EXTRAMUROS DE ÁVILA

Aparecióseme una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros,

Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En aquel campo rocoso,

entre los berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla,

toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre

que es fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo

de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una

calavera viva--la gloria mayor del rosario--, en lo alto la fábrica

de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior,

allí, entre las bermejas columnas. Ciudad, como el alma castellana,

dermatoesquelética, crustácea, con la osamenta--coraza--por de fuera, y

dentro la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de

las moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el

cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

Fuera, sin embargo, del redondo espinazo ciudadano alza San Vicente

su severidad románica; fuera, Santo Tomás su recogimiento, donde

duerme--¿sueña?--el príncipe D. Juan, el que se llevó a la tumba una

dinastía que pudo haber sido un porvenir que nunca fué, una realeza

entrañadamente española, de roca, que no de cepa castiza. Y fuera de

aquellas murallas, un miércoles, 5 de junio de 1465, vióse un acto para

siempre memorable. Mas oigamos a nuestro Padre Mariana, el jesuita

bravo, nuestro Tácito:

«Los alborotados en Ávila--dice--acordaron de acometer una cosa

memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de

nuestra nación; pero bien será se relate para que los reyes, por

este ejemplo, aprendan a gobernar primero a sí mismos, y después a

sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre

alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza más

consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el rey (si le

miramos de cerca) es otra cosa que un hombre con los deleites flaco;

sus arreos y la escarlata, ¿de qué sirven sino de cubrir como parche

las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan

los criados, tanto más miserable, que con la ociosidad y deleites más

sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó

desta manera: Fuera de los muros de Ávila levantaron un cadalso de

madera, en que pusieron la estatua del rey D. Enrique con su vestidura

real y las demás insignias de rey: trono, cetro, corona; juntáronse

los señores; acudió una infinidad de pueblo. En esto, un pregonero, a

grandes voces, publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en

que relataron maldades y casos abominables que decían tenía cometidos.

Leíase la sentencia y desnudaban la estatua poco a poco, y a ciertos

pasos, de todas las insignias reales; últimamente, con grandes

baldones, le echaron del tablado abajo».

Así, mediado el siglo XV, en las afueras de Ávila de los

Caballeros. Las recias murallas, calentándose al sol desnudo de

Castilla, se estremecieron acaso en su meollo viendo ese ejemplo de

caballerosidad altanera. Pero antes nos cuenta el padre Mariana

también que «despertado el rey de su grave sueño, a solas y las

rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, según

se dice, desta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey

por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu

ayuda, a Ti encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que

el castigo (que confieso ser menor que mis maldades) me sea a mí en

particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrille y haz que

la gente en común no reciba por mi causa algún grave daño». Dicho esto,

muy depriesa se volvió a Salamanca».

Desde esta Salamanca, plateresco rosal de otoño, con la encendida

amarillez de la tarde del Renacimiento en las hojas; desde esta

Salamanca sigo viendo, cerrados los ojos de la carne, el grave sueño

de la berroqueña Ávila, de Ávila de granito. Y veo a Castilla, «las

rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo», pidiendo piedad a

Dios. Resquebrajada de sed de justicia el alma. Y es su vida sueño,

pero grave sueño de piedra. Un toro de piedra guarda, dentro de Ávila,

los callados remotos recuerdos de la noche que precedió al alba romana

de su historia.

«¡Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia, porque ellos

se hartarán!», suspiró el Cristo (Mateo V. 6). ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?

Se hartarán, sí, de consuelo celeste, acaso de sagrada indignación. Los

malaventurados los que, faltos de justicia, no sienten ni hambre ni

sed de ella, porque están muertos civilmente, duermen grave sueño de

piedra, como el del toro de la plazuela de Ávila. El sol le chupa el

rocío y no cría ni musgo en sus costillas.

Libertad fué a buscar al claustro Teresa de Jesús, consuelo de

deleitarse en aquel castillo interior «pues sin licencia de los

superiores--dice--podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora».

Dentro del cincho de piedra de las murallas de su ciudad nativa soñó la

santa, reinando Carlos I, el César flamenco, santa libertad. Seis años

tenía la santa de Ávila cuando, cincuenta y seis después de la afrenta

que hacía temblar las carnes sólo de pensarla, rendían sus cabezas

en Villalar los comuneros de Castilla. Y cayó sobre ésta un grave

sueño imperial. Segismundo rezongaba remusgándose dentro de un seto

berroqueño. «Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad?», clamaba.

A mil varas sobre el ras del mar, cuna de libertad, y todo él sendero,

sobre los huesos de esta tierra crustácea de Castilla, duerme y sueña

sus recuerdos, dentro del rosario de sus murallas--gloria final la

catedral gótica--, Ávila de los Caballeros, de los caballeros que

desnudaron la estatua del rey D. Enrique.

Andanzas y visiones españolas · 第 84 / 92 题