UNA OBRA DE ROMANOS

Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de

romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de

sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor

del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se

le dió a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia

y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes

a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro

no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya

forma vulgar es _aguaducho_. Pero _aguaducho_ se le llama a

una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el

Mediodía, a un puesto de venta de agua.

Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia,

aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus

arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus

piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin

argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos,

conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos

soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de

Segovia tiene algo de un az (no haz) romano armado de todas armas. Y

para llevar agua al campamento o a la ciudad.

Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su

función--¡lástima!--para mejor conservarlo como monumento. Pero es

fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas

de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. El

agua, transportar la cual era su función, ha debido preservarle de la

ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado

a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros

suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado,

sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.

Aquel formidable panfletista que fué Pablo Luis Courier, en su Carta

V, escrita en Veretz (Turena) a 12 de noviembre de 1819, escribía:

«Los monumentos se conservan donde los hombres han perecido, en

Balbek, en Palmira y bajo la ceniza del Vesubio; pero en otras partes

la industria, que lo renueva todo, les hace una guerra continua. Roma

misma ha destruido sus antiguos edificios y se queja de los bárbaros.

Los Godos y los Vándalos querían conservarlo todo. No ha estado en

sus manos el que ella quedara y no sea hoy tal como la encontraron.

Pero a pesar de sus edictos condenando a muerte a quien estropeara las

estatuas y los monumentos, todo ha desaparecido, todo ha tomado una

forma nueva».

Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y

airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra

en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia,

obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de

ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se

acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua!

El mismo día en que llegué a Segovia había pasado--y era la segunda

vez--por Madrigal de las Altas Torres, «nombre alto, sonoro y

significativo», que diría Cervantes. Pero, ¡ay!, que las altas torres

de Madrigal de las Altas Torres--las de los cubos de sus murallas--no

son ya ni altas ni muchas de ellas torres. Como no defienden nada, como

no soportan nada--salvo algún nido de cigüeñas--las han ido dejando

aterrarse. Su falta de función las ha arruinado. Que hasta una tumba

se mantiene mientras guarda los huesos de su habitante de queda y

reposo--¡y no siempre!--, pero si hasta el muerto emigra de ella la

tumba se hace ruina. Y la ruina de una tumba es lo más trágico que hay.

Y otras veces se la quiere convertir en cuna. Que si al Cristo recién

nacido le acostó su madre en un pesebre, en el comedero de un asno,

amigo del pobre y amigo del Redentor, que caballero en él metió en

Jerusalén su gloria, a nosotros nos acuestan al nacer no pocas veces en

algo como tumbas para brizarnos en ellas el espíritu al eco de leyendas

de muertos.

El camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo

de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas

sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua _vía argéntea_,

camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de

Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del

puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua

que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el

agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le

ha preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo

rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género

de agua. Como en el derecho mismo.

Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por

arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los

oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de

ideas, y sobre todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran

más que aquéllas. La _Ilíada_ de Roma es el Código de Justiniano

o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia,

obra de romanos, es, a su vez, un código.

PAISAJE TERESIANO

EL CAMPO ES UNA METÁFORA

I

Era en un pueblecito de los consagrados por Santa Teresa de Jesús, en

un pueblecito serrano de la provincia de Ávila donde ella pasó, en

sus mocedades, una temporada en casa de unos parientes y donde leyó

algún libro de edificación piadosa, lectura que le sirvió después, con

otras, de cimiento para el edificio de su doctrina. Pero como lo leyó

en aquel campo, alternando en su visión las letras del texto con las

letras también con que Dios había escrito en el que llamamos libro de

la naturaleza, aquel paisaje llegó a formar parte de los cimientos del

edificio de su doctrina.

¿Libro de la naturaleza? ¿Libro? No, sino más bien cuadro. Y un cuadro

enseña como un libro y aún más y mejor. Desde luego, un cuadro bueno

más que un libro malo. ¡Y no por su literatura, no! Los cuadros no son

mejores o peores por su literatura, y con razón hablan los pintores con

desdén de la pintura literaria. Como la excelencia de una caricatura no

está en la leyenda y aun la mejor caricatura es la muda, lo que es como

una romanza gráfica sin palabras. No, no, no es lo que llamamos asunto

lo que hace el cuadro. Lo que no quiere decir ¡claro! que la pintura

no inspire literatura. La inspira la de Velázquez, y Velázquez es un

puro pintor. Y aquí mismo veréis cómo un cuadro de Dios, un paisaje

castellano, nos ha inspirado, buena o mala, literatura.

Los cerros pedregosos que contemplaba desde Becedas--que está al pie

de una elevada sierra--parecíanme escombros caídos del cielo y por

donde trepaban verdes rebaños, grupos de encinas y de robles. Y en

derredor de aquellos picos de Neila y de Gilbuena era un campo robusto

y sonriente. A la hora aquélla y en aquel día el paisaje perdía

materialidad pareciendo como un mero revestimiento del espacio. O más

bien que era una pintura, pero más al fresco que al óleo, y de todos

modos sin barnizado, en que se ve la tela y su trama, el tejido sobre

que se había pintado el cuadro, acaso la túnica misma del Señor, que se

entretuvo en adornarla con aquellos paisajes. Y se veía los brochazos

del Señor, se notaba la huella de su pincel. ¡No era una oleografía, no!

Velaba al cielo como una brumilla de platino. Diríase que el cielo era

un lago, el de las aguas de arriba de que habla el primer capítulo del

_Génesis_, y que ese lago tenía reflejos de la tierra sobre que se

redondeaba.

Al recogerme un momento como para rumiar el pasto de aquella visión,

fijéme en un helecho que crecía--¡bien pobremente por cierto!--a mis

pies y me imaginé una hormiga al pie de aquel helecho y que éste le

pareciera como a nosotros una gigantesca palmera. Aunque esto acaso no

sea así, ya que una hormiga puede subir y pasearse por un helecho como

nosotros no podemos hacerlo por una palmera. Para un macaco trepador,

un árbol colosal ha de ser muy otra cosa que es para nosotros.

Miré a Becadas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme

tortuga roja--del color de sus tejados--con un cuerno, que era la torre

de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire

el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos

de flores en las galerías de madera y aquellas grandes piedras que

sostienen estas galerías, piedras vivas, casi vegetales, que guardan

el aire de la cantera. Que en esta tierra de encinas pétreas la piedra

suele tomar ternuras de madera.

Se ha dicho que en la literatura castellana apenas hay paisajes, pero

sin demasiada paradoja cabría retrucar que apenas hay en ella más que

paisaje, que los hombres del «Poema del Cid» o los del «Romancero» son

como encinas o como rocas, de recio leño o de piedra tierna. Y de un

paisaje sin agua. Pues el agua es como la conciencia del paisaje; las

alamedas de la orilla del río, las alisedas, los saucedales, se ven

a sí mismos en el agua y se reconocen, y hasta un mogote de roca, un

berrueco de granito, se ve y adquiere conciencia de sí en una charca

que duerme a su pie. Pero en las tierras sin agua hasta los hombres no

son más que paisajes, pintura de Dios. ¡Pero qué pintura!

Mas allí, en Becedas, al pie de la sierra, cerca de las fuentes del

Tormes, hay agua. ¡Agua! «¡Mar! ¡mar!», clamaron los diez mil griegos

de la famosa retirada que inmortalizó Jenofonte cuando, después de

terrible peregrinación por agostados páramos del Asia Menor, divisaron

la azul línea serena del Ponto Euxino o Mar Negro. Pero aquí no se

trata ya del agua del mar.

En el viejo «Poema del Cid» se habla de las veces que el héroe

castellano, enjuto y seco, atravesó el Duero: se nos dice de unos

moros muertos en batalla junto a un río que bebían agua _amidos_,

es decir, contra su voluntad, y se nos cuenta de cuando a las hijas

del Cid, maltratadas por sus maridos que las dejaron atadas a unos

árboles, les llevó agua su primo en el sombrero. ¡Agua de beber! Agua

no para mirarse en ella, sino para beberla. En estos campos, de ríos no

navegables--algunos se secan en el estío--el agua no une a los pueblos,

sino que los separa. Y esto cuando no se pelean por su aprovechamiento.

Y viniendo a otra cosa, ¿es que no hay paisaje en Santa Teresa?

Interior y exterior.

Andanzas y visiones españolas · 第 82 / 92 题