Muchas veces se ha hecho notar, y especificándolo con ejemplos, cómo
el campo, el paisaje castellano en que se crió y con que se crió
entra en la obra de la doctora mística. El castillo de las «Moradas»
es la ciudad de Ávila, con sus murallas y los cubos de éstas, es la
maravillosa ciudad que tiene que mirar al cielo. Y las metáforas de que
suele servirse la santa son metáforas de pequeño campo doméstico, de
huerta familiar, no de panorama.
Ningún gran paisajista lo ha sido de vastos panoramas. Quiero decir
ningún gran paisajista pintor. Que entre literatos Rousseau y Senancour
nos dieron la impresión de los Alpes y Chateaubriand la de las vastas
riberas de los grandes ríos de la América del Norte. Pero el genuino
paisaje es de pequeños rincones. Allí es donde se coge el alma del
campo. Un solo árbol mirándose en una charca en medio de un solemne
desierto es algo de lo más grande con que se puede encontrar un hombre
que lo sea de veras por dentro. Lo que no le diga aquel ermitaño de
leño florido no le dirá ninguno de carne y hueso. Aunque el árbol
es de hueso--de leño--y de carne, o sea de hoja, de carne verde y
palpitante.
El pequeño campo doméstico y familiar, la huerta casera, le sirvió a
Santa Teresa de Jesús para metáforas en que dió carne a su doctrina
mística. ¿Pero es que el campo mismo, la pintura de Dios, es más que un
ramillete de metáforas o toda una metáfora? El universo visible es una
metáfora del invisible, del alma, aunque nos parezca al revés.
Santa Teresa de Jesús se servía de metáforas caseras y de huerto
familiar como Jesús mismo, educado en casa de un maestro de obras, de
un constructor de casas--que esto y no carpintero tan sólo es lo que de
José dice el Evangelio--se sirvió de metáforas del arte de edificar,
como lo de la piedra angular y otras. En la obra de la santa de Ávila
se ven esas dulces huertas interiores de esta tierra grave y tan llena
de roca, de hueso. Aquí, en esta tierra, se comprende lo que es eso del
jardín interior del alma, del jardín cercado y con su humilde noria.
¡Esos jardincillos enjaulados en medio de una ciudad polvorienta y en
ruinas! ¡Esos arbolillos presos, domesticados, que alzan su copa por
sobre tapias medio derruidas! Y todo ello es metáfora.
«¡Pinta de memoria!»--me dijeron de un pintor, y repliqué: «todo pintor
pinta de memoria». Todo pintor pinta de memoria, hasta lo que está
viendo; pinta un recuerdo. Lo que hay que ver no es la visión presente;
lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen. A las veces su recuerdo
presente. El artista ve recuerdos y por eso ve anticipaciones y es un
profeta. Vamos al museo a recordar el campo, pero vamos al campo a
recordar el museo. Todo artista pinta de memoria. Quien no lo hace es
una cámara obscura, una máquina fotográfica, pero no lo hace porque no
teniendo alma no tiene memoria. Y aun ésta...
Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo
que pasa de que mira al modelo a que tiene que mirar al papel o lienzo
en que traza su imagen, ¡no! Éste es un aspecto demasiado primario y
superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe
del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando
ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta todo conocer--lo
sabía ya Platón--es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora.
Los pueblos salvajes que no han dibujado nunca, que no han hecho
dibujos, no ven nada en los dibujos. Se les da una fotografía y no
saben por dónde mirarla. Y es dudoso que un gato que mire la pintura
de un gato, su propio retrato, vea nada en él. Y no ve nada en él
porque no es capaz de metaforizar. La metáfora es el fundamento de
la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia
de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y
metafórica.
Y hay paisajes que conviene mirarlos a menudo en ayunas y aun con algo
de sed. Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se
tienden al pie de la Peña de Francia, en la provincia de Salamanca,
y aunque la angustia--¡y era grande!--me privara de mirarlas con el
sosiego que la contemplación estética exige, nunca comprendí mejor su
metáfora. Porque hubo momentos en que creí que se me iba a parar el
corazón o a estallárseme o a cuajárseme la sangre. Y a la angustia
física se me unió la angustia moral, la angustia religiosa, más aún, la
angustia metafísica.
El campo es una metáfora.