Las Hurdes Altas, desde Ríomalo de Arriba a Las Mestas, es, en
conjunto, lo menos malo de toda la región hurdana. Las parras que
sombrean de un lado a otro la callejuela principal de Ríomalo,
al despedazar la luz que en ella entra, como que la viste de un
abigarrado traje. Al salir del pueblecillo, sus habitantes casi todos
habíanse congregado a vernos marchar. «¿Qué serán? ¿Los del camino?
¿Ingenieros? ¿Acaso algunos que vuelven de América?».
Junto al río, entre las piedras, la moza que estaba a macerar el lino,
se lavaba las ágiles piernas. Y era un espectáculo de paz y de sosiego.
Una moza esbelta, firme como un arbolillo silvestre que no conoce la
poda. Me acordaba de Rousseau y de sus teorías, tan en boga en un
tiempo, sobre el estado de naturaleza.
Un alto en el Ladrillar, a tomar huelgo y agua, esa agua como no la hay
otra. Y reunión de comadres y las lamentaciones de rigor. Hasta que
un recio mocetón, curtido del sol, que llevaba a un niño en brazos,
exclamó que estaba ya harto de oir tanto repetir que era aquella la
peor tierra; que esto no era así, ni mucho menos; que él había corrido
mundo, habiendo estado en el Canal--el de Panamá--, en el Brasil, en
la Martinica, en Jamaica... y que había visto muchas tierras peores
que la que ellos habitaban. «¿Pero esas tierras están habitadas?»--le
pregunté; y él:--«No, señor, porque no las cultivan»--me contestó--.
«Ésa es la diferencia--le dije--; que allí no se empeñan en habitar y
cultivar lo que no lo merece».
¿Tuve razón? Porque ved por qué esos pobres heroicos hurdanos se
apegan a su tierra: porque es «suya». Es suya en propiedad; casi todos
son propietarios. Cada cual tiene lo suyo: cuatro olivos, dos cepas
de vid, un huertecillo como un pañuelo moquero (y no es que usen de
estos últimos). Y prefieren mal vivir, penar, arrastrar una miserable
existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas
teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya la
tierra porque la han hecho ellos, es su tierra hija, una tierra de
cultivo que han arrancado, entre sudores heroicos, a las garras de la
madrastra naturaleza. Ellos la han hecho, cada uno la suya, apoyando
un olivo, construyendo un bancal para una cepa, rehaciendo la cerca que
destrozó la avenida de aguas o el jabalí.
No ha faltado filántropo hurdanófilo--todas estas palabras, cuyo
primer componente es un nombre étnico y el segundo componente es
«filo», ¿no os huelen un poco a sociología?--no ha faltado filántropo
hurdanófilo--y son dos filos--que haya propuesto como remedio al que
llamaremos problema de las Hurdes despoblarlas, sacar a sus habitantes
y darles modo de vivir en otra parte. Pero si un padre tuviese una
hija enferma, enferma de una enfermedad crónica que la sujeta y
clava a su lecho de dolor, de donde no se puede moverla, y ese padre
hubiese luchado un día y otro, y meses y años por arrancar a su hija
de la muerte, y en esta lucha se hubiese extenuado, ¿le diríais que
abandonase a su hija, que la dejara morir y salvase su vida? Pues la
pobre tierra cultivada de las Hurdes es la hija de dolores, de afanes,
de sudores, de angustias sin cuento, de esos heroicos españoles a
quienes se llama salvajes. Ellos la han hecho.
Fueron allá, Dios sabe cómo, huyendo acaso de persecuciones de
raza--¡quién sabe si hasta de religión!...--, fugitivos tal vez, o
bien, vagueando, y allí, donde ni el amo ni el fisco les perseguían,
empezaron a crearse una tierruca. Salen algunos, sí, pero en cuanto
hacen unos puñados de pesetas vuelven a comprar. Hace unos años lo más
de Las Mestas era de albercanos--casi todas las Hurdes pertenecieron
antaño a la Alberca--, mas hoy han comprado ya los que la habitan
sus propias tierras, y aún alguno empieza a comprar su terreno de la
Alberca.
Del Ladrillar fuimos a hacer noche al Cabezo. Noche en una buena cama,
por mi parte, pues mis compañeros durmieron al sereno, en el porche
de la iglesia. Yo en una buena cama, en un cuarto amplio, decorado
con cuadros hechos con portadas en colores de novelas por entregas,
junto a estampas de la Virgen, San Antonio y el Corazón de Jesús.
Allí, la portada de _El Barquero de Cantillana_, por D. Rafael
Benítez Caballero, que editó D. Felipe González Rojas; allí, un retrato
del marqués de la Habana; allí, el rey Amadeo, yendo, apenas llegó a
Madrid, a ver el cadáver de Prim.
En el Cabezo nos ofrecieron si queríamos comprar un loro, y vino un
pobre hombre a que le tradujese una carta en inglés, que había recibido
de la Compañía del Canal de Panamá, en que trabajó. Sin duda el tío
Ignacio le había dicho que yo sé las lenguas de todos los reinos. Y
esto da tanto prestigio como el saber dibujar un poco.
Entre el Cabezo y Las Mestas, en un repliegue del camino, ciertos
restos o despojos humanos con unos pedazos de periódicos al lado. ¡Y
luego dirán que es un país salvaje! Y no es que me escandalice yo mucho
de la porquería, no. Hasta he pensado escribir un ensayo sobre la
voluptuosidad del pringue. Ensayo lo menos sociológico posible.
Dimos vista a los cipreses de Las Mestas. Pueblecillo encantador a la
distancia, que ni pintado para un pintor. Aquel río limpísimo, aquel
puentecillo, aquellos remansos a la sombra, entre piedras redondeadas
de apariencia mórbida, aquellas cuestas por fondo y la corona del
cielo. Y dentro ya del pueblecillo, aquella callejuela cubierta de
la fronda de las vides. Y todo ello engastado entre frescas y verdes
arboledas.
Desde Las Mestas, al famosísimo y ya leyendario valle de las Batuecas,
donde estuvo el convento carmelitano en un tiempo. El camino de Las
Mestas a Batuecas es de lo más frondoso que se puede encontrar. Después
de la desolada aridez de las cuestas hurdanas, probremente vestidas de
brezo, helecho y jara, viene aquel camino sombreado por prietas frondas.
Las Batuecas, como obra en gran parte de los frailes que poblaron su
soledad, como obra de solitarios contemplativos, ofrece una riquísima
variedad de especies arbóreas. Diríase un jardín botánico abandonado. Y
en esto me recordaba el valle de Guadalupe--éste mucho más extenso--,
obra de aquellos jerónimos de que nos ha dejado perenne recuerdo
el padre Sigüenza. Alcornoques, encinas, robles, tejos, avellanos,
cipreses, madroños, olivos... y luego frutales de varias clases. Y
allá, por los riscos, la ruina de una ermita junto a un ciprés.
Pero no voy a descubriros las Batuecas. Sentíame embargado por esa
extraña sensación de la reminiscencia, de ir despertando a la vista
de la realidad presente mi viejo recuerdo de la visita que hice a las
Batuecas hace diez y seis o diez y ocho años.
Las Batuecas tienen su valor proverbial en nuestra literatura. Y
Legendre me dijo que madame de Genlis escribió una novela, _Les
Battuecas_, donde una batueca, que vive arcádicamente y en estado
de naturaleza rousseauniana en ese feliz valle del corazón de nuestra
España, sale a correr mundo y a enterarse de su degeneración. Y Jorge
Sand dice que esa novela, que siendo niña le leyeron, influyó en su
vida toda.
De las Batuecas salimos a la Alberca. Y luego a nuestra querida Peña
de Francia, a tomar aire, sol y paz en aquella cumbre de silencio y de
sosiego.
Salamanca, agosto de 1914.