De Valvanera a don Pedro Hillo.
_Villarcayo, octubre._
Amigo mío: Mando la presente por un propio que expedimos en seguimiento
de ustedes, encargándole que pique espuelas para alcanzarles pronto.
Lleva la carta que hoy se ha recibido de Pilar para su hijo, la cual
nada contiene de particular, y la envío para que sirva de pretexto al
viaje del propio: el verdadero fin de este es informar a usted de un
hecho que me ha producido alguna inquietud. Se lo cuento en esta carta,
que el mozo le entregará, según mis órdenes, sin que Fernando se entere.
Esta mañana presentose en casa un sujeto, a caballo, con trazas de
caminante afanado y presuroso, y habiendo preguntado por Fernando con
vivo interés, renegó de sí mismo y de su suerte cuando le aseguramos
que había partido. Resistiose a creerlo; y como Juan Antonio, en vista
de la insistencia y disgusto que mostraba, le dijese que bien podía
manifestarnos a nosotros el motivo de su viaje, nos contestó lo que
fielmente le transmito, mi señor don Pedro: «Pues sepan, señora y
caballero, que yo soy Zoilo Arratia, para servir a ustedes. El objeto
que aquí me trae solo al señor don Fernando puedo manifestarlo, por
ser cosa de la incumbencia suya y mía particularmente, y así díganme
pronto a qué punto de España se encamina, para correr tras él hasta
que le encuentre». Ya tenía Juan Antonio la palabra en la boca para
responder la verdad, pues es hombre a quien mucho trabajo cuesta
ocultarla, cuando yo, que vi al instante un peligro en dicha verdad,
anticipé la mentira de que Fernando iba camino de Burgos para seguir
luego hasta Madrid, a donde le llaman sus intereses. En el rostro vivo
del tal Arratia conocí que no me creía. El hombre es rudo, fuerte, bien
plantado, de hermoso rostro moreno y ojos como centellas. Debió de ver
en los míos el temor y la curiosidad, y quiso explicarse mejor con
estas otras palabras, que, grabadas en mi memoria, copio con la posible
fidelidad: «Señora y caballero, sepan que le busco para proponerle que
seamos amigos, y si no lo quieren creer, no lo crean. Como digo también
que si don Fernando no quisiera las paces, en la guerra me encontrará,
y ya verá quién es Zoilo Arratia. Dispénsenme los señores, y manden
lo que gusten e su servidor». Se fue a la posada, donde le aguardaban
otros dos del mismo pelaje, que en su compañía vinieron y siguen. Al
mediodía supimos que, después de dar un pienso y corto descanso a sus
caballos, trotaban hacia Miranda. ¡Qué mal hice en indicar la vuelta
de Burgos, sin acordarme de que forzosamente la tomarán por Miranda de
Ebro! No me perdono esta torpeza mía.
En fin, mi señor don Pedro, ello podrá ser un hecho insignificante,
sin malas consecuencias; pero nos hallamos inquietos, y hemos acordado
avisar a usted para que esté con cuidado, y evite, si es posible, el
encuentro con ese maldito bilbaíno, cuya presencia inesperada viene
a turbar mi gozo por el buen giro que tomaban los asuntos de Pilar y
Fernando. Puesto el caso en su conocimiento, nos tranquilizamos, en la
seguridad de que sabrá usted evitar nuevos disgustos. Quedamos pidiendo
a Dios que les guíe, y que a todos nos dé la paz que merecemos. De
usted atenta servidora y amiga — _Valvanera._