Cartas de mi sobrino

* * * * *

_22 de Marzo_.

Querido tío y venerado maestro: Hace cuatro días que llegué con toda

felicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de salud

a mi padre, al señor vicario y a los amigos y parientes. El contento de

verlos y de hablar con ellos, después de tantos años de ausencia, me ha

embargado el ánimo y me ha robado el tiempo, de suerte que hasta ahora

no he podido escribir a Vd.

Vd. me lo perdonará.

Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la

impresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria.

Todo me parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito que

el recuerdo que tenía. La casa de mi padre, que en mi imaginación era

inmensa, es sin duda una gran casa de un rico labrador; pero más pequeña

que el Seminario. Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo de

por aquí. Las huertas, sobre todo, son deliciosas. ¡Qué sendas tan

lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a ambos, corre el agua

cristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias están

cubiertas de yerbas olorosas y de flores de mil clases. En un instante

puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendas

pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman los

vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.

Es portentosa la multitud de pajarillos que alegran estos campos y

alamedas.

Yo estoy encantado con las huertas, y todas las tardes me paseo por

ellas un par de horas.

Mi padre quiere llevarme a ver sus olivares, sus viñas, sus cortijos;

pero nada de esto hemos visto aún. No he salido del lugar y de las

amenas huertas que le circundan.

Es verdad que no me dejan parar con tanta visita.

Hasta cinco mujeres han venido a verme que todas han sido mis amas y me

han abrazado y besado.

Todos me llaman Luisito o el niño de D. Pedro, aunque tengo ya veintidós

años cumplidos. Todos preguntan a mi padre por el niño, cuando no estoy

presente.

Se me figura que son inútiles los libros que he traído para leer, pues

ni un instante me dejan solo.

La dignidad de cacique, que yo creía cosa de broma, es cosa harto seria.

Mi padre es el cacique del lugar.

Apenas hay aquí quien acierte a comprender lo que llaman mi manía de

hacerme clérigo, y esta buena gente me dice con un candor selvático que

debo ahorcar los hábitos, que el ser clérigo está bien para los

pobretones; pero que yo, soy un rico heredero, debo casarme y consolar

la vejez de mi padre, dándole media docena de hermosos y robustos

nietos.

Para adularme y adular a mi padre, dicen hombres y mujeres que soy un

real mozo, muy salado, que tengo mucho ángel, que mis ojos son muy

pícaros, y otras sandeces que me afligen, disgustan y avergüenzan, a

pesar de que no soy tímido y conozco las miserias y locuras de esta

vida, para no escandalizarme ni asustarme de nada.

El único defecto que hallan en mí es el de que estoy muy delgadito, a

fuerza de estudiar. Para que engorde se proponen no dejarme estudiar ni

leer un papel mientras aquí permanezca, y además hacerme comer cuantos

primores de cocina y de repostería se confeccionan en el lugar. Está

visto: quieren cebarme. No hay familia conocida que no me haya enviado

algún obsequio. Ya me envían una torta de bizcocho, ya un cuajado, ya

una pirámide de piñonate, ya un tarro de almíbar.

Los obsequios que me hacen no son sólo estos presentes enviados a casa,

sino que también me han convidado a comer tres o cuatro personas de las

más importantes del lugar.

Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. habrá oído

hablar sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende.

Mi padre, a pesar de sus cincuenta y cinco años, está tan bien que puede

poner envidia a los más gallardos mozos del lugar. Tiene además el

atractivo poderoso, irresistible para algunas mujeres, de sus pasadas

conquistas, de su celebridad, de haber sido una especie de D. Juan

Tenorio.

No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yo

sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. Por lo que de ella

se cuenta, no acierto a decidir si es buena o mala moralmente; pero sí

que es de gran despejo natural. Pepita tendrá veinte años; es viuda;

sólo tres años estuvo casada. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda,

como Vd. sabe, de un capitán retirado

_Que le dejó a su muerte_

_Sólo su honrosa espada por herencia_,

según dice el poeta. Hasta la edad de diez y seis años vivió Pepita con

su madre en la mayor estrechez, casi en la miseria.

Tenía un tío llamado D. Gumersindo, poseedor de un mezquinísimo

mayorazgo, de aquellos que en tiempos antiguos una vanidad absurda

fundaba. Cualquier persona regular hubiera vivido con las rentas de este

mayorazgo en continuos apuros, llena tal vez de trampas y sin acertar a

darse el lustre y decoro propios de su clase; pero D. Gumersindo era un

ser extraordinario: el genio de la economía. No se podía decir que

crease riqueza; pero tenía una extraordinaria facultad de absorción con

respecto a la de los otros, y en punto a consumirla, será difícil hallar

sobre la tierra persona alguna en cuyo mantenimiento, conservación y

bienestar hayan tenido menos que afanarse la madre naturaleza y la

industria humana. No se sabe cómo vivió; pero el caso es que vivió hasta

la edad de ochenta años, ahorrando sus rentas íntegras y haciendo crecer

su capital por medio de préstamos muy sobre seguro. Nadie por aquí le

critica de usurero, antes bien le califican de caritativo, porque siendo

moderado en todo, hasta en la usura lo era, y no solía llevar más de un

10 por 100 al año, mientras que en toda esta comarca llevan un 20 y

hasta un 30 por 100, y aún parece poco.

Con este arreglo, con esta industria, y con el ánimo consagrado siempre

a aumentar y a no disminuir sus bienes, sin permitirse el lujo de

casarse, ni de tener hijos, ni de fumar siquiera, llegó D. Gumersindo a

la edad que he dicho, siendo poseedor de un capital, importante sin duda

en cualquier punto, y aquí considerado enorme, merced a la pobreza de

estos lugareños y a la natural exageración andaluza.

D. Gumersindo, muy aseado y cuidadoso de su persona, era un viejo que no

inspiraba repugnancia. Las prendas de su sencillo vestuario estaban algo

raídas, pero sin una mancha y saltando de limpias, aunque de tiempo

inmemorial se le conocía la misma capa, el mismo chaquetón y los mismos

pantalones y chaleco. A veces se interrogaban en balde las gentes unas a

otras a ver si alguien le había visto estrenar una prenda.

Con todos estos defectos, que aquí y en otras partes muchos consideran

virtudes, aunque virtudes exageradas, D. Gumersindo tenía excelentes

cualidades: era afable, servicial, compasivo, y se desvivía por

complacer y ser útil a todo el mundo aunque le costase trabajo, desvelos

y fatiga, con tal de que no le costase un real. Alegre y amigo de

chanzas y de burlas, se hallaba en todas las reuniones y fiestas, cuando

no eran a escote, y las regocijaba con la amenidad de su trato y con su

discreta aunque poco ática conversación. Nunca había tenido inclinación

alguna amorosa a una mujer determinada; pero inocentemente, sin malicia,

gustaba de todas y era el viejo más amigo de requebrar a las muchachas y

que más las hiciese reír que había en diez leguas a la redonda.

Ya he dicho que era tío de la Pepita. Cuando frisaba en los ochenta

años, iba ella a cumplir los diez y seis. Él era poderoso; ella pobre y

desvalida.

La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintos

groseros. Adoraba a su hija, pero continuamente y con honda amargura se

lamentaba de los sacrificios que por ella hacía, de las privaciones que

sufría y de la desconsolada vejez y triste muerte que iba a tener en

medio de tanta pobreza. Tenía además un hijo mayor que Pepita, que había

sido gran calavera en el lugar, jugador y pendenciero, a quien después

de muchos disgustos, había logrado colocar en la Habana en un empleíllo

de mala muerte, viéndose así libre de él y con el charco de por medio.

Sin embargo, a los pocos años de estar en la Habana el muchacho, su mala

conducta hizo que le dejaran cesante, y asaetaba a cartas a su madre

pidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía para sí y para Pepita, se

desesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su destino con paciencia poco

evangélica, y cifraba toda su esperanza en una buena colocación para su

hija que la sacase de apuros.

En tan angustiosa situación, empezó D. Gumersindo a frecuentar la casa

de Pepita y de su madre y a requebrar a Pepita con más ahínco y

persistencia que solía requebrar a otras. Era, con todo, tan inverosímil

y tan desatinado el suponer que un hombre, que había pasado ochenta años

sin querer casarse, pensase en tal locura cuando ya tenía un pie en el

sepulcro, que ni la madre de Pepita, ni Pepita mucho menos, sospecharon

jamás los en verdad atrevidos pensamientos de D. Gumersindo. Así es que

un día ambas se quedaron atónitas y pasmadas cuando, después de varios

requiebros, entre burlas y veras, D. Gumersindo soltó con la mayor

formalidad y a boca de jarro la siguiente categórica pregunta:

--Muchacha, ¿quieres casarte conmigo?

Pepita, aunque la pregunta venía después de mucha broma, y pudiera

tomarse por broma, y aunque inexperta de las cosas del mundo, por cierto

instinto adivinatorio que hay en las mujeres y sobre todo en las mozas,

por cándidas que sean, conoció que aquello iba por lo serio, se puso

colorada como una guinda, y no contestó nada. La madre contestó por

ella:

--Niña, no seas mal criada; contesta a tu tío lo que debes contestar:

Tío, con mucho gusto; cuando Vd. quiera.

_Este Tío, con mucho gusto_; _cuando Vd. quiera_, entonces, y varias veces

después, dicen que salió casi mecánicamente de entre los trémulos labios

de Pepita, cediendo a las amonestaciones, a los discursos, a las quejas

y hasta al mandato imperioso de su madre.

Veo que me extiendo demasiado en hablar a Vd. de esta Pepita Jiménez y

de su historia; pero me interesa y supongo que debe interesarle, pues si

es cierto lo que aquí aseguran, va a ser cuñada de Vd. y madrastra mía.

Procuraré, sin embargo, no detenerme en pormenores y referir en resumen

cosas que acaso Vd. ya sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí.

Pepita Jiménez se casó con D. Gumersindo. La envidia se desencadenó

contra ella en los días que precedieron a la boda y algunos meses

después.

En efecto, el valor moral de este matrimonio es harto discutible; mas

para la muchacha, si se atiende a los ruegos de su madre, a sus quejas,

hasta a su mandato; si se atiende a que ella creía por este medio

proporcionar a su madre una vejez descansada y libertar a su hermano de

la deshonra y de la infamia, siendo su ángel tutelar y su Providencia,

fuerza es confesar que merece atenuación la censura. Por otra parte,

¿cómo penetrar en lo íntimo del corazón, en el secreto escondido de la

mente juvenil de una doncella, criada tal vez con recogimiento exquisito

e ignorante de todo, y saber qué idea podía ella formarse del

matrimonio? Tal vez entendió que casarse con aquel viejo era consagrar

su vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los últimos años de

su vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado sólo de achaques y

asistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por último, sus

postrimerías con el rayo esplendente y suave de su hermosura y de su

juventud, como ángel que toma forma humana. Si algo de esto o todo esto

pensó la muchacha, y en su inocencia no penetró en otros misterios,

salva queda la bondad de lo que hizo.

Como quiera que sea, dejando a un lado estas investigaciones

psicológicas que no tengo derecho a hacer, pues no conozco a Pepita

Jiménez, es lo cierto que ella vivió en santa paz con el viejo durante

tres años; que el viejo parecía más feliz que nunca; que ella le cuidaba

y regalaba con un esmero admirable, y que en su última y penosa

enfermedad le atendió y veló con infatigable y tierno afecto, hasta que

el viejo murió en sus brazos dejándola heredera de una gran fortuna.

Aunque hace más de dos años que perdió a su madre, y más de año y medio

que enviudó, Pepita lleva aún luto de viuda. Su compostura, su vivir

retirado y su melancolía son tales, que cualquiera pensaría que llora la

muerte del marido como si hubiera sido un hermoso mancebo. Tal vez

alguien presume o sospecha que la soberbia de Pepita y el conocimiento

cierto que tiene hoy de los poco poéticos medios con que se ha hecho

rica, traen su conciencia alterada y más que escrupulosa; y que,

avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres, busca en la

austeridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de su

corazón.

Aquí, como en todas partes, la gente es muy aficionada al dinero. Y digo

mal _como en todas partes_: en las ciudades populosas, en los grandes

centros de civilización, hay otras distinciones que se ambicionan tanto

o más que el dinero, porque abren camino y dan crédito y consideración

en el mundo; pero en los pueblos pequeños, donde ni la gloria literaria

o científica, ni tal vez la distinción en los modales, ni la elegancia,

ni la discreción y amenidad en el trato, suelen estimarse ni

comprenderse, no hay otros grados que marquen la jerarquía social sino

el tener más o menos dinero o cosa que lo valga. Pepita, pues, con

dinero y siendo además hermosa, y haciendo, como dicen todos, buen uso

de su riqueza, se ve en el día considerada y respetada

extraordinariamente. De este pueblo y de todos los de las cercanías han

acudido a pretenderla los más brillantes partidos, los mozos mejor

acomodados. Pero, a lo que parece, ella los desdeña a todos con

extremada dulzura, procurando no hacerse ningún enemigo, y se supone que

tiene llena el alma de la más ardiente devoción y que su constante

pensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de piedad

religiosa.

Mi padre no está más adelantado ni ha salido mejor librado, según dicen,

que los demás pretendientes; pero Pepita, para cumplir el refrán de que

no quita lo cortés a lo valiente, se esmera en mostrarle la amistad más

franca, afectuosa y desinteresada. Se deshace con él en obsequios y

atenciones; y, siempre que mi padre trata de hablarle de amor, le pone a

raya echándole un sermón dulcísimo, trayéndole a la memoria sus pasadas

culpas y tratando de desengañarle del mundo y de sus pompas vanas.

Confieso a Vd. que empiezo a tener curiosidad de conocer a esta mujer;

tanto oigo hablar de ella. No creo que mi curiosidad carezca de

fundamento, tenga nada de vano ni de pecaminoso; yo mismo siento lo que

dice Pepita; yo mismo deseo que mi padre, en su edad provecta, venga a

mejor vida, olvide y no renueve las agitaciones y pasiones de su

mocedad, y llegue a una vejez tranquila, dichosa y honrada. Sólo difiero

del sentir de Pepita en una cosa; en creer que mi padre, mejor que

quedándose soltero, conseguiría esto casándose con una mujer digna,

buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a Pepita y ver si

ella puede ser esta mujer, pesándome ya algo, y tal vez entre en esto

cierto orgullo de familia, que si es malo quisiera desechar, los

desdenes, aunque melifluos y afectuosos, de la mencionada joven viuda.

Si tuviera yo otra condición, preferiría que mi padre se quedase

soltero. Hijo único entonces, heredaría todas sus riquezas, y, como si

dijéramos, nada menos que el cacicato de este lugar; pero Vd. sabe bien

lo firme de mi resolución.

Aunque indigno y humilde, me siento llamado al sacerdocio, y los bienes

de la tierra hacen poca mella en mi ánimo. Si hay algo en mí del ardor

de la juventud y de la vehemencia de las pasiones propias de dicha edad,

todo habrá de emplearse en dar pábulo a una caridad activa y fecunda.

Hasta los muchos libros que Vd. me ha dado a leer y mi conocimiento de

la historia de las antiguas civilizaciones de los pueblos del Asia unen

en mí la curiosidad científica al deseo de propagar la fe, y me convidan

y excitan a irme de misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no bien

salga de este lugar, donde Vd. mismo me envía a pasar algún tiempo con

mi padre, y no bien me vea elevado a la dignidad del sacerdocio, y

aunque ignorante y pecador como soy, me sienta revestido por don

sobrenatural y gratuito, merced a la soberana bondad del Altísimo, de la

facultad de perdonar los pecados y de la misión de enseñar a las gentes,

y reciba el perpetuo y milagroso favor de traer a mis manos impuras al

mismo Dios humanado, dejaré a España y me iré a tierras distantes a

predicar el Evangelio.

No me mueve vanidad alguna; no quiero creerme superior a ningún otro

hombre. El poder de mi fe, la constancia de que me siento capaz, todo,

después del favor y de la gracia de Dios, se lo debo a la atinada

educación, a la santa enseñanza y al buen ejemplo de Vd., mi querido

tío.

Casi no me atrevo a confesarme a mí mismo una cosa; pero contra mi

voluntad esta cosa, este pensamiento, esta cavilación, acude a mi mente

con frecuencia, y ya que acude a mi mente, quiero, debo confesársela a

Vd.; no me es lícito ocultarle ni mis más recónditos e involuntarios

pensamientos. Vd. me ha enseñado a analizar lo que el alma siente, a

buscar su origen bueno o malo, a escudriñar los más hondos senos del

corazón, a hacer, en suma, un escrupuloso examen de conciencia.

He pensado muchas veces sobre dos métodos opuestos de educación: el de

aquéllos que procuran conservar la inocencia, confundiendo la inocencia

con la ignorancia y creyendo que el mal no conocido se evita mejor que

el conocido, y el de aquéllos que, valerosamente y no bien llegado el

discípulo a la edad de la razón, y salva la delicadeza del pudor, le

muestran el mal en toda su fealdad horrible y en toda su espantosa

desnudez, a fin de que le aborrezca y le evite. Yo entiendo que el mal

debe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina, término

ideal e inasequible de todo bien nacido deseo. Yo agradezco a Vd. que me

haya hecho conocer, como dice la Escritura, con la miel y la manteca de

su enseñanza, todo lo malo y todo lo bueno, a fin de reprobar lo uno y

aspirar a lo otro, con discreto ahínco y con pleno conocimiento de

causa. Me alegro de no ser cándido, y de ir derecho a la virtud, y en

cuanto cabe en lo humano, a la perfección, sabedor de todas las

tribulaciones, de todas las asperezas que hay en la peregrinación que

debemos hacer por este valle de lágrimas, y no ignorando tampoco lo

llano, lo fácil, lo dulce, lo sembrado de flores que está, en

apariencia, el camino que conduce a la perdición y a la muerte eterna.

Otra cosa que me considero obligado a agradecer a Vd., es la

indulgencia, la tolerancia, aunque no complaciente y relajada, sino

severa y grave, que ha sabido Vd. inspirarme para con las faltas y

pecados del prójimo.

Digo todo esto porque quiero hablar a Vd. de un asunto tan delicado, tan

vidrioso, que apenas hallo términos con que expresarle. En resolución,

yo me pregunto a veces: este propósito mío ¿tendrá por fundamento, en

parte al menos, el carácter de mis relaciones con mi padre? En el fondo

de mi corazón, ¿he sabido perdonarle su conducta con mi pobre madre,

víctima de sus liviandades?

Lo examino detenidamente y no hallo un átomo de rencor en mi pecho. Muy

al contrario: la gratitud le llena todo. Mi padre me ha criado con amor;

ha procurado honrar en mí la memoria de mi madre, y se diría que al

criarme, al cuidarme, al mimarme, al esmerarse conmigo cuando pequeño,

trataba de aplacar su irritada sombra, si la sombra, si el espíritu de

ella, que era un ángel de bondad y de mansedumbre, hubiera sido capaz de

ira. Repito, pues, que estoy lleno de gratitud hacia mi padre; él me ha

reconocido, y además, a la edad de diez años me envió con Vd., a quien

debo cuanto soy.

Si hay en mi corazón algún germen de virtud, si hay en mi mente algún

principio de ciencia; si hay en mi voluntad algún honrado y buen

propósito, a Vd. lo debo.

El cariño de mi padre hacia mí es extraordinario, es grande; la

estimación en que me tiene, inmensamente superior a mis merecimientos.

Acaso influya en esto la vanidad. En el amor paterno hay algo de

egoísta; es como una prolongación del egoísmo. Todo mi valer, si yo le

tuviese, mi padre le consideraría como creación suya, como si yo fuera

emanación de su personalidad, así en el cuerpo como en el espíritu. Pero

de todos modos, creo que él me quiere y que hay en este cariño algo de

independiente y de superior a todo ese disculpable egoísmo de que he

hablado.

Siento un gran consuelo, una gran tranquilidad en mi conciencia, y doy

por ello las más fervientes gracias a Dios, cuando advierto y noto que

la fuerza de la sangre, el vínculo de la naturaleza, ese misterioso lazo

que nos une, me lleva, sin ninguna consideración del deber, a amar a mi

padre y a reverenciarle. Sería horrible, no amarle así y esforzarse por

amarle para cumplir con un mandamiento divino. Sin embargo, y aquí

vuelve mi escrúpulo: mi propósito de ser clérigo o fraile, de no aceptar

o de aceptar sólo una pequeña parte de los cuantiosos bienes que han de

tocarme por herencia y de los cuales puedo disfrutar ya en vida de mi

padre, ¿proviene sólo de mi menosprecio de las cosas del mundo, de una

verdadera vocación a la vida religiosa, o proviene también de orgullo,

de rencor escondido, de queja, de algo que hay en mí que no perdona lo

que mi madre perdonó con generosidad sublime? Esta duda me asalta y me

atormenta a veces; pero casi siempre la resuelvo en mi favor, y creo que

no soy orgulloso con mi padre; creo que yo aceptaría todo cuanto tiene

si lo necesitara; y me complazco en ser tan agradecido con él por lo

poco como por lo mucho.

Adiós tío: en adelante escribiré a Vd. a menudo y tan por extenso como

me tiene encargado, si bien no tanto como hoy, para no pecar de prolijo.

* * * * *

_28 de Marzo_.

Me voy cansando de mi residencia en este lugar, y cada día siento más

deseo de volverme con Vd. y de recibir las órdenes; pero mi padre quiere

acompañarme, quiere estar presente en esa gran solemnidad y exige de mí

que permanezca aquí con él dos meses por lo menos. Está tan afable, tan

cariñoso conmigo, que sería imposible no darle gusto en todo.

Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él quiera. Para complacerle, me

violento y procuro aparentar que me gustan las diversiones de aquí, las

giras campestres y hasta la caza, a todo lo cual le acompaño. Procuro

mostrarme más alegre y bullicioso de lo que naturalmente soy. Como en el

pueblo, medio de burla, medio en son de elogio, me llaman el santo, yo

por modestia trato de disimular estas apariencias de santidad o de

suavizarlas y humanarlas con la virtud de la eutropelia, ostentando una

alegría serena y decente, la cual nunca estuvo reñida ni con la santidad

ni con los santos. Confieso, con todo, que las bromas y fiestas de aquí,

que los chistes groseros y que el regocijo estruendoso me cansan. No

quisiera incurrir en murmuración ni ser maldiciente, aunque sea con todo

sigilo y de mí para Vd.; pero a menudo me doy a pensar que tal vez sería

más difícil empresa el moralizar y evangelizar un poco a estas gentes, y

más lógica y meritoria, que el irse a la India, a la Persia o la China,

dejándose atrás a tanto compatriota, si no perdido, algo pervertido.

¡Quién sabe! Dicen algunos que las ideas modernas, que el materialismo y

la incredulidad tienen la culpa de todo; pero si la tienen, pero si

obran tan malos efectos, ha de ser de un modo extraño, mágico,

diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto que nadie lee

aquí libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a comprender cómo

puedan pervertirse con las malas doctrinas que privan ahora. ¿Estarán en

el aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una epidemia? Acaso (y

siento tener este mal pensamiento, que a Vd. sólo declaro), acaso tenga

la culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura de su misión? ¿Va a

enseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus individuos es capaz

de esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se consagran a la vida

religiosa y a la cura de almas, o es sólo un modo de vivir como otro

cualquiera, con la diferencia de que hoy no se dedican a él sino los más

menesterosos, los más sin esperanzas y sin medios, por lo mismo que esta

_carrera_ ofrece menos porvenir que cualquiera otra? Sea como sea, la

escasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita más en mí el deseo

de ser sacerdote. No quisiera yo que el amor propio me engañase;

reconozco todos mis defectos; pero siento en mí una verdadera vocación y

muchos de ellos podrán enmendarse con el auxilio divino.

Hace tres días tuvimos el convite, del que hablé a Vd., en casa de

Pepita Jiménez. Como esta mujer vive tan retirada, no la conocí hasta el

día del convite: me pareció, en efecto, tan bonita como dice la fama, y

advertí que tiene con mi padre una afabilidad tan grande que le da

alguna esperanza, al menos miradas las cosas someramente, de que al cabo

ceda y acepte su mano.

Como es posible que sea mi madrastra, la he mirado con detención y me

parece una mujer singular, cuyas condiciones morales no atino a

determinar con certidumbre. Hay en ella un sosiego, una paz exterior,

que puede provenir de frialdad de espíritu y de corazón, de estar muy

sobre sí y de calcularlo todo, sintiendo poco o nada, y pudiera provenir

también de otras prendas que hubiera en su alma; de la tranquilidad de

su conciencia, de la pureza de sus aspiraciones y del pensamiento de

cumplir en esta vida con los deberes que la sociedad impone, fijando la

mente, como término, en esperanzas más altas. Ello es lo cierto, que o

bien porque en esta mujer todo es cálculo, sin elevarse su mente a

superiores esferas, o bien porque enlaza la prosa del vivir y la poesía

de sus ensueños en una perfecta armonía, no hay en ella nada que

desentone del cuadro general en que está colocada, y sin embargo, posee

una distinción natural que la levanta y separa de cuanto la rodea. No

afecta vestir traje aldeano, ni se viste tampoco según la moda de las

ciudades; mezcla ambos estilos en su vestir, de modo que parece una

señora, pero una señora de lugar. Disimula mucho, a lo que yo presumo,

el cuidado que tiene de su persona; no se advierten en ella ni

cosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uñas tan bien

cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está vestida,

denotan que cuida de estas cosas más de lo que se pudiera creerse en una

persona que vive en un pueblo y que además dicen que desdeña las

vanidades del mundo y sólo piensa en las cosas del cielo.

Tiene la casa limpísima y todo en un orden perfecto. Los muebles no son

artísticos ni elegantes; pero tampoco se advierte en ellos nada

pretencioso y de mal gusto. Para poetizar su estancia, tanto en el patio

como en las salas y galerías, hay multitud de flores y plantas. No

tiene, en verdad, ninguna planta rara ni ninguna flor exótica; pero sus

plantas y sus flores, de lo más común que hay por aquí, están cuidadas

con extraordinario mimo.

Varios canarios en jaulas doradas animan con sus trinos toda la casa. Se

conoce que el dueño de ella necesita seres vivos en quien poner algún

cariño; y, a más de algunas criadas, que se diría que ha elegido con

empeño, pues no puede ser mera casualidad el que sean todas bonitas,

tiene, como las viejas solteronas, varios animales que le hacen

compañía: un loro, una perrita de lanas muy lavada y dos o tres gatos,

tan mansos y sociables, que se le ponen a uno encima.

En un extremo de la sala principal hay algo como oratorio, donde

resplandece un niño Jesús de talla, blanco y rubio, con ojos azules y

bastante guapo. Su vestido es de raso blanco, con manto azul, lleno de

estrellitas de oro, y todo él está cubierto de dijes y de joyas. El

altarito en que está el niño Jesús se ve adornado de flores, y alrededor

macetas de brusco y laureola, y en el altar mismo, que tiene gradas o

escaloncitos, mucha cera ardiendo.

Al ver todo esto, no sé qué pensar; pero más a menudo me inclino a creer

que la viuda se ama a sí misma sobre todo, y que para recreo y para

efusión de este amor tiene los gatos, los canarios, las flores y al

propio niño Jesús, que en el fondo de su alma tal vez no esté muy por

encima de los canarios y de los gatos.

No se puede negar que la Pepita Jiménez es discreta: ninguna broma

tonta, ninguna pregunta impertinente sobre mi vocación y sobre las

órdenes que voy a recibir dentro de poco, han salido de sus labios.

Habló conmigo de las cosas del lugar, de la labranza, de la última

cosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar la elaboración del

vino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar deseo de pasar

por muy entendida.

Mi padre estuvo finísimo; parecía remozado, y sus extremos cuidadosos

hacia la dama de sus pensamientos eran recibidos, si no con amor, con

gratitud.

Asistieron al convite el médico, el escribano y el señor vicario, grande

amigo de la casa y padre espiritual de Pepita.

El señor vicario debe de tener un alto concepto de ella, porque varias

veces me habló aparte de su caridad, de las muchas limosnas que hacía,

de lo compasiva y buena que era para todo el mundo; en suma, me dijo que

era una santa.

Oído el señor vicario y fiándome en su juicio, yo no puedo menos de

desear que mi padre se case con la Pepita. Como mi padre no es a

propósito para hacer vida penitente, éste sería el único modo de que

cambiase su vida, tan agitada y tempestuosa hasta aquí, y de que viniese

a parar a un término, si no ejemplar, ordenado y pacífico.

Cuando nos retiramos de casa de Pepita Jiménez y volvimos a la nuestra,

mi padre me habló resueltamente de su proyecto: me dijo que él había

sido un gran calavera, que había llevado una vida muy mala y que no veía

medio de enmendarse, a pesar de sus años, si aquella mujer, que era su

salvación, no le quería y se casaba con él. Dando ya por supuesto que

iba a quererle y a casarse, mi padre me habló de intereses; me dijo que

era muy rico y que me dejaría mejorado, aunque tuviese varios hijos más.

Yo le respondí que para los planes y fines de mi vida necesitaba harto

poco dinero, y que mi mayor contento sería verle dichoso con mujer e

hijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me habló luego mi padre de sus

esperanzas amorosas, con un candor y con una vivacidad tales, que se

diría que yo era el padre y el viejo, y él un chico de mi edad o más

joven. Para ponderarme el mérito de la novia, y la dificultad del

triunfo, me refirió las condiciones y excelencias de los quince o veinte

novios que Pepita había tenido, y que todos habían llevado calabazas. En

cuanto a él, según me explicó, hasta cierto punto las había también

llevado; pero se lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque Pepita

le distinguía tanto, y le mostraba tan grande afecto, que, si aquello no

era amor, pudiera fácilmente convertirse en amor con el largo trato y

con la persistente adoración que él le consagraba. Además, la causa del

desvío de Pepita tenía para mi padre un no sé qué de fantástico y de

sofístico que al cabo debía desvanecerse. Pepita no quería retirarse a

un convento ni se inclinaba a la vida penitente: a pesar de su

recogimiento y de su devoción religiosa, harto se dejaba ver que se

complacía en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenían de

cenobíticos. La culpa de los desvíos de Pepita, decía mi padre, es sin

duda su orgullo, orgullo en gran parte fundado: ella es naturalmente

elegante, distinguida; es un ser superior por la voluntad y por la

inteligencia, por más que con modestia lo disimule; ¿cómo, pues, ha de

entregar su corazón a los palurdos que la han pretendido hasta ahora?

Ella imagina que su alma está llena de un místico amor de Dios, y que

sólo con Dios se satisface, porque no ha salido a su paso todavía un

mortal bastante discreto y agradable que le haga olvidar hasta a su niño

Jesús. Aunque sea inmodestia, añadía mi padre, yo me lisonjeo aún de ser

ese mortal dichoso.

Tales son, querido tío, las preocupaciones y ocupaciones de mi padre en

este pueblo, y las cosas tan extrañas para mí y tan ajenas a mis

propósitos y pensamientos de que me habla con frecuencia, y sobre las

cuales quiere que dé mi voto.

No parece sino que la excesiva indulgencia de usted para conmigo ha

hecho cundir aquí mi fama de hombre de consejo: paso por un pozo de

ciencia; todos me refieren sus cuitas y me piden que les muestre el

camino que deben seguir. Hasta el bueno del señor vicario, aun

exponiéndose a revelar algo como secretos de confesión, ha venido ya a

consultarme sobre vanos casos de conciencia que se le han presentado en

el confesionario. Mucho me ha llamado la atención uno de estos casos que

me ha sido referido por el vicario, como todos, con profundo misterio y

sin decirme el nombre de la persona interesada.

Cuenta el señor vicario, que una hija suya de confesión tiene grandes

escrúpulos, porque se siente llevada con irresistible impulso hacia la

vida solitaria y contemplativa, pero teme a veces que este fervor de

devoción no venga acompañado de una verdadera humildad, sino que en

parte le promueva y excite el mismo demonio del orgullo.

Amar a Dios sobre todas las cosas, buscarle en el centro del alma donde

está, purificarse de todas las pasiones y afecciones terrenales, para

unirse a él, son ciertamente anhelos piadosos y determinaciones buenas;

pero el escrúpulo está en saber, en calcular si nacerán o no de un amor

propio exagerado. ¿Nacerán acaso, parece que piensa la penitente, de que

yo, aunque indigna y pecadora, presumo que vale más mi alma que las

almas de mis semejantes; que la hermosura interior de mi mente y de mi

voluntad se turbaría y se empañaría con el afecto de los seres humanos

que conozco y que creo que no me merecen? ¿Amo a Dios, no sobre todas

las cosas, de un modo infinito, sino sobre lo poco conocido que desdeño,

que desestimo, que no puede llenar mi corazón? Si mi devoción tiene este

fundamento, hay en ella dos grandes faltas: la primera, que no está

cimentada en un puro amor de Dios, lleno de humildad y de caridad, sino

en el orgullo; y la segunda, que esa devoción no es firme y valedera,

sino que está en el aire, porque ¿quién asegura que no pueda el alma

olvidarse del amor a su Creador, cuando no le ama de un modo infinito,

sino porque no hay criatura a quien juzgue digna de que el amor en ella

se emplee?

Sobre este caso de conciencia, harto alambicado y sutil para que así

preocupe a una lugareña, ha venido a consultarme el padre vicario. Yo he

querido excusarme de decir nada, fundándome en mi inexperiencia y pocos

años; pero el señor vicario se ha obstinado de tal suerte, que no he

podido menos de discurrir sobre el caso. He dicho, y mucho me alegraría

de que Vd. aprobase mi parecer, que lo que importa a esta hija de

confesión atribulada, es mirar con mayor benevolencia a los hombres que

la rodean, y en vez de analizar y desentrañar sus faltas con el

escalpelo de la crítica, tratar de cubrirlas con el manto de la caridad,

haciendo resaltar todas las buenas cualidades de ellos y ponderándolas

mucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe esforzarse por ver en

cada ser humano un objeto digno de amor, un verdadero prójimo, un igual

suyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de excelentes prendas y

virtudes, un ser hecho, en suma, a imagen y semejanza de Dios. Realzado

así cuanto nos rodea, amando y estimando a las criaturas por lo que son

y por más de lo que son, procurando no tenerse por superior a ellas en

nada, antes bien, profundizando con valor en el fondo de nuestra

conciencia para descubrir todas nuestras faltas y pecados, y adquiriendo

la santa humildad y el menosprecio de uno mismo, el corazón se sentirá

lleno de afectos humanos, y no despreciará, sino valuará en mucho el

mérito de las cosas y de las personas; de modo que, si sobre este

fundamento descuella luego, y se levanta el amor divino con invencible

pujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exagerada

estimación propia, del orgullo o de un desdén injusto del prójimo, sino

que nacerá de la pura y santa consideración de la hermosura y de la

bondad infinitas.

Si, como sospecho, es Pepita Jiménez la que ha consultado al señor

vicario sobre estas dudas y tribulaciones, me parece que mi padre no

puede lisonjearse todavía de ser muy querido; pero si el vicario acierta

a darla mi consejo, y ella le acepta y pone en práctica, o vendrá a

hacerse una María de Ágreda o cosa por el estilo, o lo que es más

probable, dejará a un lado misticismos y desvíos, y se conformará y

contentará con aceptar la mano y el corazón de mi padre, que en nada es

inferior a ella.

* * * * *

_4 de Abril_.

La monotonía de mi vida en este lugar empieza a fastidiarme bastante, y

no porque la vida mía en otras partes haya sido más activa físicamente;

antes al contrario, aquí me paseo mucho, a pie y a caballo, voy al

campo, y por complacer a mi padre concurro a casinos y reuniones; en

fin, vivo como fuera de mi centro y de mi modo de ser; pero mi vida

intelectual es nula; no leo un libro ni apenas me dejan un momento para

pensar y meditar sosegadamente: y como el encanto de mi vida estribaba

en estos pensamientos y meditaciones, me parece monótona la que hago

ahora. Gracias a la paciencia, que usted me ha recomendado para todas

las ocasiones, puedo sufrirla.

Otra causa de que mi espíritu no esté completamente tranquilo es el

anhelo que cada día siento más vivo de tomar el estado a que

resueltamente me inclino desde hace años. Me parece que en estos

momentos, cuando se halla tan cercana la realización del constante sueño

de mi vida, es como una profanación distraer la mente hacia otros

objetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto cavilo sobre ella, que mi

admiración por la belleza de las cosas creadas; por el cielo tan lleno

de estrellas en estas serenas noches de primavera, y en esta región de

Andalucía; por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdes

sembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas y

sombrías alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugar

apartado y esquivo, con tanto pájaro que le da música y con tantas

flores y yerbas olorosas; esta admiración y entusiasmo mío, repito, que

en otro tiempo me parecían avenirse por completo con el sentimiento

religioso que llenaba mi alma, excitándole y sublimándole en vez de

debilitarle, hoy casi me parece pecaminosa distracción e imperdonable

olvido de lo eterno por lo temporal, de lo increado y suprasensible por

lo sensible y creado. Aunque con poco aprovechamiento en la virtud,

aunque nunca libre mi espíritu de los fantasmas de la imaginación,

aunque no exento en mí el hombre interior de las impresiones exteriores

y del fatigoso método discursivo, aunque incapaz de reconcentrarme por

un esfuerzo de amor en el centro mismo de la simple inteligencia, en el

ápice de la mente, para ver allí la verdad y la bondad, desnudas de

imágenes y de formas, aseguro a Vd. que tengo miedo del modo de orar

imaginario, propio de un hombre corporal y tan poco aprovechado como yo

soy. La misma meditación racional me infunde recelo. No quisiera yo

hacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de amor para

amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplación esencial e

íntima. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que

ama mi alma? Pero, ¿cuáles son, dónde están mis méritos? ¿Dónde las

mortificaciones, la larga oración y el ayuno? ¿Qué he hecho yo, Dios

mío, para que tú me favorezcas?

Harto sé que los impíos del día presente acusan, con falta completa de

fundamento, a nuestra santa religión de mover las almas a aborrecer

todas las cosas del mundo, a despreciar o a desdeñar la naturaleza, tal

vez a temerla casi, como si hubiera en ella algo de diabólico,

encerrando todo su amor y todo su afecto en el que llaman monstruoso

egoísmo del amor divino, porque creen que el alma se ama a sí propia

amando a Dios. Harto sé que no es así, que no es ésta la verdadera

doctrina; que el amor divino es la caridad, y que amar a Dios es amarlo

todo, porque todo está en Dios y Dios está en todo por inefable y alta

manera. Harto sé que no peco amando las cosas por el amor de Dios, lo

cual es amarlas por ellas con rectitud; porque ¿qué son ellas más que la

manifestación, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo, no sé qué

extraño temor, qué singular escrúpulo, qué apenas perceptible e

indeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, como

antes, como en otros días de mi juventud, como en la misma niñez, alguna

efusión de ternura, algún rapto de entusiasmo, al penetrar en una

enramada frondosa, al oír el canto del ruiseñor en el silencio de la

noche, al escuchar el pío de las golondrinas, al sentir el arrullo

enamorado de la tórtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se

me figura a veces que hay en todo esto algo de delectación sensual, algo

que me hace olvidar, por un momento al menos, más altas aspiraciones. No

quiero yo que en mí el espíritu peque contra la carne; pero no quiero

tampoco que la hermosura de la materia, que sus deleites, aun los más

delicados, sutiles y aéreos, aun los que más bien por el espíritu que

por el cuerpo se perciben, como el silbo delgado del aire fresco,

cargado de aromas campesinos, como el canto de las aves, como el

majestuoso y reposado silencio de las horas nocturnas, en estos jardines

y huertas, me distraigan de la contemplación de la superior hermosura, y

entibien ni por un momento mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa

fábrica del mundo.

No se me oculta que todas estas cosas materiales son como las letras de

un libro, son como los signos y caracteres donde el alma, atenta a su

lectura, puede penetrar un hondo sentido y leer y descubrir la hermosura

de Dios, que, si bien imperfectamente, está en ellas como trasunto o más

bien como cifra, porque no la pintan, sino que la representan. En esta

distinción me fundo a veces para dar fuerza a mis escrúpulos y

mortificarme. Porque yo me digo: si amo la hermosura de las cosas

terrenales tales como ellas son, y si la amo con exceso, es idolatría;

debo amarla como signo, como representación de una hermosura oculta y

divina, que vale mil veces más, que es incomparablemente superior en

todo.

Hace pocos días cumplí veintidós años. Tal ha sido hasta ahora mi fervor

religioso, que no he sentido más amor que el inmaculado amor de Dios

mismo y de su santa religión, que quisiera difundir y ver triunfante en

todas las regiones de la tierra. Confieso que algún sentimiento profano

se ha mezclado con esta pureza de afecto. Vd. lo sabe, se lo he dicho

mil veces; y Vd., mirándome con su acostumbrada indulgencia, me ha

contestado que el hombre no es un ángel y que sólo pretender tanta

perfección es orgullo; que debo moderar esos sentimientos y no empeñarme

en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia, el amor a la propia gloria,

adquirida por la ciencia misma, hasta el formar uno de sí propio no

desventajoso concepto; todo ello, sentido con moderación, velado y

mitigado por la humildad cristiana y encaminado a buen fin, tiene sin

duda algo de egoísta; pero puede servir de estímulo y apoyo a las más

firmes y nobles resoluciones. No es, pues, el escrúpulo que me asalta

hoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en mí mismo, el de

ansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de ciencia; no es

nada de esto; nada que tenga relación con el egoísmo, sino en cierto

modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono de la

voluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas; lloro tan

fácilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el

rayo misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casi

tengo miedo.

Dígame Vd. qué piensa de estas cosas; si hay algo de enfermizo en esta

disposición de mi ánimo.

* * * * *

_8 de Abril_.

Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy a

pesar mío.

He acompañado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y sus

amigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosas

del campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teología, a

que me he dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosas

naturales. ¡Cuánto han admirado mi erudición al verme distinguir en las

viñas, donde apenas empiezan a brotar los pámpanos, la cepa

Pedro-Jiménez de la baladí y de la Don-Bueno! ¡Cuánto han admirado

también que en los verdes sembrados sepa yo distinguir la cebada del

trigo y el anís de las habas; que conozca muchos árboles frutales y de

sombra; y que, aun de las yerbas que nacen espontáneamente en el campo,

acierte yo con varios nombres y refiera bastantes condiciones y

virtudes!

Pepita Jiménez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las

huertas de por aquí, nos ha convidado a ver una que posee a corta

distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se

crían. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien la

pretende y a quien desdeña, me parece a menudo que tiene su poco de

coquetería, digna de reprobación; pero cuando veo a Pepita después, y la

hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me pasa el mal

pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no la lleva

otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia la

liga.

Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso

sitio, de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo

que riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al

lado de la que visitamos: se forma allí una presa, y cuando se suelta el

agua sobrante del riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas

márgenes de álamos blancos y negros, mimbrones, adelfas floridas y otros

árboles frondosos. La cascada, de agua limpia y transparente, se derrama

en el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por un

cauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de mil

yerbas y flores, y cubriéndolas ahora con multitud de violetas. Las

laderas que hay a un extremo de la huerta están llenas de nogales,

higueras, avellanos y otros árboles de fruta. Y en la parte llana hay

cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, judías y

pimientos, y su poco de jardín, con grande abundancia de flores, de las

que por aquí más comúnmente se crían. Los rosales, sobre todo, abundan,

y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es más

bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la

casilla hay otro pequeño edificio reservado para el dueño de la finca, y

donde nos agasajó Pepita con una espléndida merienda, a la cual dio

pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que allí nos

llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la

estación, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita

también posee.

Asistimos a esta gira el médico, el escribano, mi tía doña Casilda, mi

padre y yo; sin faltar el indispensable señor vicario, padre espiritual,

y más que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.

Por un refinamiento algo sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer,

ni el chiquillo del hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvió

la merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de

Pepita, vestidas a lo rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia.

Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ceñidos al

cuerpo, pañuelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta la

cabeza, donde lucían abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados y

atados luego formando un moño en figura de martillo, y por delante rizos

sujetos con sendas horquillas, por acá llamados caracoles. Sobre el moño

o castaña ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescas

rosas.

Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era más

cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tenía la misma forma

que el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recogía

suciamente el polvo del camino. Un modesto pañolito de seda negra cubría

también, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no

ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni más adorno que el de sus propios

cabellos rubios. En la única cosa que note por parte de Pepita cierto

esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes.

Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en

tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas,

pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y al

fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma

vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan

grande.

En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Es

tan distinguido, tan aristocrático, tener una linda mano! Hasta se me

figura a veces que tiene algo de simbólico. La mano es el instrumento de

nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la

inteligencia reviste de forma sus pensamientos artísticos, y da ser a

las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedió al

hombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal

vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese

imperio; pero en lo que tiene de más violento y mecánico. En cambio, las

manos de esta Pepita, que parecen casi diáfanas como el alabastro, si

bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre

pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo,

de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolo

del imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el

espíritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que

han sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dios

completa y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepita

tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que esté en

discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.

No hay que decir que mi padre se mostró tan embelesado como siempre de

Pepita, y ella tan fina y cariñosa con él, si bien con un cariño más

filial de lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesar

de la reputación que tiene de ser por lo común poco respetuoso y

bastante profano con las mujeres, trata a ésta con un respeto y unos

miramientos tales, que ni Amadís los usó mayores con la señora Oriana en

el período más humilde de sus pretensiones y galanteos: ni una palabra

que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un chiste algo

amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse los

andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita «buenos ojos tienes»; y

en verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes, verdes

como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que más mérito y valor les

da, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en

ella la menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo

dulce de sus miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver y

nada más que para ver. Lo contrario de lo que yo, según he oído decir,

presumo que creen la mayor parte de las mujeres jóvenes y bonitas, que

hacen de los ojos un arma de combate y como un aparato eléctrico o

fulmíneo para rendir corazones y cautivarlos. No son así, por cierto,

los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni

por eso se puede decir que miren con fría indiferencia. Sus ojos están

llenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz,

en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado; pero con más afecto

aún, con muestras de sentir más blando, humano y benigno, se posan en el

prójimo, sin que el prójimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se

atreva a suponer nada más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más,

predilección amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.

Yo me paro a pensar si todo esto será estudiado; si esta Pepita será una

gran comedianta; pero sería tan perfecto el fingimiento y tan oculta la

comedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la que

guía y sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda,

amó a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a

D. Gumersindo por deber, como al compañero de su vida; y luego, sin

duda, se extinguió en ella toda pasión que pudiera inspirar ningún

objeto terreno, y amó a Dios, y amó las cosas todas por amor de Dios, y

se encontró quizás en una situación de espíritu apacible y hasta

envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, sería un

egoísmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy cómodo amar de este

modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasión que combatir;

hacer del amor y del afecto a los demás un aditamento y como un

complemento del amor propio.

A veces me pregunto a mí mismo, si al censurar en mi interior esta

condición de Pepita, no soy yo quien me censuro. ¿Qué sé yo lo que pasa

en el alma de esa mujer, para censurarla? ¿Acaso, al creer que veo su

alma, no es la mía la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasión alguna

que vencer: todas mis inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintos

buenos y malos, merced a la sabia enseñanza de usted, van sin obstáculos

ni tropiezos encaminados al mismo propósito; cumpliéndolo se satisfarían

no sólo mis nobles y desinteresados deseos, sino también mis deseos

egoístas, mi amor a la gloria, mi afán de saber, mi curiosidad de ver

tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama. Todo esto se cifra

en llegar al término de la carrera que he emprendido. Por este lado, se

me antoja a veces que soy más censurable que Pepita, aun suponiéndola

merecedora de censura.

Yo he recibido ya las órdenes menores; he desechado de mi alma las

vanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sin

embargo, un porvenir de ambición se presenta a mis ojos y veo con gusto

que puedo alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas las

condiciones que tengo para ello, por más que a veces llame a la modestia

en mi auxilio a fin de no confiar demasiado. En cambio esta mujer ¿a qué

aspira ni qué quiere? Yo la censuro de que se cuida las manos; de que

mira tal vez con complacencia su belleza; casi la censuro de su

pulcritud, del esmero que pone en vestirse, de yo no sé qué coquetería

que hay en la misma modestia y sencillez con que se viste. ¡Pues qué!

¿La virtud ha de ser desaliñada? ¿Ha de ser sucia la santidad? Un alma

pura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo también lo sea? Es

extraña esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de Pepita.

¿Será tal vez porque va a ser mi madrastra? ¡Pero si no quiere ser mi

madrastra! ¡Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres son

raras: quién sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya a

querer a mi padre y a casarse con él, si bien, atendiendo a aquello de

que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, páseme Vd. la palabra,

molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre, poner a

prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plácido sí.

¡Allá veremos!

Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habló

de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas

relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos en

competencia con mi padre, conmigo y con el señor vicario, que se queda

con la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta

y pico de años que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que

le han hecho recorrer casi toda la Andalucía, no ha conocido mujer más

discreta ni más atinada en cuanto piensa y dice.

Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo a

insistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspirado

momento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre está tan

contento de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar,

cuidando de sus fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y

adorando a Pepita y consultándoselo todo como a su ninfa Egeria, que

halla siempre y hallará aún, tal vez durante algunos meses, fundado

pretexto para retenerme aquí. Ya tiene que clarificar el vino de yo no

sé cuántas pipas de la candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es

menester binar los majuelos; ya es preciso arar los olivares, y cavar

los pies a los olivos: en suma, me retiene aquí contra mi gusto; aunque

no debiera yo decir «contra mi gusto», porque le tengo muy grande en

vivir con un padre que es para mí tan bueno.

Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece

sentir alguna sequedad de espíritu durante la oración; mi fervor

religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en

mi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que

digo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atención

profunda que antes ponía. En cambio, la ternura de mi corazón, que no se

fija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera,

brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias que

tienen mucho de pueriles, que me parecen ridículos, y de los cuales me

avergüenzo. Si me despierto en el silencio de la alta noche y oigo que

algún campesino enamorado canta, al son de su guitarra mal rasgueada,

una copla de fandango o de rondeñas, ni muy discreta, ni muy poética, ni

muy delicada, suelo enternecerme como si oyera la más celestial melodía.

Una compasión loca, insana, me aqueja a veces. El otro día cogieron los

hijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo los

pajarillos sin plumas aún y violentamente separados de la madre

cariñosa, sentí suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron las

lágrimas. Pocos días antes, trajo del campo un rústico una ternerita que

se había perniquebrado; iba a llevarla al matadero y venía a decir a mi

padre qué quería de ella para su mesa: mi padre pidió unas cuantas

libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmoví al ver la

ternerita y estuve a punto, aunque la vergüenza lo impidió, de

comprársela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,

querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd.

para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle

ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a

mis altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego

que devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.

* * * * *

_14 de Abril_.

Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aquí a ruegos de mi

padre.

El mayor placer de que disfruto, después del de vivir con él, es el

trato y conversación del señor vicario, con quien suelo dar a solas

largos paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe de

tener cerca de los ochenta años, sea tan fuerte, ágil y andador. Antes

me canso yo que él, y no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima de

cerro escarpado en estas cercanías, a donde no lleguemos.

El señor vicario me va reconciliando mucho con el clero español, a quien

algunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado.

¡Cuánto más vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y de

buen deseo, tan afectuoso e inocente, que cualquiera que haya leído

muchos libros y en cuya alma no arda con tal viveza como en la suya el

fuego de la caridad unido a la fe más sincera y más pura! No crea Vd.

que es vulgar el entendimiento del señor vicario: es un espíritu

inculto; pero despejado y claro. A veces imagino que pueda provenir la

buena opinión que de él tengo, de la atención con que me escucha; pero,

si no es así, me parece que todo lo entiende con notable perspicacia y

que sabe unir al amor entrañable de nuestra santa religión el aprecio de

todas las cosas buenas que la civilización moderna nos ha traído. Me

encantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperbólicas

manifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que el

señor vicario ejerce las más penosas obras de caridad. No hay desgracia

que no remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillación que no

procure restaurar, ni pobreza a que no acuda solícito con un socorro.

Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en

Pepita Jiménez, cuya devoción y natural compasivo siempre está él

poniendo por las nubes.

El carácter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, va

sellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con las

limosnas, el rezo, el culto público y el cuidado de los menesterosos.

Pepita no da sólo para los pobres, sino también para novenas, sermones y

otras fiestas de iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a veces

adornados de bellísimas flores, estas flores se deben a la munificencia

de Pepita, que las ha hecho traer de sus huertas. Si en lugar del

antiguo manto, viejo y raído que tenía la Virgen de los Dolores, luce

hoy un flamante y magnífico manto de terciopelo negro, bordado de plata,

Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales beneficios el

vicario está siempre decantándolos y ensalzándolos. Así es que cuando no

hablo yo de mis miras, de mi vocación, de mis estudios, lo cual embelesa

en extremo al señor vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando es

él quien habla y yo quien escucho, la conversación, después de mil

vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jiménez. Y

al cabo, ¿de quién me ha de hablar el señor vicario? Su trato con el

médico, con el boticario, con los ricos labradores de aquí, apenas da

motivo para tres palabras de conversación. Como el señor vicario posee

la rarísima cualidad en un lugareño, de no ser amigo de contar vidas

ajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la

mencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con quien, según se

desprende de lo que dice, tiene los más íntimos coloquios.

No sé qué libros habrá leído Pepita Jiménez, ni que instrucción tendrá;

pero de lo que cuenta el señor vicario se colige que está dotada de un

espíritu inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestiones

y problemas que anhela dilucidar y resolver, presentándolos para ello al

señor vicario, a quien deja agradablemente confuso. Este hombre, educado

a la rústica, clérigo de misa y olla, como vulgarmente suele decirse,

tiene el entendimiento abierto a toda luz de verdad, aunque carece de

iniciativa, y, por lo visto, los problemas y cuestiones que Pepita le

presenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos, aunque nebulosos

y mal determinados, que él no presumía siquiera, que no acierta a trazar

con exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le encantan.

No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y que

él y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna herejía; pero se

tranquiliza porque, distando mucho de ser un gran teólogo, sabe su

catecismo al dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminará, y

espera no extraviarse, y da por cierto que Pepita seguirá sus consejos y

no se extraviará nunca.

Así imaginan ambos mil poesías, aunque informes, bellas, sobre todos los

misterios de nuestra religión y artículos de nuestra fe. Inmensa es la

devoción que tienen a María Santísima, Señora nuestra, y yo me quedo

absorto de ver cómo saben enlazar la idea o el concepto popular de la

Virgen con algunos de los más remontados pensamientos teológicos.

Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de Pepita

Jiménez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un

agudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida

pasada. Pepita amó a D. Gumersindo, como a su compañero, como a su

bienhechor, como al hombre a quien todo se lo debe; pero la atormenta,

la avergüenza el recuerdo de que D. Gumersindo fue su marido.

En su devoción a la Virgen se descubre un sentimiento de humillación

dolorosa, un torcedor, una melancolía que influye en su mente el

recuerdo de su matrimonio indigno y estéril.

Hasta en su adoración al niño Dios, representado en la preciosa imagen

de talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto,

el amor maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y de

impureza.

El padre vicario dice que Pepita adora al niño Jesús como a su Dios,

pero que le ama con las entrañas maternales con que amaría a un hijo, si

le tuviese, y si en su concepción no hubiera habido cosa de que tuviera

ella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita sueña con la

madre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen

Santísima, y al cuidar a su lindo niño Jesús de talla.

Aseguro a Vd. que no sé qué pensar de todas estas extrañezas. ¡Conozco

tan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre

vicario me sorprende, y si bien más a menudo entiendo que Pepita es

buena y no mala, a veces me infunde cierto terror por mi padre. Con los

cincuenta y cinco años que tiene, creo que está enamorado, y Pepita,

aunque buena por reflexión, puede, sin premeditarlo ni calcularlo, ser

un instrumento del espíritu del mal; puede tener una coquetería

irreflexiva e instintiva, más invencible, eficaz y funesta aún que la

que procede de premeditación, cálculo y discurso.

¿Quién sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras de

Pepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y de

sus donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar el

afecto que el padre vicario la profesa, no hay también un hechizo

mundano, no hay algo de magia diabólica en este prestigio de que se

rodea y con el cual emboba a este cándido padre vicario, y le lleva y le

trae y le hace que no piense ni hable sino de ella a todo momento?

El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descreído como mi

padre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene en

verdad mucho de raro.

No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto que

infunde por lo general en estos rústicos. Los niños pequeñuelos acuden a

verla las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; las

mozuelas le sonríen y la saludan con amor; los hombres todos se quitan

el sombrero a su paso y se inclinan con la más espontánea reverencia y

con la más sencilla y natural simpatía.

Pepita Jiménez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en

la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto después casada con

el decrépito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece

como un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera

superior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a

algo como admiración amantísima a todos sus compatricios.

Veo que distraídamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre

vicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jiménez. Pero esto

es natural. Aquí no se habla de otra cosa. Se diría que todo el lugar

está lleno del espíritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular

mujer, que yo no acierto aún a determinar si es un ángel o una refinada

coqueta llena de _astucia instintiva_, aunque los términos parezcan

contradictorios. Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido

de que esta mujer no es coqueta ni sueña en ganarse voluntades para

satisfacer su vanagloria.

Hay sinceridad y candor en Pepita Jiménez. No hay más que verla para

creerlo así. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso y

despejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo se

concierta en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armonía, donde

no se descubre nota que disuene.

¡Cuánto me pesa de haber venido por aquí y de permanecer aquí tan largo

tiempo! Había pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, no

había visto ni tratado más que a mis compañeros y maestros; nada conocía

del mundo sino por especulación y teoría; y de pronto, aunque sea en un

lugar, me veo lanzado en medio del mundo, y distraído de mis estudios,

meditaciones y oraciones por mil objetos profanos.

* * * * *

_20 de Abril_.

Las últimas cartas de Vd., queridísimo tío, han sido de grata

consolación para mi alma. Benévolo como siempre, me amonesta Vd. y me

ilumina con advertencias útiles y discretas.

Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el fin

sin poner los medios; quiero llegar al término de la jornada sin andar

antes paso a paso el áspero camino.

Me quejo de sequedad de espíritu en la oración, de distraído, de disipar

mi ternura en objetos pueriles; ansío volar al trato íntimo con Dios, a

la contemplación esencial, y desdeño la oración imaginaria y la

meditación racional y discursiva. ¿Cómo sin obtener la pureza, cómo sin

ver la luz he de lograr el goce del amor?

Hay mucha soberbia en mí, y yo he de procurar humillarme a mis propios

ojos, a fin de que el espíritu del mal no me humille, permitiéndolo

Dios, en castigo de mi presunción y de mi orgullo.

No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan fácil para mí

una fea y no pensada caída. No confío en mí: confío en la misericordia

de Dios y en su gracia, y espero que no sea.

Con todo, razón tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me ligue

mucho en amistad con Pepita Jiménez; pero yo disto bastante de estar

ligado con ella.

No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnos

de ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor con

mujeres, fue en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantados

por la penitencia, o existiendo una notable desproporción de edad entre

ellos y las piadosas amigas que elegían; como se cuenta de San Jerónimo

y Santa Paulina, y de San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y aun así, y

aun siendo el amor de todo punto espiritual, sé que puede pecar por

demasía. Porque Dios, no más, debe ocupar nuestra alma, como su dueño y

esposo, y cualquiera otro ser que en ella more, ha de ser sólo a título

de amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el esposo se

complace.

No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdeñe los peligros

y los desafíe y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando el

rey profeta, con ser tan conforme al corazón del Señor y tan su valido,

y cuando Salomón, a pesar de su sobrenatural e infusa sabiduría, fueron

conturbados y pecaron, porque Dios quitó su faz de ellos, ¿qué no debo

temer yo, mísero pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias del

demonio, y tan poco firme y adiestrado en las peleas de la virtud?

Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de mi

flaqueza, no olvidaré los consejos y prudentes amonestaciones de usted,

rezando con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas para

aborrecer las mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a

Vd. que hasta ahora, por más que ahondo en mi conciencia y registro con

suspicacia sus más escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo

que Vd. teme.

Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita

Jiménez, culpa es de mi padre y del señor vicario y no mía; porque al

principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido

contra ella con prevención injusta.

En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo he

considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea

costoso el decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesaré que si

alguna leve mancha ha venido a empañar el sereno y pulido espejo de mi

alma en que Pepita se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, que

casi me ha llevado por un instante a que yo mismo sospeche.

Pero no: ¿qué he pensado yo, qué he mirado, qué he celebrado en Pepita,

por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no

sea amistad y aquella inocente y limpia admiración que inspira una obra

de arte, y más si la obra es del Artífice soberano y nada menos que su

templo?

Por otra parte, querido tío, yo tengo que vivir en el mundo, tengo que

tratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos.

Usted me ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicando

la ley divina, difundiéndola por el mundo, y no entregado a la vida

contemplativa en la soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto es

así, como lo es, ¿de qué suerte me había yo de gobernar para no reparar

en Pepita Jiménez? A no ponerme en ridículo, cerrando en su presencia

los ojos, fuerza es que yo vea y note la hermosura de los suyos, lo

blanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y el nacarado esmalte

de los dientes que descubre a menudo cuando sonríe, la fresca púrpura de

sus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil atractivos

que Dios ha puesto en ella. Claro está que para el que lleva en su alma

el germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada una

de las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe del

eslabón que hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo lo

incendia y devora; pero, yendo prevenido contra este peligro, y

reparándome y cubriéndome bien con el escudo de la prudencia cristiana,

no encuentro que tenga yo nada que recelar. Además que, si bien es

temerario buscar el peligro, es cobardía no saber arrostrarle y huir de

él cuando se presenta.

No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y

por Dios la amo, como a hermana. Si alguna predilección siento por ella

es por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al señor vicario y a

casi todos los de este lugar.

Por amor a mi padre desearía yo que Pepita desistiese de sus ideas y

planes de vida retirada y se casase con él; pero prescindiendo de esto,

y si yo viese que mi padre sólo tenía un capricho y no una verdadera

pasión, me alegraría de que Pepita permaneciese firme en su casta

viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de aquí, allá en la India o en

el Japón, o en algunas misiones más peligrosas, tendría un consuelo en

escribirle algo sobre mis peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo,

volviese yo por este lugar, también gozaría mucho en intimar con ella,

que estaría ya vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y

pláticas por el estilo de las que tiene ahora el padre vicario. Hoy, sin

embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo.

Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a dar

la menor ocasión, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo,

pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.

En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrever

como vago recelo. ¿Qué plan ha de formar respecto a un hombre que va a

ser clérigo dentro de dos o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos,

¿por qué había de prendarse de mí? Harto me conozco, y sé que no puedo,

por fortuna, inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soy

desmañado, torpe, corto de genio, poco ameno; tengo trazas de lo que

soy; de un estudiante humilde. ¿Qué valgo yo al lado de los gallardos

mozos, aunque algo rústicos, que han pretendido a Pepita; ágiles

jinetes, discretos y regocijados en la conversación, cazadores como

Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo, cantadores finos y

celebrados en todas las ferias de Andalucía, y bailarines apuestos,

elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto, ¿cómo ha de

fijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo y más diabólico

proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi vocación,

tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a mí,

lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende que

me creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no para

que ella me estime y llegue a tener un día cierta predilección por mí,

cuando yo acierte a hacerme digno de esta predilección con una santa y

laboriosa vida.

Perdóneme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias de

la carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fatídicos pronósticos.

Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, gran

parte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. más allá de lo

justo en el recelar consiste sin duda en el interés que por mí se toma y

que yo de todo corazón le agradezco.

* * * * *

_4 de Mayo_.

Extraño es que en tantos días, yo no haya tenido tiempo para escribir a

Vd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas me

asedian.

En las grandes ciudades es fácil no recibir, aislarse, crearse una

soledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andalucía, y

sobre todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester vivir

en público. No ya sólo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mi

alcoba penetran, sin que nadie se atreva a oponerse, el señor vicario,

el escribano, mi primo Currito, hijo de doña Casilda, y otros mil que me

despiertan si estoy dormido y me llevan donde quieren.

El casino no es aquí mera diversión nocturna sino de todas las horas del

día. Desde las once de la mañana está lleno de gente que charla, que lee

por cima algún periódico para saber las noticias, y que juega al

tresillo. Personas hay que se pasan diez o doce horas al día jugando a

dicho juego. En fin, hay aquí una holganza tan encantadora que más no

puede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dicha

holganza. Además del tresillo se arma la timbirimba con frecuencia; y se

juega al monte. Las damas, el ajedrez y el dominó no se descuidan. Y por

último, hay una pasión decidida por las riñas de gallos.

Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, el

ajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar las

bodegas y candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar los

vinos, y el tratar con gitanos y chalanes para compra, venta o

cambalache de los caballos, mulas y borricos, o con gente de Jerez que

viene a comprar nuestro vino para trocarle en jerezano, ocupa aquí de

diario a los hidalgos, señoritos o como quieran llamarse. En ocasiones

extraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan a todo más

animación, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de la

recolección de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aquí o en

otro pueblo cercano, o bien cuando hay romería al santuario de alguna

milagrosa imagen de María Santísima, a donde, si acuden no pocos por

curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas cupidos y

escapularios, más son los que acuden por devoción y en cumplimiento de

voto o promesa. Hay santuario de estos que está en la cumbre de una

elevadísima sierra, y con todo, no faltan aún mujeres delicadas que

suben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con abrojos, espinas y

piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.

Pepita Jiménez · 第 7 / 15 题