante, y a pesar de haber sido uno de los más

obstinados pretendientes de Pepita, había recibido las enconfitadas

calabazas que ella solía propinar a quienes la requebraban y aspiraban a

su mano.

La herida que aquel duro y amargo confite había abierto en su endiosado

corazón, no estaba cicatrizada todavía. El amor se había vuelto odio, y

el conde se desahogaba a menudo, poniendo a Pepita como chupa de dómine.

En este ameno ejercicio se hallaba el conde, cuando quiso la mala

ventura que D. Luis y Currito llegasen y se metiesen en el corro, que se

abrió para recibirlos, de los que oían el extraño sermón de honras. D.

Luis, como si el mismo diablo lo hubiera dispuesto, se encontró cara a

cara con el conde, que decía de este modo:

--No es mala pécora la tal Pepita Jiménez. Con más fantasía y más humos

que la infanta Micomicona, quiere hacernos olvidar que nació y vivió en

la miseria, hasta que se casó con aquel pelele, con aquel vejestorio,

con aquel maldito usurero, y le cogió los ochavos. La única cosa buena

que ha hecho en su vida la tal viuda es concertarse con Satanás para

enviar pronto al infierno a su galopín de marido y librar la tierra de

tanta infección y de tanta peste. Ahora le ha dado a Pepita por la

virtud y por la castidad. ¡Bueno estará todo ello! Sabe Dios si estará

enredada de ocultis con algún gañán, y burlándose del mundo como si

fuese la reina Artemisa.

A las personas recogidas, que no asisten a reuniones de hombres solos,

escandalizará sin duda este lenguaje; les parecerá desbocado y brutal

hasta la inverosimilitud; pero los que conocen el mundo confesarán que

este lenguaje es muy usado en él, y que las damas más bonitas, las más

agradables mujeres, las más honradas matronas, suelen ser blanco de

tiros no menos infames y soeces, si tienen un enemigo, y aun sin

tenerle, porque a menudo se murmura, o mejor dicho, se injuria y se

deshonra a voces para mostrar chiste y desenfado.

Don Luis, que desde niño había estado acostumbrado a que nadie se

descompusiese en su presencia, ni le dijese cosas que pudieran enojarle,

porque durante su niñez le rodeaban criados, familiares y gente de la

clientela de su padre que atendían sólo a su gusto, y después en el

Seminario, así por sobrino del deán, como por lo mucho que él merecía,

jamás había sido contrariado, sino considerado y adulado, sintió un

aturdimiento singular, se quedó como herido por un rayo cuando vio al

insolente conde arrastrar por el suelo, mancillar y cubrir de inmundo

lodo la honra de la mujer que amaba.

¿Cómo defenderla, no obstante? No se le ocultaba que, si bien no era

marido, ni hermano, ni pariente de Pepita, podía sacar la cara por ella

como caballero; pero veía el escándalo que esto causaría, cuando no

había allí ningún profano que defendiese a Pepita, antes bien todos

reían al conde la gracia. Él, casi ministro ya de un Dios de paz, no

podía dar un mentís y exponerse a una riña con aquel desvergonzado.

Don Luis estuvo por enmudecer e irse; pero no lo consintió su corazón, y

pugnando por revestirse de una autoridad que ni sus años juveniles, ni

su rostro, donde había más bozo que barbas, ni su presencia en aquel

lugar consentían, se puso a hablar con verdadera elocuencia contra los

maldicientes y a echar en rostro al conde, con libertad cristiana y con

acento severo, la fealdad de su ruin acción.

Fue predicar en desierto o peor que predicar en desierto. El conde

contestó con pullas y burletas a la homilía: la gente, entre la que

había no pocos forasteros, se puso de lado del burlón, a pesar de ser D.

Luis el hijo del cacique; el propio Currito, que no valía para nada y

era un blandengue, aunque no se rió, no defendió a su amigo; y éste tuvo

que retirarse, vejado y humillado bajo el peso de la chacota.

* * * * *

--¡Esta flor le falta al ramo!--murmuró entre dientes el pobre D. Luis

cuando llegó a su casa y volvió a meterse en su cuarto, mohíno y

maltratado por la rechifla, que él se exageraba y se figuraba

insufrible. Se echó de golpe en un sillón, abatido y descorazonado, y

mil ideas contrarias asaltaron su mente.

La sangre de su padre, que hervía en sus venas, le despertaba la cólera

y le excitaba a ahorcar los hábitos, como al principio le aconsejaban en

el lugar, y dar luego su merecido al señor conde; pero todo el porvenir

que se había creado se deshacía al punto, y veía al deán, que renegaba

de él; y hasta el Papa, que había enviado ya la dispensa pontificia para

que se ordenase antes de la edad, y el prelado diocesano, que había

apoyado la solicitud de la dispensa en su probada virtud, ciencia sólida

y firmeza de vocación, se le aparecían para reconvenirle.

Pensaba luego en la teoría chistosa de su padre sobre el complemento de

la persuasión de que se valían el apóstol Santiago, los obispos de la

Edad Media, D. Íñigo de Loyola y otros personajes, y no le parecía tan

descabellada la teoría, arrepintiéndose casi de no haberla practicado.

Recordaba entonces la costumbre de un doctor ortodoxo, insigne filósofo

persa contemporáneo, mencionada en un libro reciente escrito sobre aquel

país; costumbre que consistía en castigar con duras palabras a los

discípulos y oyentes cuando se reían de las lecciones o no las

entendían; y, si esto no bastaba, descender de la cátedra sable en mano

y dar a todos una paliza. Este método era eficaz principalmente en la

controversia, si bien dicho filósofo había encontrado una vez a otro

contrincante del mismo orden que le había hecho un chirlo descomunal en

la cara.

Don Luis, en medio de su mortificación y mal humor, se reía de lo cómico

del recuerdo; hallaba que no faltarían en España filósofos que

adoptarían de buena gana el método persiano; y si él no le adoptaba

también, no era a la verdad por miedo del chirlo, sino por

consideraciones de mayor valor y nobleza.

Acudían, por último, mejores pensamientos a su alma y le consolaban un

poco.

--Yo he hecho muy mal--se decía--, en predicar allí; debí haberme

callado. Nuestro Señor Jesucristo lo ha dicho: «No deis a los perros las

cosas santas, ni arrojéis vuestras margaritas a los cerdos, porque los

cerdos se revolverán contra vosotros y os hollarán con sus asquerosas

pezuñas». Pero no; ¿por qué me he de quejar? ¿Por qué he de volver

injuria por injuria? ¿Por qué me he de dejar vencer de la ira? Muchos

santos padres lo han dicho: «La ira es peor aún que la lascivia en los

sacerdotes». La ira de los sacerdotes ha hecho verter muchas lágrimas y

ha causado males horribles. Esta ira, consejera tremenda, tal vez los ha

persuadido de que era menester que los pueblos sudaran sangre bajo la

presión divina, y ha traído a sus encarnizados ojos la visión de Isaías;

y han visto y han hecho ver a sus secuaces fanáticos al manso Cordero

convertido en vengador inexorable, descendiendo de la cumbre de Edón,

soberbio con la muchedumbre de su fuerza, pisoteando a las naciones como

el pisador pisa las uvas en el lagar, y con la vestimenta levantada, y

cubierto de sangre hasta los muslos. ¡Ah no, Dios mío! Voy a ser tu

ministro; tú eres un Dios de paz, y mi primera virtud debe ser la

mansedumbre. Lo que enseñó tu hijo en el sermón de la Montaña tiene que

ser mi norma. No ojo por ojo, ni diente por diente, sino amar a nuestros

enemigos. Tú amaneces sobre justos y pecadores, y derramas sobre todos

la lluvia fecunda de tus inexhaustas bondades. Tú eres nuestro Padre,

que estás en el cielo y debemos ser perfectos como tú, perdonando a

quienes nos ofendan, y pidiéndote que los perdones porque no saben lo

que se hacen. Yo debo recordar las bienaventuranzas. Bienaventurados

cuando os ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros. El

sacerdote, el que va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pacífico, manso

de corazón. No como la encina, que se levanta orgullosa hasta que el

rayo la hiere, sino como las yerbecillas fragantes de las selvas y las

modestas flores de los prados, que dan más suave y grato aroma cuando el

villano las pisa.

En éstas y otras meditaciones por el estilo transcurrieron las horas

hasta que dieron las tres, y D. Pedro, que acababa de volver del campo,

entró en el cuarto de su hijo para llamarle a comer. La alegre

cordialidad del padre, sus chistes, sus muestras de afecto, no pudieron

sacar a D. Luis de la melancolía ni abrirle el apetito. Apenas comió,

apenas habló en la mesa.

Si bien disgustadísimo con la silenciosa tristeza de su hijo, cuya

salud, aunque robusta, pudiera resentirse, como D. Pedro era hombre que

se levantaba al amanecer y bregaba mucho durante el día, luego que acabó

de fumar un buen cigarro habano de sobremesa, acompañándole con su taza

de café y su copita de aguardiente de anís doble, se sintió fatigado y,

según costumbre, se fue a dormir sus dos o tres horas de siesta.

Don Luis tuvo buen cuidado de no poner en noticia de su padre la ofensa

que le había hecho el conde de Genazahar. Su padre, que no iba a cantar

misa y que tenía una índole poco sufrida, se hubiera lanzado al instante

a tomar la venganza que él no tomó.

Solo ya D. Luis, dejó el comedor para no ver a nadie, y volvió al retiro

de su estancia para abismarse más profundamente en sus ideas.

* * * * *

Abismado en ellas estaba hacía largo rato, sentado junto al bufete, los

codos sobre él y en la derecha mano apoyada la mejilla, cuando sintió

cerca ruido. Alzó los ojos y vio a su lado a la entrometida Antoñona,

que había penetrado como una sombra, aunque tan maciza, y que le miraba

con atención y con cierta mezcla de piedad y de rabia.

Antoñona se había deslizado hasta allí sin que nadie lo advirtiese,

aprovechando la hora en que comían los criados y D. Pedro dormía, y

había abierto la puerta del cuarto y la había vuelto a cerrar tras sí

con tal suavidad, que D. Luis, aunque no hubiera estado tan absorto, no

hubiera podido sentirla.

Antoñona venía resuelta a tener una conferencia muy seria con D. Luis;

pero no sabía a punto fijo lo que iba a decirle. Sin embargo había

pedido, no se sabe si al cielo o al infierno, que desatase su lengua y

que le diese habla, y habla no chabacana y grotesca como la que usaba

por lo común, sino culta, elegante e idónea para las nobles reflexiones

y bellas cosas que ella imaginaba que le convenía expresar.

Cuando D. Luis vio a Antoñona arrugó el entrecejo, mostró bien en el

gesto lo que le contrariaba aquella visita y dijo con tono brusco:

--¿A qué vienes aquí? Vete.

--Vengo a pedirte cuenta de mi niña--contestó Antoñona sin turbarse--, y

no me he de ir hasta que me la des.

Enseguida acercó una silla a la mesa y se sentó en frente de D. Luis con

aplomo y descaro.

Viendo D. Luis que no había remedio, mitigó el enojo, se armó de

paciencia y, ya con acento menos cruel, exclamó:

--Di lo que tengas que decir.

--Tengo que decir--prosiguió Antoñona--, que lo que estás maquinando

contra mi niña es una maldad. Te estás portando como un tuno. La has

hechizado; le has dado un bebedizo maligno. Aquel angelito se va a

morir. No come, ni duerme, ni sosiega por culpa tuya. Hoy ha tenido dos

o tres soponcios sólo de pensar en que te vas. Buena hacienda dejas

hecha antes de ser clérigo. Dime, condenado, ¿por qué viniste por aquí y

no te quedaste por allá con tu tío? Ella, tan libre, tan señora de su

voluntad, avasallando la de todos y no dejándose cautivar de ninguno, ha

venido a caer en tus traidoras redes. Esta santidad mentida fue, sin

duda, el señuelo de que te valiste. Con tus teologías y tiquis-miquis

celestiales, has sido como el pícaro y desalmado cazador que atrae con

el silbato a los zorzales bobalicones para que se ahorquen en la percha.

--Antoñona--contestó D. Luis--, déjame en paz. Por Dios, no me

atormentes. Yo soy un malvado: lo confieso. No debí mirar a tu ama. No

debí darle a entender que la amaba; pero yo la amaba y la amo aún con

todo mi corazón, y no le he dado bebedizo, ni filtro, sino el mismo amor

que la tengo. Es menester, sin embargo, desechar, olvidar este amor.

Dios me lo manda. ¿Te imaginas que no es, que no está siendo, que no

será inmenso el sacrificio que hago? Pepita debe revestirse de fortaleza

y hacer el mismo sacrificio.

--Ni siquiera das ese consuelo a la infeliz--replicó Antoñona--. Tú

sacrificas voluntariamente en el altar a esa mujer que te ama, que es ya

tuya; a tu víctima: pero ella, ¿dónde te tiene a ti para sacrificarte?

¿Qué joya tira por la ventana, qué lindo primor echa en la hoguera, sino

un amor mal pagado? ¿Cómo ha de dar a Dios lo que no tiene? ¿Va a

engañar a Dios y a decirle: «Dios mío, puesto que él no me quiere, ahí

te lo sacrifico; no le querré yo tampoco?» Dios no se ríe: si Dios se

riera, se reiría de tal presente.

Don Luis, aturdido, no sabía qué objetar a estos raciocinios de

Antoñona, más atroces que sus pellizcos pasados. Además, le repugnaba

entrar en metafísicas de amor con aquella sirvienta.

--Dejemos a un lado--dijo--, esos vanos discursos. Yo no puedo remediar

el mal de tu dueño. ¿Qué he de hacer?

--¿Qué has de hacer?--interrumpió Antoñona, ya más blanda y afectuosa y

con voz insinuante--. Yo te diré lo que has de hacer. Si no remediares

el mal de mi niña, le aliviarás al menos. ¿No eres tan santo? Pues los

santos son compasivos y además valerosos. No huyas como un cobardón

grosero, sin despedirte. Ven a ver a mi niña, que está enferma. Haz esta

obra de misericordia.

--¿Y qué conseguiré con esa visita? Agravar el mal en vez de sanarle.

--No será así: no estás en el busilis. Tú irás allí, y, con esa cháchara

que gastas y esa labia que Dios te ha dado, le infundirás en los cascos

la resignación, y la dejarás consolada, y, si le dices que la quieres y

que por Dios sólo la dejas, al menos su vanidad de mujer no quedará

ajada.

--Lo que me propones es tentar a Dios; es peligroso para mí y para ella.

--¿Y por qué ha de ser tentar a Dios? Pues si Dios ve la rectitud y la

pureza de tus intenciones, ¿no te dará su favor y su gracia para que no

te pierdas en esta ocasión en que te pongo con sobrado motivo? ¿No debes

volar a librar a mi niña de la desesperación y traerla al buen camino?

Si se muriera de pena por verse así desdeñada, o si rabiosa agarrase un

cordel y se colgase de una viga, créeme, tus remordimientos serían

peores que las llamas de pez y azufre de las calderas de Lucifer.

--¡Qué horror! No quiero que se desespere. Me revestiré de todo mi

valor: iré a verla.

--¡Bendito seas! Si me lo decía el corazón. ¡Si eres bueno!

--¿Cuándo quieres que vaya?

--Esta noche a las diez en punto. Yo estaré en la puerta de la calle

aguardándote y te llevaré donde está.

--¿Sabe ella que has venido a verme?

--No lo sabe. Ha sido todo ocurrencia mía; pero yo la prepararé con buen

arte, a fin de que tu visita, la sorpresa, el inesperado gozo, no la

hagan caer en un desmayo. ¿Me prometes que irás?

--Iré.

--Adiós. No faltes. A las diez de la noche en punto. Estaré a la puerta.

Y Antoñona echó a correr, bajó la escalera de dos en dos escalones y se

plantó en la calle.

* * * * *

No se puede negar que Antoñona estuvo discretísima en esta ocasión, y

hasta su lenguaje fue tan digno y urbano, que no faltaría quien le

calificase de apócrifo, si no se supiese con la mayor evidencia todo

esto que aquí se refiere, y si no constasen además los prodigios de que

es capaz el ingénito despejo de una mujer, cuando le sirve de estímulo

un interés o una pasión grande.

Grande era, sin duda, el afecto de Antoñona por su niña, y viéndola tan

enamorada y tan desesperada, no pudo menos de buscar remedio a sus

males. La cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo

inesperado. Así es que Antoñona, a fin de sacar provecho del triunfo,

tuvo que disponerlo todo de improviso, con profunda ciencia mundana.

Señaló Antoñona para la cita la hora de las diez de la noche, porque

ésta era la hora de la antigua y ya suprimida o suspendida tertulia en

que D. Luis y Pepita solían verse. La señaló además para evitar

murmuraciones y escándalo, porque ella había oído decir a un predicador

que, según el Evangelio, no hay nada tan malo como el escándalo, y que a

los escandalosos es menester arrojarlos al mar con una piedra de molino

atada al pescuezo.

Volvió, pues, Antoñona a casa de su dueño, muy satisfecha de sí misma y

muy resuelta a disponer las cosas con tino para que el remedio que había

buscado no fuese inútil, o no agravase el mal de Pepita en vez de

sanarle.

A Pepita no pensó ni determinó prevenirla sino a lo último, diciéndole

que D. Luis espontáneamente le había pedido hora para hacerle una visita

de despedida y que ella había señalado las diez.

A fin de que no se originasen habladurías, si en la casa veían entrar a

D. Luis, pensó en que no le viesen entrar, y para ello era también muy

propicia la hora, y la disposición de la casa. A las diez estaría llena

de gente la calle con la velada, y por lo mismo repararían menos en D.

Luis cuando pasase por ella. Penetrar en el zaguán sería obra de un

segundo; y ella, que estaría allí aguardando, llevaría a D. Luis hasta

el despacho, sin que nadie le viese.

Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareños de

Andalucía son como dos casas en vez de una, y así era la casa de Pepita.

Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y

con columnas, a las salas y demás habitaciones señoriles; por la otra, a

los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros,

trojes donde se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde

se guarda el aceite, el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el

vinagre en grandes tinajas; y candioteras o bodegas, donde está en pipas

y toneles el vino bueno y ya hecho o rancio. Esta segunda casa o parte

de casa, aunque esté en el centro de una población de veinte o

veinticinco mil almas, se llama casa de campo. El aperador, los

capataces, el mulero, los trabajadores principales y más constantes en

el servicio del amo, se juntan allí por la noche, en invierno, en torno

de una enorme chimenea de una gran cocina, y en verano al aire libre o

en algún cuarto muy ventilado y fresco, y están holgando y de tertulia

hasta que los señores se recogen.

Antoñona imaginó que el coloquio y la explicación, que ella deseaba que

tuviesen su niña y don Luis, requerían sosiego y que no viniesen a

interrumpirlos, y así determinó que aquella noche, por ser la velada de

San Juan, las chicas que servían a Pepita vacasen en todos sus

quehaceres y oficios, y se fuesen a solazar a la casa de campo, armando

con los rústicos trabajadores un jaleo probe de fandango, lindas coplas,

repiqueteo de castañuelas, brincos y mudanzas.

De esta suerte la casa señoril quedaría casi desierta y silenciosa, sin

más habitantes que ella y Pepita, y muy a proposito para la solemnidad,

transcendencia y no turbado sosiego que eran necesarios en la entrevista

que ella tenía preparada, y de la que dependía quizás, o de seguro, el

destino de dos personas de tanto valer.

* * * * *

Mientras Antoñona iba rumiando y concertando en su mente todas estas

cosas, D. Luis, no bien se quedó solo, se arrepintió de haber procedido

tan de ligero y de haber sido tan débil en conceder la cita que Antoñona

le había pedido.

Don Luis se paró a considerar la condición de Antoñona, y le pareció más

aviesa que la de Enone y la de Celestina. Vio delante de sí todo el

peligro a que voluntariamente se aventuraba, y no vio ventaja alguna en

hacer recatadamente y a hurto de todos una visita a la linda viuda.

Ir a verla para ceder y caer en sus redes, burlándose de sus votos,

dejando mal al obispo, que había recomendado su solicitud de dispensa, y

hasta al Sumo Pontífice, que la había concedido, y desistiendo de ser

clérigo, le parecía un desdoro muy enorme. Era además una traición

contra su padre, que amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. Ir a

verla para desengañarla más aún, se le antojaba mayor refinamiento de

crueldad que partir sin decirle nada.

Impulsado por tales razones, lo primero que pensó D. Luis fue faltar a

la cita sin dar excusa ni aviso, y que Antoñona le aguardase en balde en

el zaguán; pero Antoñona anunciaría a su señora la visita, y él

faltaría, no sólo a Antoñona, sino a Pepita, dejando de ir, con una

grosería incalificable.

Discurrió entonces escribir a Pepita una carta muy afectuosa y discreta,

excusándose de ir, justificando su conducta, consolándola, manifestando

sus tiernos sentimientos por ella, si bien haciendo ver que la

obligación y el cielo eran antes que todo, y procurando dar ánimo a

Pepita para que hiciese el mismo sacrificio que él hacía.

Cuatro o cinco veces se puso a escribir esta carta. Emborronó mucho

papel; le rasgó enseguida; y la carta no salía jamás a su gusto. Ya era

seca, fría, pedantesca, como un mal sermón o como la plática de un

dómine: ya se deducía de su contenido un miedo pueril y ridículo, como

si Pepita fuese un monstruo pronto a devorarle; ya tenía el escrito

otros defectos y lunares no menos lastimosos. En suma, la carta no se

escribió, después de haberse consumido en las tentativas unos cuantos

pliegos.

--No hay más recurso--dijo para sí D. Luis--, la suerte está echada.

Valor y vamos allá.

Don Luis confortó su espíritu con la esperanza de que iba a tener mucha

serenidad y de que Dios iba a poner en sus labios un raudal de

elocuencia, por donde persuadiría a Pepita, que era tan buena, de que

ella misma le impulsase a cumplir con su vocación, sacrificando el amor

mundanal y haciéndose semejante a las santas mujeres que ha habido, las

cuales, no ya han desistido de unirse con un novio o con un amante, sino

hasta de unirse con el esposo, viviendo con él como con un hermano,

según se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo, rey de

Inglaterra. Y después de pensar en esto, se sentía D. Luis más consolado

y animado, y ya se figuraba que él iba a ser como otro san Eduardo, y

que Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y

condición de la tal reina, virgen a par de esposa, le parecía Pepita, si

cabe, mucho más gentil, elegante y poética.

No estaba, sin embargo, D. Luis todo lo seguro y tranquilo que debiera

estar, después de haberse resuelto a imitar a San Eduardo. Hallaba aún

cierto no sé qué de criminal en aquella visita que iba a hacer, sin que

su padre lo supiese, y estaba por ir a despertarle de su siesta y

descubrírselo todo. Dos o tres veces se levantó de su silla y empezó a

andar en busca de su padre; pero luego se detenía y creía aquella

revelación indigna, la creía una vergonzosa chiquillada. Él podía

revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para ponerse bien con

su padre era bastante feo. La fealdad y lo cómico y miserable de la

acción se aumentaban notando que el temor de no ser bastante fuerte para

resistir era lo que a hacerla le movía. D. Luis se calló, pues, y no

reveló nada a su padre.

Es más: ni siquiera se sentía con la desenvoltura y la seguridad

convenientes para presentarse a su padre habiendo de por medio aquella

cita misteriosa. Estaba asimismo tan alborotado y fuera de sí por culpa

de las encontradas pasiones que se disputaban el dominio de su alma, que

no cabía en el cuarto, y como si brincase o volase, le andaba y recorría

todo en tres o cuatro pasos, aunque era grande, por lo cual temía darse

de calabazadas contra las paredes. Por último, si bien tenía abierto el

balcón, por ser verano, le parecía que iba a ahogarse allí por falta de

aire, y que el techo le pesaba sobre la cabeza, y que para respirar

necesitaba de toda la atmósfera y para andar de todo el espacio sin

límites, y para alzar la frente y exhalar sus suspiros y encumbrar sus

pensamientos, de no tener sobre sí sino la inmensa bóveda del cielo.

Aguijoneado de esta necesidad, tomó su sombrero y su bastón y se fue a

la calle. Ya en la calle, huyendo de toda persona conocida y buscando la

soledad, se salió al campo y se internó por lo más frondoso y esquivo de

las alamedas, huertas y sendas que rodean la población y hacen un

paraíso de sus alrededores en un radio de más de media legua.

* * * * *

Poco hemos dicho hasta ahora de la figura de D. Luis. Sépase, pues, que

era un buen mozo en toda la extensión de la palabra: alto, ligero, bien

formado, cabello negro, ojos negros también y llenos de fuego y de

dulzura. La color trigueña, la dentadura blanca, los labios finos,

aunque relevados, lo cual le daba un aspecto desdeñoso; y algo de

atrevido y varonil en todo el ademán, a pesar del recogimiento y de la

mansedumbre clericales. Había, por último, en el porte y continente de

D. Luis aquel indescriptible sello de distinción y de hidalguía que

parece, aunque no lo sea siempre, privativa calidad y exclusivo

privilegio de las familias aristocráticas.

Al ver a D. Luis, era menester confesar que Pepita Jiménez sabía de

estética por instinto.

Corría, que no andaba, D. Luis por aquellas sendas, saltando arroyos y

fijándose apenas en los objetos, casi como toro picado del tábano. Los

rústicos con quienes se encontró, los hortelanos que le vieron pasar,

tal vez le tuvieron por loco.

Cansado ya de caminar sin propósito, se sentó al pie de una cruz de

piedra, junto a las ruinas de un antiguo convento de San Francisco de

Paula, que dista más de tres kilómetros del lugar, y allí se hundió en

nuevas meditaciones, pero tan confusas, que ni él mismo se daba cuenta

de lo que pensaba.

El tañido de las campanas que, atravesando el aire, llegó a aquellas

soledades, llamando a la oración a los fieles, y recordándoles la

salutación del arcángel a la sacratísima Virgen, hizo que D. Luis

volviera de su éxtasis, y se hallase de nuevo en el mundo real.

Pepita Jiménez · 第 9 / 15 题