En la antigua villa de Aguilar de Campóo, entre ruinas, en esta
Castilla en escombros que dijo Senador Gómez, como peregrinos de la
historia y de la patria. Hace muchos años, recorriendo con unos amigos
alderredores de nuestro Bilbao, un aldeano decía a otro señalándonos:
«Éstos, ¿de minas o de aguas...?» y el interpelado, que nos conocía,
contestó: «¿Éstos? ¡no! a ver «náa» más; «inosentes». Y así en Aguilar
de Campóo, inocentemente, a ver nada más. A ver, a vivir, a morir,
a revivir y también a remorir. A apacentar nuestras desesperadas
esperanzas entre ruinas.
Por dondequiera escudos heráldicos, muchos en ruinas, de casas y
ruinas de nobleza. Aquí, como empresa del escudo: «Qui la sierpe mató
con la infanta casó» y un águila sobre un árbol mirando la matanza de
la sierpe. Pero la mataron matándole el pasto, matando la tierra y
ahora ¡pobre de la infanta! Allí: «Ceballos para vencellos ardid es de
caballeros». Sí, se ha cebado de dinero a los moros peligrosos, ¿pero
«vencellos»? Más allá: «Belar se deve la vida de tal suerte que quede
vida en la muerte». Si en nuestra muerte de hoy, si en esta trágica
modorra, si en este acorchamiento del ánimo patrio quedase alguna
vida... ¿Pero dónde está?
En los soportales de la plaza de Aguilar de Campóo se lee: «Café siglo
XX». Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero eso es de siglo? Todo
un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el
Pisuerga allí cerca, la historia. Cuando resbala... Allí, al socallo,
se duerme la vida y alguna vez se la sueña. Pero es el sueño de
siempre, el mismo cada vez. ¿Vez? No hay más que una, el rato inmóvil.
«Es un sosiego hediondo, como el del agua corrompida», dice en uno de
sus libros Senador Gómez.
Las ruinas del castillo de Aguilar, entre ruinas de montes. Y no se
distinguen las unas de las otras. Diríase que son ruinas de castillos,
de castillos de esta Castilla leonesa, aquellos atormentados monolitos,
que remedan fábricas arquitectónicas, de la cumbre de las Tuerces,
donde un tiempo ramoneaba el ganado entre matorrales y hoy el tasugo
(tejón) pasta macucas hozándolas. Del pelo del tasugo se hace brochas
para enjabonar la cara al que se afeita y de su piel colleras de lujo
para colgar esquilones al ganado... ¡una industria!
¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fué de
premostratenses! ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones,
piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre
sobre verdura el agua clara que baja de los riscos calizos. Y las
ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al
Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia. ¿Ciencia? Y del
mismo modo va yendo España toda al museo. Y un museo es el más terrible
de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto. Y
luego ruinas de cementerio, ruinas de tumba.
Allí, junto a las ruinas de Santa María la Real, carretera por medio,
en las escarpadas laderas del risco una cueva y en ella una laude, la
tapadera de un sepulcro, donde dice: «Aquí yace sepultado el noble
y esforzado caballero Bernardo del Carpio», etc. Probablemente una
superchería. Que es otra forma de ruinas. Porque las supercherías y las
leyendas en piedra, suelen ser ruinas; ruinas de historia, piezas de
museo.
Casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los
falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico
Santiago--embuste de Compostela--en cuyo día se esperó este año...
¡otra superchería!--. Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras,
señor, de mentiras. Y a lo mejor--que es lo peor--cree en ellas
alguien, señor, las cree... ¡el muy frívolo! Y esto no tiene remedio...
Sentados al socallo, allá en lo alto de las Tuerces, al abrigo de una
roca saliente, a este rico sol, henchíamos nuestra mirada con aquella
desolación que nos ceñía en redondo--golpes de verdura al borde del
agua que corre en el fondo del valle--y entre aquellas ronchas de lo
que fué monte y es hoy desierto veíamos a la patria rezumando pus y
sangraza por entre agrietadas costras de cicatrices.
¿Quedan entre estas ruinas hombres? ¿Queda en los arruinados hombres
hombría? Y pensábamos en esa simbólica sandía, fruto de secano, que
saca dulce jugo, frescor de agua entrañada, de la reseca roca. Hay agua
en el fondo, en el cogollo del corazón rocoso. Y hasta una ruina puede
ser una esperanza.
Pero hay que libertarse del museo; hay que sacudirse del ensalmo de
las piezas del museo. Como el testamento de Isabel la Católica, por
ejemplo. Nuestras leyendas mismas ya no viven, no hay en ellas vida en
la muerte; son ruinas de leyendas, piezas de museo. El troglodítico
tradicionalismo español huele a museo donde no entra ni el sol ni el
aire. La guerra de África que hizo don Pedro Antonio de Alarcón, v.
gr., no es ya ni leyenda; es cosa de erudición literaria, pronto cosa
de archivo.
Y esta España arruinada, entre ruinas de leyendas, mandada recoger para
el museo, ¿va a arruinarse más aún, arruinando a Marruecos? ¿Pretenderá
luego conquistar el Sahara? ¿Fundar allí un imperio sin hombres?
«Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte», dice
Aguilar de Campóo.