Ahora, de mis veraniegas excursiones vuelto a este mi hogar ciudadano,
de pequeña ciudad, tranquila por de fuera, y mientras me apercibo a las
tareas del próximo curso académico, púsome a leer las cartas del poeta
inglés Tomás Gray, el autor de aquella famosísima elegía escrita en un
cementerio de aldea. Y en una de las primeras cartas de la colección,
la que el 8 de mayo de 1736 escribió desde Cambridge, pequeña ciudad
académica, Gray a West, leí esto: «Cuando has visto uno de mis días,
has visto el año entero de mi vida; van dando vueltas como el caballo
ciego en el molino, sólo que éste tiene la satisfacción de imaginarse
que avanza algo y que cobra suelo; pero mis ojos están lo bastante
abiertos para ver la misma triste perspectiva y para saber que habiendo
dado veinticuatro pasos más, estaré precisamente donde estaba...». ¿A
qué seguir?
Sí, me dije, dando vueltas a la noria como un caballo vendado; pero,
¿no sale de esa noria agua? ¿y esa agua no riega un huerto? ¿y ese
huerto no da frutos? ¿y esos frutos no mantienen a hombres que corren
el mundo de un extremo a otro, y que por recorrerlo así creen vivir
más intensamente que el pobre caballo vendado que saca de la noria el
agua que riega el huerto que da los frutos de que se mantienen ellos?
¿Quién vive más su vida?
Y fuí a leer en la inmortal _Elegía_ del mismo Gray aquella
estrofa que dice:
«Some village Hampden, that, with dauntless breast
The little tyrant of his fields withstood,
Some mute inglorious Milton here may rest,
Some Cromwell guiltless of his country's blood».
Allí, en el solitario cementerio de aldea, descansa algún Hampden
aldeano que con pecho indómito resistió al tirano de sus campos, algún
mudo Milton sin gloria, algún Cromwell sin culpa de haber derramado la
sangre de su patria. Pero, ¿es que los Milton y los Cromwell no surgen
sino de las populosas y ruidosas ciudades? ¿es que no salen, como en
Francia salió Juana de Arco, de algún ignorado rincón durmiente? ¿Es
que no se fraguan alguna vez los héroes _far from the madding crowd's
ignoble strife_, lejos de las innobles luchas de la enloquecedora
muchedumbre?
Y recordé a Descartes filosofando en la soledad de su estufa, a Spinoza
encerrado en su cuarto de soltero de Amsterdam, a Kant cumpliendo
su vida ordinaria con la regularidad de un caballo de noria en su
académica Koenigsberg.
Sí, sí; yo sé que no viaja mucho el que todos los días da treinta o
cuarenta vueltas al jardín de su casa; yo sé que la ardilla que se
revuelve en una jaula no sale de ésta; pero también sé que se está
quieto y no se mueve por sí aquél a quien su automóvil lo lleva a cien
kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera del camino por el
que va.
¡Pueblos progresivos...! ¡pueblos progresivos...! ¿Y qué es un pueblo
progresivo?
Un pueblo que cambia rápidamente... por de fuera. Acaso un pueblo que
crece.
No sé si alguno de mis lectores conocerá un librito admirable de G.
Lowes Dickinson. Se titula _A Modern Symposium_. (Un simposión--o
sea banquete--moderno), inspirado en el inmortal diálogo de Platón. En
este nuevo Simposión del profesor inglés, hablan de política un tory,
un liberal, un conservador, un socialista, un anarquista, un profesor,
un hombre de ciencia, un periodista, un hombre de negocios, un poeta,
un caballero bien acomodado, un cuáquero y un hombre de letras. Y al
tocarle su turno a Arturo Ellis, el periodista, nos hace una pintura
muy brillante--del parecido no respondo--de la vida norteamericana,
prototipo del progreso.
Hay en este discurso del periodista de Dickinson cosas admirables,
como aquello de que «gracias a Europa, América jamás ha sido impotente
frente a la Naturaleza; no ha sentido, por lo tanto, temor; por esto
nunca ha conocido la reverencia, lo que la ha llevado a no experimentar
religión». Pero vamos a otra cosa, y es cuando Ellis dice:
«¿Qué es lo que reconocen como fin? He aquí un punto importante en
que he reflexionado mucho en el curso de mis viajes. A las veces he
creído que era la riqueza, otras veces el poder, otras la actividad.
Pero un poema, o por lo menos una producción métrica con que me topé
en los Estados Unidos, me dió una nueva idea sobre el objeto. En este
punto hablo con gran desconfianza, pero me inclino a creer que mi
autor estaba en lo cierto, que el fin real que los norteamericanos se
proponen es la Aceleración. Estar siempre moviéndose, y cada vez más de
prisa, es lo que creen ser la vida beatífica, y con su feliz despego
a la filosofía y la especulación no se preocupan por la cuestión de:
¿adónde? Si europeos u otros les preguntan cuál es el punto a que van
tan de prisa, su único sentimiento es el de un genuino asombro. ¡Eh,
replican, date prisa! ¿Y qué más puede decirse? De aquí su desprecio
por el ocio tan apreciado de los europeos. El ocio (leisure), sienten
que es una especie de parada, el pecado imperdonable. De aquí también
su aversión a jugar, a la conversación, a todo lo que no sea trabajo».
Repito que no sé si la pintura es o no exacta, pero que conozco muchos
que se llaman progresistas porque sienten así.
Más adelante añade el periodista de Dickinson: «Es verdad--dice el
hombre del porvenir--, no tenemos religión, literatura o arte; no
sabemos de dónde venimos o adónde vamos, pero lo que más importa,
no nos cuidamos de ello. Lo que sabemos es que nos estamos moviendo
más de prisa que se movió nadie antes, y que es lo probable que nos
moveremos más y más de prisa cada vez. El inquirir ¿adónde? es algo
que consideramos blasfemo. El principio del universo es la Aceleración
y nosotros somos sus exponentes; lo que no se acelera se extinguirá,
y si no podemos responder a las últimas preguntas, es tanto menos de
lamentarlo cuanto que dentro de unos pocos siglos no quedará nadie para
responderlas».
Confrontad ahora con esto estas otras palabras admirabilísimas que el
mismo G. Lowes Dickinson, en este su mismo preñado librito, pone en
boca del profesor Henry Martin, cuando dice: «Las gentes creen que la
vida de la razón es fina. ¡Cuán poco saben lo que es responder a cada
llamarada, ser solicitado por cada impulso, pero siempre quieto, como
el imán, vibrando siempre hacia el norte, nunca tan tenso, nunca tan
consciente del esfuerzo como cuando se está más irremoviblemente fijo
hacia aquella meta. La intensidad de la vida no hay que medirla por el
grado de oscilación. Es en el punto más quieto donde las más tremendas
energías se encuentran».
Al leer esto me acordé al punto de aquel famoso discurso sobre la
vida intensa--_the strenuous life_--que el inquieto y oscilante
Teodoro Roosevelt, cazador de rinocerontes en África y apóstol de la
Aceleración, pronunció en Chicago en abril de 1899. Hay allí cosas
admirables, de un elevado idealismo--de espiritualismo, que es mejor,
más bien--pero hay también demasiada... aceleración. Que se confunde
con la precipitación. Acelerarse suele ser no pocas veces precipitarse.
Y es un grandísimo acierto el de que en el moderno banquete que nos
presenta Dickinson, sea precisamente el hombre de negocios, Philip
Audubon, el que exponga el punto de vista más desolador y pesimista.
He leído pocas cosas tan amargas, tan tristes, tan desoladas, como
el discurso de ese hombre de negocios. Y no lo dudéis: pueblo en que
apenas se hable sino de negocios--de voladas y de pichinchas, pongo por
caso--y de placeres, es pueblo donde no tardará en brotar y arraigar un
triste pesimismo. Y no el del hambre, no, sino el otro, el peor, el de
la hartura. De la hartura y del vacío.
Yo, por mi parte, no corro cuando puedo ir al paso, a pie, y
enterándome del camino. ¿Que recorro poco espacio? ¿Y qué? Todo pedazo
de espacio es infinito dentro de sí. Y lo mismo digo del tiempo. «¿Pero
cómo encuentra usted tiempo para hacer tantas cosas?»--me preguntaba un
amigo. Y le respondí sonriendo: «Es que mis horas son cuadradas y a las
veces cúbicas...». «¿Cómo?», añadió. Y yo: «Usted sabe que si un metro
lineal tiene 10 decímetros, un metro cuadrado tiene 100 decímetros
cuadrados y no 10, y un metro cúbico 1.000 decímetros cúbicos. Así mi
hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica 216.000
minutos cúbicos».
Hay que buscar el tiempo de dos y de tres dimensiones, ancho y profundo
a la vez que largo. Y esto se logra mejor encerrándose en estos retiros
de las viejas y pequeñas ciudades que parece que no se mueven ni
progresan.
Y luego, junto a la superstición de la aceleración, del cambio
por el cambio mismo, la otra, la superstición de lo vasto, de las
grandes ciudades, v. gr. Estoy leyendo la obra de James Bryce, sobre
Suramérica--_South America, observations and impressions_--, y al
llegar al capítulo que al Uruguay dedica, me encontré con este pasaje
humorístico: «Es un país alegre, con un escenario construido, por así
decirlo, en pequeña escala, como cuadra a una pequeña república». Es
decir, que en una nación pequeña las montañas deben ser pequeñas,
pequeños los ríos y los hombres pequeños.
Claro está que Mr. Bryce dice eso irónicamente y por broma, pero hay
muchos que en serio piensan así, y que creen tener más alma por haber
nacido en una ciudad mayor. Conozco pobre diablo sin una peseta ni
sobre qué caerse muerto, que está muy orgulloso de que en su pueblo hay
varios multimillonarios. Esta soberbia, así, colectiva, es una de las
cosas más cómicas que la humanidad nos ofrece. Como que no hay tipos
más divertidos que los del pueblo bajo de las grandes ciudades, los
satisfechos de recibir el barro con que les salpican las ruedas de los
automóviles de sus poderosos vecinos.
Pero este mismo Mr. Bryce, un poco más adelante y hablándonos también
del Uruguay, nos dice: «El país es, sin duda, relativamente pequeño,
y está hoy en moda adorar la magnitud y despreciar a las pequeñas
naciones. Y, sin embargo, son las pequeñas comunidades ciudadanas
independientes, o las pequeñas naciones--tales como fueron Inglaterra y
Holanda en el siglo XVII--las que han producido no solamente
lo más de la mejor literatura y del arte, sino lo más de los grandes
hombres y los grandes hechos que la historia recuerda. La vida nacional
está más apta para hacerse más intensa y más interesante donde se
concentra en un área no tan extensa que impida a las gentes conocerse
los unos a los otros y conocer a sus conductores». Pasaje que no
quisiera comentar porque siempre he sentido un cierto desvío hacia las
grandes ciudades, hacia las aglomeraciones demasiado numerosas. Una
ciudad desde el centro de la cual no se pueda llegar a pie en cosa de
un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis
más íntimas necesidades espirituales.
Hace ya cinco años que este mismo diario, en su número del 22 de julio
de 1908, me publicó un ensayo sobre las grandes y pequeñas ciudades,
comentando ideas de Guillermo Ferrero, y ese ensayo figura en mi libro
_Por tierras de Portugal y España_. No es cosa, pues, de que
repita aquí lo que entonces aquí mismo dije, aunque sea yo no poco
machacón. Sólo os diré que desde entonces acá me he corroborado más
y más en mi creencia de que las pequeñas ciudades tranquilas, donde
la historia, que es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo
social, se remansa, son las más a propósito para una íntima vida de
concentración espiritual, es donde mejor puede mantenerse el ánimo fijo
hacia el norte, sin oscilaciones, aunque no sin íntimo esfuerzo, es
donde se puede cuadrar y cubicar las horas.
Eso de que la historia es el sentimiento de la continuidad en el
cuerpo social, lo acabo de leer en un artículo de Gabriel Hanotaux,
«De l'histoire et des historiens», que trae el número de la _Revue
des Deux Mondes_ de trasantier, 15 de este mes. Y quiero también
comentar ese artículo. Al choque del pensamiento ajeno, que puedo oir
merced al bendito silencio que me rodea en mis horas cúbicas de trabajo
solitario, brota mi propio pensamiento y se afirma y crece. Crece, no
se acelera; medra, no se precipita.
Pero antes de acabar con esto no quiero dejar de recordaros aquel
famoso sorites de Cyrano de Bergerac: Yo soy el mejor estudiante de...
de tal colegio (no me acuerdo el nombre), este colegio es el mejor de
París, París es la mejor capital de Francia, Francia es la mejor nación
del mundo, luego yo soy el mejor estudiante del mundo. ¿No habéis oído
nunca discurrir así?
* * * * *
Y ahora, mi señor don M. B. L., ¿qué quiere usted que conteste a
sus felinas e insidiosas insinuaciones sobre el hecho de que yo
escriba desde esta vieja, pequeña y no pocas veces calumniada ciudad
de Salamanca, que usted no conoce? Para usted la Salamanca no es,
me figuro, sino una especie de cueva donde las brujas y hechiceras
celebran sus nocturnos aquelarres, o acaso lo que usted cree saber de
esta leyendaria--¡y tan leyendaria!--Universidad, es lo que ha leído
respecto a cómo fué aquí recibido y juzgado Cristóbal Colón. Pero le
advierto que lo más de lo que atañedero a esto de Colón en Salamanca
ha leído es pura patraña, y además, que dada la ciencia de entonces no
andaban los doctores aquellos más descaminados que Colón, quien yendo
en busca de una cosa se encontró con otra que no buscaba y se murió
sin saber a ciencia cierta lo que había encontrado. ¡Pero ya ve usted,
señor mío, el éxito!
Y es muy lógico que usted juzgue por el resultado externo. Y hasta
presumo más, y es que sea usted de los que aprecien el valor de una
obra de espíritu por lo que económicamente rinde y el de una persona
por lo que gana en dinero, o en plata si usted quiere. Y no quiero sino
recordarle lo que más de una vez he dicho, y es que hay que saber ser
pobre. Nosotros somos pobres en dinero, usted me resulta pobre en otras
riquezas. Y váyase lo uno por lo otro.
No se envanezca, señor, de vivir al pie de la más alta montaña o al
borde del más caudaloso río del mundo, que si usted no lleva una
montaña de pensamientos en la cabeza o un río de sentimientos en el
corazón, de poco habrá de servirle, si es que de algo le sirve aquello.
Y si tiene usted razón, tengo la franqueza, si lo es, de ser un
encendido patriota de mi patria. No me duele que la juzguen; lo que no
me duele, sino me produce grima, es que se metan a echarnos chinitas
los que como usted no la conocen sino de oídas. ¡Y de qué oídas! Porque
con oídos sucios de cerilla recibe usted referencias de bocas sucias. Y
nada más.
Salamanca, setiembre de 1913.