Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las
Erías me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las
casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde
a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al
entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y
arrullándolos con maternales caricias.
Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la
gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos,
que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el
miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias
de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto
a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones
quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas,
prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.
Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle--o, mejor que valle,
barranca--, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente
cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el
aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las
Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho
muy bien de esto.
Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo
más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que
el Gasco, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gasco por aquellas
infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me
asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y
brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y
sucia negrura de aquella zahurda.
Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que
comemos»--decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo
en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco
menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no
huyen de los visitantes. Al contrario, acércanse a ellos a pedirles
cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.
Por fragosísimo sendero, desde el Gasco a Fragosa. Y aquí a bajar al
río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas
por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua
como la de aquí!»--decían con orgullo. Y esto lo oímos en las Hurdes
por dondequiera. La tierra es mísera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas?
¡No las hay mejores en el mundo! Esto mismo dirán, me figuro, aquellos
pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la
cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal
alguna, dicen: ¡No hay ideas como las nuestras, como las ideas puras!
Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del
canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo,
mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy
halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como
escribiendo!». Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y
un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos
mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba
conocer las lenguas de los distintos reinos--nos oyó hablar francés--,
correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabía
que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro
que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan
heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus
pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?
De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin
entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en una más
de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el
espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni
menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas
un sociólogo.
Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos
de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que
acabábamos de atravesar. Hay, sí, en Nuñomoral viviendas deplorables;
pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas. La de D.
Patricio Segur, de cuya hospitalidad cordial y franca gozamos, es una
muy buena casa hasta para fuera de las Hurdes.
Y es así como va transforma aquella región, partiendo el cambio
de ciertos centros tales como Pinofranqueado y Nuñomoral, y aun
Las Mestas, especie de capitales. Siempre la civilización ha sido
de irradiación urbana. Y se consigue, sin duda, más, mejorando
esas capitales y que de ellas irradie la mejora, que pretendiendo
levantar homogéneamente el nivel civil del campo. Mas veo que caigo
en sociólogo, y esto es peor que verse obligado a no beber sino agua
purísima de las cumbres, agua destilada del cielo.
De Nuñomoral, en un principio por el nuevo camino vecinal que se está
haciendo, a Casares, pasando por La Segur. Esta alquería de La Segur
es tan mala como cualquiera de las del valle de Fragosa. Me asomé a
la vivienda de uno que me dijeron era uno de los ricos del pueblo, y
aquella visión cortaba el respiro.
Por todas aquellas abruptas faldas había grandes manchones de quemado,
para que el brezo retoñe más lozano. Pero queman también los pinares,
los persiguen. Es decir, cuando son del común, cuando el Concejo
los hubo plantado, no cuando son de particulares. Hay lo de que
los cabreros son los enemigos más acérrimos del arbolado; pero hay
también la guerra a la propiedad comunal. El hurdano es radical y
fundamentalmente individualista. Como que por eso brega y pena allí y
apenas emigra, y si emigra vuelve.
En Casares, un buen refrigerio, gracias a D. Santiago Pascual, y un
buen reposo, una siesta restaurada. Y desde allí a trasponer un alto
para dar vista al otro valle, o mejor barranca, al de las Hurdes Altas.
Y una vez más volví a gozar la emoción, tan familiar a mis mocedades,
de estas ascensiones lentas, en rodeos y vueltas, abriendo más cada vez
el pecho, ganando más horizonte cada vez, viendo achicarse lo que abajo
queda y mirando de rato en rato a la nítida línea en que la cumbre
corta al cielo e imaginándose uno cómo será el otro mundo--porque es
un mundo también--que del otro lado se extiende. El macho se detiene
a las veces a comer un poco de carqueja y uno se impacienta. Es mejor
ir a pie, llevarse a sí mismo, que llevar un macho. «¡Qué brutos
animales!»--repetía, como un estribillo, el tío Ignacio.
Y por fin en la cumbre, habiendo domeñado al coloso, puéstole los
pies en la cabeza, y contemplando, mientras se toma huelgo, cuál será
la mejor bajada. Allá en el fondo la entrada de la tercera barranca,
la del río Hurdano, que se hurta a la vista en el intrincamiento de
los montes, cuyos perfiles se cruzan como en el corte que llaman los
carpinteros cola de milano. Y al pie de nosotros, en la hondonada,
la testudo de tejados pizarreños de Ríomalo de Arriba. Al acercarnos
al cual una chicuela que estaba en un huertecillo, salió disparada,
saltando de risco en risco, como una cervatilla a la que se sorprende.
Y subían cantares del fondo. Y no la primera vez, pues ya otras, al
acercarnos a estos misérrimos pueblecitos, oímos algún cantar humano
subir barranca arriba, hacia los cielos.