De Fernando Calpena a Pilar de Loaysa.
_Villarcayo, octubre._
Amada madre mía: La mejor satisfacción que puedo dar a quien por mí
ha padecido tantas amarguras es consagrarle lo que de estas ha sido
causa, mi existencia, mi pobre existencia, martirio ayer de quien me
dio el ser, hoy consuelo y esperanza. Allá va, pues, con mis cariños
más ardientes, la protesta de ofrecer a usted toda mi voluntad, de
ponerla bajo su amparo y gobierno, para que en el dominio constante
de ella reciba mi madre las alegrías que apetece, fruto tardío de su
grande amor, y compensación de sus acerbas penas. Juntas y confundidas
nuestras voluntades, la mía se complacerá en la obediencia, sabiendo
como sé que el clarísimo entendimiento de mi señora madre ha de
imponerme actos y resoluciones de innegable sensatez. La oscuridad de
mi nombre, al que no puedo añadir el más grato a mi corazón, no me
exime de ser caballero. Leal y honrado nací; aspiro a que mi conducta
intachable y noble me dé la consideración, el aprecio de las gentes,
y aun el brillo social a que no puedo aspirar por mi nacimiento. Con
orgullo puedo decir que algún rayo de la pasmosa inteligencia de mi
madre ha venido de su ser al mío, y esta riqueza que mi alma posee no
la cambiara yo por las más gloriosas vanidades de los nombres. La luz
de mi madre arde en mí, y con esto y su amor me basta; no quiero nada
más, ni otros bienes apetezco.
Deseo vivir y tener salud para gloria y felicidad de la que ha vivido
padeciendo por mí; deseo agradarla en todo, amoldar absolutamente
mis acciones a sus deseos. Acepto la explicación que se sirve darme
de su plan referente a mi matrimonio con la niña de Castro-Amézaga,
y le agradezco infinito que haya tenido en cuenta las razones que
por conducto de Valvanera le expuse para no precipitar este asunto
y someterlo a los trámites que me imponen la dignidad de todos y
mi delicadeza. No haré, pues, manifestación alguna de propósitos
matrimoniales, concretándome a pasar por Laguardia de regreso de
Vitoria, en compañía del buen Hillo. En esta visita veré cómo soy
recibido, formaré juicio de los sentimientos de aquella ilustre familia
con respecto a mí, y de las direcciones que haya tomado o tome la
voluntad de la _diosa_, como dice nuestro capellán. No haré papeles
de pretendiente ni de rival del marqués de Sariñán, concretándome a
reanudar mis buenas amistades con ambas señoritas, ¿Estamos conformes
en esto, madre querida? ¿Soy razonable, discreto, noble, y al propio
tiempo sumiso y obediente hijo? Creo que sí; y seguro de que mis
sentimientos están en perfecta concordancia con los de usted, no recelo
en emprender mi viaje. Prontos a partir, estas letras de despedida
llevan a usted los respetos del gran Hillo, el cariño de los Maltranas,
chicos y grandes, y el corazón y el alma toda de su amante hijo —
_Fernando._