Para descansar de las visiones de miserias de los barrancos hurdanos,
para digerirlas más bien, ¿qué mejor sino la cumbre de la Peña
de Francia, al abrigo del venerado santuario? Allá arriba, pues,
ascendiendo paso a paso y huelgo a huelgo el pedregoso sendero; allá
arriba, a hacer provisión de sol y de aire y de reposo.
Allí, en la cumbre, allí sí que parece la vida un sueño y un soplo.
Pero un sueño restaurador de la vela. «Tal cosa es la vida--dijo
Leopardi--, que para soportarla hase menester de tiempo en tiempo,
deponiéndola, recoger un poco de aliento y restaurarse con un gusto y
como una partecilla de muerte».
Allí arriba, en la cumbre de la Peña de Francia, sentía caer las horas,
hilo a hilo, gota a gota, en la eternidad, como lluvia en el mar. Mejor
que gota a gota diría copo a copo, pues que caían silenciosas, como cae
la nieve, y blancas. Es del silencio sobre todo de lo que allí se goza.
No se oye a la alondra que, elevándose desde los surcos del sembrado de
las llanuras, siembra su canto desde el cielo, sino que se ve al buitre
cernerse sin ruido sobre nuestras cabezas, o tal vez a nuestros pies.
Porque hay aire debajo, como le hay encima y en derredor de nosotros.
¿Distracciones? ¿Diversiones? ¡No; a Dios gracias, no! Ni dis-tracción,
ni di-versión, sino más bien in-tracción e in-versión. Al perderse así
en aquel ámbito de aire hay que meterse en sí mismo. Pero en lo mejor
de sí. Meditar, esto es, vagabundear con el espíritu por los campos de
lo indefinido, mientras se contempla aquellas negras masas de mosquitas
al abrigo de los muros interiores del santuario, en la iglesia y en las
celdas, o mientras se espera qué hará al llegar al extremo de la varita
aquella vaquita de San Antón--tan redondita, roja y con sus pintitas
negras--que la pusimos en la cucaña para matar en algo el tiempo, o
mientras oímos perderse en el aire de la cumbre los sones de la salve
del rosario, que brotan del coro al despedirse el día.
En la vida de sosiego cualquier accidente cobra relieve. Hay que ir a
despedir, escoltándolo un trecho, al que baja al llano y se va; hay que
salir al encuentro del que sube. ¿Quién será ése que viene?
Y luego horas y más horas en ver tenderse a nuestros pies, como un mapa
que sobre una mesa se despliega, el llano.
De la parte sur, por detrás de la intrincada malla de los montes de
las Hurdes, el llano de Extremadura brillando al sol, la principal
incubadora que fué de nuestros viejos conquistadores. Y del lado del
norte, este mi campo de Salamanca, este dorado campo de mis ensueños de
otoño.
Me pongo de cara a la ciudad, que está allí, por sobre aquel piquito
oscuro. A mi derecha, al naciente, el macizo de la sierra de Béjar,
el Calvitero, en forma de gigantesca parva. Brillan algunas casas de
Béjar. Saludo a la cima hermana, más alta que ésta en que estoy, y
donde una vez, antes de rayar el alba, acostado en tierra y sin más
techo que el cielo, me vi envuelto en una nube de tormenta. Y fué
entonces cuando comprendí al Dios del Sinaí.
Más acá de Béjar, y a mi derecha también, la región de la sierra de
Francia. El río Francia va allá, por dentro de esa mancha que marca
su tajo. Allí abajo está San Martín del Castañar, con las ruinas de
su castillo, cubiertas en parte por el manto verde de la yedra, y
más allá, después de pasado Sequeros, Miranda, del Castañar también,
y también con su castillo. A cada uno de esos pueblecitos se podría
bajar en un vuelo desde esta altura, sin más que dejarse planear, con
las alas quietas. En esos castillos habitaron acaso señores cuando los
señores vivían en el campo, allá, qué sé yo... en los viejos tiempos de
Maricastaña, en los días aquellos en que las hijas de los reyes
iban a lavar sus paños al agua,
según canta la canción infantil. Y todo ello son hoy canciones de
niños. Los castillos de Castilla están vacíos, y los nietos de los que
los levantaron no es que no los habiten, es que los dejan arruinarse y
abatirse a tierra. A lo mejor sirven sus piedras para hacer cercas.
Aquí, más cerca, diríase que a un tiro, otras ruinas, las ruinas del
convento de abajo, junto al Maíllo. Era el convento de invierno que
tenían los dominicos que veraneaban en este convento alto de la cima
de la Peña. Pocas cosas más melancólicas que una colmena silenciosa y
desierta. Y entre este convento abandonado y aquel otro pobre convento
de Franciscas, el del Zarzoso, que se ve allí blanquear en la cuesta,
ese manchón de verdura por donde se guarecen los corzos y adonde a las
veces baja el jabalí.
A la izquierda, en aquel tapiz de tan variados matices y cambiantes,
donde predomina el oro, brilla a las veces, a la caída de la tarde, y
como un ojo celeste en la tierra, la laguna del Cristo de la Laguna.
Y me sube del fondo de los recuerdos uno que allí se me grabó para
siempre: el de una tarde, puesto ya el sol, en que al trasponer un
pliegue del terreno vi de pronto a las encinas como mirándose en un
cielo que se extendiera a sus pies.
Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los
tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos
pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que
se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y
cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes
de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en
el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la
fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de
un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el
agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la
sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al
cielo, por si llueve sobre la tierra.
¿Y si no llueve? Si no llueve, los frutos abortan en leche, y a otros
les ataca el tizón. Cuando el fruto de la encina, y aun el de otros
árboles, enfermándose, se mela, destila a tierra mangla, que cosechan
las abejas, pues es la mangla dulcísimo tributo para la miel de la
colmena. Destila miel el pobre árbol enfermo.
Una mañana, al levantarme antes que el sol y salir a saludar al campo,
cubría la llanada un mar de nieblas sobre que se destacaban, como
islotes, algunas colinas. Por desgarrones del mar veíase a ratos su
fondo verde. Es una visión que recuerdo siempre que en el fondo de
estas ciudades del llano en que vivimos amanece un día sin sol, por
velarlo la niebla baja. Esta baja niebla, que retiene y arrastra sobre
los plantíos los gérmenes del añublo. A la cumbre, donde no llegan
las nieblas, tampoco llega el añublo del espíritu. Se añubla el alma,
como el trigo, bajo la niebla que forma el vaho de nuestras mismas
concupiscencias.
Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen
las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles,
sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor
continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no
oirlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que
se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.
Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes
de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos
versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen:
Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría,
columnas de la tierra castellana...
Columnas, sí, pero truncas. ¿Qué sostienen? ¿Acaso el cielo? ¿O no son
más bien lo que nos resta de un vasto templo que cobijó a un dios, hoy
muerto, en algún tiempo? ¿O no son torres babélicas de la naturaleza,
de cuando ésta quiso escalar el cielo? Aquí, bajo mis pies, dentro de
esta Peña de Francia, ¿no sufre y espera algún Encélado, algún titán
preso? Todo este reposo ¿no está preñado acaso de inquietudes? ¿No es
éste el punto de equilibrio en que se encuentran enormes fuerzas que se
contrapesan?
Algo así debe de ser, porque del seno de este reposo siento que me
invaden el alma aluviones de energía y un tumulto de pensamientos
informes, de larvas de ideas, que, formando nebulosa, buscan
liberación. El silencio está preñado de rumores. Y de las visiones de
esos pueblecillos tendidos a mis pies parece subir la llamada de la
patria. Esta alfombra que se despliega aquí, debajo mío, es un pedazo
del cuerpo de España.
Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre
ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.