En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar
un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el
secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado
hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino
a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las
provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido
apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes
que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería
cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo.
"Sí; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque
sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede
comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...
Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya,
encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción
y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores
informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo
lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino
D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente
benemérita.
Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los
tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas,
la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa
de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de
entrada. Empezaba la visión de la miseria.
Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar
nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar
el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas
callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos
caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de
los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de
la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó:
niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo
serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura
tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien
se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es.
Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más
desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante.
Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó,
no el que obtuvo mejor éxito.
Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y
apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me
decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por sí,
sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza,
cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los
abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de
contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid;
canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a
cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de
juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal,
su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una
pobre mujeruca de las Mestas.
Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí sí que
encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo
hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las
piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por
senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de
helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero
en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al
casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando
apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno;
es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el
poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el
novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama
nupcial, la del _rejollijo_.
Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro
diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.
En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la
alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de
Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos
que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica
y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.
Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir
cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre
la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las
cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!
La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me
entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que
han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de
nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable
manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y
la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la
voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran,
y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya
os diré lo que de ello creo.
Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar
a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann,
de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una
lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la
encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las
Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo
ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de
mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas
viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del
Supremo Cazador.
En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve
a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada
en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí
apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos,
cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de
luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de
las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la
pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas,
casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo
sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el
crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación,
que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también
los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales
ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo
espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.
¡Pobres hurdanos! Pero... ¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es
una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España;
son, sí, uno de los honores de nuestra patria.