EN PALENCIA

¡Pasando estos días de bochorno del aire--¡qué charca, y no ola, de

calor!--y de bochorno del alma nacional--aquí otra charca--en esta

antigua pero no vieja ciudad de Palencia, la «Pallantia» de los

romanos, que dicen los eruditos, porque váyase a saber...! Dicen por

aquí que con frecuencia aparecen en excavaciones restos romanos e

ibéricos, pero no queda edificio alguno entero de aquella época. A lo

más, algunos cimientos. Pero los cimientos romanos se encuentran por

dondequiera en España, cuya lengua es tan romana como la de Italia y en

el léxico más. En el vocabulario italiano hay, en efecto, más elemento

extrarromano que en el español.

Nombres, sí, quedan más que piedras. Se llama los «hornagones» en las

laderas de estos cerros donde empieza el páramo, a los restos de termas

de patricios romanos: hay el pago de Santa María de las Vestales y hay

el pago del Bosque en un terrible descampado donde hubo un «lucus»,

un bosque sagrado romano. Y como han vuelto a traer agua, a alumbrar

acequias, vuelve a verdear en árboles y hierbas el desierto de siglos,

vuelve la vida.

Es como un oasis el contorno de esta ciudad de Palencia, un oasis en

medio del trágico desierto de la Tierra de Campos, de los Campos

Góticos. Las aguas del Carrión, del dulce río claro que abriéndose en

dos brazos abraza aquí, junto a Palencia, a una isla; las aguas del

Carrión y las del canal han hecho estas huertas íntimas y frescas,

donde aflora la dulce ternura castellana, esa ternura que suele brotar

de las rocas. ¿No saca acaso la sandía su dulce jugo y refrescante de

las abrasadas tierras de secano? Y en estos días de terrible bochorno...

Allá, en aquella línea derecha que corona esos calizos escarpes,

empieza el páramo, el terrible páramo, el que se ve, como un mar

trágico y petrificado, desde la calva cima del Cristo del Otero.

¡El páramo! En él se ha vendido una hectárea de terreno por seis

duros--¡treinta pesetas!--y para aprovechar no más que una cosecha. El

milagro de Sara, la mujer de Abraham. ¡El páramo! ¡Y qué áspera poesía

la que inspira! Leed los libros de Julio Senador Gómez, notario de

Frómista, hoy vecino de esta ciudad de Palencia--¡y qué rato el que

el otro día pasamos en su casa, donde le retienen sus achaques!--;

leed _Castilla en escombros_, _La ciudad castellana_, _La

canción del Duero_, y veréis cuánto de áspera poesía profética,

jeremíaca, apocalíptica, contiene la obra de este hombre trágico y

vasto y lisiado como el páramo. Al borde del desierto han brotado los

más jugosos, los más fuertes cantos de la eternidad del alma. Ni hay

agua como el agua profunda, soterraña, del desierto.

Hay frescura y ternura en estas huertas que bordean el Carrión, al pie

del páramo trágico, y hay frescura y ternura a la sombra de la catedral

gótica de esta ciudad palentina. Respiré el otro día al entrar en ella.

Era un islote de frescor. Y frescor y ternura de siglos se exhalaba de

aquellas tablas pintadas por flamencos en nuestro tiempo del oro. La

catedral toda, el trascoro en especial, es de una frescura sencilla

y tierna y clara. Aquellas manos de Nuestra Señora de la Compasión

y de San Juan, que la protege, son frutos de frescura también. Traen

invisible agua del cielo a quien las contempla.

La catedral, manadero de frescura del espíritu, fué el alma de esta

ciudad episcopal y condal de consuno. Y lo decimos porque el obispo de

Palencia es, por serlo, conde de Pernia; a la mitra va aneja, como en

Coimbra, una corona condal. El caudillo eclesiástico lo era a la vez

civil o más bien feudal. Lo que quiere decir que la Iglesia se había

civilizado. Y ello arranca de fondo romano.

Y ved qué cosa más fresca y más clara la torre de la iglesia de San

Miguel, con sus grandes ventanales góticos que dejan ver el cielo a

través de ella. Una verdadera aguja gigantesca, con su ojo abierto a

un cielo claro, el ojo de la aguja por donde pasa el camello que ha

peregrinado por el páramo muerto de sed. Más muerto de sed el páramo

mismo que él, que el camello.

Pero vayamos a la iglesia de Santa Clara, a la del trágico Cristo

de tierra. Es la iglesia de la leyenda de Margarita la Tornera, que

conocéis siquiera por el poema de Zorrilla, donde la Virgen hizo de

tornera, mientras la que lo era del convento se fué a correr tierras

en brazos de un tenorio. Y al volver las monjas, sus compañeras, no

se habían percatado de su ausencia. Y allí está, amado por las pobres

clarisas del legendario convento de la tornera, el «Cristo formidable

de esta tierra», como le llamamos en un poema hace siete años, cuando

nuestra otra visita a esta ciudad.

Aquí se dice por muchos que el Cristo yacente de Santa Clara es una

momia, pero parece ser más bien un maniquí de madera, articulado,

recubierto de piel y pintado. Con pelo natural y grumos de almazarrón

en el que fingen cuajarones de sangre. La boca entreabierta, negra por

dentro y no todos los dientes. Los pies con los dedos encorvados.

Y ahora permitidme que reproduzca aquí una parte de mi poema de la

parte descriptiva:

«Cierra los dulces ojos con que el otro--desnudó el corazón a

Magdalena,--y hacia dentro de sí mirando ciego--ve las negruras de su

gusanera...--No es este Cristo el verbo--que se encarnara en carne

vividera,--este Cristo es la gana, la real gana--que se ha enterrado en

tierra,--una escurraja de hombre troglodítico--con la desnuda voluntad,

que ciega--volviéndose a la nada,--se ha vuelto tierra...--Este Cristo

español que no ha vivido,--negro cual el mantillo de la tierra--yace,

cual la llanura, horizontal, tendido,--sin alma y sin espera,--con los

ojos cerrados cara al cielo,--avaro en lluvia y que los panes quema;--y

aun con sus negros pies de garra de águila--querer parece aprisionar

la tierra». Y acababa el poema: «Porque este Cristo de mi tierra

es tierra,--carne que no palpita,--tierra, tierra, tierra;--mojama

recostrada con la sangre,--tierra, tierra, tierra, tierra...». Y fué

cierto remordimiento de haber hecho aquel feroz poema--lo hice en esta

misma ciudad de Palencia, y en dos días--lo que me hizo emprender la

obra más humana de mi poema _El Cristo de Velázquez_, el que

publiqué este año.

El Cristo de Santa Clara, el que muchos creen momia, el que ha venido a

descansar en manos de las pobres clarisas del convento de Margarita la

tornera--la que huyó por sed de maternidad--en este oasis de Palencia,

en las frescas riberas del riente Carrión, es el Cristo del Páramo. El

Páramo es una escombrera: escombrera del cielo. En días de terrible

bochorno, como estos que estamos pasando, las piedras de encima del

cielo han ido dejando caer su polvo a que se pose en este suelo. Y no

el agua.

Piedras de rayo llaman por todas estas tierras a las hachas

prehistóricas, del hombre pre-humano, que a las veces se encuentran

en su suelo. Y aquí cerca, en las faldas del Otero, se han encontrado

restos paleontológicos, entre ellos una gran tortuga fósil.

Sobre tortugas fósiles de otro género están cimentadas nuestras

ciudades cuando ellas mismas no son ya tortugas fósiles. Pero por entre

los tapiales de adobes o de barro de los corralillos de las casucas

polvorientas y desde su origen ruinosas--hay ruinas de nacimiento--de

sus arrabales asoman arbolillos como enjaulados, las hojas empolvadas

de alguna higuera doméstica o alguna flor. Y una flor castellana es

algo de que no hay idea en los pueblos de ubérrimos jardines. Es la

flor del desierto.

Aquí, en Palencia, empezaron los estudios que, trasladados después a

Salamanca, de las orillas del Carrión a las del Tormes, llegaron a ser

la universidad más célebre, en su tiempo, de España, la de los teólogos

y canonistas. Queda en esta ciudad un nombre, el de la calle de los

Estudios. El contorno de Salamanca, tierra de dehesas, de encinares,

de terreno ondulado, no es tan trágico como el de esta ciudad. Allí no

hay páramo cerca. La Armuña--en árabe «almunia» es jardín o huerto--es

llanura que en primavera ríe de verdor y en verano se dora con las

espigas. ¡Pero la grandeza solemne de estos trágicos campos góticos!

Palencia, agosto de 1921.

Andanzas y visiones españolas · 第 79 / 92 题