EN YUSTE

Uno de los más grandes escritores con que cuenta España--y en el

respecto de la lengua si otros le igualan no se puede decir que haya

quien le supere--es el P. Fr. José de Sigüenza, de la orden, hoy en

España extinguida, de los Jerónimos, que en el año último del siglo

XVI publicó, estando en El Escorial, su _Historia de la

orden de San Jerónimo_, libre de las pedanterías estilísticas y

lingüísticas del siglo XVII, y que es una de las obras en que

más sereno, más llano, más comedido, más recogido y más grave y más

castizo discurre nuestro romance castellano. Los capítulos 37, 38, 39 y

40 de la tercera parte son los que tratan de la vida y muerte que hizo

en Yuste el emperador Carlos V, y a ellos hay que acudir.

La lengua y el estilo de este relato casan a maravilla con el paisaje

que hoy nos ofrece la comarca de Yuste. En aquellas fragosidades

pedregosas donde se dan los más dulces frutos, donde el tomillo y la

jara aroman a los berruecos, donde parece que el campo es música de

armonio monacal y que vuela sobre los pliegues de la sierra, alas al

suelo, el canto solemne y litúrgico de los salmos penitenciales, se

respira aire del siglo XVI español. El campo nos habla en la

misma lengua grave, reposada y purísima del P. Sigüenza. Difícil seria

encontrar en España un paisaje más castizamente español y español

quincentista. Oscuros pensamientos de eternidad parecen brotar de la

tierra...

El P. Sigüenza nos cuenta cómo se le dispusieron al emperador los

aposentos que había de habitar en Yuste, según la traza que había

enviado desde Flandes, todo ello muy pobre, como se ve hoy en lo que

queda.

«Está plantado al medio medio--dice el historiador jeronimiano--en

respeto de la Iglesia que le haze espaldas al Norte y a la parte de

la huerta, donde se descubre una larga y hermosa vista. Lo principal

de toda la fábrica son ocho pieças, o quadras de a veynte pies poco

más o menos en ancho y veynte y cinco en largo. Las quatro pieças

están a la huella y casi al mismo andar del claustro baxo y las otras

quatro responden puntualmente debaxo dellas, porque como la casa está

levantada en la ladera de una cuesta muy alta, el edificio va cayendo

como por sus poyos. Estas quatro pieças ansí altas como baxas, las

dividen dos tránsitos o callejones que van de Oriente a Poniente: el

alto sale a una plaça con un colgadizo grande al Poniente, adornado de

muchas flores y diversidad de naranjos, cidros, limones y una fuente

bien labrada. El baxo a la huerta y a lo que cae debaxo desta plaça,

o colgadizo que se substenta sobre columnas de piedra, y pilares de

ladrillo. Las pieças tienen sus chimeneas en buena proporción puestas,

y sin esto una estufa a la parte de Oriente donde también ay otro

jardín y fuente, de mucha veriedad de flores y plantas singulares

buscadas con cuydado. Escaleras para subir al Coro y baxar a los

aposentos, bien traçadas; y al fin rodeado de naranjos y cidros, que se

lançan por las mismas ventanas de las quadras, alegrándolo con olor,

color y verdura. Esta es la celda de aquel gran monarca Carlos quinto,

para religioso harto espaciosa, para quien tanto abarcara pequeña».

No ya pequeña, mezquina era, por lo que hoy se ve de ella, la que el

P. Sigüenza llama celda del emperador. El cuarto en que dormía, y en

el que se abre una puertecilla al altar mayor de la iglesia, para que

pudiese oir misa desde la cama, es sombrío. No recibe luz más que de

un pequeño balcón. Hay otro aposento cuyo balconcillo da cerca de un

estanque, del que se dice llegaba entonces hasta el pie mismo del

balconcillo y que desde éste podía el emperador pescar en aquél, es de

suponer que no más que tencas, como no le llevaran otros peces para que

los pescase.

Lo más hermoso es el colgadizo, o terraza, sentado en el cual fundía el

césar hispano germánico sus recuerdos de conquistas--y conquistas de

todas clases--en la solemne paz sedante de aquel campo que habla de paz

y de reposo. Aún se alza, allí cerca, abrigado al arrimo de la iglesia,

uno de los naranjos. Mientras yo me sumía, sentado en el colgadizo, en

los recuerdos de aquella España imperial y monástica, la lluvia cantaba

en el floraje de los naranjos y lavaba con agua del cielo sus pomas de

oro. Cuchicheaba también en el estanque. Y como siempre encontraba yo

no sé qué misterio, qué místico agüero, en el gotear de la lluvia en la

sobre haz de las aguas sosegadas. ¡Sentir llover sobre una laguna!

Llovían los recuerdos de gloria y de infamia, de lucha y de paz,

de vida y de muerte, sobre el lago del pensamiento de la eternidad

quieta. Una docena de años más de los tres siglos y medio hace desde

que, valiéndonos de palabras del P. Sigüenza: «diziendo Jesús a la

tercera salió aquella alma tan pía y tan catholica del cuerpo a las

dos y poco más de la noche, miércoles día de San Matheo, año de mil

quinientos y cincuenta y ocho, aviendo estado dos años menos quinze

días aparejándose para este punto, retirado del mundo, renunciados los

estados y todo género de negocios terrenos, tratando sólo los de su

alma», y en los últimos seis años de estos poco más que tres siglos y

medio, después que visité la otra vez el retiro de Yuste, hase hundido

el imperio de los Austrias. Acaso no queda ya de él, como la ruina del

monasterio de Yuste, más que el trono de España, que aunque de Borbón

titular, ha vuelto a ser de Habsburgo y en espíritu más que Borbón.

La corona de España, de esta España de Juana la Loca, es ya lo único

habsburgiano que queda entren los dinastas de la tierra.

Del colgadizo o terraza se baja por una gran rampa. Por ésta podía

bajar y subir a caballo el emperador, que apenas si se paseaba a pie en

los dos años últimos de su vida.

Cerca de Yuste está el pueblecito de Cuacos, un lugarejo cercano, que

se ha hecho famoso por las molestias que dicen proporcionaron sus

vecinos al emperador. «El lugar de Quacos--escribe el P. Sigüenza--que

es el más cercano al convento participava más destos favores como más

vezino a la fuente y ellos sabían conocerlo harto mal, porque es gente

alguna de ella de baxos respetos, desagradecida, interessada, bruta,

maliciosa». Y más adelante agrega: «Podranse alabar los de Quacos que

vencieron ellos la paciencia y clemencia del César, lo que no pudieron

hazer muy valientes y fuertes enemigos, tanto fué su descomedimiento».

Por nuestra parte cuando hace doce años visitamos por primera vez Yuste

hicimos noche en Quacos, gozando de una sencilla pero muy cordial

hospitalidad lugareña y en esta vez ni nos apeamos del caballo el breve

rato que en los soportales de su plaza aguardamos al guía que hubo de

acompañarnos al monasterio. Pero la mala fama de Cuacos sigue en toda

la comarca.

¡Qué regreso, al dejar, con la pena de aquél a quien le despiertan

de un sueño sosegado, el reposadero imperial! Allí quedaba la caja de

madera, hoy vacía, en que estuvo el cuerpo del césar hispano-germánico

hasta que lo llevaron al feísimo y protocolario panteón del Escorial, a

aquella especie de archivo de cuerpos de reyes, guardados éstos, como

en un almacén, en una especie de cofres que parecen grandes soperas.

Mientras volvíamos de Yuste a caballo, silenciosos todos, iba cayendo

el día en la noche y la lluvia nos envolvía y nos aislaba a cada uno de

los peregrinos. Cubierto con la capucha de mi impermeable, protegido

por las perneras, dejaba a mi caballería que se buscase un sendero y no

podía apartar mi imaginación de aquella caja de madera, hoy vacía, en

que el cuerpo de Carlos V de Alemania y I de España empezó a hacerse

polvo mientras su espíritu acaso caía como una gota de lluvia en la

inmensa laguna sin fondo y sin orillas de la eternidad de la historia.

Salamanca, marzo de 1920.

Andanzas y visiones españolas · 第 78 / 92 题