A mí, que tanto me duele España, mi patria, como podía dolerme el
corazón, o la cabeza o el vientre, cada uno de estos viajes que hago
por nuestras capitales de provincia me llena de cierto pesar no exento
de hondas inquietudes. En cuanto llego a una de esas capitales voy a
buscar a los jóvenes a que se llama hoy, no sin cierta sorna de parte
de los maliciosos, intelectuales; voy a buscar a los que me han dicho
que se preocupan de algo que trasciende de la materialidad inmediata de
la vida: de arte, de literatura, de ciencia, de filosofía, de ideal en
fin. Es decir, no soy yo el que suele ir a buscarles, sino que son más
bien ellos los que me vienen a buscar a mí.
No sé si debo o no callar aquí una cosa triste; pero, en fin, he dicho
ya tantas cosas que acaso debí callarme, que por una más... Pues
bien: el caso es que cuando en una de esas sosegadas y a las veces
modorrientas capitales de provincia--si es que la baja politiquilla
no las sacude--encontráis un hombre que se interesa por el arte, la
literatura, la ciencia o la filosofía, podéis asegurar que rara vez
será uno de los que por su profesión debería interesarse por ellas. En
todas nuestras 49 capitales de provincia y en seis u ocho poblaciones
más hay institutos de segunda enseñanza, lo que en Francia se llama
liceos. Parecía lo natural que cuando en una de esas ciudades se
despierta algún deseo de cultura fuesen los profesores de esos centros
los que se pusiesen al frente del movimiento cultural. Pero no suele
ser así. Es más fácil encontrar de principal agente de esos movimientos
de curiosidad y despertar espiritual a cualquier intrépido varón
extraño al profesorado. Eso cuando éste no labora, en todo o en parte,
y bajo cuerda contra semejantes despertamientos. Y es que es cosa
terrible, lo sé muy bien, este oficio de la enseñanza, y no andaba tan
lejos de la verdad Schopenhauer al decir que enseñando se olvida. Por
lo menos he visto muchos que enseñando para ganarse el pan acaban por
aborrecer aquello que enseñan y todo lo que a arte o ciencia huela.
Cuando llego, pues, a una de esas capitales de provincia procuro
encontrarme no tanto con los encargados de administrar oficialmente
arte, literatura, ciencia o filosofía, como con los que de estas cosas
se preocupen. Y así que con ellos me avisto y les dirijo las preguntas
de rigor, de si allí se lee, si interesan esos altísimos intereses
humanos, si hay algún joven que empiece a descollar en su cultivo,
etc., etc., al punto empiezo a oir las consabidas lamentaciones. «Esto
está muerto; aquí a nadie le interesa nada; esto es un desierto; esto
es un dolor; aquí no se puede vivir; hay que marcharse; aquí no hay
sino baja politiquilla; aquí nadie lee nada...». ¿A qué continuar?
¿Es esto verdad? No, no suele serlo. Cuando me informo más despacio,
más de cerca y más directamente, veo que el intelectual casi siempre
exagera, cuando no miente. Es por una parte--permitidme que en esto me
ponga pesado--es la manía lamentabilísima que aqueja a casi todos los
españoles; la manía de quejarse. Os lo repito, permitidme que insista
y me ponga pesado. Yo creo que es una secuela de aquella pordiosería
que nuestra literatura picaresca tan bien retrata. La pordiosería, la
mendicancia, va poco a poco curándosenos, aunque no con la rapidez
que es de desear, pero la manía de quejarse persiste. Si al mendigo
le cae el premio gordo y se hace rico acabará por dejar de mendigar,
aunque no de pronto, pero seguirá lamentándose de su suerte, en el tono
quejumbroso en que pedía limosna. Y es que hay la voluptuosidad de la
queja. Y a esa manía se une la manía de calumniarnos.
Os lo he dicho cien veces, y os lo diré otras cien o mil más: cuando
oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis
mucho caso.
Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo
mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado. La inmensa
mayoría de las patrañas y embustes que respecto al estado de España
circulan por el extranjero proceden de españoles. Somos nosotros
mismos los que a las veces, no más que por hacernos los interesantes,
propagamos esas novelerías. Un pobre diablo que salió emigrado de su
aldea, Robleda de Arriba, y que nunca vió sino esa aldea, va contando
todo género de desatinos respecto a lo que nunca vió.
Pero aun quitando de lo que aquel intelectual provinciano nos dijo lo
que se debe a nuestra manía de queja, y acaso a despecho personal,
¿no hay algo de verdad en ello? Sin duda. Sólo que eso lo mismo
puede decirse en una capital de provincia española que de otro país
cualquiera.
La cultura, la alta cultura desinteresada, artística, literaria,
científica, filosófica, es planta muy delicada y que exige heroicos
sacrificios de parte de los que la cultivan. Los más de los hombres
viven absortos en la consecución del pan de cada día, y cuando
han satisfecho sus necesidades inmediatas, si no les coge la
concupiscencia del vicio les coge la pereza, que es acaso peor. En esos
ámbitos tranquilos y soñolientos de provincia, el que no necesitando
trabajar demasiado no se da al juego, a la bebida o la lujuria, se da a
ver pasar estúpidamente las horas. Y es empresa terrible la de agitar
esas ciudades y mantenerlas despiertas. Lo sé muy bien.
Los que se interesan por esos altísimos intereses, de ordinario emigran
y se reúnen en las grandes capitales. Los artistas, literatos, hombres
de ciencia, filósofos, etc., se van, aquí, en España, a Madrid. No
todos, por supuesto. Y los que se quedan en provincias, o por necesidad
o por su gusto, suelen verse aislados. Y teniendo que luchar con un
ambiente naturalmente hostil, y más por pereza que por otra cosa, a su
acción. Lo que Platón llamaba _misología_, el odio a la cultura,
no es más que pereza espiritual. Pereza que puede darse en gentes muy
activas para otras cosas.
El intelectual provinciano de ordinario se cansa pronto; tiene poco
aguante para los desdenes, más fingidos que reales, de los que le
rodean. Quiere ser reconocido y acatado muy pronto.
Hay, además, otro mal grave, y es que nuestra vida interprovincial
es muy escasa. Casi todos los que trabajamos desparramados por la
cultura patria nos comunicamos, cuando lo hacemos, a través del centro.
Figuraos una bola de la cual penden por otros tantos hilos diez, doce,
veinte o cien bolas más y que siendo los hilos de igual longitud
aparecen éstas agrupadas; algo a modo de una borla. Así es nuestra
unión.
Una de las cosas que da una fisonomía más especial a la cultura
italiana es que aparezca diseminada por toda Italia. Culturalmente
Italia es un país federativo. Cuando me pongo a hacer recuento de los
hombres eminentes que cultivan hoy en Italia el arte, la literatura,
las ciencias o la filosofía, me encuentro con que los más de ellos
viven fuera de Roma; en Nápoles, en Florencia, en Turín, en Bolonia,
en Padua..., etc., etc. Mucho menos de esto sucede en Francia, cuya
centralización cultural es enorme. Y muy poco en España, donde acaso
apenas se exceptúa, fuera de algún que otro islote--como éste de
Salamanca--Cataluña, en que la diversidad de lengua produce una cierta
autonomía cultural.
A todos los jóvenes intelectuales provincianos suelo aconsejarles
que no se dejen ganar por Madrid, y no por aversión a la villa y
corte, no, sino porque estoy convencido de que el porvenir cultural
de España depende en gran parte de que logremos descentralizar la
cultura. Diez universidades son, sin duda, desde el punto de vista
económico y de hacienda pública, demasiadas universidades para una
población de 20.000.000 de habitantes, y donde no son tantos como
se dice, ni mucho menos, los que cursan carreras; pero si esas diez
universidades fuesen no sólo diez fábricas de licenciados en facultades
literarias y científicas, sino diez focos de cultura artística,
literaria, científica y filosófica, aún me parecerían pocas, y habría
que sostenerlas y no con más empeño a la que costase menos o produjese
económicamente más. Y que son tales focos, aunque no en la medida en
que debieran serlo, no cabe negarlo.
Soy uno de los españoles--de entre los que escribimos para el público,
se entiende--que más capitales de provincia conozco, pues es uno de
mis mayores placeres recorrer ciudades, villas, villorrios, lugarejos
y aldeas de España. Y en casi todas las capitales de provincia que he
visitado, mejor dicho, en todas, he encontrado algún hombre o algunos
hombres que podrían hacer mucho por la cultura del rincón de mundo en
que Dios les puso, si no se dejaran ganar de ese desaliento previo, de
antemano, que se expresa en nuestra quejumbrosidad. Es falta de temple
moral.
Y es falta de educación. De una fuerte, recia y sólida educación
clásica y filosófica. El joven intelectual provinciano cae fácilmente
en literatismo, en diletantismo. Los grandes y eternos problemas
humanos se le escapan. Le ha faltado disciplina. Ha leído acaso a
Nietzsche en alguna detestable traducción de cualquier biblioteca
barata de vulgarización, pero no se ha puesto a aprender alemán,
pongo por caso, para leer y releer y meditar a Kant. Y esto no es
tan difícil como a primera vista parece. Estudió en el instituto la
asignatura--¡qué nombre tan feo es este asignatura!--de psicología,
lógica y ética, y acaso le dieron premio y matrícula de honor en ella,
pero con eso tal vez cobró odio a la psicología, a la lógica y a la
ética, sin saber lo que son.
Son muchos los españoles, y españoles muy cultos, que creen que
somos un pueblo refractario a la alta y desinteresada especulación
filosófica, un pueblo afilosófico. Nuestro realismo tan pegado a
tierra parece darles razón. Séneca, el moralista, no fué en rigor un
metafísico. Pero yo creo más bien que nuestra filosofía, la que anda
difusa y esparcida en nuestra literatura y no en obras estrictamente
filosóficas, está por formular; yo creo que nuestro realismo, lo que yo
llamaría, con una expresión que a muchos parecerá paradójica, nuestro
espiritualismo materialista, esto de tomar el espíritu a lo material,
no ha encontrado aún quien lo sistematice. Tomando la palabra idealismo
en su sentido más estricto y técnico, en aquél en que lo toma, v. gr.,
Cohen en su _Lógica del conocimiento puro_ (_Logik der reinen
Erkenntnis_) cuando dice que la historia nos muestra una notable
oposición entre los espiritualistas, que representan al Logos, y los
críticistas, que pelean por las ideas y ante todo por la idea, creo
poder afirmar que el español no pelea por la idea, no es idealista. No
somos de los que sacrificamos los hombres a las ideas, sino al revés,
las ideas a los hombres. Y en este sentido técnico y preciso puede y
debe decirse que Don Quijote, tan idealista en la acepción vulgar y
ambigua de esta denominación, era en rigor un anti-idealista. Pero este
nuestro anti-idealismo espiritualista, pragmatista y realista no ha
sido, que yo sepa, íntegramente formulado.
¿Y cómo estos problemas, los más altos a que una inteligencia
pueda dedicarse, despiertan entre nosotros tan poco interés? Sigo
creyendo que no es sino defecto de educación. Y que ese mismo nuestro
pragmaticismo nos lleva a desdeñarlos. Y es natural: una ciudad en
que apenas si hay más preocupaciones que las de ganarse el pan, hacer
dinero y divertirse, acaba por ser un ámbito tristísimo para ciertos
espíritus de selección.
Hay una cierta ciudad populosa donde no escasea el dinero, donde hay
actividad y hasta fiebre de negocios, donde las calles ofrecen el
aspecto de una población próspera, donde las diversiones--teatros,
ópera, cines, carreras de caballos, etc., etc.--abundan y donde no
escasean las gentes de ingenio y viveza. Pues bien: un amigo mío se
vió arrastrado por vicisitudes de la vida a esa gran capital, y me
escribía diciéndome que la encontraba triste, muy triste. Y conociendo
como conozco a mi amigo, y conociendo también algo a esa gran capital,
aunque jamás he estado en ella, me explico muy bien la tristeza de mi
amigo. Él sueña con Oxford, con Gotinga, con Bolonia, con...
Y menos mal cuando el inadaptado, y acaso inadaptable, no cae en
cualquiera de esos desesperados remedios contra el aburrimiento. Por
ejemplo, en el juego, ese feroz azote, no tanto del bienestar de las
familias, como de la inteligencia. Porque estoy convencido de que el
juego estropea la inteligencia aún más que el alcohol. Prefiero tratar
y conversar con un alcohólico a tratar y conversar con un jugador. Y
éste del juego es el terrible castigo de las capitales de provincia
donde la vida espiritual dormita; es el abismo en que caen las
sociedades a que no inquietan las eternas inquietudes de una conciencia
de veras despierta.
Salamanca, setiembre de 1913.