I
Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda,
y cuantos van a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a
corroborar y aun exagerar la tal leyenda o a rectificarla. Y no creo
haber estado libre de este sentimiento.
Hace ya años, lo menos diez y ocho, que me llegué desde la Alberca
hasta el famosísimo valle de las Batuecas, y desde entonces quedé
deseoso de visitar las Hurdes; mas aunque después he andado por la
sierra de Francia, nunca, hasta este verano, se me cumplió el deseo.
El lector que desee noticia detallada de la región de las Hurdes, de
sus tierras y sus gentes búsquela en otra parte. Desde M. Vide se han
escrito diferentes relaciones. La última de que tengo noticia, la del
viaje del señor Blanco Belmonte, es excelente. Lo que va a seguir son
notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar
de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez
algo arbitrarias.
Nos dispusimos a entrar en Las Hurdes mis dos compañeros de excursión
y yo por el Casar de Palomero, desde Extremadura. Mis dos compañeros
eran M. Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyón, y M. Maurice
Legendre, este puro francés tan amante y tan buen conocedor de nuestra
España. Legendre conocía ya las Hurdes. En el número de julio de
este año de _La España Moderna_ puede verse la traducción de
un trabajo suyo, «El Corazón de España», publicado antes en _Le
Correspondant_. Es algo que debe leerse en España y hacer votos por
que todos nuestros amigos franceses sean como Legendre. Nos acompañaba
el tío Ignacio, de la Alberca, de quien Legendre da noticia en su
escrito. Íbamos, pues, dos españoles y dos franceses.
Partimos de Aldeanueva del Camino a pie, y por Abadía y Granadilla nos
dirigimos al Casar de Palomero. Tierras extremeñas, las que cantó como
una alondra Gabriel y Galán; tierras solemnes. Hay algo de religioso
en la majestad de ciertos alcornoques--_honni soit qui mal y
pense_--, y nunca he podido verlos desollados, como San Sebastianes
vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me
sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol.
La vista de Granadilla a la distancia, con su recinto de murallas y
su torreón de entrada, nos quita algunos siglos de encima. ¡Y pesan
tanto! Pero más pesa aún la paz plúmbea, bajo un cielo de implacable
limpidez, de que se ve uno ceñido dentro de la villa. Y por dondequiera
el recuerdo de Galán, del poeta. Y esos hombres de siempre, fuera de
época, que parecen arrancados de una novela picaresca, y con que uno se
encuentra en las posadas de los pueblos donde no hay ferrocarril; esos
hombres como el sastre aquel ambulante y aficionado al zumo de la vid.
Después de Granadilla, unas soledades henchidas de luz del cielo. La
jara, como pebetero del desierto, las perfuma. Por allí, el torbisco,
amargo como la vida de quien tiene que trabajar esa tierra; madroños,
romero, lentisco y aquella retama, _contenta dei deserti_, que
cantó Leopardi.
Al empezar a ver sobre Moedas, en el puerto del Gamo, castaños y olivos
mezclados en no sé si amigable compañía, recordé haber visto en no sé
qué Atlas geográfico separadas por una línea la región del olivo y la
del castaño. Debíamos estar en la línea misma. Y de hecho casi siempre
se vive en líneas así, divisorias.
¡Y qué largo se me hizo el camino al Casar! En una gran ermita empezó
a anochecernos, y aquello no acababa. Silenciosos, sin decirnos nada,
uno tras otro, sobre el pedregal del sendero montañés. Y al llegar
al Casar, de noche ya, qué tragos de agua, de agua de Sierra, del
cántaro de una buena samaritana--es un decir--de la fuente que hay a
la entrada del pueblo. Mientras bebía, al levantar con la cabeza los
ojos, encontraron éstos en una estancia de la casa frontera, iluminada
a luz eléctrica, dos novios sentados a una camilla. Me informé luego de
ellos. Es una vieja debilidad.
El Casar de Palomero puede llamarse la corte de las Hurdes, y sus dos
capitales, Pinofranqueado y Nuñomoral. Es decir, las Hurdes tienen dos
especies de cortes: el Casar del lado de Cáceres y la Alberca del lado
de Salamanca.
Buen pueblo el Casar, atractivo para quien ama la paz del retiro y
el retiro de la paz. Pueblo con dos médicos, y esto no es ninguna
bendición cuando basta y acaso sobra uno, y esa dualidad es fuente de
disensiones y partidos, y pueblo con dos fábricas de luz eléctrica,
lo que les permite alumbrarse casi de balde. Y no deja de estar
relacionado lo de los médicos con lo de la luz.
Excelente remanso de sosiego este Casar de Palomero, con su fisonomía
serrana, sus grandes balcones de madera para tomar el fresco. Cuando
entramos, anochecido ya, parejas de enamorados, bien arrimaditos, en
los bancos de las casas. ¡Estos amoríos lentos de los pueblos recogidos
y aislados!
Topé con conocidos, con estudiantes, y pronto tuvimos en torno nuestro
en la posada a los notables del pueblo. Y gusta charlar así. Nos
informaban de las Hurdes y de los hurdanos, y pude observar que la
leyenda empezaba ya allí. Y además, que suele suceder que aquéllos que
viven junto a una región famosa y de que se habla mucho suelen ser con
frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla por
sí. El maestro del Casar, D. Feliciano Abad, sí que conoce las Hurdes.
Un pequeño croquis que de ellas nos hizo nos fué utilísimo.
Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero
sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche
fué una lamentable sinfonía--es un decir también--de ladridos. A ratos
estuve por asomarme al balcón a gritar: «¡Que maten a ese perro!». Pero
no era uno solo, no. Parecía alejarse, perderse en el otro extremo del
pueblo; pero volvía al punto.
Sólo al romper la mañana, cuando los gallos cantan, callaron los
perros. Había ya otros voceadores que nos desvelaran.
Y a la mañana, después de haber visitado la iglesia y aquella cruz
que los judíos apedrearon antaño, emprendimos, montaña abajo, junto
al río Ángeles, que corre entre piedras limpísimo, el camino de
Pinofranqueado, de las Hurdes. El maestro nos escoltaba.
Estábamos ya en las Hurdes, lejos del mundo bullanguero, siguiendo lo
que dice el agua que canta al pie de las montanas peladas, vestidas
no más que de brezo, helecho y matorrales bajos; montañas de perfiles
suaves, redondeadas, que bajan, al parecer, mansamente a bañar sus pies
en el agua; pero montañas recias y ásperas, madrigueras de bestias
más que cunas de hombres. Pero ¡qué sensación de recogimiento! ¡Y el
bañarse allí, en la claridad del agua que canta entre canchales y
secarse al sol, desnudo como el cuerpo que se le entrega!
¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no
habríamos de saber nada de él.
Los tesos, collados y montañas se entrebrazaban unos con otros. En
su disposición general forman las Hurdes tres hondos valles casi
paralelos: el del río Esperabán, el del Fragosa y el del río Hurdano,
sin contar el del río Ángeles; pero, dentro de esta traza, ¡qué
intrincamiento de repliegues! Difícilmente se encontrará otra comarca
más a propósito para estudiar geografía viva, dinámica, la acción
erosiva de las aguas, la formación de los arribes, hoces y encañadas. Y
una maravilla de espectáculo a la vista, ya desde los altos se dominen
las hondonadas y el vasto oleaje petrificado de las líneas de cumbres,
ya desde los barrancos se cree uno encerrado lejos del mundo de los
vivos que leen y escriben.
Y así llegamos a Pinofranqueado, la capital de las Hurdes bajas. Un
buen pueblo, sin nada de la ridícula leyenda del salvajismo hurdano.
¡Y con impaciencia de entrar de una vez en las verdaderas Hurdes, es
decir, en aquéllas de que se nos ha dicho tantas veces que los hombres
casi ladran, que se visten de pieles y huyen de los... civilizados!
Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la
vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de
razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡hay
que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos
para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata! «Ni los
holandeses contra el mar», me decía, y no le faltaba razón.
Pero de esto más adelante.