Hace pocos días he visitado por quinta vez la regia ciudad de León,
cabeza del reino que unido al de Castilla formaron el esqueleto de
España. Por algo dice el pareado:
A Castilla y a León
nuevo mundo dió Colón.
Y tan íntima y fuerte fué la unión de ambos reinos, que los leoneses
no tienen empacho alguno en llamarse y dejarse llamar castellanos.
Esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al reino de
León, y leonesas son las particularidades de su habla popular, que del
castellano literario se apartan algo. O más bien por esta provincia
cruzaba la frontera entre ambos reinos, por poblados que aún hoy llevan
el apelativo de la Frontera, como Zorita de la Frontera, por ejemplo.
Y en el lenguaje popular mismo se conoce esta división, pues si en la
parte castellana dicen del pan cuando fermenta que está «lludo»--el
_diccionario de la Academia_ dice «leudo»--, en la parte leonesa
dicen que está «yeldo».
Es el león leonés león de Castilla, y en el escudo abreviado de España,
en el más usual, figuran los dos leones junto a los dos castillos. Y
es el tal león un símbolo de origen lingüístico, como tantos otros lo
son. (¿Quién no recuerda los estudios de Max Müller sobre el origen
puramente lingüístico de tantos mitos? ¿Quién ignora que la Osa Mayor o
Carro del Cielo no es tal osa sino por confusión de nombres?). Llamóse
León con este nombre, del acusativo latino _legionem_, porque
fué poblada por la sétima legión romana; _legio septima gemina pia,
felix_. Y coincidiendo luego el nombre León, de legión, con el del
león, tomóse la figura de éste por símbolo de aquél. Y a tal punto,
que en un conocido dístico latino, de que os hablaré, se llamaba
a la catedral de León _pulchra leonina_, con un adjetivo de
_leo-onis_, el león, y no _legionensis_.
Desde que por vez primera la visité me atrajo esta vieja y regia
ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una
verde llanada llena de álamos, que bañan el Bernesga y el Torío al ir
a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje un paisaje
aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni
exuberancia.
La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan
los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos.
Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más,
pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer de la capital
un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de esas
nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En
ella puede verse a la paisanería con sus pintorescos trajes.
Pero las joyas de León, aquello por lo que merece visitarlo, son la
catedral, lo más famoso de la ciudad, San Marcos y San Isidoro, lo más
interesante acaso este último y lo más genuino, aunque no ciertamente
lo que más atrae, desde luego, las miradas del peregrino, ni lo más
famoso. Lo más famoso es la catedral.
Hay un dístico latino que refiriéndose a cuatro de nuestras viejas
catedrales españolas reza así:
_Sancta ovetensis, pulchra leonina,
dives toletana, fortis salmantina_;
es decir: Santa la de Oviedo, por sus muchas reliquias; bella la de
León, rica la de Toledo, fuerte la de Salamanca, la vieja, la románica,
no la nueva, la que en el siglo XVI se empezó. Y he traducido
_pulchra_ por bella, como pude traducir elegante o bonita. Y lo
es más, sin duda, que no hermosa. Porque esta elegantísima y bella
catedral gótica leonesa no tiene ni lo pintoresco y variado de la de
Burgos, ni la magnificencia de la de Toledo, ni la solemnidad de la
románica sede de Santiago de Compostela, ni el misterio que tienen las
de Ávila y Barcelona, menos celebrada esta última que merece serlo.
La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al
punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema
elegancia. Podría decirse que en ella se ha resuelto el problema
arquitectónico, a la vez de ingeniería y de arte, de cubrir el mayor
espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y
aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones
policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos
colores.
Lo cual me sugirió una reflexión traslaticia o metafórica aplicada al
arte de la poesía y en general a la literatura. Y es que así como en
este genuino arte gótico de arquitectura se llegó a cubrir grandes
espacios con poca piedra, sin más que tallarla y agruparla bien, así en
la poesía ha de cubrirse o encerrarse el mayor espacio ideal, se ha de
expresar el mayor contenido posible representativo, con el menor número
de palabras, sin más que tallarlas o agruparlas bien. ¡Y cuán lejos de
ello estamos en España! Nuestra poesía y nuestra literatura en general
nada tienen de góticas en este sentido; son más bien platerescas y aun
barrocas, por el exceso de su ornamentación nada constructiva, y bajo
la cual se pierde la línea. Pensamiento poético que puesto en prosa
exija menos palabras que aquéllas con que en verso lo expresó un poeta,
podéis asegurar que éste lo expresó mal.
No voy a describiros, claro está, la catedral de León. El que quiera
verla descrita puede leer lo que de ella escribió D. José M. Quadrado
en el tomo que a Asturias y León dedicó en la obra _España; sus
monumentos y artes, su naturaleza e historia_.
Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir,
tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de
piedra, y que el peso todo de las bóvedas se echa hacia afuera,
sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes. De aquí que a la
ligereza y esbeltez del interior corresponda una robusta y complicada
fábrica exterior. Y así ocurre con la de León. Pero por dentro a esta
catedral, que podríamos llamar modelo de gótico, tan pura, tan aérea
y tan clara, le encuentro que le falta recogimiento y misterio. No es
fácil esconderse y aislarse en ella. Hase dicho también, no sé con
qué fundamento, que es poco española. Verdad es que se le ha negado
casticidad a nuestro arte arquitectónico, de importación lo más de él,
sobre todo el gótico. Lo nuestro parece ser una parte del románico,
el llamado visigodo, y el plateresco. Pero las catedrales góticas nos
vinieron de Francia. Sus maravillas en el género, las de París, Reims,
Chartres y Bourges, decidieron su introducción en España; Fernando el
Santo parece haber sido gran admirador del estilo gótico francés, y en
su reinado se alzaron las tres grandes catedrales góticas españolas,
las de Burgos, Toledo y León.
Si la catedral representa en León el arte gótico del siglo XIII, en la
iglesia y convento de San Marcos, residencia principal que fué de la
Orden de Santiago en los reinos de León, y hoy depósito de sementales
para la Caballería del Ejército (!!!), se nos ofrece un ejemplar de
la Escuela del Renacimiento del siglo XVI. Me recordaba este
edificio a mi Salamanca, ciudad renaciente si las hay. Paseándome
con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda que
delante de San Marcos corre a lo largo del Bernesga, no me hartaba de
contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio.
Estos bordados de la piedra, destacándose sobre un cielo limpio de
ocaso, son uno de los espectáculos más hermosos de que se puede gozar,
sobre todo cuando, cerca ya del anochecer, parece como que la piedra
pierde su materialidad tangible.
Me han asegurado que S. M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado
ya más de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura
plateresca siga dedicada a depósito de sementales.
Mas lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo
cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde
está el formidable panteón de los reyes de León. «Su maciza y adusta
mole--dice Quadrado--nos traslada a la monarquía semiheroica y
semibárbara del siglo XI; austeros monjes o duros guerreros
son los únicos adoradores análogos al carácter de su arquitectura; su
panteón compendia la historia de dos centurias y de diez generaciones
de monarcas».
San Isidoro es, sin duda, una de las más severas y a la par más
elocuentes páginas de piedra de la historia de España. Su maciza torre
cuadrada nos habla de tiempos macizos también, y cuadrados, de los
recios tiempos de la Reconquista.
Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando
entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los
reyes leoneses. Sólo recuerdo otras dos impresiones análogas, y es las
que sentí al bajar, en la Real Capilla de la Catedral de Granada, a la
cripta en que se guardan, en sencillísimas cajas, los restos de los
Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y D.ª Isabel de Castilla, dejando
arriba los suntuosos pero vacíos túmulos que en imágenes yacentes nos
les muestran, y la que recibí en Alcobaça, al entrar en la capilla
en que descansan su eterno sueño de amor y de tragedia D. Pedro y su
infortunada amante Inés de Castro. ¡Cuán diferente el efecto que me
produjo el panteón de los reyes de España en el Escorial! Este panteón
escurialense es de lo más frío, de lo más ordenancista que puede verse.
Los cuerpos de los reyes de las casas de Austria y de Borbón están
almacenados en él, en sus urnas, como las piezas de género en una
pañería. ¡Qué otro lo de León! Al entrar en el solemne recinto, bajo
de techo, con sus robustas columnas románicas, en que los reyes del
antiguo reino de León duermen en el eterno olvido, se siente el ánimo
sobrecogido. «Doce túmulos lisos--dice Quadrado--, de más de treinta
que anteriormente había sin efigie, sin labores de ningún género, sin
inscripción, excepto el de Alfonso V y algunos trozos que se leen en el
de Sancha, hermana del emperador, dejaron allí únicamente los soldados
de Napoleón, después de profanar aquel venerable recinto y de buscar
inútilmente entre los huesos y la podredumbre los imaginados tesoros
que tentaban su codicia». Y esta profanación ha añadido acaso, creo yo,
a la solemnidad del espectáculo. Una tumba profanada es como una tumba
intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte pasa sobre
la muerte, redobla su trágico interés.
No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un
cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía
cuna. Y aquel asolado panteón de los guerreros reyes leoneses, sobre el
que pasó la guerra, es algo que difícilmente olvida el que una vez lo
ha visto con los ojos del alma en que duermen recuerdos de historia.
Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne
recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, D.
Genaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de
San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar
algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la
mandíbula del Bautista y en mis demonios, y no sé si para regocijo de
los espíritus volterianos.
Fuera de esos tres monumentos, la catedral de San Marcos y San Isidoro,
aún queda algo que ver en León arquitectónico. La iglesia del Mercado,
por ejemplo, muestra aún señales de lo que en un tiempo fué, y es un
caso típico de cómo puede desfigurarse un templo haciéndole perder su
primitiva personalidad. Que la tienen los edificios y a las veces más
que las personas. El trozo del primitivo ábside románico, bellísimo
por fuerte, que hoy está allí encerrado en la sacristía y cubierto,
para los ojos que ven la iglesia desde fuera, por una superestructura
posterior, es algo que se presta a no pocas reflexiones metafóricas.
Hase conservado mucho mejor que si hubiera quedado al exterior,
expuesto a la intemperie y a las injurias de los chiquillos y aun de
los adultos. Y así nos sucede que tal idea o sentimiento de nuestra
infancia, tal trozo del ábside de nuestra niñez, se nos conserva en
el fondo del alma, en la cerrada sacristía, en el relicario de los
recuerdos, fuera del alcance de las burlas y desdenes de aquéllos con
quienes tenemos que tratar, mucho mejor que se nos habría conservado
expuesto a la intemperie del mundo social. Había que oirle al párroco
de la iglesia aquella del Mercado, un hombre admirable que en restaurar
y mantener su iglesiuca pone sus amores y sus haberes, explicarnos
el singular fervor que le inspira el celebrar misa en una reducida
capillita del lado de la Epístola del altar mayor, en una especie
de concha románica que parece una gruta. «Cuando celebro aquí--nos
decía--me parece estar muy lejos del mundo; en una cueva del desierto,
solo con Dios». Aquel cura siente su iglesia y ha hecho de ésta como
un segundo cuerpo de su alma. ¡Y dichoso de aquél que logra hacer de
su casa o de la morada en que su oficio cumple otro cuerpo más para
su espíritu! Y si no ya de su casa tan sólo, sino del lugar, villa o
ciudad en que vive, ¿qué mayor bendición de Dios? No hay para vivir
como una de estas viejas ciudades rebosantes de seculares recuerdos
cuando se logra encarnar o, si queréis, «empedrar» en ellas, hacerlas
cuerpo de nuestra alma. Se nos hace también secular ésta.
Salamanca, julio de 1913.