Hace ya cerca de doce años, en junio de 1908, había visitado las
ruinas del monasterio de Yuste, donde pasó los últimos años de su
vida--y donde estuvo trece más su cuerpo--Carlos de Habsburgo,
emperador, quinto de su nombre, de Alemania, y primero de él como rey
de España, hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Alemania,
nieto de nuestros reyes católicos, Fernando e Isabel, y del emperador
Maximiliano de Austria. Con él empezó en España la casa de los Austria,
de los Habsburgo más bien, que torció el fruto del descubrimiento de
Colón y de las conquistas de Cortés y de Pizarro, ligándonos a la
política imperial austríaca y a la obra de la contra-reforma.
Recordaba muy bien mi primera visita a la fragosa soledad de Yuste, en
las estribaciones de Gredos, espinazo de Iberia, y el sentimiento de
eternidad, de serena eternidad, hecha de roca y de cielo desnudos, que
me invadió cuando estuve sentado en la misma terraza donde recibió el
gran césar hispano-germánico la última llamada. Esa visita fué antes de
esta gran guerra, y quería, devoto peregrino de la historia, volver a
verme ceñido del silencio serrano, todo él repleto de recuerdos, ahora
en que parece que, por la gracia de Dios, los Habsburgos se han apeado
para siempre de su trono.
Atraíanme la desnudez misma y la pobreza de Yuste, que siempre, hasta
cuando en él se refugió el emperador, fué uno de los más pobres
monasterios de los jerónimos, que los tenían suntuosos y magníficos
y no muy lejos de allí el de Guadalupe. Pero Carlos quiso retiro,
verdadero retiro, y Yuste lo es. ¿O acaso se lo escogió su hijo para
tenerle allí más a seguro de cualesquiera veleidades de volver a la
gobernación de sus estados?
Esta vez fuí a Yuste por otro camino que hace doce años. Fuí desde
la ciudad de Plasencia, que guarda en su recinto un aire espiritual
de tiempos imperiales. Era día de carnaval y de concentración de
mozos para ir al servicio militar. Las calles y callejas, a las que
a trechos se abre el portón de una vieja casona solariega, resonaban
de cantos forzados, de una alegría de disfraz. Era la máscara de la
alegría, no sin algo de vino. Y la ciudad, ceñida en gran parte por sus
murallas, con sus redondos torreones, que hoy son miradores al campo,
se nos ofreció al sol de un invierno primaveral. Y en la amplia media
catedral--porque la de Plasencia no es más que una mitad de la que
debió haber sido--resonaba el viejo culto. Y aún se acurruca un resto
de la primitiva, un cimborrio bizantino, testigo de lo más antiguo de
la ciudad.
Salimos en coche de ella, y cruzando el Jerte emprendimos viaje a
Jaraiz, ya en la Vera de Plasencia, en las soleadas faldas meridionales
de la gran sierra de Gredos. Esta Vera de Plasencia ha estado siempre
muy apartada de las grandes rutas de España, y últimamente más aún
que en los tiempos en que fué Carlos I a esconder en ella el ocaso de
su majestad imperial. Porque a ciertas regiones, y más de sierra, las
carreteras primero, con sus diligencias y postas, los ferrocarriles
después, las han aislado más que estaban. Cuando casi todos eran
caminos de herradura, a través de fragosidades serranas, no pocos
trechos o calzadas, tal vez romanas, que seguían los más a pie, algunos
a caballo o con mula, y tal cual en silla de manos, como el emperador
fué llevado a Yuste, no había diferencia de recorrer unos u otros. Y
así, en aquella bendita Edad Media, la gente viajaba más que ahora
viaja y pasaba por sitios que hoy nos resultan retirados, remotos y
casi inaccesibles.
En cierto sentido entonces, cuando era más lento el viajar, se
viajaba más de verdad, se recorría más de veras el camino. El romero
o peregrino medioeval conocía mucho mejor el país porque viajaba más
que un turista moderno. Hoy cabe atravesar toda una nación dormido y
sin conocer ni una sola palabra de la lengua que en ella se hable.
Hoy el camino es un puro medio y se va a devorarlo o suprimirlo en
lo posible, atento al fin del viaje. Fin que tampoco suele importar
mucho. Entonces, lo interesante, lo vivo, era el camino. La vida misma
era un camino que se recorría a pie y gozándose en cada posada. Los
reyes mismos eran reyes andariegos. Y nunca ha habido acaso una edad
más universal, de más activo comercio de espíritu entre los diferentes
pueblos que lo fué la Edad Media. Las leyendas recorrían, a pie y
de boca en boca, Europa entera. Y la civilización, una civilización
eclesiástica y clerical, se colaba por todas partes. Han sido las
grandes rutas, los caminos que han suprimido las distancias, y con las
distancias el goce reposado de los pasos comedidos y contemplativos,
los que han aislado a ciertas regiones y hasta las han vuelto salvajes.
Una leyenda como aquella terrible de la Serrana de la Vera--tan
tratada por nuestros dramaturgos clásicos, y de la que hizo su famoso
drama Vélez de Guevara--, una leyenda, como la de aquella brava
moza deshonrada que capitanea una banda de forajidos, se guarece
en una cueva, no lejos de Yuste, sorprende a ricos caminantes, goza
de ellos y luego los mata; una leyenda así sólo pudo nacer cuando
estas fragosidades, por el drenaje de las grandes rutas, perdieron su
sociabilidad primitiva y algo paradisíaca. Han sido los caminos los que
han hecho no pocos desiertos.
Es Jaraiz el poblado mayor de la Vera de Plasencia, una villa serrana
de unos 4.000 habitantes. Su caserío presenta el aspecto pintoresco
de las poblaciones de sierra en el interior de España. Las casas,
de trabazón de madera, con sus aleros voladizos, sus salientes y
entrantes, las líneas y contornos que a cada paso rompen el perfil de
la calleja, dan la sensación de algo orgánico y no mecánico, de algo
que se ha hecho por sí, no que lo haya hecho el hombre. La calleja
se retuerce y no se ve de un extremo a otro. No es un canal de curso
recto: es más bien como el cauce de un río que fuera culebreando. Y se
siente la intimidad de la sombra. De una casa pueden cuchichear con los
de la casa de enfrente. Diríase una sola vivienda.
La vida de la villa discurre también lenta y retirada. No se celebran
elecciones municipales, sino que reuniéndose los ex alcaldes sortean,
de un número de vecinos de cada clase social, el alcalde y dos
tenientes de alcalde, que a su vez nombran los concejales. Y como es
una carga, una verdadera carga, nadie la busca, pero nadie la puede
rehusar. Y siendo un municipio pobre jamás se entrampa, porque el
vecindario no es pobre y anticipa a aquél cuanto necesite. En estos
años se han enriquecido bastante con la venta del pimentón.
Hay pocos, muy pocos, poquísimos jornaleros en Jaraiz; los más de
los que trabajan el campo son o pequeños propietarios o aparceros. A
éstos el dueño de la tierra les presta ésta y las semillas y abonos y
aperos y el capital previo que necesitan, y parten luego por mitades el
fruto. Y como el aparcero aspira a ahorrar para comprarse una pequeña
propiedad, un pegujal, y el pegujalero aspira a ensanchar el suyo, de
aquí el profundo sentir anti socialista de esa gente.
Porque nuestra gente de campo podrá soñar en el reparto de las
tierras, en su despedazamiento, pero no en cultivo colectivo, ni menos
en régimen comunista. El campesino es radicalmente individualista.
Y el pequeño propietario o el aparcero o colono que aspira a serlo
defiende el régimen de la propiedad privada, del coto, del cercado,
con más ahinco aún que el gran propietario. Antes transigirá con el
colectivismo agrario un gran latifundiario, que no el dueño de una
pequeña cortina, a la que le saca lo que un bracero saca al trabajo
asalariado de sus brazos. Y es que en el campo los pobres son mucho más
conservadores que los ricos. El socialismo colectivista y el comunismo
nacieron en las ciudades y sólo pueden prender en el campo cuando
se industrializa el cultivo de éste, cuando se hace del campo una
dependencia de la ciudad. Y allí, en aquella región extremeña, surgen
movimientos agrarios con sentido, aunque muy vago, socialista, donde
hay grandes dehesas, propiedades latifundiarias, jornaleros. Y aun
allí, más con vista al reparto que no al comunismo.
El lunes de carnaval salimos de Jaraiz para Yuste, haciendo a caballo
esta parte del viaje. En el carnaval callejero de Jaraiz se conocía que
el dinero no escasea por allí.
Salamanca, marzo de 1920.