Apenas hay a lo largo de la barrera toda del Pirineo, que separa a
España de Francia, un punto en que las lenguas española y francesa
vengan en mutuo contacto, y por lo tanto, en conflicto, pero también en
cambio recíproco. Lo mismo de un lado que de otro, se hablan patuás,
dialectos y lenguas regionales.
Acaso donde más se pueden mezclar o entreverar, por lo menos el español
y el francés, es en el extremo occidental de la frontera, en el país
vasco, ya que tanto en España como en Francia el vascuence declina,
languidece y hasta agoniza. En San Sebastián se oye más español y
en Bayona más francés que vascuence, y aun en Irún y en Hendaya,
poblaciones fronterizas de un lado y de otro, es más fácil hacerse
entender en español o en francés que no en vascuence. En la parte
francesa hay comarcas en que el vascuence se ha defendido mejor que
en España, lo que se debe a que allí donde acababa el vascuence o
eusquera, empezaba el bearnés, que servía así como de cojinete entre
aquél y la lengua oficial, que es la invasora, mientras que en España
el eusquera se pone en contacto y conflicto inmediato con el español
oficial.
Siguiendo el Pirineo de occidente a oriente, vienen de un lado y de
otro dialectos no oficiales: de este lado español el cheso, hablado
en Echo, valle de Ansó, y luego el benasqués y otros dialectos
alto-aragoneses, para entrar en seguida en la región del catalán, hasta
el otro extremo de la frontera, y del lado francés háblanse también
dialectos: bearnés, gascón y por último catalán, en el Rosellón. Y por
cierto que mientras aquí, en España, piden los catalanes-españoles
la oficialidad y la obligatoriedad para todo funcionario público que
allí ejerza, de su lengua catalana, jamás se les ha ocurrido, que
sepamos, pedir una cosa análoga a los catalanes-franceses. A los
voluntarios catalanes que han luchado por Francia, no por Cataluña, en
las trincheras, se les ha hecho firmar un documento en que piden la
soberanía de su Cataluña, en que va como esencial y primordial atributo
el de dar la enseñanza pública en catalán; pero si al mariscal Joffre,
que es de Rivesaltes, en el Rosellón, donde se habla catalán, se le
pidiese que firmara un documento pidiendo a la República Francesa que
en su ciudad natal se enseñe en las escuelas en catalán, y el francés
como accesorio, ¿qué diría?
El Pirineo es, sin duda, una barrera entre España y Francia, pero lo
es mucho mayor esa zona de lenguajes regionales que los separa. Y
donde ella se ha adelgazado o debilitado más, la comprensión mutua y
la semejanza son mayores. San Sebastián tiene mucho más de francés
que Gerona, y Bayona tiene mucho más de español que Perpiñán. Sin que
esto quiera decir que Gerona sea más española que San Sebastián o que
Perpiñán ser más francés que Bayona.
¿Conseguirán los catalanes, si logran la absoluta autonomía integral,
la soberanía de Cataluña que ahora exigen a España, suscitar, llevados
de un imperialismo lingüístico, el renacimiento del catalán en el
Rosellón francés? Porque en el Rosellón, en la Cataluña francesa, no
se siente esas ansias de personalidad colectiva diferencial, a base
de una lengua privativa que se siente en la Cataluña española. El
catalán francés, como el provenzal y el languedociano, sabe expresar y
verter su personalidad toda y la de su región en el más puro francés
de Francia. No es Mistral más provenzal que Daudet, por ejemplo. Y es
que la revolución, sacudida liberal, si es que no también democrática,
unificó los espíritus. La democracia podrá alguna vez despertar y
mantener esas diferencias, pero el liberalismo y la libertad misma las
borran. Y la democracia no es necesariamente liberal. Puede muy bien
ser reaccionaría y esclavista. ¿No eran acaso los secesionistas de los
estados del sur de Norte América tan demócratas como los del norte?
No les faltan, en efecto, a nuestros catalanes pujos imperialistas
en cuanto al idioma. Pretenden algunos de ellos reconquistar para el
catalán los pueblos que está perdiendo o que ha perdido ya. Entre ellos
el de Valencia.
El valenciano de hoy es al catalán algo así como el gallego al
portugués. (La lengua, quiero decir). El valenciano es un catalán
despotencializado y pronunciado bastante a la castellana, así como el
gallego ha perdido casi toda la fonética portuguesa para acercarse a la
castellana.
En Valencia se habló antaño catalán lo mismo que en Barcelona. El
empeño de algunos valencianistas de distinguir el antiguo lemosín de
Valencia del catalán es una puerilidad. La lengua en que escribieron en
Valencia el libro de caballerías _Tirant lo Blanch_ mosén Johanot
Martorell y mosén Martí Johan de Galba, valencianos, es la misma que la
de la _Crónica_, de Ramón Muntaner, que era, por cierto, ciudadano
de Valencia--nos lo dice él mismo--y la lengua de las torturadoras
poesías de Ausías March, valenciano, es la misma que la de Jordi de
Sanjordi, poeta catalán. Hasta el siglo XV nadie distinguirá
el valenciano del catalán.
Luego el valenciano fué haciéndose un dialecto rural y de artesanos
de la ciudad y no le alcanzó el renacimiento literario catalán de
hace casi un siglo. Y hoy la prosa literaria de Valencia es la de las
novelas de Blasco Ibáñez y su lenguaje poético es el del dulcísimo
Vicente Wenceslao Querol. En las _Rimas_ de éste, que son de lo
más exquisito, íntimo, sentido, puro y noble que produjo la lírica
castellana, en general tan pobre, árida y verbosa, en el siglo
XIX, hay unas pocas, muy pocas, en catalán. En catalán, ¿eh?,
no en valenciano; en el catalán literario que restauraron Aribau y
Rubio y Ors, no en el valenciano que se habla en la Valencia de Querol,
no en la lengua de la casa de éste, no en aquella lengua de que el
mismo poeta, en una de sus mejores poesías--¡en castellano claro!--la
titulada _Ausente_, en que canta a su Valencia, decía:
Canción de amor en el materno idioma
por los senderos, cuando el alba asoma...
Cuando Querol quiso cantar al amor, al amor a novia--en sus _Cartas
a María_--, al amor a sus hermanas--_A la memoria de mi
hermana Adela, Cartas a mis hermanas_--, al amor filial--_La
Nochebuena_--, lo hizo en castellano y no en valenciano, y mucho
menos en catalán.
La literatura actual valenciana, en el valenciano que se habla y a las
veces en bilingüe, es la de los fresquísimos y saladísimos sainetes de
Eduardo Escalante, escritos desde 1861 a 1889. En estos sainetes es
donde hay que ir a buscar el valenciano que habla y entiende el pueblo.
Los personajes hablan ya valenciano, ya español, ya un chapurrado
de ambos, ya pretenden hablar español para darse lustre, pero
estropeándole, de donde el autor saca efectos cómicos.
En el sainete _Fuchint les bombes_ (Huyendo de las bombas),
«Seledonio» tiene con «Martínez» este diálogo: S. ¡Y usté, qu'es
de Locairente!--M. ¿Qué quiere desir con eso?--S. Que para darse
de lustre--nos habla aquí en extranjero.--M. Yo lo que hablo es
l'español--qu'es lengua que da respecto--y estuví pa ser marqués...»,
y «Seledonio» acaba diciendo: «Y a parlar en valensiá--la lengua
dels meus agüelos». Martínez se queja otra vez de que su mujer,
Genoveva, esté hablando siempre «valensiano» y a Manuela, que llama
a un chico Estanislaro, le corrige: «Pero, ¡qué valensianota!--dí...
Estanislado». En otro sainete--_Les chiques del entresuelo_ (que
no hay que traducir), Ramona dice a Pura, su hermana: «Parlenli en
castellá; may se donen importancia». En _Cheroni y Riteta_ a un
pedantuelo que dice de una que no se muestra «artica» a su amor, le
dice Miguel: «Con el valensiá--no'l usa molt, la paraula--la té mes
espeletiva--en castellano». Es decir, que usan del valenciano «en us
de la otoromia...» o autonomía, como dice Mariano en _La Chala_,
y por ser su lengua propia, pero así como Escalante escribió en él
sus sainetes, a ningún valenciano se le ha ocurrido aún, que yo sepa,
escribir tragedia o drama en él. Y es que si pariera un drama en
valenciano, el público estaría esperando cuándo salía el chiste y no
acabaría por tomarlo en serio. Hasta que no le eduquen a ello...
Por todo esto, cuando Cambó, el «leader catalanista», fué a Valencia a
una sociedad popular y se puso a hablar en ella en catalán, le silbaron
sin dejarle continuar. No les hablaba en valenciano, sino en catalán, y
los valencianos de hoy, del pueblo, no entienden mejor el catalán que
el castellano o español. Y es que el acto aquel de Cambó les pareció
un acto de imperialismo; iba a reconquistarlos. Y en Valencia, que
es más mercantil que industrial, saben que si se puede producir en
valenciano o en catalán, no se puede vender en ellos, sino en español o
en francés.
¿Tendrán por esto los valencianos menos personalidad nacional que
los catalanes? ¿Tiene cualquier novelista catalán más acusada su
personalidad de casta que la tiene Blasco Ibáñez? ¿Sería _La
Barraca_ más valenciana si estuviese escrita en la lengua que
hablan los huertanos de Valencia? ¿O es que en Aragón, para recobrar
su personalidad, suponiendo que la hayan perdido, van a restaurar el
cheso o el benasqués o el grausino o el estadillano? No escribió en
grausino Joaquín Costa siendo de Graus. Y es que la personalidad, más
que en un lenguaje, se manifiesta en el modo de manejar el que sea y de
servirse de él. La personalidad espiritual de mi nativo país vasco no
hay que ir a buscarla en ningún escritor en vascuence, sino en vascos
que hayan escrito en español o en francés. Y el mismo Sabino de Arana,
el padre del nacionalismo vasco, del llamado bizkaitarrismo más bien,
hizo su labor toda en español, que fué su lengua materna, aquélla que
aprendió en la cuna, aquélla en que rezaba y pensaba y sentía. Porque
en vascuence, que lo aprendió siendo ya adulto, y por un esfuerzo de
voluntad rebelde, no logró nunca llegar a pensar ni sentir. Y de aquí
que inició esa fatídica tarea de forjar una lengua artificial, de
alambique y gabinete, a base de vascuence, una jerga política de que
han salido tan donosos disparates como llamarle _Euzkadi_ a lo que
siempre se le llamó en vascuence Euscalerria y en español Vasconia.
Salamanca, febrero de 1919.