Mientras arde e incendia la guerra por esa Europa dentro, ¡qué encanto
el de vivir en el remanso de paz de este rincón del pequeñito Portugal,
lejos de horrores y junto al mar suspirante! Y desde aquí, desde esta
playa de Figueira da Foz, esto es, de la hoz del Mondego, a ver una vez
más la ciudad de encanto, cuyos pies bañan las lágrimas del Mondego,
henchidas de recuerdos de la tragedia de Inés de Castro.
Cuando al acercarme en tren se me apareció la visión panorámica de
Coimbra, trepando sus casas por la colina en que se asienta y dominada
por la Universidad a que hace cabeza su torre, la saludé como a una
vieja conocida. Es una torre académica, no una torre eclesiástica, la
que corona a la ciudad, académica también, de Coimbra. Ninguna de sus
dos catedrales, ni la vieja ni la nueva, se destaca para lo lejos.
La catedral nueva de Coimbra, iglesia del antiguo colegio de jesuitas,
debido a la munificencia de D. Juan III, es un templo... jesuítico.
Nada tiene que admirar. Mas en cambio la antigua--_a sé velha_--,
que recuerda nuestra catedral vieja de Salamanca, es una especie de
fortaleza románica del siglo XII, que produce en el inteligente que se
alberga en la robusta solemnidad de sus naves un sentimiento como de
rejuvenecer nuestra vieja alma cristiana colectiva. Una dulce penumbra
de edad media invade al espíritu, que se siente asentado sobre sí mismo
al ver la poderosa fábrica asentarse como si arraigara en tierra. Es
una fuerza que desciende y posa, y no una que se levanta como en las
catedrales góticas. Y en el altar mayor un espléndido retablo de madera
tallada, obra de flamencos y de principios del siglo XVI; una verdadera
maravilla. Ya en otro viaje me pasé ante él, dibujando algunos de sus
detalles, buena parte de una mañana.
Y de la catedral, al ver una vez más la iglesia de Santa Cruz, típico
ejemplo de lo que se llama aquí el estilo manuelino. Como que fué
el propio rey D. Manuel, el que dió nombre al estilo, quien la hizo
reconstruir. Era de un monasterio de canónigos regulares de San
Agustín, donde lo fué algún tiempo el gran taumaturgo San Antonio, de
Lisboa, conocido por San Antonio de Padua. (En cambio la Santa Isabel
de Portugal era aragonesa).
Este manuelino portugués--de que acaso el más genuino ejemplar es el
templo de los Jerónimos, en Belem, cerca de Lisboa--es un estilo...
«tirabuzonesco». Todo está en rizos. Diríase a las veces que son
piezas de ropa blanca cuando después de lavadas se las retuerce para
enjugarles o calabrotes y cordajes de barcos. ¿Tomaron de la jarcia
acaso la inspiración de esos trenzados de piedra?
Allí, en Santa Cruz, y en un magnífico túmulo, duerme, sin oir ahora el
fragor de la conflagración europea, don Alfonso Enríquez, el fundador
de la monarquía lusitana.
En este viaje no crucé el río para ir a ver la sepultura de la reina
santa, Isabel de Portugal, la aragonesa. Y lo sentí.
Deseaba volver a ver la hermosísima imagen en talla de madera y
policromada de la santa reina, obra de este maravilloso escultor,
Teixeira Lopes, que aún puede producir nuevas obras maestras. Recuerdo
que esa imagen, cuando la vi por primera vez, hace unos años, me
hizo la impresión de algo aéreo, de algo sólo línea y color, sin
tangibilidad, de algo que se elevaba como una llama dulce.
Y como no pasé el puente, tampoco volví a ver la Quinta de las
Lágrimas, la de la leyenda de Inés de Castro, la que inmortalizó con
una estrofa eterna Camoens, la que Mauricio Barrés no quiere morirse
sin haber visitado.
Visité, en cambio, el monasterio de Cellas, cuya última monja,
benedictina, murió en 1883. En aquel recogido claustro, hoy
desierto, todo luz y reposo, entre aquellos historiados capiteles
del siglo XIV, ¡cuán lejos nos encontrábamos de la brutal
tragedia que está asolando a Europa! Pero en medio de una silenciosa
tragedia también, de una tragedia mansa e idílica, a la portuguesa.
Acompañábanme mis tres hijos mayores y el gran poeta portugués Eugenio
de Castro, con el mayor de los suyos. Y yo espero algo de la pluma de
Castro sobre ese humilde claustro benedictino de pobres monjas.
Mas en Coimbra lo que hay que ver, ante todo y sobre todo, es su
universidad, aunque no sea, como monumento arquitectónico, lo mejor, ni
mucho menos, que la ciudad tiene. Pero es la verdadera razón de ser de
ésta, su hogar.
Lo mejor del edificio de la universidad es su emplazamiento, en lo
alto de la ciudad, dominando _os saudosos campos do Mondego_, que
dijo Camoens. El paisaje que de allí se abarca es de lo más hermoso
que en paisaje he visto en parte alguna. Al fondo el Mondego, el río
portugués, la gran cuerda de la inmensa lira que es este pequeño pueblo
que suspira y canta a la vera del mar tenebroso. (Así le llamaron
ellos a este tan luminoso mar). Ahora, en pleno estío, medio seco,
parecía, como dijo de él Eugenio de Castro, un camino de gigantes. Y
allende el río _saudoso_, allende el río de lágrimas suspirantes,
mansas colinas vestidas de olivos y de pinos, rebaños de colinas
ondulantes, un mar de verdura. Y a lo lejos el cabo Mondego, perdido
entre la bruma.
No hay modo de penetrar en el alma elegíaca de la poesía portuguesa--y
en Portugal toda la literatura es poesía--, no habiéndose dejado ganar
del hechizo, un poco triste, de su paisaje mimoso.
Coimbra cabe decir que concentra la historia toda leyendaria y
poética de Portugal; Coimbra ha sido la iniciadora de sus movimientos
espirituales. Hasta la reciente implantación de la república no hubo
otra universidad portuguesa. Lisboa y Oporto, puertos ambos, ciudades
mercantiles, vivían otra vida, y Braga, la ciudad archiepiscopal,
dormitaba. En Coimbra quemaron sus mocedades, y tal vez se iniciaron en
el amor--ésta, la casi única tragedia portuguesa--los más celebrados
ingenios lusitanos. Allí despertaron Camoens, Ferreira, Sá de Miranda,
Almeida Garrett, Feliciano Castilho, y allí, en tiempos más modernos,
cantó la muerte de Raquel, cuya casa se muestra aún, el mayor lírico
portugués, João de Deus; allí empezó a profetizar victorhuguescamente
Guerra Junqueiro; allí se ensombreció, tal vez meditando la muerte en
el Penedo da Saudade (la Peña de la Morriña), Antero; por allí pasó Eça
de Queiroz. La renovación literaria de Portugal, después de la época
romántica, se debe a la llamada escuela de Coimbra.
Visitando la universidad ahora en verano, a principios de agosto,
cuando aún arrastran los primeros exámenes de prueba de curso y los
bedeles, con sus ociosos espadines al cinto, bostezan en los bancos
del patio, no cabe darse cuenta de lo que este hogar intelectual de
Portugal es en tiempo de estudios, cuando pululan por las rúas y cruzan
con las «tricanas» de ojos cazadores los estudiantes en pelo, con
sus negras levitas, alborotada la melena al aire y su flotante capa,
llevando en la mano la «seventa», los apuntes o una carta de amor.
En una papelería de la parte baja de la ciudad se vende una postal
ilustrada con el retrato de Diego Polonio, el decano de los estudiantes
en algún tiempo, uno que alcanzó a tener por condiscípulos,
dicen--aunque lo creo exagerado--, a los hijos de los que con él
empezaron a estudiar. ¡Polonio era una celebridad coimbricense!--o
mejor, coimbrana--y hasta portuguesa. Fué el Sócrates de los
estudiantes, verdadero filósofo, amante del saber, y como tal,
convencido de que no sabia nada.
Líbreme Dios de negar que los estudiantes portugueses hayan estudiado
y estudien; pero así como a este pueblo no se le conoce por sus
filósofos, sabios, técnicos o eruditos--y eso a pesar del formidable
comtista Teófilo Braga, a quien he visto hace poco apodado, y no
sin gracia, _homo sapiens lusitanus_--y sí por sus grandes
descubridores, por los heroicos marinos que abrieron las islas
orientales y buena parte de las occidentales, y por algunos de sus
poetas--aunque éstos menos conocidos que merecen--; así creo puede
asegurarse que en el genuino estudiante de Coimbra el amor era más que
el estudio. El amor a mujer, quiero decir, no el amor a la ciencia.
Aunque, ¿es que en el fondo son cosas tan distintas? ¿No serán más bien
una sola? ¿No habrá algo de más profundo que algunos creemos en aquello
de identificar la tentación del conocimiento, de probar la fruta del
árbol de la ciencia del bien y del mal, con la tentación de la carne...
de mujer? He protestado más de una vez de esta identificación y del
sentido grosero que por lo común se da a la profundísima leyenda de la
caída paradisíaca y del pecado original, pero ¿no habrá en ello algo
más sabio de lo que creemos los que contra ello nos revolvemos?
En la ciencia, en el conocimiento de las razones de las cosas, de la
ley de los movimientos, en la matemática, en fin, buscan unos hombres y
unos pueblos el secreto del universo, de la vida y de la muerte. Otros
le buscan en la religión y rogando a Dios que nos lo revele, rogándole
tal vez--¡tremenda paradoja!--que nos diga si existe y es algo más que
nuestro anhelo de divinización, pidiéndole, como los judíos, señales.
Y hay quien busca en el amor el secreto de la vida, de la muerte y del
universo, y su razón de ser. Tal creo, aquí, en Portugal.
Quien haya leído en los poetas portugueses, y sobre todo a su gran
lírico erótico y elegíaco--¿pero es que cabe ser lo uno sin lo
otro?--João de Deus, sabrá bien que no hay otra literatura alguna en
que el amor haya hablado una lengua tan directa, tan sencilla, tan
pura, tan libre de pedantería. Como que aquí apenas hay otra pedantería
que la del amor.
Y el amor hermano de la muerte, el que cantó Leopardi, el que cantó
también Aniero, el portugués, el poeta suicida, en aquel admirable
soneto _Mors-Amor_.
En un negro corcel, tenebroso y sublime, a quien le estremece no
se sabe qué horror en las agitadas crines, cabalga un caballero
de expresión potente, formidable, pero de porte plácido, vestido
de reluciente armadura, y el negro corcel dice ser la muerte y el
caballero responde que es el amor. Amando se suicida Portugal, buscando
en el amor, en el amor a la mujer, el secreto de la vida. Ahora,
deslumbrados por lo que oyen de la gran tragedia de la guerra europea,
y para hombrear con su alianza con Inglaterra, hablan a las veces de
dar a ésta tantos o cuantos miles de hombres--¡hay que ver estos
soldados!--pero eso es para pasar el rato. Lo mismo en república que en
monarquía el gran problema portugués es _o namoro_, el amorío. ¿La
guerra? Todos pueden decir aquí lo que Antero en aquel soneto: _Em
quanto outros combatem_:
Ya nao vería dessipar-se a aurora
de meus inuteis annos, sem umha hora
viver mais que de sonhos e anciedade!
Ya nao vería com minhas maos piedosas
desfolhar-se, umha a umha, as tristes rosas
d'esta pallida e esteril mocidade!
Esto no es decir, claro está, que aquí no interesen a nadie los grandes
problemas filosóficos, religiosos, científicos y artísticos. Es más,
la escasa producción intelectual portuguesa hace que les sea aquí
necesario conocer otras lenguas, y entre los estudiantes hay aquí
muchos más que en España que conozcan bien el francés y aun el inglés,
aunque en esto se haya adelantado enormemente en estos últimos años
en mi patria. Coimbra tiene menos población que Salamanca, aunque el
contingente académico sea en aquélla mucho mayor que en ésta. Coimbra
es una ciudad predominante y casi exclusivamente académica, de comercio
e industria parasitarias, mientras que en Salamanca, centro agrícola
y pecuario, hay un comercio activo y hasta alguna industria. Pues
bien, Coimbra, siendo menos populosa que Salamanca, se encuentra mejor
surtida de librería. Ahora sí, en las dos o tres grandes librerías de
Coimbra se encuentran libros franceses, ingleses--españoles muy pocos,
poquísimos, y ellos malos, de esas infames bibliotecas económicas y
la mayor parte malas traducciones de libros malos--y, fuera de los de
texto, pocos, poquísimos libros portugueses.
Y es que el libro portugués tiene una circulación limitadísima, sobre
todo si es clásico. Los grandes clásicos portugueses, sus cronistas,
sus historiadores de Indias, sus poetas renacentistas, apenas si
se los lee. Un editor tiene aquí que contar con el Brasil, y en
el Brasil no interesan las cosas clásicas; en el Brasil--me dicen
aquí--apenas se lee sino superficialidades frívolas o esas _cosas_
científicas hediendo a pedantería positivista, noveluchas bulevarderas
o elucubraciones sociológicas. Y yo no sé qué es peor, si la bagatela o
la sociología.
Estuve un rato oyendo las quejas del benemérito editor coimbrano
França Amado. Me regaló, entre otras cosas, la vieja crónica del
condestable Nunalvares Pereira, y la estoy leyendo. Pero ¿cuántos
habrá que lean estas cosas, y más en estos días? Y, sin embargo, para
limpiarse la vista y los oídos de lo que se lee y se oye de esta
guerra, ¿hay algo mejor que leer cosas así? ¿Cabe mayor descanso de
la baraúnda periodística acerca del combate de Lieja que leer la
_Peregrinaçam_, de Fernán Mendes Pinto, aquel aventurero portugués
que anduvo por el Extremo Oriente cuando eran aquellas tierras un
misterio todavía?
No, no, nada de vivir al día; hay que vivir a los siglos.
Coimbra, Coimbra, tierra de encanto, ciudad bautizada por las lágrimas
de Inés, vivero de la poesía de un pueblo que vive por el amor y por
el amor muere, Coimbra posada como una paloma junto al Mondego, ¡qué
remanso en la corriente!
Hay algo de dulce y sosegador, y sobre todo de sabio, de muy sabio, en
eso que los hombres de mundo llaman aburrirse. Y el que quiera saber lo
que es la dulzura del aburrimiento, la miel de la modorra, que se venga
a Portugal.
Figueira da Foz, agosto de 1914.