En estos seis meses en que nada os he dicho, lectores míos de _La
Nación_, he recorrido tierras del Alto Aragón, al pie del Maladeta,
el gigante del Pirineo; y luego, bastante después, restregué mi vista
con la visión del mar latino, en Valencia la de los naranjos.
Apenas empiezan a sentárseme en la conciencia de la memoria y a la vez
en la memoria de la conciencia, las impresiones de aquellos valles del
Alto Aragón, de la provincia de Huesca, al pie del contrafuerte de los
Pirineos.
Hace poco he leído un librito francés, de un M. Laborde, casi español,
hijo de española--de vasca española--y criado en gran parte en España,
que se titula _Il y a toujours des Pyrénées_ (_Todavía hay
Pirineos_). El empeño del autor es estudiar el hecho y las causas de
la incomprensión mutua--siquiera parcial--entre españoles y franceses.
Y si aún hay Pirineos en este sentido espiritual, en el otro, en el
material, basta llegarse a su pie para percatarse de cuán formidable
barrera ponen entre ambos pueblos.
Desde la cumbre del Salvaguardia, encima del portillón de Benasque, y
teniendo a un lado el gigante Maladeta, contemplábamos a nuestros pies
la llanura de la dulce Francia bearnesa. Debajo de nosotros, casi
a plomo, unas lagunas a que bordea el sendero que lleva de Benasque
a Bañeras de Luchón; más allá, tras unos macizos de arboleda, este
pueblecillo veraniego, y más lejos, esfumada en el llano que se pierde
y en lontananza se confunde, brumoso, con el cielo de horizonte,
Tarbes, la patria de Foch. Y todo ello tendido dulcemente, acariciador,
blando y respirando neblina. A otro lado la procesión solemne de los
gigantes de los Pirineos, la escuadra de las peladas cumbres. Y más
acá, a nuestros pies también, las tierras ásperas y bravías del Alto
Aragón, el valle de Benasque. La vertiente francesa del Pirineo es más
risueña, más cultivada, más civilizada, pero mucho menos grandiosa que
la española, aunque ésta se halle más calva y despoblada.
La subida al portillón de Benasque, desde esta villa a través de
la encañada de su valle, es una inmersión en tierras y tiempos de
braveza primitiva. Aquellas cascadas, que no han sido aún presas para
menesteres de industria, para saltos de agua negociables, le mueven a
uno dentro del espíritu la turbina de los inquietadores pensamientos
eternos. Dejaba a mi cabalgadura, rienda al cuello, que fuese a su
talante, ya que ella conocía el camino mejor que yo, y lo prudente era
que me guiara en vez de yo guiarla, y por entre pinos, abetos, sauces,
bojes, frambuesos y avellanos iba, leyendo entre las cumbres y en los
desfiladeros la lección eterna de la naturaleza. No lección alegre, no.
El campo, y sobre todo la montaña, sólo le alegra al que no tiene la
conciencia de la responsabilidad de la vida.
En uno de aquellos vallecitos altos unos pobres hombres segaban, a
fines de agosto, centeno, que allí llamaban _blau_. Lo trillarán
después acaso a látigo. Y los hombrecitos, abrumados por las montañas,
que les quitan luz de sol, parecían hormigas. La montaña achica
al hombre, porque se agazapa a vivir a su pie o en sus rinconadas
y repliegues. Sólo se engrandece cuando pisa su cumbre; ¿pero qué
montañés gusta de subir a ella? El montañés no es hombre de las
cumbres, sino el hombre de los repliegues del pie de la montaña; no es
el que domina a ésta, sino el que es dominado por ella.
Y seguíamos entre pinabetes, árboles tronchados al borde de las
cascadas, que fueron torrenciales, junto al enebro enano. Y llegamos al
pie del gigante Maladeta, y en su falda hicimos noche en la Resclusa,
a 2.133 metros de altura, donde el Centre excursionista català ha
levantado un refugio.
Los catalanes empiezan a rendir una especie de culto al Maladeta o
Maleida, a la montaña maldita, que cantó en su poema _Canigó_
su gran poeta mosén Jacinto Verdaguer. Verdaguer, en su poema _La
Maleida_, poema pomposo, más elocuente que íntimo, dice que los
extranjeros, al verlo de lejos,
Aquell gegant--exclaman--es un gegant d'Espanya,
d'Espanya y català.
Los aragoneses, sin embargo, protestan contra eso de que el Maladeta
sea montaña catalana. Una de sus vertientes está en Aragón, en la
provincia de Huesca, y los que a su pie viven hablan aragonés y no
catalán.
El poema que Verdaguer dedicó al Maladeta y que forma parte del
_Canigó_, no es, ni con mucho, de lo más exquisito, poético e
íntimo del gran poeta. Parece más bien una composición académica,
brillante, sí, muy brillante y muy imaginativa, pero compuesta,
teniendo presentes preceptos clásicos de retórica, y sobre notas de
turista y de erudito y de filólogo. Víctor Hugo y Zorrilla andan en
él. Abunda, es cierto, en rasgos de feliz elocuencia, como decir
que podría servir de esqueleto a continentes más amplios y al ángel
de gradería para volverse al cielo, a Jehová, de trono; que es el
Pirineo un cedro de portentosa alzada en que, como las aves, hacen los
pueblos en su enramada un nido de que ningún buitre de razas los podrá
desalojar; que su yelmo es de dos horas de ancho y de cuatro o cinco
de largo, etc., etc. Es, ciertamente, de una poderosa inspiración,
pero más oratoria que poética, lo repito, aquello de: «¡Qué gritos
más horrorosos debió lanzar la tierra al parir en sus años juveniles
esa sierra! ¡Qué días de pataleo! ¡Qué noches de gemir para sacar a
la luz pura del sol esas montañas del centro de sus cráteres, de lo
hondo de sus entrañas, como olas de la mar!». Y luego nos cuenta,
más que nos canta, aunque en verso muy sonoro y acompasado, cómo
un día el terremoto resquebrajó su corteza, surgió un río de aguas
hirvientes de espumas de granito que, al beso helado de los aires,
se fijó en la tempestad. Pero a todo ello, como a lo de que ni las
águilas ni las nubes llegan a su cumbre, le falta intimidad lírica.
Verdaguer no se metió el Maladeta en el corazón. Ni podía metérsele
en él recorriéndole. Para esto era menester verle desde fuera, frente
a frente, de donde se le abarcase entero. Y ver a aquel gigantesco
diamante como algo espiritual.
Íbamos subiendo, al paso de nuestras caballerías, al Salvaguardia,
frente al Maladeta, de noche aún, cuando empezaba a blanquear el alba
en el alto cielo. Apareció la aurora, aquella aurora de dedos de
rosa--«rododáctilos»--, de que hablaba Homero, y la metáfora sigue
tan fresca. Pero la aurora, antes de abrir la puerta del sol con sus
dedos de rosa, refrescó éstos en las eternas nieves de la cumbre del
Maladeta, acariciándole con ellos. Se «enrosaron» también las nieves. Y
empezó a bajar la luz del cielo.
Porque allí, en la alta montaña, entre las cumbres, la luz nos bajaba
del cielo y no como aquí, en la grandiosa paramera de Castilla, que es
toda ella cumbre, donde el alba brota con el sol, de tierra. Aquí la
luz nace del suelo, y el sol, como inmensa amapola encendida, estalla
del suelo, en el horizonte. Y todo el campo queda de pronto, y de una
vez, iluminado. Se ve nacer la sombra pálida y larga del toro que pasta
junto a una encina y la de la encina. Allí, en la montaña, al pie del
Maladeta, encendía ya el sol las cumbres y todavía quedaban sumidos en
sombra los valles y los hombres que en ellos se afanan por vivir de lo
que la montaña les da.
Vimos de una mirada toda el Maladeta, como una inmensa pirámide, como
un gigantesco diamante más bien. Pero no se me ocurrió decir: «¡cuánta
tierra!», como se me ocurre al descubrir el páramo inmenso que sostiene
en redondo al cielo. El mar nos da más la impresión de la grandeza que
la más formidable catarata. La llanura, como el mar, es estática; la
montaña, como la catarata, dinámica.
Aquel hombre nacido y criado allí, entre montañas--y el que esto os
dice nació y se crió también entre ellas, aunque no tan grandiosas
como las del Pirineo aragonés--agazapado al pie de ellas, es bravo,
pero de una bravura defensiva. Los montañeses aman su independencia,
pero una independencia negativa, defensiva. Los grandes conquistadores
se formaron en la llanura, fueron hombres del llano, aquí, en España,
extremeños. Y esto lo sentí el día en que desde Yuste, donde murió
Carlos I de España y V de Alemania, el hijo de la Loca de Castilla y
del Hermoso de Flandes, el nieto de los reyes católicos de Castilla y
Aragón y de los emperadores del Sacro Romano Imperio Germánico, desde
Yuste, al pie de Gredos, espinazo de España, contemplé, bruñida al sol,
la recia paramera de Extremadura. Entonces, en agosto de 1911, dije:
Del piélago de tierra que entre brumas
tiende a tus pies, aquí, sus parameros,
con leras por espumas,
volaron del Dorado a la conquista
buitres aventureros,
mientras hastiado del perenne embuste
de la gloria, enterraba aquí a tu vista,
su majestad en Yuste,
Carlos, Emperador.
Así le decía a Gredos, hace más de ocho años, y en la vanidad de la
gloria y en la vida eremítica pensaba hace seis meses, al pie del
Maladeta. Y sólo al tocar otra vez el llano, el ancho y redondo llano
de Castilla, que es, repito, todo él cumbre, volví a encontrarme el
hombre de lucha y de conquista. Pero traía en el corazón, apretada en
él, la visión de la gran montaña. De la gran montaña de que nace el
Garona. Porque el Garona, el río de la Aquitania, el de los Girondinos,
toma sus primeras aguas, las de su raíz más larga, en España, y de una
montaña española.
Allí cerca, el valle de Arán, que siendo español, cae por completo en
la vertiente francesa o septentrional de los Pirineos. Es un valle
en cierto modo cuatrilingüe. La lengua natural de ellos, la casera
y familiar, es un patuá bearnés o gascón; entienden y aun hablan,
además, el catalán, pues están enclavados en la provincia de Lérida; el
español, que es su lenguaje oficial administrativo, y el francés, ya
que es con Francia con la que principalmente se comunican, quedando en
los meses de invierno incomunicados, por las nieves, con España.
Pero de esta otra barrera, de la barrera lingüística entre España y
Francia, y conexionado con ello, de mis observaciones lingüísticas
meses después en Valencia, quiero ahora deciros algo.
Salamanca, febrero de 1919.