Sí, ya sé que un publicista se debe a su público, un escritor a sus
lectores, y hasta a cada uno de ellos. Pero esto tiene, como es
natural, sus límites. No puede llegar a que se escriban artículos,
crónicas o correspondencias criptográficas, quiero decir con clave,
cuyo último sentido sólo un lector o un pequeño grupo de lectores
comprenda, y tampoco se puede llegar a ponerse el escritor a merced de
uno cualquiera de sus lectores que le diga: «Escriba usted sobre esto o
lo otro».
Traigo esto a cuento de las cartas que de vez en cuando recibo, en que
éste o aquél de mis lectores me invita y ruega a que escriba sobre tal
o cual asunto que a él le interesa, sin considerar si me interesa a mí
o ha de interesar a otros lectores. Esas cartas suelen serme preciosas,
en cuanto me dan de ordinario interesantes datos y noticias, que
aprovecho cuando la ocasión se me presenta; pero no creo que los que me
las escriben pretendan dictarme los argumentos de mis correspondencias.
«Sí, usted mucho de alardear de independencia de criterio y de
franqueza--venía a decirme en una segunda carta uno de esos espontáneos
corresponsales--, ¡pero qué poco ha dicho usted, nada, de lo que le
indiqué que dijera!». Pues bien: sepa, señor mío, que no me gusta
sacar a otros las castañas del fuego, como suele decirse, y que si he
dicho y repetido cien veces aquellas palabras de San Pablo, de que hay
que decir la verdad oportuna e inoportunamente, de la oportunidad o
de la inoportunidad de decirla he de juzgar yo y no los demás. Cierto
que debe decirse la verdad, pero hay muchas más verdades que decir que
tiempo para decirlas, y si digo las verdades _a_, _b_, _c_ y _d_, que
usted quiere que diga, dejaré de decir las verdades _x_, _y_ y _z_, que
son las que quiero decir. Y no cabe decir dos cosas a un tiempo, ya que
la palabra se desarrolla en tiempo y no en espacio. No es, pues, que yo
tema decir lo que usted quiere que diga; es que tengo que decir otras
cosas que me parecen de más momento o por ahora me interesan más.
Y voy ahora a lo que otro me dice, y es cómo, habiendo escrito aquí de
tantos pueblos como en mis correrías por España y Portugal he visitado,
no he dedicado una sola correspondencia a describir a mis lectores esta
Salamanca en que vivo y trabajo.
La cosa me parece sencilla. En primer lugar, los otros pueblos los
visito y los describo como turista o viajero curioso, y éste, en
que vivo, no lo visito; éste es mi hogar. Además, ¿no están mis
correspondencias todas llenas de esta Salamanca en que vivo y escribo
y trabajo? ¿No vibra en ellas su ambiente todo? Porque si no es así,
os declaro que estas mis correspondencias no valen nada, absolutamente
nada.
Más de uno me ha reprochado la personalidad de mis escritos; el que
me pongo en ellos; el que siempre se me ve allí; el que yo, el yo que
unos llaman impertinente y otros satánico, se mueve y agita en sus
líneas todas. Confieso, en efecto, que no profeso las doctrinas de
Flaubert respecto a la impersonalidad en el arte; es más, que creo que
esas doctrinas no son sinceras y que si gusto tanto de los escritos
de Flaubert, de sus novelas, es porque veo en ellas a Flaubert mismo
y mucho más desde que leí su extraordinaria correspondencia privada.
Los únicos escritores perfectamente impersonales son los que carecen
de toda personalidad, y entre ellos los puros eruditos y los meros
informadores.
No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que
el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos
somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierte
a ponerse en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas. Y
yo os digo que quienes sigan con alguna atención mis escritos conocen
esta mi Salamanca mucho mejor que cuantas ciudades haya descrito en
ellos. Permitidme una comparación aunque a alguien pueda parecerle
presuntuosa. Hay cuadros de Velázquez y del Greco en que apenas hay
fondo de paisaje, pero a través de aquellas figuras de hombres, de
hombres solos que llenan todo el cuadro, se ve el paisaje castellano,
se ve su celaje. Recuerdo un cuadro moderno, de pintor vivo, que
representaba un viejo marino mirando desde una atalaya al mar. En el
cuadro no se veía ni el más pequeño retazo de mar, pero a los que
conocemos a éste os aseguro que el mar se nos presentaba allí mucho más
vivo que pintado. En los ojos del viejo marino, en su mirada, veímos el
mar.
Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor
virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta
ciudad de Salamanca, asentada en un llano, orillas del Tormes, es
una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Como el sol, que sobre
ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, sus templos y sus
palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera
se corta como el queso, a cuchillo, y luego oxidándose toma ese color
caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta
para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo
en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse,
desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido
en el espacio, algo de magia y de leyenda.
Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas, de la riquísima
ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el
plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto
como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a
la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les
invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero
otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su
entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura
y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas--Abraham,
Salomón, David, Daniel--que cierran las nervaturas de las bóvedas.
Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un
consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están
cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo
en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con
su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un
eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno
y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su
silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de
ferrocarriles ni de vana agitación humana.
Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano,
y casi diré doméstico bullicio como aquél con que los niños llenan un
hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor,
una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto
alemán Jürgens. Una plaza cuadrada--es decir, un cuadrilátero, no
un cuadrado--con sus soportales y toda llena de aire y de luz. Una
tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta
peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza
porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en
efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos
filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el
sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y
hay algo de litúrgico en este circular--mejor sería decir «cuadrar»--de
las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse
que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su
principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.
Fué el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que
vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin
temor a que le rompan a uno el sueño». Y así es. Hay viejas calles,
como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por
los soles de los siglos, en que puede uno ir soñando en una España
celestial, colgada para siempre de las estrellas. Y hay un rincón,
junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en
la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas
nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la
eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de
sol que se confunde con el alba.
Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria,
sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces
perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así,
limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía
eglógica. Aquí se inspiró fray Luis de León. Y los que hablan de la
fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista
vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.
Y como los frescos sotos de las márgenes del río, son los sotos de
columnas de estas iglesias y estas catedrales--pues aquí hay dos.
También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de
capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de
ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena
se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral
vieja, la románica--ya a comienzos del gótico la medioeval, entre sus
fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se
sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord,
el _coronado_ que vino de la parte de Oriente, según reza el
viejo Cantar de Mio Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en
su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras
acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y
cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca.
Y cerca de donde descansa el viejo y negro crucifijo que el Cid llevaba
en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese
Cristo de las batallas, que tantas _arrancadas_ presenciara!
De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que
ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en
apartados rincones de esa tierra americana--¡la Salamanca!--de esa,
¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas
cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y
encantamientos.
¿Y qué de la Salamanca de la Celestina y de la del estudiante de
Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro
nombre? Estudiantes, aunque no como aquél, aún quedan, y Celestinas me
parece que también.
Y no creáis que con todo eso sea ésta una ciudad muerta que sólo vive
de su pasado y de sus recuerdos de gloria, no. Es una ciudad que crece,
aunque lentamente; una ciudad que extiende su comercio, y aunque en
menor escala, también su industria y su agricultura. Crece sin ruido y
sin fantasía. Y una ciudad alegre, íntimamente alegre. No juzguéis por
mí, ni atribuyáis a Salamanca eso que algunos llaman, no sé bien por
qué, mi misantropía. Aquí la gente murmura, como en todas las ciudades
pequeñas y también en las grandes, pero murmura de todo, unas veces de
lo chico, otras de lo grande, unas de lo humano y otras hasta de lo
divino.
Porque eso de que ésta sea una ciudad levítica y conventual es una
de las más infundadas y ridículas leyendas. No hay nada de eso. A
fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se educó aquí el
general Belgrano, era esta universidad un foco de enciclopedistas y
afrancesados. Aquí profesaba entonces un D. Toribio Núñez, asiduo
corresponsal de Bentham, que en alguna de sus cartas deseaba para
Oxford la libertad de espíritu que aquí entonces reinaba. Más adelante,
desde 1814 a la época de nuestra revolución de septiembre, en 1868,
esta ciudad y su universidad corrieron la general suerte, bien triste,
de la nación toda. En la época de la Revolución y de la República
esta ciudad fué de las más cantonales, y durante la Restauración los
republicanos dominaron en ella y siempre que supieron unirse, en su
concejo. Cuando yo vine acá, en 1891, los republicanos dominaban y hoy,
aunque acaso todavía sean la mayoría, si no dominan es porque en toda
España están derritiéndose y fundiéndose en no sé qué otras categorías
políticas que apenas si alborean y en que la cuestión de la forma de
gobierno significa poco.
Pero... ¿levítica? ¿Levítica Salamanca? Conozco pocas ciudades de mayor
tolerancia y amplitud de espíritu. Cierto es que aquí hay procesiones
a cada momento, pero eso es algo estético, ornamental. La Plaza Mayor
parece haberse hecho para celebrar en ella procesiones, sean religiosas
o cívicas, sobre todo a la caída de la tarde, al anochecer, y con
cirios y velas. Los balcones se cuelgan y es una verdadera fiesta
para los ojos. La gente gusta del espectáculo. Y si la procesión va
nutrida de ella, sobre todo de mujeres, he visto entierros civiles
concurridísimos. Y nunca, jamás, he sido testigo de esas violencias de
palabra y de obra que en otras poblaciones--en la mía natal, Bilbao,
por ejemplo--ocurren en estos casos.
Me diréis que es porque aquí a nadie le importa nada, porque la gente
es indiferente a esas luchas. No, no es eso precisamente. Es que
en este ambiente, bajo este cielo, al pie del oro secular de estos
monumentos, esos motines callejeros serían une discordancia. En esta
plaza, en que la muchedumbre discurre rítmicamente, una refriega sería
algo estridente y atópico. (Atópico, acaso tenga que decirlo, dice en
la relación de espacio lo que anacrónico en la de tiempo). Y no es que
alguna vez no las haya habido.
Y por debajo de todo esto, subterráneamente por así decirlo, fluye una
cierta vida espiritual en esta ciudad, una vida espiritual mucho más
intensa que en otras ciudades españolas de mayor población y de más
activo movimiento mercantil e industrial. No creo que en los tiempos
famosos de esta universidad interesaran aquí las eternas cuestiones más
que hoy interesan.
Cierto es que, en el respecto de la cultura, tiene esta ciudad la
desventaja de su lejanía del mar. Aunque me parezcan exageradas
expresiones como aquéllas de que la civilización no llega sino hasta
donde llega la marea, y la de que sólo tienen sal en el espíritu los
que se han criado oliendo la sal marina, creo, sí, que el mar ha sido
el gran elemento civilizador. Pero civilización es una cosa y cultura
otra, y acaso la vida intelectual de un puerto tenga más de bambolla
y de apariencia que de realidad íntima. Los fenicios, el gran pueblo
navegante y comercial, transporta ideas más bien que las creó, las puso
en circulación. Fué un pueblo hierático, sacerdotal, el Egipto, el que
realmente inventó el alfabeto, y fué un pueblo mercantil Fenicia, el
que para utilidad de sus letras de cambio, desamortizó y civilizó--esto
es, hizo civil--ese secreto sacerdotal.
Nací, me crié, me eduqué y viví hasta mis veintisiete años en un
puerto y después me vine a esta ciudad interior, de la meseta, por
donde corre un río que no trae ni lleva más que sus aguas; pero puedo
aseguraros que si allí, en mi nativo Bilbao, se me despertó y aguzó el
sentido de la curiosidad universal, de la inquisitividad--páseseme la
palabra--aquí no me ha faltado materia en que ejercerlo. Y acaso con
ventaja.
¿Pero a qué he de hablaros más de esta ciudad? Siempre que os hablo de
mí, de mi España, de cualquier otra cosa, os estoy hablando de ella.
No la juzguéis por mí sólo, pero creed que si hay algo en mí y en mis
escritos que os satisfaga, a esta ciudad de Salamanca se debe ello en
mucha parte.
Salamanca, abril de 1914.