La vida de aquí tiene cierto encanto. Para quien no sueña con la gloria,

para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulce

vida. Hasta la soledad puede lograrse aquí haciendo un esfuerzo. Como yo

estoy aquí por una temporada, no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo

estuviese de asiento, no hallaría dificultad, sin ofender a nadie, en

encerrarme y retraerme durante muchas horas o durante todo el día, a fin

de entregarme a mis estudios y meditaciones.

Su nueva y más reciente carta de Vd. me ha afligido un poco. Veo que

insiste Vd. en sus sospechas, y no sé qué contestar para justificarme

sino lo que ya he contestado.

Dice Vd. que la gran victoria en cierto género de batallas consiste en

la fuga: que huir es vencer. ¿Cómo he de negar yo lo que el Apóstol y

tantos Santos Padres y Doctores han dicho? Con todo, de sobra sabe Vd.

que el huir no depende de mi voluntad. Mi padre no quiere que me vaya;

mi padre me retiene a pesar mío; tengo que obedecerle. Necesito, pues,

vencer por otros medios y no por el de la fuga.

Para que Vd. se tranquilice, repetiré que la lucha apenas está empeñada;

que Vd. ve las cosas más adelantadas de lo que están.

No hay el menor indicio de que Pepita Jiménez me quiera. Y aunque me

quisiese, sería de otro modo que como querían las mujeres que Vd. cita

para mi ejemplar escarmiento. Una señora, bien educada y honesta, en

nuestros días, no es tan inflamable y desaforada como esas matronas de

que están llenas las historias antiguas.

El pasaje que aduce Vd. de San Juan Crisóstomo es digno del mayor

respeto; pero no es del todo apropiado a las circunstancias. La gran

dama, que en Of, Tebas o Dióspolis Magna, se enamoró del hijo predilecto

de Jacob, debió ser hermosísima; sólo así se concibe que asegure el

Santo ser mayor prodigio el que Josef no ardiera, que el que los tres

mancebos, que hizo poner Nabucodonosor en el horno candente, no se

redujesen a cenizas.

Confieso con ingenuidad que lo que es en punto a hermosura, no atino a

representarme que supere a Pepita Jiménez la mujer de aquel príncipe

egipcio, mayordomo mayor o cosa por el estilo del palacio de los

Faraones; pero ni yo soy, como Josef, agraciado con tantos dones y

excelencias, ni Pepita es una mujer sin religión y sin decoro. Y aunque

fuera así, aun suponiendo todos estos horrores, no me explico la

ponderación de San Juan Crisóstomo sino porque vivía en la capital

corrompida, y semi--gentílica aún, del Bajo Imperio; en aquella corte,

cuyos vicios tan crudamente censuró, y donde la propia emperatriz

Eudoxia daba ejemplo de corrupción y de escándalo. Pero hoy que la moral

evangélica ha penetrado más profundamente en el seno de la sociedad

cristiana, me parece exagerado creer más milagroso el casto desdén del

hijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos de

Babilonia.

Otro punto toca Vd. en su carta que me anima y lisonjea en extremo.

Condena Vd. como debe el sentimentalismo exagerado y la propensión a

enternecerme y a llorar por motivos pueriles de que le dije padecía a

veces; pero esta afeminada pasión de ánimo, ya que existe en mí,

importando desecharla, celebra Vd. que no se mezcle con la oración y la

meditación y las contamine. Vd. reconoce y aplaude en mí la energía

verdaderamente varonil, que debe haber en el afecto y en la mente que

anhelan elevarse a Dios. La inteligencia que pugna por comprenderle ha

de ser briosa; la voluntad que se le somete por completo es porque

triunfa antes de sí misma, riñendo bravas batallas con todos los

apetitos y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones; el mismo

afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y cuitadas,

puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando conocerle

por iluminación sobrenatural, es hijo, a más de la gracia divina, de un

carácter firme y entero. Esa languidez, ese quebranto de la voluntad,

esa ternura enfermiza, nada tienen que hacer con la caridad, con la

devoción y con el amor divino. Aquello es atributo de menos que mujeres:

éstas son pasiones, si pasiones pueden llamarse, de más que hombres, de

ángeles. Sí; tiene Vd. razón de confiar en mí, y de esperar que no he de

perderme porque una piedad relajada y muelle abra las puertas de mi

corazón a los vicios transigiendo con ellos. Dios me salvará y yo

combatiré por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los enemigos

del alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni por

capitulación en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderas

desplegadas, llevándolo todo a sangre y fuego y después de acérrimo

combate.

En estos últimos días he tenido ocasión de ejercitar mi paciencia en

grande y de mortificar mi amor propio del modo más cruel.

Mi padre quiso pagar a Pepita el obsequio de la huerta y la convidó a

visitar su quinta del Pozo de la Solana. La expedición fue el 22 de

Abril. No se me olvidará esta fecha.

El Pozo de la Solana dista más de dos leguas de este lugar y no hay

hasta allí sino camino de herradura. Tuvimos todos que ir a caballo. Yo,

como jamás he aprendido a montar, he acompañado a mi padre en todas las

anteriores excursiones en una mulita de paso, muy mansa, y que, según la

expresión de Dientes, el mulero, es más noble que el oro y más serena

que un coche. En el viaje al Pozo de la Solana fui en la misma

cabalgadura.

Mi padre, el escribano, el boticario y mi primo Currito, iban en buenos

caballos. Mi tía doña Casilda, que pesa más de diez arrobas, en una

enorme y poderosa burra con sus jamugas. El señor vicario en una mula

mansa y serena como la mía.

En cuanto a Pepita Jiménez, que imaginaba yo que vendría también en

burra con jamugas, pues ignoraba que montase, me sorprendió, apareciendo

en un caballo tordo muy vivo y fogoso, vestida de amazona y manejando el

caballo con destreza y primor notables.

Me alegré de ver a Pepita tan gallarda a caballo; pero desde luego

presentí y empezó a mortificarme el desairado papel que me tocaba hacer

al lado de la robusta tía doña Casilda y del padre vicario, yendo

nosotros a retaguardia, pacíficos y serenos como en coche, mientras que

la lucida cabalgata caracolearía, correría, trotaría y haría mil

evoluciones y escarceos.

Al punto se me antojó que Pepita me miraba compasiva, al ver la facha

lastimosa que sobre la mula debía yo de tener. Mi primo Currito me miró

con sonrisa burlona, y empezó enseguida a embromarme y atormentarme.

Aplauda Vd. mi resignación y mi valerosa paciencia. A todo me sometí de

buen talante, y pronto, hasta las bromas de Currito acabaron, al notar

cuán invulnerable yo era. Pero ¡cuánto sufrí por dentro! Ellos

corrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. El

vicario y yo permanecimos siempre _serenos_, como las mulas, sin salir del

paso y llevando a doña Casilda en medio.

Ni siquiera tuve el consuelo de hablar con el padre vicario, cuya

conversación me es tan grata, ni de encerrarme dentro de mí mismo y

fantasear y soñar, ni de admirar a mis solas la belleza del terreno que

recorríamos. Doña Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos que

oírla. Nos dijo cuanto hay que saber de chismes del pueblo, y nos habló

de todas sus habilidades, y nos explicó el modo de hacer salchichas,

morcillas de sesos, hojaldres y otros mil guisos y regalos. Nadie la

vence en negocios de cocina y de matanza de cerdos, según ella, sino

Antoñona, la nodriza de Pepita Jiménez, y hoy su ama de llaves y

directora de su casa. Yo conozco ya a la tal Antoñona, pues va y viene a

casa con recados, y en efecto es muy lista: tan parlanchina como la tía

Casilda, pero cien mil veces más discreta.

El camino hasta el Pozo de la Solana es delicioso; pero yo iba tan

contrariado, que no acerté a gozar de él. Cuando llegamos a la casería y

nos apeamos, se me quitó de encima un gran peso, como si fuese yo quien

hubiese llevado a la mula, y no la mula a mí.

Ya a pie, recorrimos la posesión, que es magnífica, variada y extensa.

Hay allí más de ciento veinte fanegas de viña vieja y majuelo, todo bajo

una linde: otro tanto o más de olivar, y por último un bosque de encinas

de las más corpulentas que aún quedan en pie en toda Andalucía. El agua

del Pozo de la Solana forma un arroyo claro y abundante, donde vienen a

beber todos los pajarillos de las cercanías, y donde se cazan a

centenares por medio de espartos con liga, o con red, en cuyo centro se

colocan el cimbel y el reclamo. Allí recordé mis diversiones de la

niñez, y cuantas veces había ido yo a cazar pajarillos de la manera

expresada.

Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, hay

muchos álamos y otros árboles altos, que con las matas y yerbas, crean

un intrincado laberinto y una sombría espesura. Mil plantas silvestres y

olorosas crecen allí de un modo espontáneo, y por cierto que es difícil

imaginar nada más esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible

y silencioso que aquellos lugares. Se concibe allí en el fervor del

medio día, cuando el sol vierte a torrentes la luz desde un cielo sin

nubes, en las calurosas y reposadas siestas, el mismo terror misterioso

de las horas nocturnas. Se concibe allí la vida de los antiguos

patriarcas y de los primitivos héroes y pastores, y las apariciones y

visiones que tenían, las ninfas, de deidades y de ángeles, en medio de

la claridad meridiana.

Andando por aquella espesura, hubo un momento en el cual, no acierto a

decir cómo, Pepita y yo nos encontramos solos: yo al lado de ella. Los

demás se habían quedado atrás.

Entonces sentí por todo mi cuerpo un estremecimiento. Era la primera vez

que me veía a solas con aquella mujer, y en sitio tan apartado, y cuando

yo pensaba en las apariciones meridianas, ya siniestras, ya dulces, y

siempre sobrenaturales, de los hombres de las edades remotas.

Pepita había dejado en la casería la larga falda de montar, y caminaba

con un vestido corto que no estorbaba la graciosa ligereza de sus

movimientos. Sobre la cabeza llevaba un sombrerillo andaluz, colocado

con gracia. En la mano el látigo, que se me antojó como varita de

virtudes, con que pudiera hechizarme aquella maga.

No temo repetir aquí los elogios de su belleza. En aquellos sitios

agrestes se me apareció más hermosa. La cautela, que recomiendan los

ascetas, de pensar en ella afeada por los años y por las enfermedades;

de figurármela muerta, llena de hedor y podredumbre y cubierta de

gusanos, vino, a pesar mío, a mi imaginación; y digo a _pesar mío_, porque

no entiendo que tan terrible cautela fuese indispensable. Ninguna idea

mala en lo material, ninguna sugestión del espíritu maligno turbó

entonces mi razón, ni logró inficionar mi voluntad y mis sentidos.

Lo que sí se me ocurrió fue un argumento para invalidar, al menos en mí,

la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano y

divino, puede ser caduca, efímera, desaparecer en el instante; pero su

idea es eterna, y en la mente del hombre vive vida inmortal, una vez

percibida. La belleza de esta mujer, tal como hoy se me manifiesta,

desaparecerá dentro de breves años: ese cuerpo elegante, esas formas

esbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente erguida sobre los hombros,

todo será pasto de gusanos inmundos; pero si la materia ha de

transformarse, la forma, el pensamiento artístico, la hermosura misma,

¿quién la destruirá? ¿No está en la mente divina? Percibida y conocida

por mí, ¿no vivirá en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la muerte?

Así meditaba yo, cuando Pepita y yo nos acercamos. Así serenaba yo mi

espíritu y mitigaba los recelos que Vd. ha sabido infundirme. Yo deseaba

y no deseaba a la vez que llegasen los otros. Me complacía y me afligía

al mismo tiempo de estar solo con aquella mujer.

La voz argentina de Pepita rompió el silencio, y, sacándome de mis

meditaciones, dijo:

--¡Qué callado y qué triste está Vd., señor D. Luis! Me apesadumbra el

pensar que tal vez por culpa mía, en parte al menos, da a Vd. hoy un mal

rato su padre trayéndole a estas soledades, y sacándole de otras más

apartadas, donde no tendrá Vd. nada que le distraiga de sus oraciones y

piadosas lecturas.

Yo no sé lo que contesté a esto. Hube de contestar alguna sandez, porque

estaba turbado; y ni quería hacer un cumplimiento a Pepita, diciendo

galanterías profanas, ni quería tampoco contestar de un modo grosero.

Ella prosiguió:

--Vd. me ha de perdonar si soy maliciosa, pero se me figura que, además

del disgusto de verse Vd. separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hay

algo más que contribuye poderosamente a su mal humor.

--¿Qué es ese algo más?--dije yo--, pues Vd. lo descubre todo o cree

descubrirlo.

--Ese algo más-replicó Pepita--no es sentimiento propio de quien va a

ser sacerdote tan pronto, pero sí lo es de un joven de veintidós años.

Al oír esto, sentí que la sangre me subía al rostro y que el rostro me

ardía. Imaginé mil extravagancias, me creí presa de una obsesión. Me

juzgué provocado por Pepita que iba a darme a entender que conocía que

yo gustaba de ella. Entonces, mi timidez se trocó en atrevida soberbia,

y la miré de hito en hito. Algo de ridículo hubo de haber en mi mirada,

pero, o Pepita no lo advirtió o lo disimuló con benévola prudencia,

exclamando del modo más sencillo:

--No se ofenda Vd. porque yo le descubra alguna falta. Esta que he

notado me parece leve. Vd. está lastimado de las bromas de Currito, y de

hacer (hablando profanamente) un papel poco airoso, montado en una mula

mansa como el señor vicario, con sus ochenta años, y no en un brioso

caballo, como debiera un joven de su edad y circunstancias. La culpa es

del señor deán, que no ha pensado en que Vd. aprenda a montar. La

equitación no se opone a la vida que Vd. piensa seguir, y yo creo que su

padre de Vd., ya que está Vd. aquí, debiera en pocos días enseñarle. Si

Vd. va a Persia, o a China, allí no hay ferro-carriles aún, y hará Vd.

una triste figura cabalgando mal. Tal vez se desacredite el misionero

entre aquellos bárbaros, merced a esta torpeza, y luego sea más difícil

de lograr el fruto de las predicaciones.

Estos y otros razonamientos más adujo Pepita para que yo aprendiese a

montar a caballo, y quedé tan convencido de lo útil que es la equitación

para un misionero, que le prometí aprender enseguida, tomando a mi padre

por maestro.

--En la primera nueva expedición que hagamos--le dije--, he de ir en el

caballo más fogoso de mi padre, y no en la mulita de paso en que voy

ahora.

--Mucho me alegraré--replicó Pepita con una sonrisa de indecible

suavidad.

En esto llegaron todos al sitio en que estábamos, y yo me alegré en mis

adentros, no por otra cosa, sino por temor de no acertar a sostener la

conversación, y de salir con doscientas mil simplicidades por mi poca o

ninguna práctica de hablar con mujeres.

Después del paseo, sobre la fresca yerba y en el más lindo sitio junto

al arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una rústica y abundante

merienda. La conversación fue muy animada, y Pepita mostró mucho ingenio

y discreción. Mi primo Currito volvió a embromarme sobre mi manera de

cabalgar y sobre la mansedumbre de mi mula: me llamó _teólogo_, y me dijo

que sobre aquella mula parecía que iba yo repartiendo bendiciones. Esta

vez, ya con el firme propósito de hacerme jinete, contesté a las bromas

con desenfado picante. Me callé, con todo, el compromiso contraído de

aprender la equitación. Pepita, aunque en nada habíamos convenido, pensó

sin duda como yo que importaba el sigilo para sorprender luego

cabalgando bien, y nada dijo de nuestra conversación. De aquí provino,

natural y sencillamente, que existiera un secreto entre ambos; lo cual

produjo en mi ánimo extraño efecto.

Nada más ocurrió aquel día que merezca contarse.

Por la tarde volvimos al lugar, como habíamos venido. Yo, sin embargo,

en mi mula mansa y al lado de la tía Casilda, no me aburrí ni entristecí

a la vuelta como a la ida. Durante todo el viaje oí a la tía sin

cansancio referir sus historias, y por momentos me distraje en vagas

imaginaciones.

Nada de lo que en mi alma pasa debe ser un misterio para Vd. Declaro que

la figura de Pepita era como el centro, o mejor dicho, como el núcleo y

el foco de estas imaginaciones vagas.

Su meridiana aparición, en lo más intrincado, umbrío y silencioso de la

verde enramada, me trajo a la memoria todas las apariciones, buenas o

malas, de seres portentosos y de condición superior a la nuestra, que

había yo leído en los autores sagrados y los clásicos profanos. Pepita,

pues, se me mostraba en los ojos y en el teatro interior de mi fantasía,

no como iba a caballo delante de nosotros, sino de un modo ideal y

etéreo, en el retiro nemoroso, como a Eneas su madre, como a Calímaco

Palas, como al pastor bohemio Kroco la sílfide que luego concibió a

Libusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca los ángeles en

el valle de Mambré, como a San Antonio el hipocentauro en la soledad del

yermo.

Encuentro tan natural como el de Pepita se trastrocaba en mi mente en

algo de prodigio. Por un momento, al notar la consistencia de esta

imaginación, me creí obseso; me figuré, como era evidente, que en los

pocos minutos que había estado a solas con Pepita junto al arroyo de la

Solana, nada había ocurrido que no fuese natural y vulgar; pero que

después, conforme iba yo caminando tranquilo en mi mula, algún demonio

se agitaba invisible en torno mío, sugiriéndome mil disparates.

Aquella noche dije a mi padre mi deseo de aprender a montar. No quise

ocultarle que Pepita me había excitado a ello. Mi padre tuvo una alegría

extraordinaria. Me abrazó, me besó, me dijo que ya no era Vd. solo mi

maestro, que él también iba a tener el gusto de enseñarme algo. Me

aseguró, por último, que en dos o tres semanas haría de mí el mejor

caballista de toda Andalucía; capaz de ir a Gibraltar por contrabando y

de volver de allí, burlando al resguardo, con una coracha de tabaco y

con un buen alijo de algodones: apto, en suma, para pasmar a todos los

jinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y de Mairena, y para

oprimir los lomos de Babieca, de Bucéfalo, y aun de los propios caballos

del Sol, si por acaso bajaban a la tierra y podía yo asirlos de la

brida.

Ignoro qué pensará Vd. de este arte de la equitación que estoy

aprendiendo; pero presumo que no lo tendrá por malo.

¡Si viera Vd. qué gozoso está mi padre y cómo se deleita enseñándome!

Desde el día siguiente al de la expedición que he referido, doy dos

lecciones diarias. Día hay, durante el cual, la lección es perpetua,

porque nos le pasamos a caballo. La primera semana fueron las lecciones

en el corralón de casa, que está desempedrado y sirvió de picadero.

Ya salimos al campo, pero procurando que nadie nos vea. Mi padre no

quiere que me muestre en público hasta que pasme por lo bien plantado,

según él dice. Si su vanidad de padre no le engaña, esto será muy pronto

porque tengo una disposición maravillosa para ser buen jinete.

--¡Bien se ve que eres mi hijo!--exclama mi padre con júbilo al

contemplar mis adelantos.

Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. le perdonará su lenguaje

profano y sus chistes irreverentes. Yo me aflijo en lo interior de mi

alma, pero lo sufro todo.

Con las continuadas y largas lecciones estoy que da lástima de agujetas.

Mi padre me recomienda que escriba a Vd. que me abro las carnes a

disciplinazos.

Como dentro de poco sostiene que me dará por enseñado, y no desea

jubilarse de maestro, me propone otros estudios extravagantes y harto

impropios de un futuro sacerdote. Unas veces quiere enseñarme a

derribar, para llevarme luego a Sevilla, donde dejaré bizcos a los

ternes y gente del bronce, con la garrocha en la mano, en los llanos de

Tablada. Otras veces se acuerda de sus mocedades y de cuando fue guardia

de corps, y dice que va a buscar sus floretes, guantes y caretas y a

enseñarme la esgrima. Y por último, presumiendo también mi padre de

manejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que me comunicará

esta habilidad.

Ya se hará Vd. cargo de lo que yo contesto a tamañas locuras. Mi padre

replica que en los buenos tiempos antiguos, no ya los clérigos, sino

hasta los obispos andaban a caballo acuchillando infieles. Yo observo

que eso podía suceder en las edades bárbaras, pero que ahora no deben

los ministros del Altísimo saber esgrimir más armas que las de la

persuasión.--Y cuando la persuasión no basta--añade mi padre--, ¿no

viene bien corroborar un poco los argumentos a linternazos?--El

misionero completo, según entiende mi padre, debe en ocasiones apelar a

estos medios heroicos; y como mi padre ha leído muchos romances e

histonas, cita ejemplos en apoyo de su opinión. Cita en primer lugar a

Santiago, quien sin dejar de ser apóstol más acuchilla a los moros, que

les predica y persuade en su caballo blanco; cita a un señor de la Vera,

que fue con una embajada de los Reyes Católicos para Boabdil, y que en

el patio de los Leones se enredó con los moros en disputas teológicas,

y, apurado ya de razones, sacó la espada y arremetió contra ellos para

acabar de convertirlos; y cita, por último, al hidalgo vizcaíno D. Íñigo

de Loyola, el cual, en una controversia que tuvo con un moro sobre la

pureza de María Santísima, harto ya de las impías y horrorosas

blasfemias con que el moro le contradecía, se fue sobre él, espada en

mano, y si el moro no se salva por pies, le infunde el convencimiento en

el alma por estilo tremendo. Sobre el lance de San Ignacio, contesto yo

a mi padre, que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y sobre

los otros ejemplos digo que no hay paridad.

En suma, yo me defiendo como puedo de las bromas de mi padre y me limito

a ser buen jinete, sin estudiar esas otras artes, tan impropias de los

clérigos, aunque mi padre asegura que no pocos clérigos españoles las

saben y las ejercen a menudo en España, aun en el día de hoy, a fin de

que la fe triunfe y se conserve o restaure la unidad católica.

Me pesa en el alma de que mi padre sea así; de que hable con

irreverencia y burla de las cosas más serias; pero no incumbe a un hijo

respetuoso el ir más allá de lo que voy en reprimir sus desahogos un

tanto volterianos. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto a

calificarlos bien. En el fondo, mi padre es buen católico y esto me

consuela.

Ayer fue día de la Cruz y estuvo el lugar muy animado. En cada calle

hubo seis o siete cruces de Mayo llenas de flores, si bien ninguna tan

bella como la que puso Pepita en la puerta de su casa. Era un mar de

flores el que engalanaba la cruz.

Por la noche tuvimos fiesta en casa de Pepita. La cruz, que había estado

en la calle, se colocó en una gran sala baja, donde hay piano, y nos dio

Pepita un espectáculo sencillo y poético que yo había visto cuando niño,

aunque no lo recordaba.

De la cabeza de la cruz pendían siete listones o cintas anchas, dos

blancas, dos verdes y tres encarnadas, que son los colores simbólicos de

las virtudes teologales. Ocho niños de cinco o seis años, representando

los Siete Sacramentos, asidos de las siete cintas que pendían de la

cruz, bailaron a modo de una contradanza muy bien ensayada. El bautismo

era un niño vestido de catecúmeno con su túnica blanca; el orden otro

niño de sacerdote; la confirmación, un obispito; la extremaunción, un

peregrino con bordón y esclavina llena de conchas; el matrimonio, un

novio y una novia, y un Nazareno con cruz y corona de espinas, la

penitencia.

El baile, más que baile, fue una serie de reverencias, pasos,

evoluciones, y genuflexiones al compás de una música no mala, de algo

como marcha, que el organista tocó en el piano con bastante destreza.

Los niños, hijos de criados y familiares de la casa de Pepita, después

de hacer su papel, se fueron a dormir muy regalados y agasajados.

La tertulia continuó hasta las doce, y hubo refresco; esto es, tacillas

de almíbar, y, por último, chocolate con torta de bizcocho y agua con

azucarillos.

El retiro y la soledad de Pepita van olvidándose desde que volvió la

primavera, de lo cual mi padre está muy contento. De aquí en adelante,

Pepita recibirá todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de la

tertulia.

Pepita ha dejado el luto, y está ahora más galana y vistosa, con trajes

ligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos.

Tengo la esperanza de que lo más que mi padre me retendrá ya por aquí

será todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd.

verá cómo libre de Pepita, que no piensa en mí, ni se acordará de mí

para malo ni para bueno, tendré el gusto de abrazar a Vd. y de lograr la

dicha de ser sacerdote.

* * * * *

_7 de Mayo_.

Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqué a Vd.,

tertulia en casa de Pepita. Van cuatro o cinco señoras y otras tantas

señoritas del lugar, contando con la tía Casilda, y van también seis o

siete caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las niñas.

Como es natural, hay tres o cuatro noviazgos.

La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como si

dijéramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique,

del boticario, del médico, del escribano y del señor vicario.

Pepita juega al tresillo con mi padre, con el señor vicario y con algún

otro.

Yo no sé de qué lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo con

mi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estado

mayor, tengo que hacer el papel de mirón en una cosa que no entiendo. Yo

no sé más juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y un

poco de tute o brisca cruzada.

Lo mejor sería que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empeña en

que vaya. Con no ir, según él, me pondría en ridículo.

Muchos extremos de admiración hace mi padre al notar mi ignorancia de

ciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al

tresillo, le tiene maravillado.

--Tu tío te ha criado--me dice--debajo de un fanal, haciéndote tragar

teología y más teología, y dejándote a obscuras de lo demás que hay que

saber. Por lo mismo que vas a ser clérigo y que no podrás bailar ni

enamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, ¿qué vas

a hacer, desdichado?

A estos y otros discursos por el estilo he tenido que rendirme, y mi

padre me está enseñando en casa a jugar al tresillo, para que, no bien

lo sepa, lo juegue en la tertulia de Pepita. También, como ya le dije a

Vd., ha querido enseñarme la esgrima, y después a fumar y a tirar la

pistola y a la barra; pero en nada de esto he consentido yo.

--¡Qué diferencia--exclama mi padre--, entre tu mocedad y la mía!

Y luego añade riéndose:

--En sustancia, todo es lo mismo. Yo también tenía mis horas canónicas

en el cuartel de guardias de Corps: el cigarro era el incensario, la

baraja el libro de coro, y nunca me faltaban otras devociones y

ejercicios más o menos espirituales.

Aunque Vd. me tenía prevenido acerca de estas genialidades de mi padre,

y de que por ellas había estado yo con Vd. doce años, desde los diez a

los veintidós, todavía me aturden y desazonan los dichos de mi padre,

sobrado libres a veces. Pero ¿qué le hemos de hacer? Aunque no puedo

censurárselos, tampoco se los aplaudo ni se los río.

Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando está en

casa de Pepita. Ni por casualidad se le escapa una sola frase, un solo

chiste de estos que prodiga tanto en otros lugares. En casa de Pepita es

mi padre el propio comedimiento. Cada día parece además más prendado de

ella y con mayores esperanzas del triunfo.

Sigue mi padre contentísimo de mí como discípulo de equitación. Dentro

de cuatro o cinco días asegura que podré ya montar en Lucero, caballo

negro, hijo de un caballo árabe y de una yegua de la casta de

Guadalcázar, saltador, corredor, lleno de fuego y adiestrado en todo

linaje de corvetas.

--Quien eche a Lucero los calzones encima--dice mi padre--, ya puede

apostarse a montar con los propios centauros; y tú le echarás calzones

encima dentro de poco.

Aunque me paso todo el día en el campo a caballo, en el casino y en la

tertulia, robo algunas horas al sueño, ya voluntariamente, ya porque me

desvelo, y medito en mi posición y hago examen de conciencia. La imagen

de Pepita está siempre presente en mi alma. ¿Será esto amor?, me

pregunto.

Mi compromiso moral, mi promesa de consagrarme a los altares, aunque no

confirmada, es para mí valedera y perfecta. Si algo que se oponga al

cumplimiento de esa promesa ha penetrado en mi alma, es necesario

combatirlo.

Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo que

noto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha enseñado a ejercer,

es omnímodo sobre todos mis sentidos. Mientras Moisés en la cumbre del

Sinaí conversaba con Dios, la baja plebe en la llanura adoraba rebelde

el becerro. A pesar de mis pocos años, no teme mi espíritu rebeldías

semejantes. Bien pudiera conversar con Dios con plena seguridad, si el

enemigo no viniese a pelear contra mí en el mismo santuario. La imagen

de Pepita se me presenta en el alma. Es un espíritu quien hace guerra a

mi espíritu; es la idea de su hermosura en toda su inmaterial pureza la

que se me ofrece en el camino que guía al abismo profundo del alma donde

Dios asiste, y me impide llegar a él.

No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Por cima de

esta inclinación espiritual que me arrastra hacia Pepita está el amor de

lo infinito y de lo eterno. Aunque yo me represente a Pepita como una

idea, como una poesía, no deja de ser la idea, la poesía de algo finito,

limitado, concreto, mientras que el amor de Dios y el concepto de Dios

todo lo abarcan. Pero por más esfuerzos que hago, no acierto a revestir

de una forma imaginaria ese concepto supremo, objeto de un afecto

superiorísimo, para que luche con la imagen, con el recuerdo de la

beldad caduca y efímera que de continuo me atosiga. Fervorosamente pido

al cielo que se despierte en mí la fuerza imaginativa y cree una

semejanza, un símbolo de ese concepto que todo lo comprende, a fin de

que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer. Es vago, es

oscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda el más alto

concepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me representa con

determinados contornos, clara, evidente, luminosa con la luz velada que

resisten los ojos del espíritu, no luminosa con la otra luz intensísima

que para los ojos del espíritu es como tinieblas.

Toda otra consideración, toda otra forma, no destruye la imagen de esta

mujer. Entre el Crucifijo y yo se interpone; entre la imagen devotísima

de la Virgen y yo se interpone; sobre la página del libro espiritual que

leo viene también a interponerse.

No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en el

siglo. Y aunque lo estuviera, yo lucharía y vencería.

La vista diaria de esa mujer y el oír cantar sus alabanzas de continuo,

hasta al padre vicario, me tienen preocupado; divierten mi espíritu

hacia lo profano y le alejan de su debido recogimiento; pero no, yo no

amo a Pepita todavía. Me iré y la olvidaré.

Mientras aquí permanezca, combatiré con valor. Combatiré con Dios para

vencerle por el amor y el rendimiento. Mis clamores llegarán a él como

inflamadas saetas y derribarán el escudo con que se defiende y oculta a

los ojos de mi alma. Yo pelearé como Israel en el silencio de la noche,

y Dios me llagará en el muslo y me quebrantará en ese combate, para que

yo sea vencedor siendo vencido.

* * * * *

_12 de Mayo_.

Antes de lo que yo pensaba, querido tío, me decidió mi padre a que

montase en Lucero. Ayer, a las seis de la mañana, cabalgué en esta

hermosa fiera, como le llama mi padre, y me fui con mi padre al campo.

Mi padre iba caballero en una jaca alazana.

Lo hice tan bien, fui tan seguro y apuesto en aquel soberbio animal, que

mi padre no pudo resistir a la tentación de lucir a su discípulo, y

después de reposarnos en un cortijo que tiene a media legua de aquí, y a

eso de las once, me hizo volver al lugar y entrar por lo más concurrido

y céntrico, metiendo mucha bulla y desempedrando las calles. No hay que

afirmar que pasamos por la de Pepita, quien de algún tiempo a esta parte

se va haciendo algo ventanera y estaba a la reja, en una ventana baja,

detrás de la verde celosía.

No bien sintió Pepita el ruido y alzó los ojos y nos vio, se levantó,

dejó la costura que traía entre manos y se puso a miramos. Lucero, que,

según he sabido después, tiene ya la costumbre de hacer piernas cuando

pasa por delante de la casa de Pepita, empezó a retozar y a levantarse

un poco de manos. Yo quise calmarle, pero como extrañase las mías, y

también extrañase al jinete, despreciándole tal vez, se alborotó más y

más y empezó a dar resoplidos, a hacer corvetas y aun a dar algunos

botes; pero yo me tuve firme y sereno, mostrándole que era su amo,

castigándole con la espuela, tocándole con el látigo en el pecho y

reteniéndole por la brida. Lucero, que casi se había puesto de pie sobre

los cuartos traseros, se humilló entonces hasta doblar mansamente las

rodillas haciendo una reverencia.

La turba de curiosos, que se había agrupado alrededor, rompió en

estrepitosos aplausos. Mi padre dijo:

--¡Bien por los mozos crudos y de arrestos!

Y notando después que Currito, que no tiene otro oficio que el de

paseante, se hallaba entre el concurso, se dirigió a él con estas

palabras:

--Mira, arrastrado; mira al _teólogo_ ahora, y, en vez de burlarte,

quédate patitieso de asombro.

En efecto, Currito estaba con la boca abierta, inmóvil, verdaderamente

asombrado.

Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi carácter. La

inconveniencia de este triunfo me infundió vergüenza. El rubor coloró

mis mejillas. Debí ponerme encendido como la grana, y más aún cuando

advertí que Pepita me aplaudía y me saludaba cariñosa, sonriendo y

agitando sus lindas manos.

En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primera

calidad.

Mi padre no puede estar más satisfecho y orondo; asegura que está

completando mi educación; que usted le ha enviado en mí un libro muy

sabio, pero en borrador y desencuadernado, y que él está poniéndome en

limpio y encuadernándome.

El tresillo, si es parte de la encuadernación y de la limpieza, también

está ya aprendido.

Dos noches he jugado con Pepita.

La noche que siguió a mi hazaña ecuestre, Pepita me recibió

entusiasmada, e hizo lo que nunca había querido ni se había atrevido a

hacer conmigo: me alargó la mano.

No crea Vd. que no recordé lo que recomiendan tantos y tantos moralistas

y ascetas; pero, allá en mi mente, pensé que exageraban el peligro.

Aquello del Espíritu Santo de que el que echa mano a una mujer se expone

como si cogiera un escorpión, me pareció dicho en otro sentido. Sin duda

que en los libros devotos, con la más sana intención, se interpretan

harto duramente ciertas frases y sentencias de la Escritura. ¿Cómo

entender, si no, que la hermosura de la mujer, obra tan perfecta de

Dios, es causa de perdición siempre? ¿Cómo entender tampoco, en sentido

general y constante, que la mujer es más amarga que la muerte? ¿Cómo

entender que el que toca a una mujer, en toda ocasión y con cualquier

pensamiento que sea, no saldrá sin mancha?

En fin, yo respondí rápidamente dentro de mi alma a estos y otros

avisos, y tomé la mano que Pepita cariñosamente me alargaba y la

estreché en la mía. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor

su delicadeza y primor, que hasta entonces no conocía sino por los ojos.

Según los usos del siglo, dada ya la mano una vez, la debe uno dar

siempre, cuando llega y cuando se despide. Espero que en esta ceremonia,

en esta prueba de amistad, en esta manifestación de afecto, si se

procede con pureza y sin el menor átomo de livianidad, no verá Vd. nada

malo ni peligroso.

Como mi padre tiene que estar muchas noches con el aperador y con otra

gente de campo, y hasta las diez y media o las once suele no verse libre

yo le sustituyo en la mesa del tresillo al lado de Pepita. El señor

vicario y el escribano son casi siempre los otros tercios. Jugamos a

décimo de real, de modo que un duro o dos es lo más que se atraviesa en

la partida.

Mediando, como media, tan poco interés en el juego, lo interrumpimos

continuamente con agradables conversaciones y hasta con discusiones

sobre puntos extraños al mismo juego, en todo lo cual demuestra siempre

Pepita una lucidez de entendimiento, una viveza de imaginación y una tan

extraordinaria gracia en el decir, que no pueden menos de maravillarme.

No hallo motivo suficiente para variar de opinión respecto a lo que ya

he dicho a Vd. contestando a sus recelos de que Pepita puede sentir

cierta inclinación hacia mí. Me trata con el afecto natural que debe

tener al hijo de su pretendiente D. Pedro de Vargas, y con la timidez y

encogimiento que inspira un hombre en mis circunstancias; que no es

sacerdote aún, pero que pronto va a serlo.

Quiero y debo, no obstante, decir a Vd., ya que le escribo siempre como

si estuviese de rodillas delante de Vd. a los pies del confesionario,

una rápida impresión que he sentido dos o tres veces; algo que tal vez

sea una alucinación o un delirio, pero que he notado.

Ya he dicho a Vd. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como

los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestísimo. Se diría que ella

ignora el poder de sus ojos y no sabe que sirven más que para ver.

Cuando fija en alguien la vista, es tan clara, franca y pura la dulce

luz de su mirada, que, en vez de hacer nacer ninguna mala idea, parece

que crea pensamientos limpios; que deja en reposo grato a las almas

inocentes y castas, y mata y destruye todo incentivo en las almas que no

lo son. Nada de pasión ardiente, nada de fuego hay en los ojos de

Pepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo de su mirada.

Pues bien, a pesar de esto, yo he creído notar dos o tres veces un

resplandor instantáneo, un relámpago, una llama fugaz devoradora en

aquellos ojos que se posaban en mí. ¿Será vanidad ridícula sugerida por

el mismo demonio?

Me parece que sí: quiero creer y creo que sí.

Lo rápido, lo fugitivo de la impresión, me induce a conjeturar que no ha

tenido nunca realidad extrínseca; que ha sido ensueño mío.

La calma del cielo, el frío de la indiferencia amorosa, si bien templado

por la dulzura de la amistad y de la caridad, es lo que descubro siempre

en los ojos de Pepita.

Me atormenta, no obstante, este ensueño, esta alucinación de la mirada

extraña y ardiente.

Mi padre dice que no son los hombres sino las mujeres las que toman la

iniciativa, y que la toman sin responsabilidad, y pudiendo negar y

volverse atrás cuando quieren. Según mi padre, la mujer es quien se

declara por medio de miradas fugaces, que ella misma niega más tarde a

su propia conciencia si es menester, y de las cuales, más que leer,

logra el hombre a quien van dirigidas adivinar el significado. De esta

suerte, casi por medio de una conmoción eléctrica, casi por medio de una

sutilísima e inexplicable intuición se percata el que es amado de que es

amado, y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya sobre seguro y con

plena confianza de la correspondencia.

¿Quién sabe si estas teorías de mi padre, oídas por mí, porque no puedo

menos de oírlas, son las que me han calentado la cabeza y me han hecho

imaginar lo que no hay?

De todos modos, me digo a veces, ¿sería tan absurdo, tan imposible que

lo hubiera? Y si lo hubiera, si yo agradase a Pepita de otro modo que

como amigo, si la mujer a quien mi padre pretende se prendase de mí, ¿no

sería espantosa mi situación?

Desechemos estos temores fraguados sin duda por la vanidad. No hagamos

de Pepita una Fedra y de mí un Hipólito.

Lo que sí empieza a sorprenderme es el descuido y plena seguridad de mi

padre. Perdone usted, pídale a Dios que perdone mi orgullo; de vez en

cuando me pica y enoja la tal seguridad. Pues qué, me digo, ¿soy tan

adefesio para que mi padre no tema que, a pesar de mi supuesta santidad,

o por mi misma supuesta santidad, no pueda yo enamorar, sin querer, a

Pepita?

Hay un curioso raciocinio, que yo me hago, y por donde me explico, sin

lastimar mi amor propio, el descuido paterno en este asunto importante.

Mi padre, aunque sin fundamento, se va considerando ya como marido de

Pepita, y empieza a participar de aquella ceguedad funesta que Asmodeo u

otro demonio más torpe infunde a los maridos. Las historias profanas y

eclesiásticas están llenas de esta ceguedad, que Dios permite, sin duda

para fines providenciales. El ejemplo más egregio quizás es el del

emperador Marco Aurelio, que tuvo mujer tan liviana y viciosa como

Faustina, y, siendo varón tan sabio y tan agudo filósofo, nunca advirtió

lo que de todas las gentes que formaban el imperio romano era sabido;

por donde, en las meditaciones o memorias que sobre sí mismo compuso, da

infinitas gracias a los dioses inmortales porque le habían concedido

mujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa de sus contemporáneos y de

las futuras generaciones. Desde entonces, no se ve otra cosa todos los

días, sino magnates y hombres principales que hacen sus secretarios y

dan todo su valimiento a los que le tienen con su mujer. De esta suerte

me explico que mi padre se descuide, y no recele que, hasta a pesar mío,

pudiera tener un rival en mí.

Sería una falta de respeto, pecaría yo de presumido e insolente, si

advirtiese a mi padre del peligro que no ve. No hay medio de que yo le

diga nada. Además, ¿qué había yo de decirle? ¿Que se me figura que una o

dos veces Pepita me ha mirado de otra manera que como suele mirar? ¿No

puede ser esto ilusión mía? No; no tengo la menor prueba de que Pepita

desee siquiera coquetear conmigo.

¿Qué es, pues, lo que entonces podría yo decir a mi padre? ¿Había de

decirle que yo soy quien está enamorado de Pepita, que yo codicio el

tesoro que ya él tiene por suyo? Esto no es verdad; y sobre todo, ¿cómo

declarar esto a mi padre, aunque fuera verdad, por mi desgracia y por mi

culpa?

Lo mejor es callarme; combatir en silencio, si la tentación llega a

asaltarme de veras; y tratar de abandonar cuanto antes este pueblo y de

volverme con Vd.

* * * * *

_19 de Mayo_.

Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me

envía. Hoy los necesito más que nunca.

Razón tiene la mística doctora Santa Teresa cuando pondera los grandes

trabajos de las almas tímidas que se dejan turbar por la tentación: pero

es mil veces más trabajoso el desengaño para quienes han sido, como yo,

confiados y soberbios.

Templos del Espíritu Santo son nuestros cuerpos, mas si se arrima fuego

a sus paredes, aunque no ardan, se tiznan.

La primera sugestión es la cabeza de la serpiente. Si no la hollamos con

planta valerosa y segura, el ponzoñoso reptil sube a esconderse en

nuestro seno.

El licor de los deleites mundanos, por inocentes que sean, suele ser

dulce al paladar, y luego se trueca en hiel de dragones y veneno de

áspides.

Es cierto: ya no puedo negárselo a Vd. Yo no debí poner los ojos con

tanta complacencia en esta mujer peligrosísima.

No me juzgo perdido; pero me siento conturbado.

Como el corzo sediento desea y busca el manantial de las aguas, así mi

alma busca a Dios todavía. A Dios se vuelve para que le dé reposo, y

anhela beber en el torrente de sus delicias, cuyo ímpetu alegra el

Paraíso, y cuyas ondas claras ponen más blanco que la nieve; pero un

abismo llama a otro abismo, y mis pies se han clavado en el cieno que

está en el fondo.

Sin embargo, aún me quedan voz y aliento para clamar con el Salmista:

¡Levántate, gloria mía! Si te pones de mi lado, ¿quién prevalecerá

contra mí?

Yo digo a mi alma pecadora, llena de quiméricas imaginaciones y de vagos

deseos, que son sus hijos bastardos: ¡Oh, hija miserable de Babilonia;

bienaventurado el que te dará tu galardón: bienaventurado el que deshará

contra las piedras a tus pequeñuelos!

Las mortificaciones, el ayuno, la oración, la penitencia serán las armas

de que me revista para combatir y vencer con el auxilio divino.

No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la

ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de una

atracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en

ella los míos. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con una

llama funesta; como los de Amón cuando se fijaban en Tamar; como los del

príncipe de Siquén cuando se fijaban en Dina.

Al mirarnos así, hasta de Dios me olvido. La imagen de ella se levanta

en el fondo de mi espíritu, vencedora de todo. Su hermosura resplandece

sobre toda hermosura; los deleites del cielo me parecen inferiores a su

cariño; una eternidad de penas creo que no paga la bienaventuranza

infinita que vierte sobre mí en un momento con una de estas miradas, que

pasan cual relámpago.

Cuando vuelvo a casa, cuando me quedo solo en mi cuarto, en el silencio

de la noche, reconozco todo el horror de mi situación, y formo buenos

propósitos, que luego se quebrantan.

Me prometo a mí mismo fingirme enfermo, buscar cualquier otro pretexto

para no ir a la noche siguiente en casa de Pepita, y sin embargo voy.

Mi padre, confiado hasta lo sumo, sin sospechar lo que pasa en mi alma,

me dice cuando llega la hora:

--Vete a la tertulia. Yo iré más tarde, luego que despache al aperador.

Yo no atino con la excusa, no hallo el pretexto, y en vez de

contestar;--no puedo ir--, tomo el sombrero y voy a la tertulia.

Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al dárnosla me hechiza. Todo

mi ser se muda. Penetra hasta mi corazón un fuego devorante, y ya no

pienso más que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradas

si tardan en llegar. La miro con insano ahínco, por un estímulo

irresistible, y a cada instante creo descubrir en ella nuevas

perfecciones. Ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe, ya la

blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya la

pequeñez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modelado

de la garganta.

Entro en su casa, a pesar mío, como evocado por un conjuro; y, no bien

entro en su casa, caigo bajo el poder de su encanto; veo claramente que

estoy dominado por una maga, cuya fascinación es ineluctable.

No es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan en

mis oídos como la música de las esferas, revelándome toda la armonía del

universo y hasta imagino percibir una sutilísima fragancia, que su

limpio cuerpo despide, y que supera al olor de los mastranzos que crecen

a orillas de los arroyos y al aroma silvestre del tomillo que en los

montes se cría.

Excitado de esta suerte, no sé cómo juego al tresillo, ni hablo, ni

discurro con juicio, porque estoy todo en ella.

Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestras

almas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen y

compenetran. Allí se descubren mil inefables misterios de amor, allí se

comunican sentimientos que por otro medio no llegarían a saberse, y se

recitan poesías que no caben en lengua humana, y se cantan canciones que

no hay voz que exprese ni acordada cítara que module.

Desde el día en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a

verla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo

hemos dicho todo.

Cuando me sustraigo a la fascinación, cuando estoy solo por la noche en

mi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y veo

abierto a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que me

resbalo y que me hundo.

Me recomienda Vd. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino

en la mía. Me recomienda Vd. que piense en lo inestable, en lo inseguro

de nuestra existencia, y en lo que hay más allá. Pero esta consideración

y esta meditación ni me atemorizan ni me arredran. ¿Cómo he de temer la

muerte cuando deseo morir? El amor y la muerte son hermanos. Un

sentimiento de abnegación se alza de las profundidades de mi ser, y me

llama a sí, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por el

objeto amado. Ansío confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporar

toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos; quedarme muerto

mirándola, aunque me condene.

Lo que es aún eficaz en mí contra el amor, no es el temor, sino el amor

mismo. Sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepita

me inspira, se levanta en mi espíritu el amor divino, en consurrección

poderosa. Entonces todo se cambia en mí, y aun me promete la victoria.

El objeto de mi amor superior se ofrece a los ojos de mi mente como el

sol que todo lo enciende y alumbra llenando de luz los espacios; y el

objeto de mi amor más bajo, como átomo de polvo que vaga en el ambiente

y que el sol dora. Toda su beldad, todo su resplandor, todo su

atractivo, no es más que el reflejo de ese sol increado, no es más que

la chispa brillante, transitoria, inconsistente, de aquella infinita y

perenne hoguera.

Mi alma, abrasada de amor, pugna por criar alas, y tender el vuelo, y

subir a esa hoguera, y consumir allí cuanto hay en ella de impuro.

Mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante. No sé cómo el

mal que padezco no me sale a la cara. Apenas me alimento; apenas duermo.

Si el sueño cierra mis párpados, suelo despertar azorado, como si me

hallase peleando en una batalla de ángeles rebeldes y de ángeles buenos.

En esta batalla de la luz contra las tinieblas, yo combato por la luz;

pero tal vez imagino que me paso al enemigo, que soy un desertor infame;

y oigo la voz del águila de Patmos que dice: «Y los hombres prefirieron

las tinieblas a la luz»; y entonces me lleno de terror y me juzgo

perdido.

No me queda más recurso que huir. Si en lo que falta para terminar el

mes, mi padre no me da su venia y no viene conmigo, me escapo como un

ladrón; me fugo sin decir nada.

* * * * *

_23 de Mayo_.

Soy un vil gusano y no un hombre: soy el oprobio y la abyección de la

humanidad; soy un hipócrita.

Me han circundado dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me han

conturbado.

Vergüenza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Quiero

confesárselo todo.

No logro enmendarme. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy más

temprano todas las noches. Se diría que los demonios me agarran de los

pies y me llevan allá sin que yo quiera.

Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. No quisiera hallarla sola. Casi

siempre se me adelanta el excelente padre vicario, que atribuye nuestra

amistad a la semejanza de gustos piadosos, y la funda en la devoción,

como la amistad inocentísima que él le profesa.

El progreso de mi mal es rápido. Como piedra que se desprende de lo alto

del templo y va aumentando su velocidad en la caída, así va mi espíritu

ahora.

Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Ambos

hacemos un esfuerzo de voluntad, y nos transmitimos, por nuestras

diestras enlazadas, todas las palpitaciones del corazón. Se diría que,

por arte diabólico, obramos una transfusión y mezcla de lo más sutil de

nuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, como

yo siento en las mías la suya.

Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. A su vista, en

su presencia, me enamora, me atrae, me rinde con suavidad, me pone un

yugo dulcísimo.

Su recuerdo me mata. Soñando con ella, sueño que me divide la garganta

como Judith al capitán de los asirios, que me atraviesa las sienes con

un clavo, como Jael a Sisara; pero a su lado, me parece la esposa del

_Cantar de los Cantares_, y la llamo con voz interior, y la bendigo, y la

juzgo fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los

campos, paloma mía y hermana.

Quiero libertarme de esta mujer y no puedo. La aborrezco y casi la

adoro. Su espíritu se infunde en mí al punto que la veo, y me posee, y

me domina, y me humilla.

Todas las noches salgo de su casa diciendo: esta será la última noche

que vuelva aquí; y vuelvo a la noche siguiente.

Cuando habla, y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca;

cuando sonríe, se me antoja que un rayo de luz inmaterial se me entra en

el corazón y le alegra.

A veces, jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas,

y he sentido un indescriptible sacudimiento.

Sáqueme Vd. de aquí. Escriba Vd. a mi padre que me dé licencia para

irme. Si es menester, dígaselo todo. Socórrame Vd. ¡Sea Vd. mi amparo!

* * * * *

_30 de Mayo_.

Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido.

Hace días que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo.

Casi no tengo que pretextar una enfermedad porque realmente estoy

enfermo. Estoy pálido y ojeroso; y mi padre, lleno de afectuoso cuidado,

me pregunta qué padezco y me muestra el interés más vivo.

El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle.

Con violencia llamo a sus puertas para que se me abran.

Con ajenjo me alimenta Dios para probarme, y en balde le pido que aparte

de mí ese cáliz de amargura: pero he pasado y paso en vela muchas

noches, entregado a la oración, y ha venido a endulzar lo amargo del

cáliz una inspiración amorosa del espíritu consolador y soberano.

He visto con los ojos del alma la nueva patria, y en lo más íntimo de mi

corazón ha resonado el cántico nuevo de la Jerusalén celeste.

Si al cabo logro vencer, será gloriosa la victoria; pero se la deberé a

la Reina de los Ángeles, a quien me encomiendo. Ella es mi refugio y mi

defensa; torre y alcázar de David, de que penden mil escudos y armaduras

de valerosos campeones; cedro del Líbano que pone en fuga a las

serpientes.

En cambio, a la mujer que me enamora de un modo mundanal, procuro

menospreciarla y abatirla en mi pensamiento, recordando las palabras del

Sabio y aplicándoselas.

Eres lazo de cazadores, la digo; tu corazón es red engañosa y tus manos

redes que atan: quien ama a Dios huirá de ti, y el pecador será por ti

aprisionado.

Meditando sobre el amor, hallo mil motivos para amar a Dios y no amarla.

Siento en el fondo de mi corazón una inefable energía que me convence de

que yo lo despreciaría todo por el amor de Dios: la fama, la honra, el

poder y el imperio. Me hallo capaz de imitar a Cristo; y si el enemigo

tentador me llevase a la cumbre de la montaña y me ofreciese todos los

reinos de la tierra, porque doblase ante él la rodilla, yo no la

doblaría: pero cuando me ofrece a esta mujer, vacilo aún y no le

rechazo. ¿Vale más esta mujer a mis ojos que todos los reinos de la

tierra; más que la fama, la honra, el poder y el imperio?

¿La virtud del amor, me pregunto a veces, es la misma siempre, aunque

aplicada a diversos objetos, o bien hay dos linajes y condiciones de

amores? Amar a Dios me parece la negación del egoísmo y del

exclusivismo. Amándole, puedo y quiero amarlo todo por él, y no me enojo

ni tengo celos de que él lo ame todo. No estoy celoso ni envidioso de

los santos, de los mártires, de los bienaventurados, ni de los mismos

serafines. Mientras mayor me represento el amor de Dios a las criaturas

y los favores y regalos que les hace, menos celoso estoy y más le amo, y

más cercano a mí le juzgo, y más amoroso y fino me parece que está

conmigo. Mi hermandad, mi más que hermandad con todos los seres, resalta

entonces de un modo dulcísimo. Me parece que soy uno con todo, y que

todo está enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.

Muy al contrario, cuando pienso en esta mujer y en el amor que me

inspira. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de mí. La

quiero para mí; toda para mí y yo todo para ella. Hasta la devoción y el

sacrificio por ella son egoístas. Morir por ella sería por desesperación

de no lograrla de otra suerte, o por esperanza de no gozar de su amor

por completo, sino muriendo y confundiéndome con ella en un eterno

abrazo.

Con todas estas consideraciones procuro hacer aborrecible el amor de

esta mujer; pongo en este amor mucho de infernal y de horriblemente

ominoso; pero como si tuviese yo dos almas, dos entendimientos, dos

voluntades y dos imaginaciones, pronto surge dentro de mí la idea

contraria; pronto me niego lo que acabo de afirmar, y procuro conciliar

locamente los dos amores. ¿Por qué no huir de ella y seguir amándola sin

dejar de consagrarme fervorosamente al servicio de Dios? Así como el

amor de Dios no excluye el amor de la patria, el amor de la humanidad,

el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la naturaleza y en el

arte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual e inmaculado. Yo

haré de ella, me digo, un símbolo, una alegoría, una imagen de todo lo

bueno y hermoso. Será para mí, como Beatriz para Dante, figura y

representación de mi patria, del saber y de la belleza.

Esto me hace caer en una horrible imaginación, en un monstruoso

pensamiento. Para hacer de Pepita ese símbolo, esa vaporosa y etérea

imagen, esa cifra y resumen de cuanto puedo amar por bajo de Dios, en

Dios y subordinándolo a Dios, me la finjo muerta, como Beatriz estaba

muerta cuando Dante la cantaba.

Si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, y

para convertirla en idea pura, la asesino en mi mente.

Luego la lloro, luego me horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella en

espíritu, y con el calor de mi corazón le vuelvo la vida, y la veo, no

vagarosa, diáfana, casi esfumada entre nubes de color de rosa y flores

celestiales, como vio el feroz Gibelino a su amada en la cima del

Purgatorio, sino consistente, sólida, bien delineada en el ambiente

sereno y claro, como las obras más perfectas del cincel helénico, como

Galatea, animada ya por el afecto de Pigmalión, y bajando llena de vida,

respirando amor, lozana de juventud y de hermosura, de su pedestal de

mármol.

Entonces exclamo desde el fondo de mi conturbado corazón: Mi virtud

desfallece; Dios mío, no me abandones. Apresúrate a venir en mi auxilio.

Muéstrame tu cara y seré salvo.

Así recobro las fuerzas para resistir a la tentación. Así renace en mí

la esperanza de que volveré al antiguo reposo no bien me aparte de estos

sitios.

El demonio anhela con furia tragarse las aguas puras del Jordán, que son

las personas consagradas a Dios. Contra ellas se conjura el infierno y

desencadena todos sus monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: «No

debemos admirarnos de que estas personas pecaron, sino de que no

pecaron». Yo, con todo, sabré resistir y no pecar. Dios me protege.

* * * * *

_6 de Junio_.

La nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, una

buena pieza de arrugadillo: picotera, alegre y hábil como pocas. Se casó

con el hijo del Maestro Cencias, y ha heredado del padre lo que el hijo

no heredó: una portentosa facilidad para las artes y los oficios. La

diferencia está en que el Maestro Cencias componía un husillo de lagar,

arreglaba las ruedas de una carreta o hacía un arado, y esta nuera suya

hace dulces, arropes y otras golosinas. El suegro ejercía las artes de

utilidad: la nuera las del deleite, aunque deleite inocente o lícito al

menos.

Antoñona, que así se llama, tiene o se toma la mayor confianza con todo

el señorío. En todas las casas entra y sale como en la suya. A todos los

señoritos y señoritas de la edad de Pepita, o de cuatro o cinco años

más, los tutea, los llama niños y niñas, y los trata como si los hubiera

criado a sus pechos.

A mí me habla de mira, como a los otros. Viene a verme, entra en mi

cuarto, y ya me ha dicho varias veces que soy un ingrato, y que hago mal

en no ir a ver a su señora.

Mi padre, sin advertir nada, me acusa de extravagante; me llama búho, y

se empeña también en que vuelva a la tertulia. Anoche no pude ya

resistirme a sus repetidas instancias, y fui muy temprano, cuando mi

padre iba a hacer las cuentas con el aperador.

¡Ojalá no hubiera ido!

Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los dos

colorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra.

Yo no estreché la suya: ella no estrechó la mía; pero las conservamos

unidas un breve rato.

En la mirada que Pepita me dirigió nada había de amor, sino de amistad,

de simpatía, de honda tristeza.

Había adivinado toda mi lucha interior: presumía que el amor divino

había triunfado en mi alma; que mi resolución de no amarla era firme e

invencible.

No se atrevía a quejarse de mí; no tenía derecho a quejarse de mí;

conocía que la razón estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible,

que se escapó de sus frescos labios entreabiertos, manifestó cuánto lo

deploraba.

Nuestras manos seguían unidas aún. Ambos mudos. ¿Cómo decirle que yo no

era para ella, ni ella para mí?; ¡Qué importaba separamos para siempre!

Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos.

Mi severa mirada confirmó sus temores: la persuadió de la irrevocable

sentencia.

De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, pálido ya de una

palidez traslúcida, se contrajo con una bellísima expresión de

melancolía. Parecía la madre de los dolores. Dos lágrimas brotaron

lentamente de sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.

No sé lo que pasó en mí. ¿Ni cómo describirlo, aunque lo supiera?

Acerqué mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron

nuestras bocas en un beso.

Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadió todo mi ser y

el ser de ella. Su cuerpo desfallecía y la sostuve entre mis brazos.

Quiso el cielo que oyésemos los pasos y la tos del padre vicario que

llegaba, y nos separamos al punto.

Volviendo en mí, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pude

entonces llenar con estas palabras, que pronuncié en voz baja e intensa,

aquella terrible escena silenciosa:

--¡El primero y el último!

Yo aludía al beso profano; mas, como si hubieran sido mis palabras una

evocación, se ofreció en mi mente la visión apocalíptica en toda su

terrible majestad. Vi al que es por cierto el primero y el último, y con

la espada de dos filos que salía de su boca me hería en el alma, llena

de maldades, de vicios y de pecados.

Toda aquella noche la pasé en un frenesí, en un delirio interior, que no

sé cómo disimulaba.

Me retiré de casa de Pepita muy temprano.

En la soledad fue mayor mi amargura.

Al recordarme de aquel beso y de aquellas palabras de despedida, me

comparaba yo con el traidor Judas, que vendía besando, y con el

sanguinario y alevoso asesino Joab, cuando al besar a Amasá, le hundió

el hierro agudo en las entrañas.

Había incurrido en dos traiciones y en dos falsías. Había faltado a Dios

y a ella.

Soy un ser abominable.

* * * * *

_11 de Junio_.

Aún es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanará de su amor y olvidará la

flaqueza que ambos tuvimos.

Desde aquella noche no he vuelto a su casa.

Antoñona no parece por la mía.

A fuerza de súplicas he logrado de mi padre la promesa formal de que

partiremos de aquí el 25, pasado el día de San Juan, que aquí se celebra

con fiestas lucidas, y en cuya víspera hay una famosa velada.

Lejos de Pepita, me voy serenando, y creyendo que tal vez ha sido una

prueba este comienzo de amores.

En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho.

La persistencia de mis plegarias, la honda contrición de mi pecho han

hallado gracia delante del Señor, quien ha mostrado su gran

misericordia.

El Señor, como dice el Profeta, ha enviado fuego a lo más robusto de mi

espíritu, ha alumbrado mi inteligencia, ha encendido lo más alto de mi

voluntad, y me ha enseñado.

La actividad del amor divino, que está en la voluntad suprema, ha podido

en ocasiones, sin yo merecerlo, llevarme hasta la oración de quietud

afectiva. He desnudado las potencias inferiores de mi alma de toda

imagen, hasta de la imagen de esa mujer; y he creído, si el orgullo no

me alucina, que he conocido y gozado en paz, con la inteligencia y con

el afecto, del bien supremo que está en el centro y abismo del alma.

Ante este bien todo es miseria; ante esta hermosura es fealdad todo;

ante esta felicidad, todo es infortunio; ante esta altura todo es

bajeza. ¿Quién no olvidará y despreciará por el amor de Dios todos los

demás amores?

Sí: la imagen profana de esa mujer saldrá definitivamente y para siempre

de mi alma. Yo haré un azote durísimo de mis oraciones y penitencias, y

con él la arrojaré de allí, como Cristo arrojó del templo a los

condenados mercaderes.

* * * * *

_18 de Junio_.

Ésta será la última carta que yo escriba a Vd.

El veinticinco saldré de aquí sin falta. Pronto tendré el gusto de dar a

Vd. un abrazo.

Cerca de Vd. estaré mejor. Vd. me infundirá ánimo y me prestará la

energía de que carezco.

Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi corazón.

El desorden de mis ideas se conocerá en el desorden de lo que estoy

escribiendo.

Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado frío, severo, como debía

estar: pero ¡cuánto me ha costado!

Ayer me dijo mi padre que Pepita está indispuesta y que no recibe.

En seguida me asaltó el pensamiento de que su amor mal pagado podría ser

la causa de la enfermedad.

¿Por qué la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella me

miraba? ¿Por qué la he engañado vilmente? ¿Por qué la he hecho creer que

la quería? ¿Por qué mi boca infame buscó la suya y se abrasó y la abrasó

con las llamas del infierno?

Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro

pecado.

Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe

remediarse.

El 25, repito, partiré sin falta.

La desenvuelta Antoñona acaba de entrar a verme.

Escondí esta carta, como si fuera una maldad escribir a Vd.

Solo un minuto ha estado aquí Antoñona.

Yo me levanté de la silla para hablar con ella de pie y que la visita

fuera corta.

En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligen

profundamente.

Por último, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:

¡Anda, fullero de amor, _indinote_; maldecido seas; _malos chuqueles te

tagelen el drupro_, que has puesto enferma a la niña, y con tus

retrecherías la estás matando!

Dicho esto, la endiablada mujer me aplicó de una manera indecorosa y

plebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, como

si quisiera sacarme a túrdigas el pellejo. Después se largó echando

chispas.

No me quejo: merezco esta broma brutal, dado que sea broma. Merezco que

me atenacen los demonios con tenazas hechas ascuas.

¡Dios mío, haz que Pepita me olvide: haz, si es menester, que ame a otro

y sea con él dichosa!

¿Puedo pedirte más, Dios mío?

Mi padre no sabe nada; no sospecha nada. Más vale así.

Adiós. Hasta dentro de pocos días, que nos veremos y abrazaremos.

¡Qué mudado va Vd. a encontrarme! ¡Qué lleno de amargura mi corazón!

¡Cuán perdida la inocencia! ¡Qué herida y qué lastimada mi alma!

-II-

Pepita Jiménez · 第 8 / 15 题