De doña Juana Teresa a la señora de Maltrana.
_Cintruénigo, octubre._
Amiga y hermana: No tengo sosiego hasta no desahogar mis agravios
contra ti, y hoy me decido a manifestártelos, que si en ello tardo más,
de seguro reviento. Ya sé que tu casa es, como si dijéramos, el cuartel
general de las intrigas fraguadas contra mi hijo y contra mí, lo que
no entiendo, a menos que me demuestres la razón de querer más a tu
sentimental y misterioso huésped que a tu sobrino, hijo de tu hermano,
mi esposo, que santa gloria haya. Descíframe este acertijo, o de lo
contrario creeré que te has vuelto romántica y que mereces salir al
teatro con velo negro por la cara y puñal en la mano. Si no estás loca
rematada, haciendo pareja con la pobre Pilar, explícame la protección
que das a ese trovadorcillo, y la celada que intentáis armarle a la
niña de Castro-Amézaga.
¡Si creerá Pilar que a mí me engaña! Sus enredos vienen a mi
conocimiento sin que yo los busque, y a poquito que yo extienda mi
tela de araña, cojo a la pobre mosca y la devoro. ¡Qué lejos está
ella de que le he tendido la red! Pero no: más bien ha sido obra de
Dios, que vela por los inocentes y estorba las maquinaciones de los
envidiosos. La casualidad, o hablando cristianamente, la Providencia,
ha puesto en mis manos un testimonio de los devaneos antiguos de mi
media hermana, los cuales fácilmente se enlazan por ley de naturaleza
con sus embrollos presentes y con la existencia del mancebo romántico,
que ostenta en su escudo todos los emblemas nobiliarios de la Santísima
Inclusa... Dos días hace que me ocupo en atar cabitos, y no quiero que
ignores el resultado de mis trabajos. Yo también me doy a la historia
menuda, lo que puedo hacer con grandísimas ventajas, porque ha puesto
Dios en mis manos el archivo mundano del más glorioso perdido del siglo
pasado y de parte del presente, don Beltrán de Urdaneta.
Estoy recopilando mis apuntes, que pondré a disposición de las personas
a quienes incumbe el llamar al orden a Pilar, o pararle un poco los
pies, reduciéndola al papel de penitente que le corresponde. Y para que
no creáis que obro con alevosía, a ti, que es como confiarlas a ella,
confío mis investigaciones, empezando por la más grave y delicada. ¿Qué
dirás que me saltó a los ojos una tarde que me entretuve, sin malicia,
puedes creerlo, en revolverle el papelorio a mi libertinísimo suegro?
Pues una carta que con fecha de julio de 1811 le dirige a París una tal
_Lea Delisle_ (¡buena pieza sería!) desde Ax de las Termas. Traducida
en su parte más interesante por Rodrigo, que, para que lo sepas, posee
muy bien el francés, dice así: «Ya te conté que la duquesa tu amiga
se dejaba hacer la corte por Su Alteza el príncipe José Poniatowsky
(pongo mucho cuidado en copiar este nombre diabólico letra por letra),
general del imperio, gran figura, caballero insigne, sobrino del rey de
Polonia. Hoy puedo asegurarte que el príncipe guerrero, a quien llaman
el _Bayard polonais_ (esto lo dejo en francés), y la dama española,
están unidos en apasionada _liaison_ (en francés lo dejo también para
mayor decoro de nuestro idioma). Anoche, al volver de una excursión
a la cascada de Orlu, se perdieron en el bosque de Ascou. Aún no han
vuelto».
Yo no lo he buscado: a la mano se me vino por designio de la
Providencia, como vinieron luego otras cartas de la misma pendanga,
en que decía que el príncipe y la duquesa habían parecido. Lo que no
parece, digo yo, es el decoro de Pilar. Buscando, buscando, por si Dios
me deparaba nueva luz, encontré una esquela de Engracia Pignatelli,
tía de Pilar, en la que consta que esta fue a pasar una temporadilla
en Zaragoza, de donde pasó a Lumbier, residencia de su amiga Serafina
Palafox... En fin, no quiero hacer cuenta del tiempo, ni ajustar meses,
compaginando fechas con fechas... No vayas a decir que soy cruel con la
que merece lástima, y a tanta lejanía de tiempo, algo de indulgencia.
Ya sé que ha llorado mucho. Ignoraba yo la causa: ahora no diré lo
mismo.
Al pronto se me ocurrió felicitarte, Valvanera de mi corazón, pues no
cae todos los días el honor de hospedar en nuestra casa a un príncipe
polaco, descendiente de reyes, que aunque destronados y errantes por
esos mundos, siempre han de conservar algún aire o tufillo de testas
coronadas; pero hablando de esto con Rodrigo, que sabe muy bien
historias de todos los países, agarró una enciclopedia que le saca de
todas sus dudas, y en ella vimos que el tal señor de Poniatowsky, el
_Bayardo polonés_, como le llaman, después de diversos hechos heroicos
en las campañas de Rusia, Varsovia y no sé qué otros puntos, murió el
año 13, al pasar a caballo un río de nombre muy enrevesado. Y luego de
leídas estas referencias, hojeó Rodrigo la _Historia de Napoleón_, con
láminas, y me mostró una que representa al príncipe luchando con la
corriente del río en que se anegaron y perecieron tantas glorias. Si
no miente la estampa, era un guapo mozo, y debía de ser hombre de gran
coraje.
Cuéntale todo esto a tu amiga, y adviértele que _doña Urraca_, a
pesar de todas estas cosillas que andan en libros extranjeros, no la
quiere mal; que se halla dispuesta a la indulgencia, al olvido de
las historias de 1811 y 1812, y a reconocerla y diputarla como una
mujer ejemplar, siempre y cuando ella sea comedida; que obligadas al
comedimiento están las que no se hallan libres de ciertas máculas. ¿A
qué se empeña esa loca en cosa tan absurda y desleal como cerrarnos el
caminito de Laguardia cuando a punto estábamos ya de verlo franqueado
y mis deseos satisfechos? ¿A qué se mete ella en este negocio, que por
mal que vaya para mí no ha de ir bien para ella, pues la mercancía
adulterada que pretende introducir no puede ser admitida, no, allí
donde todo es nobleza y virtud, y se ha de mirar mucho al honor y
limpieza de los nombres? Que su necedad no me ponga en el caso de
emplear la malicia por derecho de defensa. Ella me conoce: soy muy
buena, muy tolerante, amantísima de la familia; en todo caso, estoy
dispuesta al perdón, y soy la primera en arrojar velos y más velos
sobre las faltas de las personas que me son caras; pero que no me pise,
por Dios, que no me pise, porque al sentir el ultraje y el pisotón, me
revuelvo y clavo el diente..., no lo puedo remediar... Y basta por hoy.
Muy enfadada me tienes, como encubridora y auxiliar de esa pérfida;
pero nada temas de mi enojo. Soy tu amiga, te quiero, reconozco tus
virtudes, y en mis oraciones, siempre que pido a Dios que conserve la
salud de mi hijo, nunca se me olvida echar una palabrita por ti y los
tuyos. Mil afectos a todos de tu cariñosa hermana — _Juana Teresa._