II

En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar

un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el

secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado

hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino

a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las

provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido

apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes

que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería

cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo.

"Sí; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque

sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede

comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...

Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya,

encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción

y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores

informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo

lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino

D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente

benemérita.

Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los

tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas,

la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa

de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de

entrada. Empezaba la visión de la miseria.

Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar

nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar

el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas

callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos

caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de

los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de

la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó:

niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo

serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura

tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien

se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es.

Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más

desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante.

Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó,

no el que obtuvo mejor éxito.

Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y

apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me

decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por sí,

sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza,

cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los

abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de

contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid;

canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a

cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de

juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal,

su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una

pobre mujeruca de las Mestas.

Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí sí que

encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo

hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las

piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por

senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de

helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero

en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al

casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando

apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno;

es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el

poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el

novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama

nupcial, la del _rejollijo_.

Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro

diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.

En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la

alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de

Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos

que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica

y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.

Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir

cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre

la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las

cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!

La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me

entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que

han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de

nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable

manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y

la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la

voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran,

y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya

os diré lo que de ello creo.

Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar

a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann,

de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una

lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la

encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las

Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo

ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de

mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas

viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del

Supremo Cazador.

En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve

a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada

en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí

apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos,

cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de

luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de

las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la

pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas,

casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo

sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el

crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación,

que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también

los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales

ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo

espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.

¡Pobres hurdanos! Pero... ¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es

una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España;

son, sí, uno de los honores de nuestra patria.

Andanzas y visiones españolas · 第 64 / 92 题