Desde que hace ocho años visité una parte de Galicia--Orense y
Coruña--ansiaba conocer el resto, y sobre todo la encantadora comarca
de las rías bajas, de que se hacen lenguas cuantos la visitan. Y allá
he tenido ocasión de ir en romería este verano.
Fué atravesando mi bien conocido Portugal, por las orillas del Duero
asceta que corre en lecho de rocas y yendo a buscar luego las del Miño
manso, que como una caricia lenta baja al mar, restregándose en la
verdura de sus vegas.
La tierra toda del Miño, de un lado y otro de la ría, por España y por
Portugal, se abre a los ojos como una visión de ensueño que nos ata a
la tierra. La he visto entre llovizna, recibiendo resignada el jugo
fecundante de las nubes, y es como mejor sentimos su significación
íntima toda. Es un paisaje carnal y crepuscular a la vez, y, si me es
permitido decirlo, más musical que pictórico. Los montes del horizonte
languidecen entre neblinas. Por dondequiera el verdor vela al esqueleto
rocoso de la tierra, que acá, en esta ósea Castilla, asoma por
dondequiera sus juanetes.
Recordaba aquella magnífica descripción de la tierra y el hombre del
Miño que Oliveira Martins nos dejó en la descripción de Portugal con
que su _Historia de Portugal_ se abre.
Allí nos habla de esa tierra donde pulula el hombre, donde el cultivo
es más hortícola que agrícola, de aquellos «campos pequeñitos,
circundados por pequeñitos valles, orlado de robles pigmeos,
recortados, de donde cuelgan los racimos de las uvas verdes». Y añade:
«Bajo un cielo nublado casi siempre, pisando un suelo casi siempre
encharcado, encerrado en un valle repleto de maíz, dominado en torno
por florestas de pinos sombríos, sin aire vivificante, ni abundante
luz, ni largos horizontes, el hormiguero de los miñotos, no pudiendo
despegarse de la tierra, como que se confunde con ella, y con sus
bueyes, sus arados y sus azadas, forma un todo de donde no se yergue
una voz de independencia moral, aunque a menudo se levante el grito de
la resistencia utilitaria».
Pero esto que dice Oliveira Martins se aplica al Miño portugués
mucho mejor que al gallego. Porque un poco más arriba de él se abren
las rías. Y vista la campiña desde Tuy mismo, desde la torre de su
catedral-fortaleza, que es un espléndido balcón abierto a un paraíso
terrenal, no puede decirse que el valle sea pequeño ni que falten
largos horizontes, aunque no, ¡claro está!, los de Castilla. Los
canónigos de Tuy, atravesando el paseo de acacias, se van a sentar en
unos bancos que dan a la vega, y mientras reposan la vista, no sé si
fatigada de leer salmos, en el verdor de la campiña, comentarán chismes
de cabildo o murmurarán del obispo, como es la regla.
Dejando a los buenos tudenses en su nido y recordando a un fantástico
hijo de esa ciudad que me amenizó no pocas horas con sus ocurrencias y
murió de cónsul de España en Casablanca, empecé a cruzar la provincia,
camino a su capital. La provincia de Pontevedra es, en rigor, la de
mayor densidad de población de toda España, pues si Vizcaya le supera
en las estadísticas, se debe a su capital, Bilbao, y a los pueblos
fabriles de ambas márgenes del Nervión. Pero el campo en ninguna parte
está más poblado que en esta provincia de Pontevedra, marítima y
agrícola.
Viven como las ranas, casi encharcados, respirando humedad. Y cuando
quieren secarse los huesos--condición para que el gallego haga carrera
en el mundo--o suben a secárselos a la meseta castellana, o cruzan el
mar en busca de fortuna a América. En un caso suele llegar a ministro y
cacique máximo, en el otro a millonario.
Pero lo característico, lo casi privativo de esta provincia de
Pontevedra, lo que le ha dado la fama de hermosa de que goza, son sus
rías bajas.
Son las rías bajas brazos, o más bien lenguas de mar, que formando
repliegues y meandros se meten por la tierra, entre colinas de verdor,
y brazos o lenguas de tierra que avanzan a refrescarse en el mar.
Tierra y océano se abrazan estrechamente y como que se mezclan, a lo
que concurre la frecuente lluvia.
Dan las rías bajas la impresión de lagos sembrados de islas. Una faja
de tierra cubre por todas partes el horizonte de estos tranquilos
remansos del océano. Los innumerables pueblecitos de sus márgenes se
reflejan en el agua y en días claros es como si las colinas y montañas
revestidas de verdura estuviesen suspendidas en el cielo mismo, que en
el seno del agua se reproduce. Duerme el mar, y acaso sueña, en brazos
de la tierra.
Los hijos del país comparan las bellezas de estas rías bajas, de
estos verdaderos lagos, entre sí, y establecen parangones entre la de
Vigo, la de Marín o Pontevedra, la de Arosa... (Aún hay otras). Yo las
encuentro muy hermanas. La de Marín, la más recogida, la más intima; la
de Arosa, que es la mayor, la más solemne. Por sus revueltas y golfos
interiores recuerda el lago de los Cuatro Cantones, aunque no esté
flanqueada por tan bravos montes. Y todas ellas invitan a dejarse en
su seno mecer a merced de las aguas, y no digo de las olas porque el
oleaje del mar libre se rompe y amansa en ellas.
Pero yo, que aunque nacido y criado muy cerca del mar y en pueblo
adonde llegan la marea y el agua salada, gusto más que de él de la
montaña y del campo, gocé de las horas más gratas internándome rías de
Pontevedra arriba, donde deja ya de ser ría para ser río, en las aguas
que vienen de las cimas, no en las que vienen del mar con la marea. Fué
río Lérez arriba.
Un río para soñar en él lejos de la batalla de la vida. A una piedra
que hay en su orilla, en un lugar que con el Tempe de Tesalia, descrito
por Herodoto, comparaba aquel copioso benedictino P. Sarmiento, erudito
que no dió paz a la mano, a esa piedra bajaba a descansar el buen
fraile. Y allí, encima del Lérez, está el monasterio de benedictinos
donde el infatigable Feijóo hizo sus estudios. Lugar de descanso; lugar
de estudio por lo mismo.
Bajan los árboles hasta las aguas mismas del Lérez para formarle abrigo
de verdes cortinas y enverdecer sus aguas. Y el río, enamorado de la
verdura, va enroscándose por ella, formando meandros que llaman allí
salones, y fingen pequeños lagos, como en recuerdo de los grandes lagos
aparentes de las rías bajas. Y hace suspirar suspiro de liberación
al espíritu el verse uno encerrado en un recinto de follaje sobre la
tranquilidad de las aguas límpidas. ¡Aguas límpidas! He aquí algo
que vamos perdiendo en mi Vizcaya, que van perdiendo en Asturias.
El Nervión, el río de Bilbao, tan hermoso tierra adentro, antes
que empiecen las fábricas y antes, sobre todo, que los pretiles lo
aprisionen, se ve sucio del rojo de la vena del hierro, y el Nalón,
hermoso río asturiano, llega negro de hulla al mar. Pero este Lérez
virginal, no manchado aún por las deyecciones de la industria, convida
al idilio, al amor y al recogimiento, al estudio.
Fué cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una
tarde oí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas
de la gaita gallega. Tocábala don Perfecto Feijóo, un perfecto gallego,
farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la
medicina confortativa de los aires musicales de la tierra. Formó un
coro--el coro «aires de terra»--y con él restaura la música popular,
impidiendo que se pierda, o lo que es peor, degenere al contagio de
las tonadas de la zarzuela de moda. Con los trajes de la tierra se
me aparecieron don Perfecto y sus compañeros, entonando «alaláas»,
«muiñeiras», todos esos cantos que templan la morriña céltica. Las
notas, verdes como el campo, parecen surgir de su verdura y se alargan
en ondulaciones suaves como las colinas, como las lenguas del mar que
acaricia a la tierra.
El gaitero ha dado ocasión a toda una literatura. Ventura Ruiz
Aguilera, el poeta salmantino mucho menos leído y gustado hoy de lo
que merece serlo, escribió en 1860 aquel «eco nacional» titulado
_La gaita gallega_, que empieza: "Cuando la gaita gallega--el
pobre gaitero toca,--no sé lo que me sucede--que el llanto a mis
ojos brota.--Ver me figuro a Galicia--bella, pensativa y sola,--como
amada sin su amado,--como reina sin corona...--A mi alma revela
tantas--desdichas, penas tan hondas,--que no sé deciros--si canta o
si llora". Estos dos últimos versos son el estribillo de sus cinco
estrofas: "Recuérdame aquellos cielos,--y aquellas dulces auroras,--y
aquellas verdes campiñas,--y el arrullo de sus tórtolas;--y aquellos
lagos y aquellas--montañas, que al cielo tocan...". Esos lagos no
pueden ser sino las rías bajas. A la poesía de Ventura Ruiz Aguilera,
el salmantino, respondió en gallego la dulce Rosalía de Castro y
su estribillo fué: «qu'eu podo decirche--non canta, que chora». En
esta poesía es donde se encuentran unos versos muy sentidos, sí,
pero deplorables por su injusticia, unos versos que brotaron de la
irreductible suspicacia galaica, de la manía que los buenos, honrados
y laboriosos hijos de esa tierra abrigan de ver en todo desdenes y
burlas y desprecios. Una susceptibilidad femenina, casi morbosa, les
hace fantasear yo no sé qué intenciones en el modo seco y algo rudo del
castellano, que no nació para prodigar mimos y caricias.
Pero hay en las poesías de Rosalía, en sus _Cantares gallegos_,
un poema, aquél que empieza: «Un repoludo gaitero--de paño sedán
vestido--com'un príncipe cumprido,--cariñoso e falangueiro...», que
es un primor. De esta bella poesía son aquellos versos: «sempre pó la
vila entraba--con aquel de señorío» que sirvieron de lema a Curros
Enríquez para su famosa poesía _O gueiteiro_, en cuyo principio
recuerda al Lérez y al Miño. La poesía de Curros, tendenciosa como casi
todas las suyas, empieza descriptiva, animada, alegre, como la segunda
de las citadas de Rosalía, y acaba con esos tópicos de quejumbrosidad
hablándonos de Galicia como de un Prometeo amarrado a una roca y nada
menos que con un puñal clavado al seno: «crabad'un puñal n'o seo».
¡Lamentable, verdaderamente lamentable! Y nada que no sea verdad puede
ser de veras poético.
Sólo esa suspicacia, esa susceptibilidad de que os decía, y de que
padece el gallego lo mismo que el portugués--me dicen que el irlandés
en esto es lo mismo--explica esas quejas. Ni de la humedad del cielo,
ni de la pobreza de la tierra, ni de su apartamiento geográfico, tiene
la culpa el resto de España, o si se quiere Castilla, y en cuanto a
protección del Estado, pocas regiones españolas se aprovechan más
de ella. El dinero de la nación se vierte en obras públicas de todo
género, unas indispensables y otras no, y algunas de puro lujo, en
Galicia, y no puede decirse que sea por su parte esta región, donde
siempre se está el paisano quejando de las contribuciones, la que mejor
las paga, pues en esto, en puntualidad en contribuir a la hacienda
común, lo mismo que en no quejarse aunque se la desatienda, la palma se
lleva Castilla.
Pero hay que quejarse; Galicia, donde el cielo llora sin cesar,
invita a la queja. A la queja y a la zumba. Apenas si su literatura
regional tiene otras notas que la elegíaca y la satírica; le falta el
largo huelgo épico, el recio ímpetu dramático. De la verdura misma
de su campiña, riente y halagüeña a primera intención, parece que se
desprende, como acorde de acompañamiento, una resignada queja. Estas
extremas tierras occidentales de Europa, habitadas por esos pueblos
a que se llama célticos, mirando siempre al mar donde acaso se les
perdió algo--¿la Atlántida tal vez?--estas tierras de Irlanda, Bretaña,
Galicia, se están siempre quejando, con gaita o sin ella.
Ese mar mismo, que se refugia allí, en las rías bajas de Galicia, entre
los verdes brazos de la tierra, ¿no es que busca en ellos algo que
ha perdido o acaso el olvido de sus tormentos? Allí, al arrimo de su
eterna esposa, duerme y tal vez sueña. Y acaso ansía volver a ser río,
río humilde, río recogido; acaso sueña con su infancia. ¡Quién sabe!
tal vez la vasta ría de Arosa está sonando en el Ulla que le rinde sus
aguas, en el pobre Sar a que cantó la pobre Rosalía. Y es todo ello
una sed--el mar tiene sed, sed del agua dulce de los ríos que bajan
de las cimas--una sed inextinguible, aquella sed que le hizo decir a
Rosalía: «¡oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!--viendo
cuán triste brilla nuestra fatal estrella--del Sar cabe la orilla,--al
acabarme siento la sed devoradora--y jamás apagada que ahoga el
sentimiento,--y el hambre de justicia que abate y que anonada--cuando
nuestros clamores los arrebata el viento--de tempestad airada».
En el verde rincón en que oí la gaita, sobre el Lérez ensoñador, a la
vista de la ría de Marín, que venía a buscar olvido en brazos de la
verdura, en una aldehuela se recogía un camposanto. ¡Un camposanto de
aldea! Recordamos--éramos literatos ¡Dios mío! los que nos juntamos
allí--la elegía de Gray--y recordamos también, ¿cómo no?, aquello de
Rosalía: «De Galicia os cimiterios--c'os seus alcipreses altos,--c'os
seus olivos escuros--y os seus homildes osarios--todos de frores
cobertos,--frescos com'os nosos campos,--pol as mañans meancónicos--y
nas tardes solitarios,--cand'o sol poniente os baña--c'o seu resplandor
dourado,--cheos d'un gran desosego--parés que nos din: ¡durmamos!».
Y así es; estos dulces cementerios parecen decir: ¡durmamos! Son
otros los que dicen: ¡soñemos! y son otros, muy otros, los que dicen:
¡resucitemos! Fluye allí por todas partes la invitación al dulce sueño
sin ensueños, a dormir en el seno de la tierra, sin más acaso que la
oscura sensación de recibir sobre la yerba que cubra nuestros huesos la
lluvia que baja desde el cielo a consolarnos. Y esa lluvia calará hasta
los huesos mismos.
Y de todo ello se desprende un cierto vaho que languidece a la
voluntad, que la enerva, que convierte sus impulsos en quejas o en
zumbas, en llantos o en risas, en mimos y en recelos. Es un panteísmo
de absorción.
Y los hijos de esa tierra veneran a las benditas ánimas del Purgatorio,
creen en fantasmas, agüeros y brujerías, se acuerdan de sus muertos
que vagan por las selvas y veneran a los árboles. El paganismo, que
en ninguna parte murió, sino que se hizo bautizar cristianándose más
o menos, late aquí más vivo que en otras regiones españolas, tal
vez porque el antepasado del gallego, un celta, tenía una mitología
naturalista de que carecía el beduino, abuelo del castellano, el íbero
recio. Todo el fondo pagano del pueblo gallego levantó cabeza en el
gnosticismo de Prisciliano, el hereje galaico--el único gran hereje
español de los primeros siglos cristianos--gnosticismo que duró unos
tres siglos, si es que del todo ha muerto. Este Prisciliano, cuyas
obras se encontraron no ha mucho, ha de darnos con el tiempo la clave
de no pocos problemas que suscita el estudio del alma galaica. Y de
Prisciliano puede decirse que aún no ha muerto, y quién sabe si su
sepultura, disfrazada por la ortodoxia, no sigue siendo lugar de
atracción de peregrinos.
Salamanca, octubre de 1912.